Domingo de la semana 2 de Pascua; ciclo A

Homilía I: con textos de homilías pronunciadas por S.S. Juan Pablo II
Homilía II: a cargo de D. Justo Luis Rodríguez Sánchez de Alva
Homilía III: basada en el Catecismo de la Iglesia Católica
Homilía IV: Homilía pronunciada por S.S. Benedicto XVI

(Hch 2,42-47) "Los creyentes vivían todos unidos"
(1 Pe 1,3-9)  "La fuerza de Dios os custodia en la fe"
(Jn 20,19-31) "A quienes les perdonéis los pecados, les quedan perdonados"

Homilía I: con textos de homilías pronunciadas por S.S. Juan Pablo II.

Homilía en Bérgamo (26-IV-1981)

--- El Espíritu Santo conduce a la Iglesia universal
--- Iglesia universal e “iglesia doméstica”: familia
--- Familia y respeto a la vida del no nacido

--- El Espíritu Santo conduce a la Iglesia universal

“Entró Jesús, se puso en medio y les dijo: Paz a vosotros” (Jn 20,19).

La experiencia que vivieron los Apóstoles “al anochecer de aquel día, el primero de la semana” (ib.), experiencia que se repitió ocho días después en el mismo Cenáculo, también nosotros la revivimos, de modo misterioso pero real, esta tarde: en nuestra asamblea litúrgica, recogida en torno al altar para celebrar la Eucaristía, Cristo renueva su presencia de resucitado y repite su augurio: ¡Paz a vosotros! (...).

¡Paz a vosotros!

Con este saludo vengo aquí, queridos hermanos y hermanas, en el domingo que tradicionalmente llamamos ‘in albis’, y que concluye la octava de Pascua. Vengo para entrar, en cierto sentido, en el cenáculo. El Cenáculo es la casa en la que nació la Iglesia. He venido, pues, para visitar ante todo una casa. Es la casa familiar, de la que salió un gran Papa y siervo de Dios, Juan XXIII (…).

El Cenáculo de Jerusalén es el primer lugar de la Iglesia sobre la tierra. Y es, en cierto sentido, el prototipo de la Iglesia en todo lugar y en toda época. También en la nuestra. Cristo, que fue adonde estaban los Apóstoles la primera tarde después de su resurrección, viene siempre de nuevo a nosotros para repetir continuamente las palabras: “Paz a vosotros. Como el Padre me ha enviado, así también os envío yo... Recibid el Espíritu Santo; a quienes perdonéis los pecados les quedan perdonados; a quienes se los retengáis, les quedan retenidos...” (Jn 20,21-23).

La verdad contenida precisamente en estas palabras ¿no se ha convertido tal vez en la idea guía del Concilio Vaticano II?, ¿del Concilio que ha dedicado sus trabajos al misterio de la Iglesia y a la misión del Pueblo de Dios, recibida de Cristo a través de los Apóstoles? “Como el Padre me ha enviado, así también os envío yo” (Jn 20,21).

De este Concilio la Iglesia ha salido con fe renovada en el poder de las palabras de Cristo, dirigidas a los Apóstoles en el Cenáculo. Ha salido con una nueva certeza sobre la propia misión: la misión recibida del Señor y Salvador. Ha salido “hacia el porvenir”.

Es difícil someter aquí a un análisis profundo la perspectiva de esta apertura. Pero es también difícil no mencionar al menos lo que, de modo particular, salió del corazón del Papa Juan. Es el nuevo impulso hacia la unidad de los cristianos y una especial comprensión para la misión de la Iglesia en relación al mundo contemporáneo. Si bien en este espacioso cenáculo de la Iglesia de nuestros tiempos, difundida en todo el globo terrestre, no faltan las dificultades, las tensiones, las crisis, que crean temores justificados, sería difícil no reconocer (…) que ha tenido origen una “obre providencial”. Se necesita tan solo que nosotros mantengamos fidelidad al Espíritu de Verdad, que ha guiado esta obra, que seamos honrados en comprender y realizar el Concilio, y éste demostrará que es precisamente ése el camino por el que la Iglesia de nuestros tiempos y del futuro debe caminar hacia el cumplimiento de su destino.

