Domingo de la semana 4 de tiempo ordinario; ciclo A


Homilía I: con textos de homilías pronunciadas por S.S. Juan Pablo II

Homilía II: a cargo de D. Justo Luis Rodríguez Sánchez de Alva
Homilía III: basada en el Catecismo de la Iglesia Católica


(Sof 2,3; 3,12-13) "Buscad al Señor todos los humildes de la tierra"
(1 Cor 1,26-31) "El que se gloría, gloríese en el Señor"
(Mt 5,1-12) "Gozaos y alegraos, porque vuestro galardón es muy grande en los cielos"

 

Homilía I: con textos de homilías pronunciadas por S.S. Juan Pablo II

Homilía en la parroquia de San José Cafasso (1-II-1981)

--- La vida eterna, base de las bienaventuranzas
--- Vocación cristiana
--- Respuesta personal a Dios

--- La vida eterna, base de las bienaventuranzas

“Dichosos vosotros...” (Mt. 5,11). Con estas palabras, que acabamos de escuchar, deseo saludaros a todos.

“Dichosos vosotros...”. Son las palabras del “sermón de la montaña”, con las que Jesús trató de delinear la esencia de su mensaje. Algunos han calificado como la “carta magna” del Reino de Cristo. Son palabras revolucionarias, porque proponen un radical trueque de los valores, en los que se inspira la mentalidad corriente: la de los tiempos de Jesús no menos que la de nuestros tiempos. Efectivamente, la gente ha creído siempre mucho en el dinero, en el poder en sus varias formas, en los placeres sensuales, en la victoria sobre el otro a cualquier precio, en el éxito y en el reconocimiento mundano. Se trata de “valores” que se sitúan, como aparece claramente, dentro del horizonte limitado de las realidades terrenas.

Jesús rompe este círculo limitado y limitante: impulsa la visual sobre realidades que escapan a la comprobación de los sentidos, porque transcienden la materia y se colocan, más allá del tiempo en el ámbito de lo eterno. El habla de “reino de los cielos”, de “tierra prometida”, de “filiación divina”, de “recompensa celeste”, y en esta perspectiva afirma la preeminencia de la “pobreza en espíritu”, de la “mansedumbre”, de la “pureza de corazón”, del “hambre de justicia”, que se manifiesta no en la violencia, sino en soportar valientemente la “persecución”.

--- Vocación cristiana

“Considerad vuestra llamada, hermanos”, nos ha repetido oportunamente San Pablo (1 Cor 1,26). Estas palabras nos invitan a reflexionar sobre una dimensión fundamental de nuestra existencia: nuestra vida forma parte del designio amoroso de Dios. San Pablo es explícito a este respecto. Por tres veces, en la lectura de hoy, afirma que “Dios ha elegido” a cada uno de nosotros, de manera que “somos en Cristo Jesús”, el cual “se ha convertido para nosotros en sabiduría, justicia, santificación y redención”(cfr. 1 Cor 1,27-30).

Este es, en efecto, el maravilloso mensaje de la fe: en los orígenes de nuestra vida hay un acto de amor de Dios, una elección eterna, libre y gratuita, mediante la cual, Él, al llamarnos a la existencia, ha hecho de cada uno de nosotros su interlocutor: “La razón más alta de la dignidad humana consiste en la vocación del hombre a la unión con Dios. Desde su mismo nacimiento, el hombre es invitado al diálogo con Dios”(G et S,19).

Este diálogo, como es sabido, lo interrumpió el hombre con el pecado. Dios, en su misericordia, ha querido abrirlo de nuevo, dirigiéndose nuevamente a nosotros con la Palabra misma de su amor eterno, el Verbo consustancial, que, haciéndose hombre y muriendo por nosotros, nos ha puesto de nuevo en comunicación con el Padre. He aquí porqué San Pablo dice que estamos llamados “en  Cristo Jesús”: la esencia de la vocación cristiana está precisamente en “ser en Cristo”. Esto es obra de Dios mismo, es don de su amor y de su gracia. Por esto, justamente concluye San Pablo que cada uno de nosotros puede “gloriarse en el Señor”(cfr. 1 Cor 1,31).

