
Homilía I: textos de homilías pronunciadas por S.S. Juan Pablo II
Homilía II: a cargo de D. Justo Luis Rodríguez Sánchez de Alva
Homilía III: basada en el Catecismo de la Iglesia Católica
Homilía IV: Homilía pronunciada por S.S. Benedicto XVI
(Hch 2,1-11) "Empezaron a hablar en lenguas extranjeras"
(1 Cor 12,3b-7.12-13) "En cada uno se manifiesta el Espíritu para el bien común"
(Jn 20,19-23) "Recibid el Espíritu Santo"
Homilía en la clausura del XX Congreso Eucarístico Nacional de Italia, en Milán (22-V-1982)
--- El origen de la Iglesia
--- La Eucaristía
--- Continua asistencia del Paráclito
--- El origen de la Iglesia
“Señor, envía tu Espíritu y renueva la faz de la tierra”.
Así grita la Iglesia en la liturgia de la solemnidad de Pentecostés.
Señor, envía tu Espíritu y renueva la faz de la tierra.
Potente es el soplo de Pentecostés. Eleva, con la fuerza del Espíritu Santo, la tierra y todo el mundo creado a Dios, por medio del cual existe todo lo que existe.
Por esto, cantamos con el Salmista:
“¡Cuántas son tus obras, Señor!/ la tierra está llena de tus criaturas” (Sal 103/104,24).
Miramos el orbe terrestre, abarcamos la inmensidad de la creación y continuamos proclamando con el Salmista: “Les retiras el aliento y expiran,/ y vuelven a ser polvo;/ envías tu aliento y los creas,/ y repueblas la faz de la tierra” (Sal 103/104,29-30).
Profesamos la potencia del Espíritu Santo en la Obra de la creación: el mundo visible tiene su origen en la invisible Sabiduría, Omnipotencia y Amor. Y, por esto, deseamos hablar a las criaturas con las palabras que ellas oyeron a su Creador en el Comienzo, cuando vio que eran “buenas”, “muy buenas”. Y, por esto cantamos: “Bendice, alma mía, al Señor./ ¡Dios mío, qué grande eres!.../ Gloria a Dios para siempre,/ goce el Señor con sus obras” (Sal 103/104,1.31).
En el templo grande e inmenso de la creación queremos festejar hoy el nacimiento de la Iglesia. Precisamente por esto repetimos: “¡Señor, envía tu Espíritu, y renueva la faz de la tierra!”.
Y repetimos estas palabras reuniéndonos en el Cenáculo de Pentecostés: efectivamente, allí el Espíritu Santo descendió sobre los Apóstoles, reunidos con la Madre de Cristo, y allí nació la Iglesia para servir a la renovación de la faz de la tierra.
--- La Eucaristía
Al mismo tiempo, entre todas las criaturas, que han venido a ser obra de las manos humanas, elegimos el Pan y el Vino. Los llevamos al altar. En efecto, la Iglesia, que nació el día de Pentecostés de la potencia del Espíritu Santo, nace constantemente de la Eucaristía, donde el pan y el vino se convierten en el Cuerpo y la Sangre del Redentor. Y esto ocurre también gracias a la potencia del Espíritu Santo.
Nos encontramos en el Cenáculo de Jerusalén el día de Pentecostés. Pero simultáneamente la liturgia de esta solemnidad nos lleva al Cenáculo “la tarde de la resurrección”. Precisamente allí, a pesar de que las puertas estaban cerradas, vino Jesús a los discípulos reunidos y todavía atemorizados.
Después de mostrarles las manos y el costado, como prueba que era el mismo que había sido crucificado, les dijo: “Paz a vosotros. Como el Padre me ha enviado, así también os envío yo. Y diciendo esto, exhaló su aliento sobre ellos y les dijo: Recibid el Espíritu Santo; a quienes les perdonéis los pecados, les quedan perdonados; a quienes se los retengáis, les quedan retenidos” (Jn 20,21-23).
Así, pues, la tarde del día de la resurrección, los Apóstoles, encerrados en el silencio del Cenáculo, recibieron el mismo Espíritu Santo, que descendió sobre ellos cincuenta días después, a fin de que, inspirados por su fuerza, se convirtiesen en testigos del nacimiento de la Iglesia: “Nadie puede decir 'Jesús es Señor', si no es bajo la acción del Espíritu Santo” (1 Cor 12,3).