--- Iglesia universal e “iglesia doméstica”: familia

Aceptemos por tanto estas palabras de la liturgia de hoy, tomadas de la primera Carta de San Pedro: “Alegraos de ello, aunque de momento tengáis que sufrir un poco, en pruebas diversas: así la comprobación de vuestra fe -más preciosa que el oro que, aunque perecedero, lo aquilatan a fuego- llegará a ser alabanza y gloria y honor cuando se manifieste Jesucristo Nuestro Señor” (1 Pe 1,6-7).

De las colinas de vuestra tierra bergamesca se ven las grandes perspectivas de la Iglesia y del mundo. Pero se ve también la dimensión más pequeña de la Iglesia: la “iglesia doméstica” El Papa Juan ha permanecido fiel a esa iglesia hasta el fin de su vida (…). Hemos evocado aquel clima de su familia, que fue una verdadera “iglesia doméstica”.

Cuán a menudo también allí, en aquella casa, Cristo escuchó de aquella gente sencilla, que vivía del trabajo de los campos, la misma profesión que, en otro tiempo había escuchado en el Cenáculo de Jerusalén de boca de Tomás: “Señor mío y Dios mío” (Jn 20,28). La conciencia de la presencia del Salvador y la ley divina inscrita en los corazones de los familiares fueron la fuente de la felicidad habitual de aquella noble gente, según las mejores tradiciones del ambiente y de la sociedad a que aquellos pertenecían.

La “iglesia doméstica”, la familia cristiana, constituye un fundamento particular de la grande. Constituye también el fundamento de la vida de las naciones y de los pueblos, como constantemente lo testimonia la experiencia no corrompida por las malas costumbres de tantas sociedades y de tantas familias.

--- Familia y respeto a la vida del no nacido

Este mensaje hay que volverlo a leer con la óptica de las palabras de la primera Carta de San Pedro: “Bendito sea el Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo quien, por su gran misericordia, mediante la Resurrección de Jesucristo de entre los muertos, nos ha reengendrado a una esperanza viva, a una herencia incorruptible, inmaculada e inmarcesible, reservada en los cielos para vosotros” (1 Pe 1,3-4).

Pero hay que volver a leer al mismo tiempo que este mensaje, el mensaje particular del Papa Juan, en el contexto de las amenazas que hieren el patrimonio humano y cristiano de la familia, desarraigando los principios fundamentales sobre los que está construida la más espléndida comunidad humana.

El primero de estos valores es el amor fiel de los mismos esposos, como fuente de su confianza recíproca y también de la confianza de los hijos hacia ellos. El segundo valor fundamental es el respeto a la vida desde el momento de su concepción bajo el corazón de la madre.

Permitidme que repita las palabras que pronuncié en el V domingo de Cuaresma:

“Quitar la vida significa que el hombre ha perdido la confianza en el valor de su existencia; que ha destruido en sí, en su conocimiento, en su conciencia y voluntad, ese valor primario y fundamental.

“Dios dice: ‘No matarás’ (Ex 20,13). Y este mandamiento es al mismo tiempo el principio fundamental y la norma del código de la moralidad inscrito en la conciencia de cada hombre.

“Si se concede derecho de ciudadanía al asesinato del hombre cuando todavía está en el seno de la madre, entonces, por esto mismo, se nos pone en el resbaladero de incalculables  consecuencias de naturaleza moral. Si es lícito quitar la vida a un ser humano, cuando es el más débil, totalmente dependiente de la madre, de los padres, del ámbito de las conciencias humanas, entonces se asesina no sólo a un hombre inocente, sino también a las conciencias mismas. Y no se sabe lo amplia y velozmente que se propaga el radio de esa destrucción de las conciencias, sobre las que se basa, ante todo, el sentido más humano de la cultura y del progreso del hombre.

“Si aceptamos el derecho a quitar el don de la vida al hombre aún no nacido, ¿lograremos defender después el derecho del hombre a la vida en todas las demás situaciones? ¿Lograremos detener el proceso de destrucción de las conciencias humanas?

