Domingo de la semana 14 de tiempo ordinario; ciclo A

Homilía I: con textos de homilías pronunciadas por S.S. Juan Pablo II
Homilía II: a cargo de D. Justo Luis Rodríguez Sánchez de Alva
Homilía III: basada en el Catecismo de la Iglesia Católica

(Zac 9,9-10) "Mira a tu rey que viene a ti justo y victorioso"

(Rm 8,9.11-13) "El Espíritu de Dios habita en vosotros"

(Mt 11,25-30) "Aprended de mí. que soy manso y humilde de corazón"

Homilía I: con textos de homilías pronunciadas por S.S. Juan Pablo II

Homilía de Fernández Carvajal en "Hablar con Dios" Tomo III

--- Sencillez

--- Imitar a Cristo en su atención al prójimo

--- Preocupación por todos

--- Sencillez

Para alcanzar de Dios la sabiduría hay que hacerse como niños. Y ser como niños es vivir confiadamente en Dios. El niño se siente débil pero se siente confiado en los brazos de su padre. Su alma y su mente están abiertas y sin prejuicios ante la voz de su padre.

"Hacernos niños: renunciar a la soberbia, a la autosuficiencia; reconocer que nosotros solos nada podemos, porque necesitamos de la gracia, del poder de nuestro Padre Dios para aprender a caminar y para perseverar en el camino. Ser pequeños exige abandonarse como se abandonan los niños, creer como creen los niños, pedir como piden los niños" (Es Cristo que pasa 143).

Consecuencia directa de la vida de infancia es la sencillez. El alma no se enreda, ni se complica inútilmente por dentro; no busca lo extraordinario: hace lo de todos, pero procura hacerlo bien, cara a Dios. Habla con claridad: no se expresa con medias verdades, ni con medias mentiras. No es ingenua ni suspicaz.

--- Imitar a Cristo en su atención al prójimo

De manera muy diferente a como muchos fariseos se comportaban con el pueblo, Jesús viene a librar a los hombres de sus cargas más pesadas, echándolas sobre Sí mismo. "Venid a mí todos los fatigados y agobiados, y Yo os aliviaré. Tomad mi yugo sobre vosotros y aprended de Mí, que soy manso y humilde de corazón, y encontraréis descanso para vuestras almas: porque mi yugo es suave y mi carga ligera" (Mt 11,28-30).

Junto a Cristo se vuelven amables todas las fatigas, todo lo que podría ser más costoso en el cumplimiento de la voluntad de Dios. El sacrificio junto a Cristo no es áspero y rebelde, sino gustoso. Él llevó nuestros dolores y nuestras cargas más pesadas. El Evangelio es una continua muestra de su preocupación por todos: “en todas partes ha dejado ejemplo de su misericordia” (San Gregorio Magno). Resucita a los muertos, cura a los ciegos, a los leprosos, a los sordomudos, libera a los endemoniados... Alguna vez ni siquiera espera que le traigan al enfermo, sino que dice: "Yo iré y le curaré" (Mt 7,7). Aun en el momento de la muerte se preocupa por los que le rodean. Y allí se entrega con amor, "como víctima de propiciación por nuestros pecados; y no sólo por los nuestros, sino también por los de todo el mundo" (1 Jn 2,2).

Nosotros debemos imitar al Señor: no sólo no echando las preocupaciones innecesarias sobre los demás, sino ayudando a sobrellevar las que tienen. Siempre que nos sea posible, asistiremos a otros en su tarea humana, en las cargas que la misma vida impone: “Cuando hayas terminado tu trabajo, haz el de tu hermano, ayudándole, por Cristo, con tal delicadeza y naturalidad que ni el favorecido se dé cuenta de que estás haciendo más de lo que en justicia debes.

‑¡Esto sí que es fina virtud de hijo de Dios!” (Camino 440).