La tarde del día de la resurrección de los Apóstoles, con la fuerza del Espíritu Santo, confesaron con todo el corazón: “Jesús es el Señor”, la potencia del Espíritu Santo puso en sus manos la Eucaristía -El Cuerpo y la Sangre del Señor-; la Eucaristía que en el mismo Cenáculo, durante la última Cena, Jesús les había entregado, antes de su pasión.
Entonces dijo, mientras les daba el pan: “Tomad y comed todos de él: esto es mi cuerpo, entregado en sacrificio por vosotros”.
Y a continuación, dándoles el cáliz del vino dijo: “Tomad y bebed todos de él, porque éste es el cáliz de mi sangre, sangre de la Alianza nueva y eterna, que será derramada por vosotros y por todos los hombres para el perdón de los pecados”. Y después de haber dicho esto, añadió: “Haced esto en memoria mía”.
Cuando llegó el día de Viernes Santo, y luego el Sábado Santo, las palabras misteriosas de la última Cena se cumplieron mediante la pasión de Cristo. He aquí que su Cuerpo había sido entregado. He aquí que su Sangre había sido derramada. Y, cuando Cristo resucitó, se colocó en medio de los Apóstoles la tarde de Pascua, sus corazones latieron, bajo el soplo del Espíritu Santo, con nuevo ritmo de fe.
¡He aquí que ante ellos está el Resucitado!
He aquí que Jesús es el Señor. He aquí que Jesús el Señor les ha dado su Cuerpo como pan y su Sangre como vino “para la remisión de los pecados”. Les ha dado la Eucaristía.
--- Continua asistencia del Paráclito
He aquí que el Resucitado dice: “Como el Padre me ha enviado, así también os envío yo”.
He aquí que los envía con la fuerza del Espíritu Santo con la palabra de la Eucaristía y con el signo de la Eucaristía, puesto que realmente ha dicho: “Haced esto en memoria mía”
“Jesucristo es Señor”.
He aquí que envía a sus Apóstoles con la memoria eterna de su Cuerpo y de su Sangre, con el sacramento de su muerte y de su resurrección: Él, Jesucristo, Señor y Pastor de su grey para todos los tiempos.
La Iglesia nace el día de Pentecostés. Nace bajo el soplo potente del Santísimo Espíritu, que ordena a los Apóstoles salir del Cenáculo y emprender su misión.
La tarde de la resurrección Cristo les dijo: “Como el Padre me ha enviado, así también os envío yo”. La mañana de Pentecostés el Espíritu Santo hace que ellos emprendan esta misión. Y así ellos van a los hombres y se ponen en camino por el mundo.
Antes de que ocurriese esto, el mundo -el mundo humano- había entrado en el Cenáculo. Porque he aquí que: “Se llenaron todos del Espíritu Santo y empezaron a hablar en lenguas extranjeras, cada uno en la lengua que el Espíritu le sugería” (Hch 2,4). Con este don de lenguas entró a la vez en el Cenáculo en el mundo de los hombres, que hablan las diversas lenguas, y a los cuales hay que hablar en varias lenguas para ser comprendidos en el anuncio de las “maravillas de Dios” (Hch 2,11).
El día de Pentecostés nació la Iglesia, bajo el soplo potente del Espíritu Santo. Nació de cien maneras, en todo el mundo habitado por los hombres, que hablan diversas lenguas. Nació para ir a todo el mundo, enseñando a todas las naciones con las diversas lenguas.
Nació a fin de que, enseñando a los hombres y a las naciones, nazca siempre de nuevo mediante la palabra del Evangelio; para que nazca siempre de nuevo en ellos en el Espíritu Santo, por la potencia sacramental de la Eucaristía.
Todos los que acogen la palabra del Evangelio, todos los que se alimentan del Cuerpo y de la Sangre de Cristo en la Eucaristía, bajo el soplo del Espíritu Santo, profesan: “Jesús es el Señor” (1 Cor 12,3).
Y así, bajo el soplo del Espíritu Santo, comenzando desde el Pentecostés de Jerusalén, crece la Iglesia.