Debemos hacer todo lo que puede servir a tutelar la familia y la dignidad de la paternidad y de la maternidad responsable, la confianza recíproca de las generaciones. Debemos hacer todo lo posible para tutelar nuestra “iglesia doméstica”, en medio de la cual se revela Cristo resucitado, así como se reveló a los Apóstoles en el Cenáculo; donde Él entra…; y dice: “¡Paz a vosotros!”.Amén.

DP-115 1981

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Homilía II: a cargo de D. Justo Luis Rodríguez Sánchez de Alva

Somos los depositarios del mensaje de esperanza más grande dirigido a la Humanidad: ¡Cristo ha Resucitado! Un hombre ha vuelto a la vida después de muerto y ha sido visto por sus discípulos. El escepticismo que hoy puede provocar esta noticia que la Iglesia proclama en este Tiempo Pascual, no es mayor que el que despertó en el grupo de los primeros testigos del Resucitado.

El caso de Tomás es, tal vez, el más claro. Él exige ver y tocar. Los Apóstoles sólo se rindieron -como Tomás- ante la evidencia de las repetidas apariciones y las seguridades ofrecidas por el Señor que les decía: “Palpadme y ved que un espíritu no tiene carne y huesos como veis que Yo tengo”. Tememos ser engañados y no damos fácilmente nuestro asentimiento cuando la noticia desborda nuestra experiencia cotidiana. Esto es bueno. “La incredulidad de Tomás ha sido más provechosa para nuestra fe que la fe de los discípulos creyentes” (S. Gregorio Magno).

La resurrección de un hombre muerto y enterrado es, sin duda, uno de los hechos más pasmosos que refieren los evangelistas. Es comprensible la actitud de Tomás. Jesús, que quiere confirmar en la fe a los suyos, invita a Tomás, con cariñosa ironía, que realice la exploración que exige. La inicial negativa a creer da paso a una explosiva confesión tanto de la divinidad como de la humanidad de Jesús: “¡Señor mío y Dios mío!” Pero Jesús replicó: Tú has creído, Tomás, porque has visto. Dichosos los que sin ver creyeren. Tu fe no es pura, viene a decirle el Señor; es de poca calidad. A la lista de las Bienaventuranzas que recoge Mateo, habría que añadir esta otra que nos ha guardado Juan y que va dirigida a todos los que hemos creído en Jesucristo sin verle. “Dichosos los que sin haber visto creyeron”. Aquí estamos nosotros recogiendo esta alabanza que viene de Dios y que elogia algo tan humano: la confianza. ¡Si tú me lo dices, lo creo! ¡Qué humano es esto! Es lo que Jesús espera de nosotros, que le creamos.

¡Hagamos un acto de fe que se traduzca en realizaciones concretas, que nos lleve a practicar todo lo que el Señor a través de su Iglesia nos pide! ¡Dejemos a un lado las reservas mentales, las reticencias, las obstinaciones, la soberbia! Digamos sinceramente, con una exclamación que brote del corazón: ¡Creo en Jesucristo! ¡Creo que resucitó al tercer día! ¡Creo que está sentado a la derecha del Padre y que volverá a juzgar a vivos y muertos! ¡Creo que su Reino no tendrá fin! ¡Creo en el Espíritu Santo, en la Iglesia, y en todo lo que ella enseña! ¡Creo en la vida eterna!

El Señor espera que cuando recitemos o cantemos en la Iglesia el Credo, no nos limitemos a vocalizar algo que practicamos sólo a medias, sino que sea la reafirmación de un compromiso vital. “Habéis de ser no sólo oyentes de la Palabra, sino hombres que la ponen en práctica” (Sant 1, 22). “Señor, auméntanos la fe” (Lc 17,5) para que merezcamos esta alabanza tuya: ”bienaventurados los que sin ver creyeren”, y así seremos buenos hijos de Sta María, que oyó de labios de su prima Isabel parecida alabanza: ”Dichosa Tú que has creído que se cumplirán aquéllas cosas que has oído de parte del Señor” (Lc 1, 45).