Liberar a los demás de lo que pesa, como haría Cristo en nuestro lugar. A veces consistirá en prestar un pequeño servicio, en dar una palabra de ánimo y de aliento, en ayudar a que esa persona mire al Maestro y adquiera un sentido más positivo de su situación, en la que quizá se encuentre agobiada por hallarse sola.

El amor descubre en los demás la imagen divina, a cuya semejanza hemos sido hechos; en todos reconocemos el precio sin medida que ha costado su rescate: la misma Sangre de Cristo. Cuanto más intensa es la caridad, en mayor estima se tiene al prójimo y, en consecuencia, crece la solicitud ante sus necesidades y penas. No sólo vemos a quien sufre o pasa un apuro, sino también a Cristo, que se ha identificado con todos los hombres: "en verdad os digo, cuanto hicisteis a uno de estos hermanos míos más pequeños, a Mí lo hicisteis" (Mt 25,40). Cristo se hace presente en nosotros en la caridad. Él actúa constantemente en el mundo a través de los miembros de su Cuerpo Místico. Por eso, la unión vital con Jesús nos permite también a nosotros decir: "venid a Mí todos los fatigados y agobiados, y Yo os aliviaré”. La caridad es la realización del Reino de Dios en el mundo.

--- Preocupación por todos

Para ser fieles discípulos del Señor hemos de pedir incesantemente que nos dé un corazón semejante al suyo, capaz de compadecerse de tantos males como arrastra la humanidad, principalmente el mal del pecado, que es, sobre todos los males, el que más fuertemente agobia y deforma al hombre. La compasión fue el gesto habitual de Jesús a la vista de las miserias y limitaciones de los hombres: "Siento compasión de la muchedumbre..." (Mc 8,2). Cristo se conmueve ante toda suerte de desgracias que encontró a su paso por la tierra, y esa actitud misericordiosa es su postura permanente frente a las miserias humanas acumuladas a lo largo de los siglos. Si nosotros nos llamamos discípulos de Cristo debemos llevar en nuestro corazón los mismos sentimientos misericordiosos del Maestro.

Pidamos al Señor la ayuda de su gracia, para sentir compasión, en primer lugar, por aquellos que sufren el mal inconmensurable del pecado, los que están lejos de Dios. Así entenderemos cómo el apostolado de la Confesión es la mayor obra de misericordia, pues damos la posibilidad a Dios de verter su perdón generosísimo sobre quien se había alejado de la casa paterna.

Aliviemos en la medida en que nos sea posible a tantos que soportan la dura carga de la ignorancia, especialmente de la ignorancia religiosa, que “alcanza hoy niveles jamás vistos en ciertos países de tradición cristiana. Por imposición laicista o por desorientación y negligencia lamentables, multitud de jóvenes bautizados están llegando a la adolescencia con total desconocimiento de las más elementales nociones de la fe y la Moral y de los rudimentos mismos de la piedad. Ahora, enseñar al que no sabe significa, sobre todo, enseñar a los que nada saben de Religión, significa ‘evangelizarles’, es decir, hablarles de Dios y de la vida cristiana” (Orlandis 8, Bienaventuranzas).

Y si alguna vez nos encontramos nosotros con un peso que nos resulta demasiado duro para nuestras fuerzas, no dejemos de oír las palabras del Señor: Venid a Mí. Sólo Él restaura las fuerzas, sólo Él calma la sed. “Jesús dice ahora y siempre: Venid a Mí todos los que andáis fatigados y agobiados, y Yo os aliviaré. Efectivamente, Jesús está en una actitud de invitación, de conocimiento y de compasión por nosotros; es más, de ofrecimiento, de promesa, de amistad, de bondad, de remedio a nuestros males, de confortador y, todavía más, de alimento, de pan, de fuente de energía y de vida” (Pablo VI).