En ella hay diversidad “de carismas”, y diversidad “de ministerios”, y diversidad “de operaciones”, pero “uno solo es el Espíritu”, pero “uno solo es el Señor”, pero “uno solo es Dios”, “que obra todo en todos” (1 Cor 12,4-6).
En cada hombre,/
en cada comunidad humana,/
en cada país, lengua y nación,/
en cada generación,/
La Iglesia es concebida de nuevo y de nuevo crece.
Y crece como cuerpo, porque, como el cuerpo une en uno muchos miembros, muchos órganos, muchas células, así la Iglesia une en uno con Cristo muchos hombres.
La multiplicidad se manifiesta, por obra del Espíritu Santo, en la unidad, y la unidad contiene en sí la multiplicidad: “Todos nosotros... hemos sido bautizados en un mismo Espíritu para formar un solo Cuerpo. Y todos hemos bebido de un solo Espíritu” (1 Cor 12,13).
En la base de esta unidad espiritual que nace y se manifiesta cada día siempre de nuevo, está el Sacramento del Cuerpo y de la Sangre, el gran memorial de la Cruz y de la Resurrección, el Signo de la Nueva y Eterna Alianza, que Cristo mismo ha puesto en las manos de los Apóstoles y ha colocado como fundamento de su misión.
En la potencia del Espíritu Santo se construye la Iglesia como Cuerpo mediante el Sacramento del Cuerpo. En la potencia del Espíritu Santo se construye la Iglesia como pueblo de la Nueva Alianza mediante la Sangre de la nueva Alianza.
Es inagotable en el Espíritu Santo la potencia vivificante de este Sacramento. La Iglesia vive de él, en el Espíritu Santo, con la vida misma de su Señor. “Jesús es Señor”.
Es el Cenáculo de Pentecostés, pero es, a la vez, el Cenáculo mismo del encuentro pascual de Cristo con los Apóstoles, es el Cenáculo mismo del Jueves Santo.
Un día llegó al Cenáculo de Pentecostés todo el mundo a través del don de lenguas: fue como un gran desafío para la Iglesia, grito por la Eucaristía y petición de la Eucaristía.
La Iglesia se convierte, mediante la Eucaristía, en la medida de la vida y en la fuente de la misión de todo el pueblo de Dios, que ha venido hoy al cenáculo hablando con la lengua de los hombres contemporáneos.
La vida del hombre se graba, mediante la Eucaristía, en el misterio del Dios viviente. En este misterio el hombre supera los límites de la contemporaneidad, encaminándose hacia la esperanza de la vida eterna. He aquí que la Iglesia del Verbo Encarnado hace nacer, mediante la Eucaristía, a los habitantes de la eterna Jerusalén.
¡Te damos gracias, oh Cristo! Te damos gracias, porque en la Eucaristía nos acoges a nosotros, indignos, mediante la potencia del Espíritu Santo en la unidad de tu Cuerpo y de tu Sangre, en la unidad de tu muerte y de tu resurrección.
¡Gratias agamus Domino Deo nostro!
¡Te damos gracias, oh Cristo!
Te damos gracias, porque permites a la Iglesia nacer siempre de nuevo en esta tierra, y porque le permites engendrar hijos e hijas de esta tierra como hijos de la adopción divina y herederos de los destinos eternos.
¡Gratias agamus Domino Deo nostro!
“Como el Padre me ha enviado, así también os envío yo a vosotros” (Jn 20,21).
¡Y da a estas palabras el soplo potente de Pentecostés!
Haz que estemos dondequiera Tú nos envíes..., porque el Padre te envió a Ti.
DP-158 1983
Homilía II: a cargo de D. Justo Luis Rodríguez Sánchez de Alva
“Todos los discípulos estaban juntos...” (1ª lect). En esta atmósfera de oración y de reflexión por los acontecimientos pascuales vividos hasta el día de la Ascensión, irrumpe la fuerza de lo Alto que el Señor había prometido a los suyos. El Espíritu de Verdad que procede del Padre, el Consolador, el alma de la Iglesia, su secreto y su fuerza en medio de tantas rebeliones a bordo y de tantas tormentas como la barca de Pedro ha tenido que soportar a lo largo de su dilatada singladura.