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Homilía III: basada en el Catecismo de la Iglesia Católica

«Nacidos de nuevo para una esperanza viva»

I. LA PALABRA DE DIOS

Hch 2,42-47: «Los creyentes vivían todos unidos y lo tenían todo en común»
Sal 117,2-4.13-15.22-24: «Dad gracias al Señor porque es bueno, porque es eterna su misericordia»
1P 1,3-9: «Por la resurrección de Jesucristo de entre los muertos nos ha hecho nacer de nuevo para una esperanza viva»
Jn 20,19-31: «A los ocho días llegó Jesús»

II. APUNTE BÍBLICO-LITÚRGICO

Algo insólito está sucediendo en Jerusalén tras el anuncio de que «aquel a quien habían colgado de un madero, Dios lo había resucitado de entre los muertos. Vivían todos unidos y lo tenían todo en común». He aquí un hecho verdaderamente novedoso.

«Constantes en la fracción del Pan y atentos a la enseñanza de los Apóstoles», los primeros cristianos no celebran a un ausente, cuyo simple recuerdo les mantiene. Le hacen presente como a quien vive y está en medio de ellos de un modo nuevo.

El modo de vivir la Resurrección en las primeras comunidades es para nosotros un reto: vivir la experiencia de resucitados con Cristo a nadie puede dejar indiferente. ¿Somos hoy signo de Cristo victorioso? Como muchos de aquellos cristianos «no hemos visto a Jesús y lo amamos; no lo hemos visto y creemos en Él».

III. SITUACIÓN HUMANA

Hoy es frecuente la convicción de que no hay otro camino para avanzar que el de la unión, la solidaridad. Cualquier campo que miremos (la cultura, la ciencia, la política, etc) nos dan fe de ello. No cabe duda de que todo esto es exponente de un nuevo modo más humano de vivir. Porque lo humano es estar, vivir con otros.

IV. LA FE DE LA IGLESIA

La fe
– Las apariciones del Resucitado: «Todo lo que sucedió en estas jornadas pascuales compromete a cada uno de los Apóstoles – y a Pedro en particular– en la construcción de la era nueva que comenzó en la mañana de Pascua. Como testigos del Resucitado, los apóstoles son las piedras de fundación de su Iglesia. La fe de la primera comunidad de creyentes se funda en el testimonio de hombres concretos, conocidos de los cristianos y, para la mayoría, viviendo entre ellos todavía» (642; cf 641. 643. 644).

– La Iglesia, misterio de la unión de los hombres con Dios y de la unidad del género humano: 772. 773. 774. 775. 776.

La respuesta
– El día de la Resurrección: la nueva creación: "Jesús resucitó de entre los muertos «el primer día de la semana» (Mt 28,1). En cuanto «primer día», el día de la Resurrección de Cristo recuerda la primera creación. En cuanto «octavo día», que sigue al sábado, significa la nueva creación inaugurada con la resurrección de Cristo" (2174). – Misión de los Apóstoles: 858. 859. 860.

– Comunión de bienes en la Iglesia y la solidaridad humana: «La fe de los fieles es la fe de la Iglesia recibida de los Apóstoles, tesoro de vida que se enriquece cuando se comparte» (949; cf 953. 1939-1942).

El testimonio cristiano
– «El pueblo de Dios, en efecto, no tiene aquí una ciudad permanente, sino que busca la futura. Por eso ... manifiesta mucho mejor a todos los creyentes los bienes del cielo, ya presentes en este mundo. También da testimonio de la vida nueva y eterna adquirida por la redención de Cristo y anuncia ya la resurrección futura y la gloria del Reino de los cielos (LG 44)» (933).
El anuncio del Resucitado supone un modo de vida totalmente nuevo. No se trata de hacer lo que nadie hace; se trata de hacer lo que el Resucitado nos pide... Pero es que nos pide amar como nadie.

