
Homilía I: con textos de homilías pronunciadas por S.S. Juan Pablo II
Homilía II: a cargo de D. Justo Luis Rodríguez Sánchez de Alva
Homilía III: basada en el Catecismo de la Iglesia Católica
(Ez 37,12-14) "Yo abriré vuestras sepulturas y os sacaré de vuestros sepulcros"
(Rm 8,8-11) "Los que viven según la carne no pueden agradar a Dios"
(Jn 11,1-45) "Señor, si hubieras estado aquí, mi hermano no hubiera muerto"
Homilía I: con textos de homilías pronunciadas por S.S. Juan Pablo II
Homilía en el jubileo de los militares (8-IV-1984)
--- Resurrección de Lázaro
--- Pecado y Redención
--- La muerte unida al pecado
--- Resurrección de Lázaro
“Señor, si hubieras estado aquí, no habría muerto mi hermano” (Jn 11,21,32).
Estas palabras las pronunciaron primero Marta y luego María, las dos hermanas de Lázaro, e iban dirigidas a Jesús de Nazaret, que era amigo de ellas y de su hermano.
La liturgia de hoy presenta a nuestra atención el tema de la muerte. Se acerca el tiempo de la pasión de Cristo. El tiempo de la muerte y la resurrección. Hoy miramos ese hecho a través de la muerte y de la resurrección de Lázaro. Este evento desconcertante sirve de preparación a la Semana Santa y a la Pascua.
“...mi hermano no habría muerto”.
En estas palabras resuena la voz del corazón humano, la voz de un corazón que ama y que da testimonio de lo que es la muerte. Sabemos que la muerte es un fenómeno común incesante. La muerte es un fenómeno universal y un hecho normal. La universalidad y la normalidad del hecho confirman la realidad de la muerte, lo inevitable de la muerte, pero al mismo tiempo, borran, en cierto modo, la verdad sobre la muerte, su penetrante elocuencia.
Aquí no basta el lenguaje de las estadísticas. Es necesaria la voz del corazón humano: la voz de una hermana, la voz de una persona que ama. La realidad de la muerte se puede expresar en toda su verdad sólo con el lenguaje del amor.
Efectivamente, el amor se resiste a la muerte y desea la vida...
Cada una de las dos hermanas de Lázaro no dice “mi hermano ha muerto”, sino que dice: “Señor, si hubieras estado aquí, no habría muerto mi hermano”.
La verdad sobre la muerte sólo se puede expresar a partir de una perspectiva de vida, de un deseo de vida: esto es, desde la permanencia en la comunión amorosa de una persona.
La verdad sobre la muerte en la liturgia de hoy se expresa en relación con la voz del corazón humano.
--- La muerte unida al pecado
Simultáneamente se expresa en relación con la misión de Cristo, el Redentor del mundo.
Jesús de Nazaret era amigo de Lázaro y de sus hermanas. La muerte del amigo también se hizo sentir en su corazón con un eco particular. Cuando llegó a Betania, cuando oyó el llanto de las hermanas y de otras personas encariñadas con el difunto, Jesús “sollozó muy conmovido” (ib.,33), y con esta disposición interior preguntó: “¿Dónde lo habéis enterrado?” (ib.).
Jesús de Nazaret es al mismo tiempo el Cristo. Aquél a quien el Padre ha enviado al mundo: es el eterno testigo del amor del Padre. Es el definitivo Portavoz de este amor ante los hombres. Es en cierto sentido su Rehén con relación a cada uno y a todos. En Él y por Él se confirma y se cumple el eterno amor del Padre en la historia del hombre, se confirma y se cumple de modo sobreabundante.
Y el amor se opone a la muerte y quiere la vida.
La muerte del hombre, desde Adán, se opone al Amor: se opone al amor del Padre, el Dios de la Vida.
La raíz de la muerte es el pecado, que se opone también al amor del Padre. En la historia del hombre la muerte va unida al pecado y, lo mismo que el pecado, se opone al Amor.
Jesucristo vino al mundo para redimir el pecado del hombre; cada uno de los pecados arraigados en el hombre. Por esto, Él se puso frente a la realidad de la muerte; efectivamente, la muerte va unida al pecado en la historia del hombre: es fruto del pecado. Jesucristo se convierte en Redentor del hombre mediante su muerte en cruz, la cual ha sido el sacrificio que ha reparado todo pecado.
En la muerte Jesucristo confirmó el testimonio del amor del Padre. El amor que se resiste a la muerte, y desea la vida, se ha expresado en la resurrección de Cristo, de Aquél que, para redimir los pecados del mundo, aceptó libremente la muerte de cruz.
--- Pecado y Redención
Este acontecimiento se llama Pascua: el misterio pascual. Cada año nos preparamos a ella mediante la Cuaresma, y el domingo de hoy nos muestra ya cercano este misterio en el cual se nos revelan el Amor y la Potencia de Dios, porque la Vida ha traído la victoria sobre la muerte.
