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El Mundo

Incansable conversador, implacable observador del mundo moderno, se adentra en un terreno resbaladizo, aun a riesgo de ganarse el anatema de los no creyentes

LUGAR DE NACIMIENTO: Zúrich (Suiza) / EDAD: 42 años / FORMACIÓN: Historia en Cambridge y Filosofía en el King’s College / OCUPACIÓN: Filósofo y escritor, autor de ‘Religión para ateos’ y ‘La ansiedad del estatus’ / AFICIONES: La fotografía, la arquitectura, los viajes / SUEÑO: Contribuir a un mundo mejor / CREDO: Ateo tolerante

      En casa del ateo, capilla gótica... Alain de Botton confiesa que pocas cosas le inspiran tanto como las ojivas de la King’s College Chapel de Cambridge, inmortalizada en una fotografía gigante que cuelga a sus espaldas mientras hablamos de lo divino y de lo humano en su oficina al norte de Londres... A sus 42 años, el filósofo más leído del mundo se desmarca con una lección de tolerancia titulada Religión para ateos (RBA), en la que propone un puente hasta ahora imposible entre "laicos" y creyentes. De Botton arremete contra el ateísmo "macho" de Richard Dawkins que ha dominado el debate en el Reino Unido y defiende una aproximación más respetuosa (casi reverencial) hacia el fenómeno religioso.

      Descendiente de judíos sefardíes, víctimas de la intransigencia católica, De Botton reconoce que tuvo la relativa ventaja de ser educado en el ateísmo, de ahí su curiosidad por todo lo que rodea a Dios. Incansable conversador, implacable observador del mundo moderno, el autor de La ansiedad del estatus y de Las consolaciones de la filosofía se adentra en un terreno resbaladizo, aun a riesgo de ganarse el anatema de los no creyentes.

A usted no le duele reconocer que Dios no existe...

Efectivamente, no creo en Dios. Pero nada más lejos de mi intención que dedicar un libro de 300 páginas a probar su no existencia. Respeto mucho a los creyentes. Es más, me indigna la actitud intransigente de ciertos ateos. Lo que propongo es dejar de lado la fatídica pregunta —¿existeDios?— e intentar responder a otros temas más interesantes.

Entre los ateos hay varios grados, ¿en dónde se sitúa usted exactamente?

Digamos que soy ateo tolerante. Tengo simpatía, curiosidad y aprecio por las personas religiosas. No estoy aquí para ofenderles ni para ejercer algún tipo de venganza. Normalmente la palabra ateo tiene esa connotación negativa: alguien que viene a atacar la religión. Eso no me interesa.

¿Se refiere usted a Richard Dawkins, el autor de ‘El espejismo de Dios’?

Dawkins ha llevado el ateísmo a un callejón sin salida. Es un hombre cerrado e intransigente. Para él, cualquier persona religiosa no está en sus cabales. Dawkins representa para mí un ateísmo macho, arrogante y opresivo. Me dan ganas de preguntarle: «¿Acaso no es usted humano y tiene dudas?».

¿Le gustaría medirse a él en un debate, como el que recientemente protagonizó con el arzobispo de Canterbury Rowan Williams?

Por supuesto, estoy abierto a un debate con Dawkins. Como científico, su postura me parece contradictoria. La ciencia siempre se hace preguntas, no puede ser dogmática.

¿Es la ciencia la nueva religión?

Eso parece, sobre todo cuando adopta posiciones de intransigencia. La ciencia, al estilo de Dawkins, corre el riesgo de reducir el mundo a una dimensión mecanicista. Los científicos tienen que admitir que los hombres no somos máquinas, que no nos comportamos siempre de un modo racional y que nos movemos por esperanzas, deseos, miedos... En ese sentido, la ciencia nunca reemplazará a la religión o al arte. A veces necesitamos consuelo, no sólo explicaciones.

Hay científicos que consideran la religión como un producto de nuestra evolución como especie...

Son teorías muy útiles que explican el nacimiento del hecho religioso, algo común a casi todas las culturas. Corremos, sin embargo, el riesgo de dar también una interpretación muy mecanicista a la teoría de Darwin. La meta última de la evolución no debería ser simplemente la supervivencia de la especie; por suerte, la vida es más interesante.

Con Chris Hitchens, el fallecido autor de ‘Dios no es bueno’, también tuvo usted sus más y sus menos...