--- Respuesta personal a Dios

Sin embargo, a la llamada de Dios debe corresponder, por nuestra parte, una respuesta adecuada. ¿Qué respuesta? La que tiene su raíz fundamental en el bautismo y que se hace consciente y responsable en el acto de fe personal, suscitado por la escucha de la Palabra, alimentado por la participación en los sacramentos, testimoniado por una vida que se inspira en las bienaventuranzas de Cristo y se extiende al cumplimiento generoso de sus mandamientos, entre los cuales el más grande es el mandamiento del amor.

En el ámbito de esta vocación común, que Dios dirige a cada uno de los hombres, destacan las vocaciones específicas, mediante las cuales Dios “elige” a cada una de las personas para una tarea particular.

“Dios ha elegido la flaqueza del mundo, nos recuerda San Pablo, para confundir a los fuertes”. En el designio misterioso de Dios, la acción renovadora de la gracia pasa a través de la debilidad humana: por esto, pasa, de modo particular, a través de estas situaciones de sufrimiento y abandono.

Al terminar esta meditación sobre la vocación cristiana quiero dirigiros dos deseos. El primero está tomado del profeta:

“Buscad al Señor los humildes, que cumplís sus mandamientos; buscad la justicia, buscad la moderación”(Sof.2,3)

Si os comprometéis a buscarla, como dice el Profeta o, mejor aún, como dice Cristo en el “sermón de la montaña”, entonces podrá realizarse en vosotros el segundo deseo: “Estad alegres y contentos, porque vuestra recompensa será grande en el cielo” (Mt. 5,12).

DP-25 1981

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Homilía II: a cargo de D. Justo Luis Rodríguez Sánchez de Alva

Si hay una página del NT ante la que convendría guardar silencio para no privarse del encanto y profundidad que encierra, es ésta. Deberíamos meditar estas declaraciones de Jesús, permitiendo que sean ellas las que resuenen en nuestro corazón y despierten en él lo que Jesús quiere decirnos.

La Palabra de Dios, que resonó con fuerza en el Sinaí para dar a Moisés la Ley, es la que se hace oír ahora con una autoridad y plenitud nueva en el monte de las Bienaventuranzas. Ellas son como la carta magna del cristianismo. El espíritu que emerge de ellas traza el perfil del cristiano. Jesús hace un canto a la sobriedad, la dulzura, la solidaridad, la sencillez de corazón el dolor soportado con entereza, el hambre de justicia, la paz, asegurando también que no le faltarán las críticas y la oposición, a veces hasta crueles, a quienes hagan suyas esta enseñanza. Con todo, la recompensa será muy grande en el Cielo.

Las Bienaventuranzas sitúan los bienes del espíritu por encima de los materiales. Sanos y enfermos, ricos y pobres, poderosos y débiles..., todos son invitados, por encima de estas circunstancias, a la dicha eterna que Jesús promete. Es difícil resistirse ante el aplomo y seguridad con que Jesús va exponiendo su programa. Sus palabras no adolecen de inseguridad o duda, no expresan una opinión. Tienen la toda la autoridad de Dios y así lo percibió el pueblo.

También nosotros nos sentimos atraídos por la autoridad y la altura de miras de estas propuestas. Sin embargo, todo esto se nos antoja "poco práctico" en una sociedad en la que la riqueza, el éxito, el poder, el bienestar, es lo realmente importante. Reconozcamos, no obstante, que a pesar de nuestro aire satisfecho no somos felices ni nos sentimos seguros. Hay demasiadas diferencias, antagonismos, sufrimientos... Todavía hay hambre y discriminaciones sangrantes; hombres que dominan a otros, depredadores y no colaboradores en la tarea de organizar este mundo. No existe sólo el sol. Hay también nieblas, noches cerradas, temporales y vientos devastadores. El mismo sol que calienta a unos puede ser sofocante y duro para otros. La muerte es una realidad.

Y, sin embargo, tenemos derecho a soñar con un mundo donde la libertad, la paz..., no sean palabras que se usan en los discursos pero que, en la práctica, no significan nada. Las Bienaventuranzas van más allá de ese anhelo. No debemos dudarlo. Pidamos al Señor que nos aumente la fe y nos ayude a vivir según este programa.