Fue el Espíritu Santo quien dio comienzo a esa colosal empresa evangelizadora y santificadora que es la Iglesia, y es Él también, quien con su aliento divino, continúa esta tarea hasta que, cuando se cumpla la última hora de la Historia, de nuevo Cristo vuelva. Y es con este mismo aliento divino -que recuerda el gesto de Dios al crear al hombre (Cfr Gn 2,7)- como debemos nosotros seguir navegando. Por eso rezamos hoy así: “Ven, Espíritu divino, manda tu luz desde el cielo..., mira el vacío del hombre si Tú le faltas por dentro; mira el poder del pecado cuando no envías tu aliento...” (Secuencia).
Es realmente llamativo el contraste entre la postración en que Jesús encuentra a sus discípulos: puertas cerradas, miedo, ocultación (3ª lect) y el arrojo, la seguridad y el vigor de la proclamación de la verdad cuando han recibido su Espíritu. En su inesperada aparición, Jesús les da su Paz, su Espíritu, su Poder de perdonar los pecados, su misión, que Él había recibido del Padre. Aquí está la razón profunda de este cambio.
“La acción del Espíritu Santo que opera en la Iglesia y en quienes formamos parte de Ella desde el día del Bautismo, puede pasarnos inadvertida, porque Dios no nos da a conocer sus planes y porque el pecado del hombre enturbia y obscurece los dones divinos” (S. Josemaría Escrivá). Con todo, lo decisivo es lo que hace el Señor. También ahora “se devuelve la vista a los ciegos, que habían perdido la capacidad de mirar al cielo y de contemplar las maravillas de Dios; se da la libertad a cojos y tullidos, que se encontraban atados por sus apasionamientos y cuyos corazones no sabían ya amar; se hace oír a sordos, que no deseaban saber de Dios; se logra que hablen los mudos, que tenían atenazada la lengua porque no querían confesar sus derrotas; se resucita a muertos, en los que el pecado había destruido la vida. Comprobamos una vez más que ‘la palabra de Dios es viva y eficaz, y más penetrante que cualquier espada de dos filos’ (Heb 4,12) y, lo mismo que los primeros fieles cristianos, nos alegramos al admirar la fuerza del Espíritu Santo y su acción en la inteligencia y en la voluntad de sus criaturas” (S. Josemaría Escrivá).
La Iglesia es un signo visible de esta acción del Espíritu de Dios en el mundo. Ella tiene “una antigüedad de casi dos mil años. Frente a ella, todas las instituciones sociales del Occidente, sus estados y confederaciones de pueblos, son de ayer. Los estados, en los que se estableció la Iglesia y por los que aparentemente estaba sostenida, han caído; las culturas, con las que parecía fusionada, se han deshecho; sobrevinieron extraordinarias tempestades y conmociones en las naciones en que la Iglesia estaba implantada, y sólo ella permaneció inmutable en el cambio de los tiempos. Sobrevivió a la ruina del Imperio romano con todas sus crisis; no fue barrida por las invasiones de los pueblos bárbaros; no pudo ser vencida por la interna debilidad del papado, ni por la fuerza externa del emperador y el nacionalismo francés, ni por los pecados y deficiencias humanas del Humanismo y la Reforma, ni por las extraordinarias revoluciones de la Ilustración, la Revolución francesa, el capitalismo, el socialismo y la técnica moderna. En todas las crisis y tempestades se ha afirmado victoriosa y, en tal grado, que su esencia íntima, sus dogmas, su culto y su derecho permanecieron inmutables” (A. Lang).
Esta permanencia, sin precedentes en la historia, tiene su explicación en el Espíritu Santo, alma de la Iglesia.
Homilía III: basada en el Catecismo de la Iglesia Católica
(Misa vespertina de la Vigilia) «El Espíritu viene en ayuda de nuestra debilidad»
I. LA PALABRA DE DIOS
Ez 37,1-14: «¡Huesos secos! Os infundiré espíritu y viviréis»
Sal 103,1-2a.24.27-28.29bc-30: «Envía tu Espíritu, Señor, y repuebla la faz de la tierra»
Rm 8,22-27: «El Espíritu intercede por nosotros con gemidos inefables»
Jn 7,37-39: «Manarán torrentes de agua viva»
II. APUNTE BÍBLICO-LITÚRGICO
El cuadro que describe Ezequiel es verdaderamente aterrador.
La impresión de sentir la muerte alrededor es apocalíptica.