La Virgen nos facilitará el camino hacia Cristo cuando tengamos más necesidad de descargar en Él nuestras preocupaciones: "Sacarás fuerzas para cumplir acabadamente la Voluntad de Dios, te llenarás de deseos de servir a todos los hombres. Serás el cristiano que a veces sueñas ser: lleno de obras de caridad y de justicia, alegre y fuerte, ás y exigente contigo mismo" (Amigos de Dios 293).

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Homilía II: a cargo de D. Justo Luis Rodríguez Sánchez de Alva

El anuncio de un plan de salvación de la Humanidad por parte de Jesucristo, no fue aceptado por quienes andaban mendigando alabanzas unos de otros, y no se interesaban por aquella gloria que procede de Dios (Cfr Jn 5,44). De ahí que Jesús alabe a los que buscan con ardor la verdad: “Te doy gracias, Padre, Señor de cielo y tierra, porque has escondido esta cosas a los sabios y entendidos y las has revelado a la gente sencilla”. Quien es sencillo de corazón y busca la verdad -no su verdad, como dice el poeta-, se codea con la grandeza y descubre la libertad verdadera, descubre a Dios. Porque allí donde está el espíritu de Dios, allí está la libertad (Cfr 2 Cor 3,17).

Jesús se dirigía y se dirige hoy, a través de su Iglesia que somos todos, a esa humanidad que anda sobrecargada de obligaciones -muchas de ellas inútiles e inventadas por los hombres (Cfr Hch 15,10), que no traen la paz al corazón-, ofreciendo otra carga que es ligera porque la hace llevadera el amor. “Cualquiera otra carga tiene peso, pero la de Cristo tiene alas. Si a un pájaro le quitas las alas, parece que le alivias del peso, pero cuanto más le quites este peso, tanto más le atas a la tierra. Ves en el suelo al que quisiste aliviar de un peso; restitúyele el peso de sus alas y verás como vuela” (S. Agustín, Sermo, 126).

El yugo del Señor es liberación porque es la ley del Espíritu que supera la carne (2ª lect), ley de libertad interior, de obediencia filial a Dios Padre que, al amarnos más de lo que nosotros nos amamos a nosotros mismos, quiere siempre lo mejor para sus hijos. De ahí que el Salmo Responsorial afirme: “El Señor es clemente y misericordioso, bueno con todos, cariñoso con todas sus criaturas... fiel a sus palabras... El Señor sostiene a los que van a caer, endereza a los que ya se doblan”.

¡No retiremos el hombro ante la carga que el Señor quiera que llevemos! ¡En cuántas ocasiones, ante las embestidas de la comodidad egoísta y la hostilidad o indiferencia que encontramos al querer influir cristianamente en nuestro entorno, se insinúa la tentación de no complicarnos la vida! Pensamos, entonces, que nadie nos comprende, que no agradecen nuestro interés, que todo les resbala, que somos un cero a la izquierda. Procuremos no dramatizar, mirándolos con lupa, esos comportamientos. No permitamos que los demonios familiares -el amor propio herido, la comodidad- se adueñen de nuestro estado de ánimo y asome la tristeza y la soledad.

Recordemos que la comodidad no libera. La permisividad y el consumismo no liberan. El capricho y el desentenderse de los demás no liberan. Estas opciones instalan en la mediocridad y la tibieza. Lo que libera es Dios. Lo que libera es la buena conciencia. Nos equivocaríamos si creyéramos que el cristianismo nos protege del dolor. No inventó él la Cruz, ésta ya existía y existe -¡cuánto sufrimiento, cuánta injusticia, en nuestro mundo!-, pero nos ha enseñado a llevarla sin quejas y a descubrir el valor redentor que encierra. “Es tan grande la fuerza de la Cruz de Cristo, dice Orígenes, que si se pone ante los ojos..., ningún mal deseo, ninguna pasión, ningún movimiento de enfado o de envidia podrá prevalecer”.