Podemos partir del hecho de que hay un millón de cosas terribles que han hecho las religiones. Pero no podemos quedarnos ahí, como hizo Hirchens, apuntando con su bazooka a Dios. Si viviéramos en estados teocráticos como Arabia Saudí o Irán tal vez sí. Pero la Inquisición ya quedó atrás. La Iglesia anglicana ya no es un tigre, sino más bien un gatito en este mundo secular. Y la Iglesia católica no tiene ya el poder que tenía. Con esto no digo: vamos a ocultar el mal que han hecho las religiones. Al contrario, vamos a admitirlo y a ponerlo en una balanza junto a lo bueno.

Usted proviene de sefardíes, forzados a dejar España por la intransigencia religiosa...

Mis ancestros son efectivamente del pueblo de Botón, que ya no existe. Mi familia emigró a Venecia, y luego a Turquía y Egipto... Fue una tragedia que España, el primer país multicultural de la historia moderna con judíos, árabes y cristianos conviviendo en Toledo, cometiera aquel grave error.

Pese a sus orígenes, usted creció en una familia laica. ¿Hasta qué punto esa educación ha influido en su visión de la religión?

Sí, crecí en una familia judía laica y atea, en la que la religión no existía. Me eduqué en Suiza y luego en Inglaterra, pero nunca fui a un colegio religioso, ni conocí de cerca a un cura o un rabino. La religión para mí era algo que existió en el pasado. Admito que esto es un poco raro de confesar: la gente de mi generación ha crecido por lo general en alguna tradición religiosa. A mí no me ha traumatizado la religión, tengo esa ventaja.

¿Y qué le diría a la gente que reniega de la religión por el adoctrinamiento que recibió en su infancia?

Me gustaría invitarles a una conversación. Les diría: aceptemos que se han cometido horrores en el nombre de la religión. Muchos de los preceptos son rígidos, intolerantes y absurdos. Pero vamos a separar lo bueno de lo malo. Veamos la religión como un buffete de cosas que queremos y no queremos. Mi intención no es convertir ateos, sino hacerles ver que aun no creyendo en Dios hay elementos religiosos que nos pueden ser de gran utilidad e inspiración en la vida secular.

Imagine un mundo sin religión... (John Lennon)

Cuesta imaginarlo, la verdad. Incluso sin religión, necesitaríamos tomar muchas cosas prestadas de ella: rituales, códigos morales, espíritu comunitario, arte, arquitectura...

Quédese con una...

Me quedaría seguramente con el arte, con una iglesia gótica o con una cantata de Bach. Puedo confesar que la cultura se ha convertido en mi religión.

¿Hasta el punto de querer levantar un templo para ateos en el centro de Londres?

Bueno, esa es una idea que he lanzado y que ha cosechado apoyos, pero no sé si algún día se llegará a construir algo así.

Uno de sus argumentos a favor de un templo para ateos es el de dar perspectiva al ser humano...

Los grandes templos nos despiertan reverencia porque nos recuerdan nuestro lugar en el mundo. La religión nos remite a algo superior y nos hace ver nuestra auténtica dimensión. La sociedad secular lo reduce todo a nosotros y ha permitido que el ego humano sea demasiado grande. Tenemos a los humanos, y luego tenemos los fenómenos y los recursos naturales, que los usamos a nuestro antojo, para conseguir petróleo, materias primas... Así llegamos a una visión instrumental de la naturaleza y no a una visión respetuosa. Esa es la receta para un perfecto desastre ambiental.

Usted revindica curiosamente el "pesimismo" de la religión...

Uno de mis pasajes favoritos de la Biblia es el Libro de Job, cuya moraleja es precisamente que a la gente buena le ocurren cosas malas, sin que exista una explicación aparente. Es parte de la fragilidad humana: suceden cosas trágicas contra la que muchas veces no nos podemos rebelar. No nos queda más remedio que saber aceptarlas. La sociedad laica ha sido, sin embargo, excesivamente optimista. En el nombre del progreso, ha puesto una terrible presión sobre los humanos para ser superiores, y eso ha creado un gran estado de ansiedad.

Otro de sus argumentos es el poder de la religión para crear comunidad. ¿No cree que la sociedad laica ha suplantado a su manera ese vacío con las redes sociales?

La religión une de una manera a la que nunca podrá aspirar Facebook. La unidad la suele crear sobre todo la proximidad a la parroquia. Siempre cabe la posibilidad de que se siente a tu lado un extraño y que, llegado el momento, le tengas que tender la mano o darle un abrazo. Esos lazos espontáneos de afecto no los verás en el mundo secular.