El profeta, que ha notado que la mano del Señor se había posado sobre él, no duda de que sea posible la resurrección: «Señor, tú lo sabes». El profeta comunica al pueblo la esperanza de salvación simbolizada en aquella visión.
Tal vez a algunos cristianos les vendraía bien un empujón de esperanza para mirar a la Iglesia como algo más vivo que «un montón de huesos». La fuerza desplegada por el Espíritu de Dios es la prueba de confianza que necesitamos todos. Y si Ezequiel podía confiar porque había notado la mano de Dios sobre él, nosotros hemos sentido el soplo de su Espíritu: «No dejes, Señor, de realizar hoy las maravillas que obraste en los comienzos de la predicación evangélica» (Misa del día de Pentecostés).
III. SITUACIÓN HUMANA
Las interpretaciones catastrofistas que de vez en cuando surgen a nuestro alrededor, nos arrugan el corazón y nos tientan al «qué se le va a hacer». Los malos augurios son frecuentemente lamentos que no cambian nada. Invitan más bien al «sálvese quien pueda». Y eso es lo más contrario a la esperanza. El optimismo no es una ingenuidad cuando se apoya en las posiblidades del hombre.
IV. LA FE DE LA IGLESIA
La fe
– Dios ha enviado a nuestros corazones el Espíritu de su Hijo: "Nadie puede decir «Jesús es el Señor» sino por influjo del Espíritu Santo. «Dios ha enviado a nuestros corazones el Espíritu de su Hijo que clama Abba, Padre». Este conocimiento de fe no es posible sino en el Espíritu Santo. Para entrar en contacto con Cristo, es necesario primeramente haber sido atraído por el Espíritu Santo. Él es quien nos precede y despierta en nosotros la fe. Mediante el Bautismo, primer sacramento de la fe, la Vida, que tiene su fuente en el Padre y se nos ofrece por el Hijo, se nos comunica íntima y personalmente por el Espíritu Santo en la Iglesia " (683; cf 689. 692. 1433).
La respuesta
– Efectos del Sacramento de la Confirmación: "Por este hecho, la Confirmación confiere crecimiento y profundidad a la gracia bautismal: nos introduce más profundamente en la filiación divina que nos hace decir «Abbá Padre» nos une más firmemente a Cristo; aumenta en nosotros los dones del Espíritu Santo; hace más perfecto nuestro vínculo con la Iglesia Católica; nos concede una fuerza especial del Espíritu Santo para difundir y defender la fe mediante la palabra y las obras como verdaderos testigos de Cristo, para confesar valientemente el nombre de Cristo y para no sentir vergüenza de la cruz" (1303).
– Dones y frutos del Espíritu Santo: 736. 1830-1832.
– El Cristiano, «criatura nueva» por el Espíritu Santo: 1265-1266.
El testimonio cristiano
– «El Bautismo nos da la gracia del nuevo nacimiento en Dios Padre por medio de su Hijo en el Espíritu Santo. Porque los que son portadores del Espíritu de Dios son conducidos al Verbo, es decir al Hijo; pero el Hijo los presenta al Padre, y el Padre les concede la incorruptibilidad. Por tanto, sin el Espíritu no es posible ver al Hijo de Dios y, sin el Hijo, nadie puede acercarse al Padre, porque el conocimiento del Padre es el Hijo, y el conocimiento del Hijo de Dios se logra por el Espíritu Santo (San Ireneo, dem. 7)» (683). Si el Espíritu «ora en nosotros con gemidos inenarrables», es que vive en nosotros. Si el Espíritu hace que clamemos: «Abbá, Padre» es que hace que creamos.
(Misa del día) «Todos hemos bebido de un solo Espíritu»
I. LA PALABRA DE DIOS
Hch 2,1-11: «Se llenaron todos del Espíritu Santo y empezaron a hablar»
Sal 103,1ab.24.29bc-30.31.34: «Envía tu Espíritu, Señor, y repuebla la faz de la tierra»
1Co 12,3b-7.12-13: «Hemos sido bautizados en un mismo Espíritu para formar un solo cuerpo»
Jn 20,19-23: «Como el Padre me ha enviado, así también os envío yo. Recibid el Espíritu Santo»
II. APUNTE BÍBLICO-LITÚRGICO
El acontecimiento de Pentecostés debió resultar tan absolutamente único en la Iglesia que no tuvieron más remedio que transmitirlo en imágenes familiares (viento, fuego...). Es el Espíritu el que hace que aquellos que han vivido tan cerca de Jesús se transformen ahora en testigos del Resucitado, el mismo que «había comido y bebido con ellos».