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Homilía IV: Homilía pronunciada por S.S. Benedicto XVI

CAPILLA PAPAL CON OCASIÓN DE LA BEATIFICACIÓN DEL SIERVO DE DIOS JUAN PABLO II

Plaza de San Pedro
Domingo 1 de mayo de 2011

Queridos hermanos y hermanas:

Hace seis años nos encontrábamos en esta Plaza para celebrar los funerales del Papa Juan Pablo II. El dolor por su pérdida era profundo, pero más grande todavía era el sentido de una inmensa gracia que envolvía a Roma y al mundo entero, gracia que era fruto de toda la vida de mi amado Predecesor y, especialmente, de su testimonio en el sufrimiento. Ya en aquel día percibíamos el perfume de su santidad, y el Pueblo de Dios manifestó de muchas maneras su veneración hacia él. Por eso, he querido que, respetando debidamente la normativa de la Iglesia, la causa de su beatificación procediera con razonable rapidez. Y he aquí que el día esperado ha llegado; ha llegado pronto, porque así lo ha querido el Señor: Juan Pablo II es beato.

Deseo dirigir un cordial saludo a todos los que, en número tan grande, desde todo el mundo, habéis venido a Roma, para esta feliz circunstancia, a los señores cardenales, a los patriarcas de las Iglesias católicas orientales, hermanos en el episcopado y el sacerdocio, delegaciones oficiales, embajadores y autoridades, personas consagradas y fieles laicos, y lo extiendo a todos los que se unen a nosotros a través de la radio y la televisión.

Éste es el segundo domingo de Pascua, que el beato Juan Pablo II dedicó a la Divina Misericordia. Por eso se eligió este día para la celebración de hoy, porque mi Predecesor, gracias a un designio providencial, entregó el espíritu a Dios precisamente en la tarde de la vigilia de esta fiesta. Además, hoy es el primer día del mes de mayo, el mes de María; y es también la memoria de san José obrero. Estos elementos contribuyen a enriquecer nuestra oración, nos ayudan a nosotros que todavía peregrinamos en el tiempo y el espacio. En cambio, qué diferente es la fiesta en el Cielo entre los ángeles y santos. Y, sin embargo, hay un solo Dios, y un Cristo Señor que, como un puente une la tierra y el cielo, y nosotros nos sentimos en este momento más cerca que nunca, como participando de la Liturgia celestial.

«Dichosos los que crean sin haber visto» (Jn 20, 29). En el evangelio de hoy, Jesús pronuncia esta bienaventuranza: la bienaventuranza de la fe. Nos concierne de un modo particular, porque estamos reunidos precisamente para celebrar una beatificación, y más aún porque hoy un Papa ha sido proclamado Beato, un Sucesor de Pedro, llamado a confirmar en la fe a los hermanos. Juan Pablo II es beato por su fe, fuerte y generosa, apostólica. E inmediatamente recordamos otra bienaventuranza: «¡Dichoso tú, Simón, hijo de Jonás!, porque eso no te lo ha revelado nadie de carne y hueso, sino mi Padre que está en el cielo» (Mt 16, 17). ¿Qué es lo que el Padre celestial reveló a Simón? Que Jesús es el Cristo, el Hijo del Dios vivo. Por esta fe Simón se convierte en «Pedro», la roca sobre la que Jesús edifica su Iglesia. La bienaventuranza eterna de Juan Pablo II, que la Iglesia tiene el gozo de proclamar hoy, está incluida en estas palabras de Cristo: «Dichoso, tú, Simón» y «Dichosos los que crean sin haber visto». Ésta es la bienaventuranza de la fe, que también Juan Pablo II recibió de Dios Padre, como un don para la edificación de la Iglesia de Cristo.

Pero nuestro pensamiento se dirige a otra bienaventuranza, que en el evangelio precede a todas las demás. Es la de la Virgen María, la Madre del Redentor. A ella, que acababa de concebir a Jesús en su seno, santa Isabel le dice: «Dichosa tú, que has creído, porque lo que te ha dicho el Señor se cumplirá» (Lc 1, 45). La bienaventuranza de la fe tiene su modelo en María, y todos nos alegramos de que la beatificación de Juan Pablo II tenga lugar en el primer día del mes mariano, bajo la mirada maternal de Aquella que, con su fe, sostuvo la fe de los Apóstoles, y sostiene continuamente la fe de sus sucesores, especialmente de los que han sido llamados a ocupar la cátedra de Pedro. María no aparece en las narraciones de la resurrección de Cristo, pero su presencia está como oculta en todas partes: ella es la Madre a la que Jesús confió cada uno de los discípulos y toda la comunidad. De modo particular, notamos que la presencia efectiva y materna de María ha sido registrada por san Juan y san Lucas en los contextos que preceden a los del evangelio de hoy y de la primera lectura: en la narración de la muerte de Jesús, donde María aparece al pie de la cruz (cf. Jn 19, 25); y al comienzo de los Hechos de los Apóstoles, que la presentan en medio de los discípulos reunidos en oración en el cenáculo (cf. Hch. 1, 14).