Nos vamos adentrando por cierto en el terreno filosófico. Últimamente se habla mucho de la moralidad, sobre todo en el contexto de la desigualdad económica...

Uno de los principios comunes a casi todas las religiones es el de ejercitar nuestro sentido moral. En el mundo laico nos ejercitamos físicamente: vamos al gimnasio, hacemos jogging, o en todo caso yoga. Las religiones te ejercitan a otro nivel más profundo y te recuerdan que hay que ser más humilde, más generoso, más amable... Dejemos de lado la noción de pecado, de castigo divino o de fe en otra vida. Lo cierto es que las religiones ayudan a contener nuestros impulsos egoístas y nos dan un mensaje así de simple: «Es bueno ser bueno».

No hace falta ser religioso para llegar a esa conclusión...

Efectivamente, uno puede ser ateo y pensar lo mismo. Por eso insisto en que los creyentes y los no creyentes tenemos mucho más en común de lo que podemos pensar.

¿Hasta qué punto la filosofía puede ser un buen sustituto de la religión?

La filosofía nos puede consolar también a un nivel muy profundo. Yo no lo veo como sustituto sino como complemento. Y la idea es la misma: en vez de jurar fidelidad eterna a un filósofo, lo mejor es servirse a placer en el increíble menú de sabiduría acumulada durante siglos.

¿Nietzsche para tiempos difíciles? Muchos no le perdonan por haber dicho aquello de «Dios ha muerto»...

Nietzsche fue un adelantado a su tiempo y tuvo una proverbial habilidad para condensar sus ideas en aforismos. Pero sí, Nietzsche, por su propia experiencia vital, puede ser un maestro para estos tiempos que corren. Su mensaje de fondo, ante el peor de los contratiempos, es seguir creyendo en lo que uno quiere, aunque no lo tenga y es posible que nunca lo llegue a tener.

¿No ha llegado acaso la hora de dejar atrás a Epicuro y resignarnos con Séneca?

Sí, Séneca es también una medicina perfecta para tiempos de gran incertidumbre e inestabilidad. Pero Séneca es ante todo un filósofo con los pies en la tierra, no un monje asceta. Se codeaba con los políticos y con los ricos de su tiempo, no se limitaba a celebrar la austeridad y la pobreza. Su mensaje es «el dinero y el poder están bien, siempre y cuando tengas el control y no te vuelvas dependientes de ellos». El estoicismo es una filosofía dura, realista, con su punto de pesimismo y aceptación.

¿Nos resignamos pues a esta era de ansiedad económica y social?

Los niveles de ansiedad se exacerban cuando la economía va mal. La sociedad hiperconectada en la que vivimos ha hecho incluso que esta sensación vaya a más. El mundo se ha convertido en una superciudad; la colmena humana está en todos los sitios. Y hemos creado una economía que en vez de generar cohesión está dividiendo cada vez más la sociedad entre ganadores y perdedores.

Noticias y opinión

    San Agustín entre nosotros

    José Carlos Martín de la Hoz

    "Ciertamente, se puede ser moderno y vivir el Evangelio, basta con vivir el humanismo cristiano que nos ha recomendado el Papa León XIV".

     


     

                                                                                                                                                                                                                                                                            José Carlos Martín de la Hoz en omnesmag.com

    El Papa León XIV comenzó su primer viaje a España con la mayor ilusión y entusiasmo posibles, pues no solo se preparó espiritualmente y se documentó lo necesario, sino que habló con los periodistas en el avión y se acercó fila a fila para entretenerse con cada uno de ellos.

    Esta ha sido la tónica de todo este largo e intenso viaje: buscar a la gente, acercarse a las personas, a cada persona; autoridades, miembros de la escolta, público en la calle, políticos o gentes de la cultura.

    Indudablemente, el programa de actos oficiales estaba bien cargado, y sobre todo muy pensado, pero también hay que reconocer que la agenda privada estaba también muy llena de visitas y atenciones de casos especiales, de personas necesitadas y de problemas delicados.

    Los saludos y estrechones de manos del santo Padre no han sido en ningún momento protocolarios; sus conversaciones con los niños del colegio que le recibieron en el aeropuerto o con la reina Leticia, eran conversaciones afables, abrazos sonrientes, abiertos y entrañables.

    El Santo Padre es muy humano y muy divino, y ha predicado con el ejemplo lo que luego iba a salir en todas sus intervenciones: el diálogo fraterno, aprender del otro, estar a la escucha. Ciertamente ha reflejado a las claras tener un corazón de misionero agustino que siempre estaba con el pueblo y que vivía con los indígenas y que ahora sigue latiendo en un corazón universal.