Hoy afirmamos que la Iglesia, comunidad de quienes han oído la Palabra, se siente comunidad de fe, que anuncia gozosa desde el Espíritu la Buena Nueva del Evangelio. Él, desde el principio, es su alma y su guía.
El envío del Espíritu dependía de la glorificación de Jesús, y de su retorno al Padre. Una vez llegado, Juan destaca la íntima conexión entre la Resurrección y la animación de la Iglesia por el Espíritu Santo, hasta recalcar en este párrafo el poder otorgado a la Iglesia para perdonar los pecados.
III. SITUACIÓN HUMANA
La humanidad, sumida tantas veces en el desaliento y la apatía, es capaz con frecuencia de luchar por hallar una salida a estas situaciones. Con la conciencia de que no todo está perdido, trabaja por aquello que en otro momento le parecía inabordable por difícil, o para lo que se sentía sin fuerzas.
IV. LA FE DE LA IGLESIA
La fe
– La Pascua de Cristo se consuma con la efusión del Espíritu Santo: «El Espíritu Santo que Cristo, Cabeza, derrama sobre sus miembros, construye, anima y santifica a la Iglesia. Él es el sacramento de la Comunión de la Santísima Trinidad con los hombres» (747; cf 731. 732).
– El nombre, los apelativos y símbolos del Espíritu Santo: 691-701.
– El «Espíritu Santo preparó a María por su gracia»: 721-726.
La respuesta
– El Espíritu Santo nos hace miembros de la Iglesia: "Por el poder del Espíritu Santo participamos de la Pasión de Cristo, muriendo al pecado, y en su Resurrección, naciendo, a una vida nueva; somos miembros de su cuerpo que es la Iglesia, sarmientos unidos a la vid que es Él mismo. «Por el Espíritu Santo participamos de Dios. Por la participación del Espíritu venimos a ser partícipes de la naturaleza divina...Por eso, aquellos en quienes habita el Espíritu están divizados» (San Atanasio, ep Serap.1,24)" (1988).
– La gracia del Espíritu Santo tiene el poder de santificarnos: 1987. 1995.
El testimonio cristiano
– «Por la comunión con Él, el Espíritu Santo nos hace espirituales, nos restablece en el Paraíso, nos lleva al Reino de los cielos y a la adopción filial, nos da la confianza de llamar a Dios Padre y de participar en la gracia de Cristo, de ser llamados hijos de la luz y de tener parte en la gloria eterna (S. Basilio, Spr 15,36)» (736).
«Si el Espíritu que resucitó a Jesús de entre los muertos habita en vosotros el que resucitó de entre los muertos a Jesús vivificará también vuestros cuerpos mortales, por el mismo Espíritu que habita en vosotros» (Rm 8,10).
Homilía IV: Homilía pronunciada por S.S. Benedicto XVI
CAPILLA PAPAL EN LA SOLEMNIDAD DE PENTECOSTÉS
Basílica Vaticana
Domingo 12 de junio de 2011
Queridos hermanos y hermanas:
Celebramos hoy la gran solemnidad de Pentecostés. Aunque, en cierto sentido, todas las solemnidades litúrgicas de la Iglesia son grandes, esta de Pentecostés lo es de una manera singular, porque marca, llegado al quincuagésimo día, el cumplimiento del acontecimiento de la Pascua, de la muerte y resurrección del Señor Jesús, a través del don del Espíritu del Resucitado. Para Pentecostés nos ha preparado en los días pasados la Iglesia con su oración, con la invocación repetida e intensa a Dios para obtener una renovada efusión del Espíritu Santo sobre nosotros. La Iglesia ha revivido así lo que aconteció en sus orígenes, cuando los Apóstoles, reunidos en el Cenáculo de Jerusalén, «perseveraban unánimes en la oración, junto con algunas mujeres y María, la madre de Jesús, y con sus hermanos» (Hch 1, 14). Estaban reunidos en humilde y confiada espera de que se cumpliese la promesa del Padre que Jesús les había comunicado: «Seréis bautizados con Espíritu Santo, dentro de no muchos días... Recibiréis la fuerza del Espíritu Santo que va a venir sobre vosotros» (Hch 1, 5.8).
