La formación no consiste solo en adquirir conocimientos técnicos ni en que “nos suene todo”, sino en cultivar capacidades que permitan interpretar la realidad, tomar decisiones fundamentadas
En un contexto marcado por la aceleración tecnológica, la sobreabundancia de información y la creciente complejidad social, la formación se ha convertido en un elemento decisivo para el desarrollo personal y profesional. Hoy necesitamos actualizarnos de manera constante, igual que los medios que utilizamos. Si descuidamos este proceso, corremos el riesgo de quedar obsoletos, inmovilizados.
Proliferan másteres, cursos online y programas que, en muchos casos, se han convertido más en requisitos administrativos que en verdaderos procesos de crecimiento. Sin embargo, es indudable que la formación es necesaria. Pero, para que sirva realmente para la vida, no puede quedarse en la mera titulitis: debe ser profunda, práctica y orientada a generar criterio.
El Evangelio de hoy ilumina esta reflexión con la parábola del sembrador: "Salió el sembrador a sembrar. Al sembrar, una parte cayó al borde del camino; vinieron los pájaros y se la comieron. Otra parte cayó en terreno pedregoso, donde apenas tenía tierra, y como la tierra no era profunda brotó enseguida; pero, en cuanto salió el sol, se abrasó y por falta de raíz se secó. Otra cayó entre abrojos, que crecieron y la ahogaron. Otra cayó en tierra buena y dio fruto: una, ciento; otra, sesenta; otra, treinta".
Unas semillas dan mucho fruto, otras poco y algunas ninguno. Así ocurre también en la vida: hay personas que prosperan, otras que se estancan, otras que apenas logran desarrollarse. Jesús explica que la semilla que cae al borde del camino y es devorada por los pájaros representa al que escucha la palabra "sin entenderla": el Maligno roba lo sembrado en su corazón. Buena parte del esfuerzo perdido, del fracaso, de la escasez de frutos y de la infelicidad se debe, sencillamente, a la ignorancia.
La mayor victoria del demonio es mantenernos en la ignorancia. Esta es el gran enemigo de las almas y la raíz de muchos fracasos: profesionales, personales, familiares y espirituales. Y hoy abunda el desconocimiento, la incultura, el oscurantismo y la inconsciencia.
Puede sorprender esta afirmación en plena era de la inteligencia artificial, donde parece que “lo sabemos todo”. Pero no lo sabemos todo. Saber proviene del verbo latino sapere, que originalmente significaba “tener sabor” o “gustar”. No es lo mismo acumular datos que saborear la realidad. La sabiduría —no la información— es la que prepara para la vida y conduce a una existencia plena. Hoy abundan los “listillos” desgraciados: personas con datos, pero sin criterio.
La formación no consiste solo en adquirir conocimientos técnicos ni en que “nos suene todo”, sino en cultivar capacidades que permitan interpretar la realidad, tomar decisiones fundamentadas. ¿Cómo estamos educando a niños y jóvenes? Nunca hemos tenido más medios, menos alumnos por aula, más programas educativos… y, sin embargo, no parece que estemos avanzando mucho. También los adultos sabemos de todo, pero tan superficialmente que, en el fondo, sabemos muy poco. Desde luego, muy poco sobre la vida lograda.
En Magnifica Humanitas, el Papa distingue con claridad la inteligencia humana de la artificial: "Hay que evitar el equívoco de equiparar esta inteligencia a la humana. Estos sistemas imitan ciertas funciones de la inteligencia humana. A menudo la superan en velocidad y amplitud de cálculo, ofreciendo beneficios concretos en numerosos campos. Y, sin embargo, esta potencia sigue ligada exclusivamente al tratamiento de datos: las denominadas inteligencias artificiales no viven una experiencia, no poseen un cuerpo, no pasan por la alegría y el dolor, no maduran en las relaciones ni conocen desde dentro lo que significan el amor, el trabajo, la amistad y la responsabilidad. Tampoco tienen una conciencia moral: no juzgan el bien y el mal, no captan el sentido último de las situaciones ni asumen el peso de las consecuencias".
Leonardo Polo recuerda que la persona no vale por lo que sabe ni siquiera por cómo razona. La persona es un acto de ser abierto a la verdad, al bien, a la belleza, al amor y a Dios. Por eso, una buena formación debe ayudarnos a: amar la verdad antes que la información; ejercer un juicio crítico; distinguir lo verdadero de lo verosímil; usar la tecnología sin depender de ella; desarrollar virtudes como la prudencia, la justicia, la fortaleza y la templanza; crecer en libertad, responsabilidad y apertura al otro.
La formación que sirve para la vida es aquella que ayuda a descubrir la propia vocación de hijo de Dios y la capacidad de convertirse en don para los demás; aquella que enseña que el otro es también un don para mí.