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Homilía III: basada en el Catecismo de la Iglesia Católica

«Cristo llama bienaventurados a los que el mundo desprecia»

I. LA PALABRA DE DIOS

So 2,3;3,12-13: «Dejaré en medio de ti un pueblo pobre y humilde»
Sal 145,7-8.9-10: «Dichosos los pobres de espíritu...»
1Co 1,1-12: «Dios ha escogido lo débil del mundo»
Mt 5,1-12: «Dichosos los pobres de espíritu»

II. APUNTE BÍBLICO-LITÚRGICO

Como Moisés en el Sinaí, Cristo en la montaña proclama el Código de la Nueva Alianza.

El Maestro que proclama las Bienaventuranzas, las ha realizado perfectamente en su vida. Son el resumen del Evangelio y de la vida misma de Jesús. Todas se reducen a la pobreza por la que uno sale de sí mismo para entregarse plenamente a Dios y a los demás.

Esa pobreza es la característica de la Antigua Alianza en la que Dios realiza su designio a través «de un pueblo pobre y humilde» (1ª Lect.). Es también la característica de la Iglesia en la que no hay muchos sabios en lo humano, ni muchos poderosos, ni muchos aristócratas porque Dios ha escogido lo necio y lo débil del mundo (2ª Lect.).

III. SITUACIÓN HUMANA

La tendencia del hombre es a absolutizar valores que son por sí mismos relativos. Y no es que primero los destaque y luego los use, sino que, al hacer imprescindible su uso, los absolutiza.

El pobre del Evangelio no es el inútil que, por no usar nada, desprecia todo. Es el que no pone nada por encima de Dios. Es el que espera a ver qué dice Dios acerca de algún valor para aceptarlo. Sabe que los valores que Cristo ha proclamado, son antes conducta del propio Cristo.

IV. LA FE DE LA IGLESIA

La fe
– Las Bienaventuranzas: «Las bienaventuranzas están en el centro de la predicación de Jesús. Con ellas Jesús recoge las promesas hechas al pueblo elegido desde Abraham; pero las perfecciona ordenándolas no sólo a la posesión de una tierra, sino al Reino de los cielos...» (1716).
– Los que esperan de Dios la justicia: "El Pueblo de los «pobres», los humildes y los mansos, totalmente entregados a los designios misteriosos de Dios, los que esperan la justicia, no de los hombres sino del Mesías, todo esto es, finalmente, la gran obra de la Misión escondida del Espíritu Santo durante el tiempo de las promesas para preparar la venida de Cristo. Esta es la calidad de corazón del Pueblo, purificado e iluminado por el Espíritu, que se expresa en los Salmos. En estos pobres, el Espíritu prepara para el Señor «un pueblo bien dispuesto»" (716).

La respuesta
– «La bienaventuranza prometida nos coloca ante opciones morales decisivas. Nos invita a purificar nuestro corazón de sus malvados instintos y a buscar el amor de Dios por encima de todo. Nos enseña que la verdadera dicha no reside ni en la riqueza o el bienestar, ni en la gloria humana o el poder, ni en ninguna obra humana, por útil que sea, como las ciencias, las técnicas, las artes, ni en ninguna criatura, sino sólo en Dios, fuente de todo bien y de todo amor» (1723).

El testimonio cristiano
– " «Bienaventurados los limpios de corazón porque ellos verán a Dios». Ciertamente, según su grandeza y su inexpresable gloria, «nadie verá a Dios y seguirá viviendo», porque el Padre es inasequible; pero su amor, su bondad hacia los hombres y su omnipotencia llegan hasta conceder a los que lo aman el privilegio de ver a Dios... porque lo que es imposible para los hombres es posible para Dios (San Ireneo, haer.4,20,5)" (1722).

Las Bienaventuranzas nos conducen a reconocer nuestra insuficiencia, a identificarnos con Jesucristo, a construir un mundo nuevo con los valores del Reino y a conseguir la bienaventuranza de Dios.

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