En la liturgia de Pentecostés, a la narración de los Hechos de los Apóstoles sobre el nacimiento de la Iglesia (cf. Hch 2, 1-11) corresponde el salmo 103 que hemos escuchado: una alabanza de toda la creación, que exalta al Espíritu Creador que lo hizo todo con sabiduría: «¡Cuántas son tus obras, Señor, y todas las hiciste con sabiduría! La tierra está llena de tus criaturas... ¡Gloria a Dios para siempre, goce el Señor con sus obras!» (Sal 103, 24.31). Lo que quiere decirnos la Iglesia es esto: el Espíritu creador de todas las cosas y el Espíritu Santo que Cristo hizo descender desde el Padre sobre la comunidad de los discípulos son uno y el mismo: creación y redención se pertenecen mutuamente y constituyen, en el fondo, un único misterio de amor y de salvación. El Espíritu Santo es ante todo Espíritu Creador y por tanto Pentecostés es también fiesta de la creación. Para nosotros, los cristianos, el mundo es fruto de un acto de amor de Dios, que hizo todas las cosas y del que él se alegra porque es «algo bueno», «algo muy bueno», como nos recuerda el relato de la Creación (cf. Gn 1, 1-31). Por eso Dios no es el totalmente Otro, innombrable y oscuro. Dios se revela, tiene un rostro. Dios es razón, Dios es voluntad, Dios es amor, Dios es belleza. Así pues, la fe en el Espíritu Creador y la fe en el Espíritu que Cristo resucitado dio a los Apóstoles y nos da a cada uno de nosotros están inseparablemente unidas.
La segunda lectura y el Evangelio de hoy nos muestran esta conexión. El Espíritu Santo es Aquel que nos hace reconocer en Cristo al Señor, y nos hace pronunciar la profesión de fe de la Iglesia: «Jesús es el Señor» (cf. 1 Co 12, 3b). Señor es el título atribuido a Dios en el Antiguo Testamento, título que en la lectura de la Biblia tomaba el lugar de su nombre impronunciable. El Credo de la Iglesia no es sino el desarrollo de lo que se dice con esta sencilla afirmación: «Jesús es Señor». De esta profesión de fe san Pablo nos dice que se trata precisamente de la palabra y de la obra del Espíritu. Si queremos estar en el Espíritu Santo, debemos adherirnos a este Credo. Haciéndolo nuestro, aceptándolo como nuestra palabra, accedemos a la obra del Espíritu Santo. La expresión «Jesús es Señor» se puede leer en los dos sentidos. Significa: Jesús es Dios y, al mismo tiempo, Dios es Jesús. El Espíritu Santo ilumina esta reciprocidad: Jesús tiene dignidad divina, y Dios tiene el rostro humano de Jesús. Dios se muestra en Jesús, y con ello nos da la verdad sobre nosotros mismos. Dejarse iluminar en lo más profundo por esta palabra es el acontecimiento de Pentecostés. Al rezar el Credo entramos en el misterio del primer Pentecostés: del desconcierto de Babel, de aquellas voces que resuenan una contra otra, y produce una transformación radical: la multiplicidad se hace unidad multiforme, por el poder unificador de la Verdad crece la comprensión. En el Credo, que nos une desde todos los lugares de la Tierra, se forma la nueva comunidad de la Iglesia de Dios, que, mediante el Espíritu Santo, hace que nos comprendamos aun en la diversidad de las lenguas, a través de la fe, la esperanza y el amor.
El pasaje evangélico nos ofrece, después, una imagen maravillosa para aclarar la conexión entre Jesús, el Espíritu Santo y el Padre: el Espíritu Santo se presenta como el soplo de Jesucristo resucitado (cf. Jn 20, 22). El evangelista san Juan retoma aquí una imagen del relato de la creación, donde se dice que Dios sopló en la nariz del hombre un aliento de vida (cf. Gn 2, 7). El soplo de Dios es vida. Ahora, el Señor sopla en nuestra alma un nuevo aliento de vida, el Espíritu Santo, su más íntima esencia, y de este modo nos acoge en la familia de Dios. Con el Bautismo y la Confirmación se nos hace este don de modo específico, y con los sacramentos de la Eucaristía y de la Penitencia se repite continuamente: el Señor sopla en nuestra alma un aliento de vida. Todos los sacramentos, cada uno a su manera, comunican al hombre la vida divina, gracias al Espíritu Santo que actúa en ellos.