También la segunda lectura de hoy nos habla de la fe, y es precisamente san Pedro quien escribe, lleno de entusiasmo espiritual, indicando a los nuevos bautizados las razones de su esperanza y su alegría. Me complace observar que en este pasaje, al comienzo de su Primera carta, Pedro no se expresa en un modo exhortativo, sino indicativo; escribe, en efecto: «Por ello os alegráis», y añade: «No habéis visto a Jesucristo, y lo amáis; no lo veis, y creéis en él; y os alegráis con un gozo inefable y transfigurado, alcanzando así la meta de vuestra fe: vuestra propia salvación» (1 P 1, 6.8-9). Todo está en indicativo porque hay una nueva realidad, generada por la resurrección de Cristo, una realidad accesible a la fe. «Es el Señor quien lo ha hecho –dice el Salmo (118, 23)– ha sido un milagro patente», patente a los ojos de la fe.

Queridos hermanos y hermanas, hoy resplandece ante nuestros ojos, bajo la plena luz espiritual de Cristo resucitado, la figura amada y venerada de Juan Pablo II. Hoy, su nombre se añade a la multitud de santos y beatos que él proclamó durante sus casi 27 años de pontificado, recordando con fuerza la vocación universal a la medida alta de la vida cristiana, a la santidad, como afirma la Constitución conciliar sobre la Iglesia Lumen gentium. Todos los miembros del Pueblo de Dios –obispos, sacerdotes, diáconos, fieles laicos, religiosos, religiosas– estamos en camino hacia la patria celestial, donde nos ha precedido la Virgen María, asociada de modo singular y perfecto al misterio de Cristo y de la Iglesia. Karol Wojtyła, primero como Obispo Auxiliar y después como Arzobispo de Cracovia, participó en el Concilio Vaticano II y sabía que dedicar a María el último capítulo del Documento sobre la Iglesia significaba poner a la Madre del Redentor como imagen y modelo de santidad para todos los cristianos y para la Iglesia entera. Esta visión teológica es la que el beato Juan Pablo II descubrió de joven y que después conservó y profundizó durante toda su vida. Una visión que se resume en el icono bíblico de Cristo en la cruz, y a sus pies María, su madre. Un icono que se encuentra en el evangelio de Juan (19, 25-27) y que quedó sintetizado en el escudo episcopal y posteriormente papal de Karol Wojtyła: una cruz de oro, una «eme» abajo, a la derecha, y el lema: «Totus tuus», que corresponde a la célebre expresión de san Luis María Grignion de Monfort, en la que Karol Wojtyła encontró un principio fundamental para su vida: «Totus tuus ego sum et omnia mea tua sunt. Accipio Te in mea omnia. Praebe mihi cor tuum, Maria -Soy todo tuyo y todo cuanto tengo es tuyo. Tú eres mi todo, oh María; préstame tu corazón». (Tratado de la verdadera devoción a la Santísima Virgen, n. 266).