Lo que sucedió en Betania junto al sepulcro de Lázaro, fue como el último anuncio del misterio pascual.
Jesús de Nazaret se detuvo junto al sepulcro de su amigo Lázaro, y dijo: “¡Lázaro ven fuera!” (Jn 11,43). Con estas palabras llenas de poder, Jesús lo resucitó a la vida y lo hizo salir de la tumba.
Antes de realizar este milagro, Cristo, “levantando los ojos a lo alto, dijo: Padre te doy gracias porque me has escuchado; yo sé que tú me escuchas siempre; pero lo digo por la gente que me rodea, para que crean que tú me has enviado” (ib.,41-42).
Ante el sepulcro de Lázaro se registró una particular confrontación de la muerte con la misión redentora de Cristo. Cristo era el testigo del eterno amor del Padre, de ese Amor que se resiste a la muerte y desea la vida. Al resucitar a Lázaro, dio testimonio de ese Amor. Dio testimonio también de la potencia exclusiva de Dios sobre la vida y la muerte.
Al mismo tiempo ante la tumba de Lázaro, Cristo fue el Profeta de su propio misterio: del misterio pascual, en el que la muerte redentora sobre la cruz se convierte en la fuente de la nueva Vida en la resurrección.
He aquí las palabras del Profeta Ezequiel: “Dice el Señor Dios:...Cuando abra vuestros sepulcros y os saque de vuestros sepulcros, pueblo mío, sabréis que soy el Señor” (Ez 37,12-13).
Estas palabras se realizaron ante el sepulcro de Lázaro en Betania. Se han realizado definitivamente ante el sepulcro de Cristo en el Calvario.
En la resurrección de Lázaro se manifestó la potencia de Dios sobre el espíritu y sobre el cuerpo del hombre.
En la resurrección de Cristo fue otorgado el Espíritu Santo como fuente de la nueva Vida: la Vida divina. Esta vida es el destino eterno del hombre. Es su vocación recibida de Dios. En esta Vida se realiza el eterno amor del Padre.
Efectivamente el amor desea la vida y se opone a la muerte.
¡Vivamos de esta vida! ¡Que en nosotros no domine el pecado! ¡Vivamos de esta Vida cuyo precio es la redención mediante la muerte de Cristo en la cruz!
“Si el Espíritu del que resucitó a Jesús de entre los muertos habita en nosotros, el que resucitó de entre los muertos a Cristo Jesús vivificará también nuestros cuerpos mortales, por el mismo Espíritu que habita en vosotros” (Rm 8,11).
Que el Espíritu Santo habite en vosotros por medio de la gracia de la redención de Cristo.
DP-105 1984
Homilía II: a cargo de D. Justo Luis Rodríguez Sánchez de Alva
La resurrección de Lázaro que hoy nos recuerda la Iglesia es un signo de la restauración del hombre sujeto a la muerte, como el pueblo israelita a la esclavitud del destierro (1ª lect). Este prodigio realizado por Jesús en el umbral de su propia muerte, nos confirma que Él es la Resurrección y la Vida, una Vida que vence a la muerte tanto física como espiritual, no ya mediante la resurrección final sino en la existencia presente.
En el diálogo de Jesús con Marta, ella proclama su fe en la Resurrección futura, pero Cristo le contesta: "Yo soy la Resurrección y la Vida, el que cree en Mí aunque esté muerto vivirá; y el que está vivo y cree en Mí, no morirá para siempre”. El creyente se sabe ya libre y salvado por Cristo, no de la muerte biológica que Cristo también padeció, sino del pecado, del miedo a la destrucción total. Sí, no todo acaba para nosotros con la muerte. La última palabra no la tiene la muerte sino la Vida.
Cristo no sólo da la vida o la sana cuando la hemos quebrantado por el pecado, sino que Él es la vida y este pasaje es una prueba elocuente. Cristo resucita a Lázaro para probar, a las puertas de su propia muerte, que Él es la Vida. "Pues así como el Padre resucita a los muertos y les da la vida, del mismo modo el Hijo da vida a los que quiere" (Jn 5,25). Poco importa que la muerte corporal sepulte a los hombres en la tierra. A la voz de Cristo, como salió Lázaro del sepulcro, así los que "hicieron el bien saldrán para la resurrección de la vida" (Jn 5,29).