En la liturgia de hoy vemos también una conexión ulterior. El Espíritu Santo es Creador, es al mismo tiempo Espíritu de Jesucristo, pero de modo que el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo son un solo y único Dios. Y a la luz de la primera lectura podemos añadir: el Espíritu Santo anima a la Iglesia. Esta no procede de la voluntad humana, de la reflexión, de la habilidad del hombre o de su capacidad organizativa, pues, si fuese así, ya se habría extinguido desde hace mucho tiempo, como sucede con todo lo humano. La Iglesia, en cambio, es el Cuerpo de Cristo, animado por el Espíritu Santo. Las imágenes del viento y del fuego, usadas por san Lucas para representar la venida del Espíritu Santo (cf. Hch 2, 2-3), recuerdan el Sinaí, donde Dios se había revelado al pueblo de Israel y le había concedido su alianza; «la montaña del Sinaí humeaba —se lee en el libro del Éxodo—, porque el Señor había descendido sobre ella en medio del fuego» (19, 18). De hecho, Israel festejó el quincuagésimo día después de la Pascua, después de la conmemoración de la huída de Egipto, como la fiesta del Sinaí, la fiesta del Pacto. Cuando san Lucas habla de lenguas de fuego para representar al Espíritu Santo, se recuerda ese antiguo Pacto, establecido sobre la base de la Ley recibida por Israel en el Sinaí. Así el acontecimiento de Pentecostés se representa como un nuevo Sinaí, como el don de un nuevo Pacto en el que la alianza con Israel se extiende a todos los pueblos de la Tierra, en el que caen todas las barreras de la antigua Ley y aparece su corazón más santo e inmutable, es decir, el amor, que precisamente el Espíritu Santo comunica y difunde, el amor que lo abraza todo. Al mismo tiempo la Ley se dilata, se abre, aun volviéndose más sencilla: es el nuevo Pacto, que el Espíritu «escribe» en el corazón de cuantos creen en Cristo. San Lucas representa la extensión del Pacto a todos los pueblos de la tierra a través de una lista de poblaciones considerable para aquella época (cf. Hch 2, 9-11). Con esto se nos dice algo muy importante: que la Iglesia es católica desde el primer momento, que su universalidad no es fruto de la inclusión sucesiva de comunidades diversas. De hecho, desde el primer instante, el Espíritu Santo la creó como Iglesia de todos los pueblos; abraza al mundo entero, supera todas las fronteras de raza, clase, nación; abate todas las barreras y une a los hombres en la profesión del Dios uno y trino. Desde el principio la Iglesia es una, católica y apostólica: esta es su verdadera naturaleza y como tal debe ser reconocida. Es santa no gracias a la capacidad de sus miembros, sino porque Dios mismo, con su Espíritu, la crea, la purifica y la santifica siempre.
Por último, el Evangelio de hoy nos entrega esta bellísima expresión: «Los discípulos se llenaron de alegría al ver al Señor» (Jn 20, 20). Estas palabras son profundamente humanas. El Amigo perdido está presente de nuevo, y quien antes estaba turbado se alegra. Pero dicen mucho más. Porque el Amigo perdido no viene de un lugar cualquiera, sino de la noche de la muerte; ¡y él la ha atravesado! Él no es uno cualquiera, sino que es el Amigo y al mismo tiempo Aquel que es la Verdad que da vida a los hombres; y lo que da no es una alegría cualquiera, sino la alegría misma, don del Espíritu Santo. Sí, es hermoso vivir porque soy amado, y es la Verdad la que me ama. Se alegraron los discípulos al ver al Señor. Hoy, en Pentecostés, esta expresión está destinada también a nosotros, porque en la fe podemos verlo; en la fe viene a nosotros, y también a nosotros nos enseña las manos y el costado, y nosotros nos alegramos. Por ello queremos rezar: ¡Señor, muéstrate! Haznos el don de tu presencia y tendremos el don más bello: tu alegría. Amén.
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