    El Santo Padre ha venido a España a encontrarse con cada uno de nosotros y darnos su afecto, su cordialidad y su simpatía arrolladora. León XIV es la viva figura de san Agustín: un hombre tocado por el amor de Dios cuya misión fue sencillamente amar a cada persona con la que se cruzaba y enseñar a amar con su predicación, con su vida y con sus escritos.

    La frase más repetida estos días, era el marco-anuncio de la visita: “alzad la mirada”. Esto, ciertamente, se podía hacer de muchas maneras: como lo hubiera hecho san Juan Pablo II, Benedicto XVI, Francisco, o como lo ha hecho León XIV: siendo Cristo que pasa en nuestra tierra, que atrae con su mirada, con su sonrisa, con su naturalidad agustiniana y americana.

    Después de leer el libro de las “Conversiones “de San Agustín, su “De civitate Dei”, “de unico baptismo” o el de “bono matrimonii”, ciertamente se concluye que no estamos en el discurso oriental del pontífice polaco ni en la cálida racionalidad de Ratzinger, ni en el empuje de Francisco, sino en el corazón ardiente de san Agustín como se refleja en el escudo pontificio de León XIV.

    Las ideas que nos iba a trasmitir ya habían sido preanunciadas en su Encíclica “Magnifica humanitas” (25 de mayo de 2026), lo que ciertamente descolocó a todos los que habían escrito sus discursos en el mes de mayo para tenerlo ya todo preparado y controlado: discursos, crónicas periodísticas o las columnas de los diarios y chascarrillos de los tertulianos.

    Pero una cosa es ver redactados los discursos, oírlos, escucharlos detenidamente con papel y bolígrafo y otra, bien distinta, es caer en la cuenta de que el Espíritu Santo había decidido un cambio de marchas de mayor calado de lo que nos habíamos imaginado. Hemos vuelto a Platón, al mundo de las ideas, al corazón apasionado. A las frases cortas o a los discursos bellísimos a la literatura clásica del siglo de oro de las letras castellanas. Hacía falta que alguien nos diera un revolcón cultural y nos recordara las raíces cristianas de España.

    Igual que surgió el Romanticismo alemán después de Kant y Descartes, era necesario que surgiera el corazón de Agustín después del tomismo renovado por la Escuela de Salamanca que ya había sido el nervio del discurso del santo Padre desde el día que llegó.

    Ciertamente, en el discurso en el Palacio de Oriente, el Santo Padre comenzó por agradecer a España su aportación al Derecho internacional y eso descolocó a algunos que no vieron a Vitoria y su derecho de gentes, sino que pensaron en las diatribas del Pontífice con Trump y con Sánchez.

    Estamos celebrando el V Centenario del comienzo de la Escuela de Salamanca y con ellos el comienzo de la docencia como catedrático de Prima de la Facultad de Teología de la Universidad de Salamanca.

    La Escuela de Salamanca, comenzada por Francisco de Vitoria aunó a todos los grandes pensadores de su tiempo, jesuitas, dominicos, franciscanos, agustinos de su tiempo, para inventar el humanismo cristiano que fue el paso del humanismo pagano del Renacimiento a un humanismo internacional gracias al derecho natural, al amor a la libertad y a la defensa de la dignidad de la persona humana.

    Ciertamente en Grocio y en la declaración universal de los derechos humanos de 1948 se trascribieron los principios de las Relecciones de Francisco de Vitoria sino que se fundamentaron: aquellos derechos consecuentes de la dignidad de la persona se fundamentaron en que el hombre es y será siempre imagen y semejanza de Dios.

    La mañana del día 8 el santo Padre ha expuesto a los políticos de este país un programa idéntico al que después a recordado a los obispos reunidos en la Conferencia episcopal española que celebraban el sesenta aniversario de su constitución.

    Ciertamente, se puede ser moderno y vivir el Evangelio, como decía Juan Pablo II en Colón, basta con vivir el humanismo cristiano que nos ha recomendado el Papa León XIV como aprendió de la Escuela se Salamanca y la virtud de la caridad como nos enseñó el Papa Francisco y san Agustín.

    “Si León XIII abordó la ‘cuestión obrera’, León XIV intenta abordar la ‘cuestión tecnológica’”tec

    Jose Maria Navalpotro

    El historiador Onésimo Díaz estudia la evolución de la Iglesia, y su preocupación por la dignidad de la persona en los últimos 150 años

    El Papa está con nosotros

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