El nuevo Beato escribió en su testamento: «Cuando, en el día 16 de octubre de 1978, el cónclave de los cardenales escogió a Juan Pablo II, el primado de Polonia, cardenal Stefan Wyszyński, me dijo: “La tarea del nuevo Papa consistirá en introducir a la Iglesia en el tercer milenio”». Y añadía: «Deseo expresar una vez más gratitud al Espíritu Santo por el gran don del Concilio Vaticano II, con respecto al cual, junto con la Iglesia entera, y en especial con todo el Episcopado, me siento en deuda. Estoy convencido de que durante mucho tiempo aún las nuevas generaciones podrán recurrir a las riquezas que este Concilio del siglo XX nos ha regalado. Como obispo que participó en el acontecimiento conciliar desde el primer día hasta el último, deseo confiar este gran patrimonio a todos los que están y estarán llamados a aplicarlo. Por mi parte, doy las gracias al eterno Pastor, que me ha permitido estar al servicio de esta grandísima causa a lo largo de todos los años de mi pontificado». ¿Y cuál es esta «causa»? Es la misma que Juan Pablo II anunció en su primera Misa solemne en la Plaza de San Pedro, con las memorables palabras: «¡No temáis! !Abrid, más todavía, abrid de par en par las puertas a Cristo!». Aquello que el Papa recién elegido pedía a todos, él mismo lo llevó a cabo en primera persona: abrió a Cristo la sociedad, la cultura, los sistemas políticos y económicos, invirtiendo con la fuerza de un gigante, fuerza que le venía de Dios, una tendencia que podía parecer irreversible. Con su testimonio de fe, de amor y de valor apostólico, acompañado de una gran humanidad, este hijo ejemplar de la Nación polaca ayudó a los cristianos de todo el mundo a no tener miedo de llamarse cristianos, de pertenecer a la Iglesia, de hablar del Evangelio. En una palabra: ayudó a no tener miedo de la verdad, porque la verdad es garantía de libertad. Más en síntesis todavía: nos devolvió la fuerza de creer en Cristo, porque Cristo es Redemptor hominis, Redentor del hombre: el tema de su primera Encíclica e hilo conductor de todas las demás.

Karol Wojtyła subió al Solio de Pedro llevando consigo la profunda reflexión sobre la confrontación entre el marxismo y el cristianismo, centrada en el hombre. Su mensaje fue éste: el hombre es el camino de la Iglesia, y Cristo es el camino del hombre. Con este mensaje, que es la gran herencia del Concilio Vaticano II y de su «timonel», el Siervo de Dios el Papa Pablo VI, Juan Pablo II condujo al Pueblo de Dios a atravesar el umbral del Tercer Milenio, que gracias precisamente a Cristo él pudo llamar «umbral de la esperanza». Sí, él, a través del largo camino de preparación para el Gran Jubileo, dio al cristianismo una renovada orientación hacia el futuro, el futuro de Dios, trascendente respecto a la historia, pero que incide también en la historia. Aquella carga de esperanza que en cierta manera se le dio al marxismo y a la ideología del progreso, él la reivindicó legítimamente para el cristianismo, restituyéndole la fisonomía auténtica de la esperanza, de vivir en la historia con un espíritu de «adviento», con una existencia personal y comunitaria orientada a Cristo, plenitud del hombre y cumplimiento de su anhelo de justicia y de paz.

Quisiera finalmente dar gracias también a Dios por la experiencia personal que me concedió, de colaborar durante mucho tiempo con el beato Papa Juan Pablo II. Ya antes había tenido ocasión de conocerlo y de estimarlo, pero desde 1982, cuando me llamó a Roma como Prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe, durante 23 años pude estar cerca de él y venerar cada vez más su persona. Su profundidad espiritual y la riqueza de sus intuiciones sostenían mi servicio. El ejemplo de su oración siempre me ha impresionado y edificado: él se sumergía en el encuentro con Dios, aun en medio de las múltiples ocupaciones de su ministerio. Y después, su testimonio en el sufrimiento: el Señor lo fue despojando lentamente de todo, sin embargo él permanecía siempre como una «roca», como Cristo quería. Su profunda humildad, arraigada en la íntima unión con Cristo, le permitió seguir guiando a la Iglesia y dar al mundo un mensaje aún más elocuente, precisamente cuando sus fuerzas físicas iban disminuyendo. Así, él realizó de modo extraordinario la vocación de cada sacerdote y obispo: ser uno con aquel Jesús al que cotidianamente recibe y ofrece en la Iglesia.

¡Dichoso tú, amado Papa Juan Pablo, porque has creído! Te rogamos que continúes sosteniendo desde el Cielo la fe del Pueblo de Dios. Desde el Palacio nos has bendecido muchas veces en esta Plaza. Hoy te rogamos: Santo Padre: bendícenos. Amén.

© Copyright 2011 - Libreria Editrice Vaticana

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