Este episodio que la Iglesia pone hoy a las puertas de la Semana Santa, está envuelto en esa atmósfera que Jesús sabe crear alrededor de su Persona y que conocen bien quienes le tratan y le siguen de cerca con amor. "Enviáronle a decir las hermanas: Señor, el que tú amas, está enfermo" ¡Qué buena oración para que nosotros se la digamos también al Señor cuando un familiar, un amigo, un allegado vive alejado de Dios! ¡Señor, este marido o esta mujer mía, este hijo/a, este amigo/a, por quien Tú has muerto en la Cruz por amor, está enfermo espiritualmente hablando! "Lázaro, mi amigo, duerme, pero voy a despertarlo". El Señor acudirá cuando lo estime oportuno, como vemos en este episodio. "El Señor, al verla llorar... se conmovió en su interior..., se echó a llorar". ¡Tratemos al Señor en la Palabra y en el Pan! y "si nos ve fríos, desganados, quizá con la rigidez de una vida interior que se extingue, su llanto será para nosotros vida: ‘Yo te lo mando, amigo mío, levántate y anda’ (Cfr Lc 5,24), sal fuera de esa vida estrecha, que no es vida" (Beato Josemaría Escrivá, “Es Cristo que pasa”, n. 93).
¡Vayamos a confesar, a resucitar a la vida de la Gracia; e invitemos a hacerlo a quienes queremos y tratamos a diario! Jesucristo conoce nuestra debilidad y, como el médico, curará nuestras heridas de muerte.
Homilía III: basada en el Catecismo de la Iglesia Católica
«Morir al pecado es empezar a participar de la resurreccion de Cristo»
I. LA PALABRA DE DIOS
Ez 37,12-14: «Os infundiré mi espíritu y viviréis»
Sal 129.1-4.6-8: «Del Señor viene la misericordia, la redención copiosa»
Rm 8,8-11: «El Espíritu del que resucitó a Jesús de entre los muertos habita en vosotros»
Jn 11,1-45: «Yo soy la resurrección y la vida»
II. APUNTE BÍBLICO-LITÚRGICO
«El que cree en El tiene la vida eterna» significa que Jesús es el único que da la vida y que quien la recibe, la tiene precisamente por creer.
Decir que «El es la resurrección y la vida» es lo suficientemente importante como para respaldarlo con una victoria sobre la muerte. Pero no sólo reservada para cuando la muerte ha vencido ya al hombre (caso de Lázaro), sino para que no domine del todo al hombre.
La amistad entre Jesús, Lázaro y sus hermanas era de sobra conocida. Pero no hace el milagro por eso, sino porque creían en El. La fe, más que carta de recomendación para el milagro, es requisito indispensable.
III. SITUACIÓN HUMANA
Cuanto el hombre de hoy se afana por conseguir mayores cotas de libertad, de justicia y de bienestar se siente mejor consigo mismo y se convence de que sus posibilidades de futuro deben ser potenciadas al máximo. Las grandes conquistas en el campo científico y cultural le estimulan para seguir creyendo en el mañana. Si esto lo trasladamos al campo social, no cabe duda de que se han dado pasos importantísimos. Y siempre queda mucho por conquistar. Es una prueba de que el hombre mira hacia adelante.
IV. LA FE DE LA IGLESIA
La fe
– La fe en Jesús y la fe en la resurrección: «Jesús liga la fe en la resurrección a la fe en su propia persona: «Yo soy la resurrección y la vida» (Jn 11,25). Es el mismo Jesús el que resucitará en el último día a quienes hayan creído en él y hayan comido su cuerpo y bebido su sangre. En su vida pública ofrece ya un signo y una prenda de la resurrección devolviendo la vida a algunos muertos, anunciando así su propia Resurrección que, no obstante, será de otro orden» (994).
– Los signos del Reino de Dios: 547. 548. 549. 550.
– Libertad, necesidad y perseverancia en la fe: 160. 161. 162.
La respuesta
– La conversión del corazón, principio de una vida nueva: "« Donde abundó el pecado, sobreabundó la gracia » (Rm 5,20). Pero para hacer su obra, la gracia debe descubrir el pecado para convertir nuestro corazón y conferirnos « la justicia para vida eterna por Jesucristo nuestro Señor » (Rm 5,20-21). Como un médico que descubre la herida antes de curarla, Dios, mediante su palabra y su espíritu, proyecta una luz viva sobre el pecado» (1848; cf 1888).
– La oración de Jesús: 2604.
El testimonio cristiano
– "La conversión exige el reconocimiento del pecado, y éste, siendo una verificación del Espíritu de la verdad en la intimidad del hombre, llega a ser al mismo tiempo el nuevo comienzo de la dádiva de la gracia y del amor: « Recibid el Espíritu Santo ». Así pues, en este convencer en lo « referente al pecado », descubrimos una «doble dádiva »: el don de la verdad de la conciencia y el don de la certeza de la redención. El Espíritu de la verdad es el Paráclito (Juan Pablo II, DeV 31)" (1848).
La fe de Marta y la de quienes la acompañaban a ella no puede ser sólo en Lázaro en cuanto resucitado, sino porque Jesús es la Resurrección. Ha roto las ataduras de Lázaro, pero a nosotros nos libra de las ataduras del pecado y de la muerte.
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