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Homilía III: basada en el Catecismo de la Iglesia Católica

«Hacerse pequeño para recibir el Reino»

I. LA PALABRA DE DIOS

Za 9,9-10: «Tu rey viene pobre a ti»
Sal 144,1-2.8-9.10-11.13-14: «Te ensalzaré, Dios mío, mi rey»
Rm 8,9.11-13: «Si con el Espíritu dais muerte a las obras del Espíritu, viviréis»
Mt 11,25-30: «Soy manso y humilde de corazón»

II. APUNTE BÍBLICO-LITÚRGICO

En Jesucristo se cumple la profecía de Zacarías: «Mira a tu Rey» (1ª Lect.). En contraste con los jefes de Israel, políticos y religiosos, y de los Escribas que oprimían las conciencias con interpretaciones abusivas de la Ley, Jesucristo proclama que los valores del Reino se dan en los pequeños. Él mismo es el primero de ellos. La pequeñez, como la sencillez y la humildad, ocultan la grandeza de su condición regia. El Rey pobre ofrece ayuda, consuelo y descanso a los que están agobiados, a los oprimidos por el poder y a los maestros de Israel (Ev.)

El que tiene el Espíritu de Cristo, con el Espíritu destruye la autosuficiencia, la soberbia, los egoísmos y ambiciones y mediante la acción del Espíritu es vivificado y asemejado a Jesús (2ª Lect.).

III. SITUACIÓN HUMANA

Encontramos en la sociedad actual valores abiertamente enfrentados con el Evangelio. Lo pequeño, lo que no cuenta, es despreciado. Y esto no es una obviedad; es dar fe de algo que no ha cambiado nada. Lo que Jesús valoraba sigue sin estimarse. Lo que descalificaba, ocupa lugares de privilegio. ¿Hay modos de llegar a un lenguaje en el que podamos entendernos? ¿Es posible que llamemos valioso o relativo a lo mismo? El caso es que Cristo, con esos valores, (contravalores para el mundo), lo ha renovado en profundidad.

IV. LA FE DE LA IGLESIA

La fe
– El Reino de Dios revelado a los pequeños: «Los evangelistas han conservado las dos oraciones más explícitas de Cristo durante su ministerio. Cada una de ellas comienza precisamente con la acción de gracias. En la primera, Jesús confiesa al Padre, le da gracias y lo bendice porque ha escondido los misterios del Reino a los que se creen doctos y lo ha revelado a los 'pequeños' (los pobres de las Bienaventuranzas)» (2603; cf 544. 2785).

La respuesta
– La oración confiada: "Este poder del Espíritu que nos introduce en la Oración del Señor se expresa en las liturgias de Oriente y Occidente con la bella palabra, típicamente cristiana «parrhesía», simplicidad sin desviación, conciencia filial, seguridad alegre, audacia humilde, certeza de ser amado" (2778).

– Un corazón humilde y confiado que nos hace volver a ser como niños; porque es a «los pequeños» a los que el Padre se revela (2785).

– "Antes de hacer nuestra la primera exclamación de la Oración del Señor, conviene purificar humildemente nuestro corazón de ciertas imágenes falsa de «este mundo». La humildad nos hace reconocer que «nadie conoce al Padre, sino el Hijo y aquel a quien el Hijo se lo quiera revelar», es decir, «a los pequeños»" (2779).

El testimonio cristiano
– «Tú, hombre, no te atrevías a levantar tu cara hacia el cielo, tú bajabas los ojos hacia la tierra, y de repente has recibido la gracia de Cristo: todos tus pecados te han sido perdonados. De siervo malo te has convertido en buen hijo... Eleva pues, los ojos hacia el Padre que te ha rescatado por medio de su Hijo y di: Padre nuestro... Pero no reclames ningún privilegio. No es Padre, de manera especial, más que de Cristo, mientras que a nosotros nos ha creado. Dí entonces también por medio de la gracia: Padre nuestro, para merecer ser hijo suyo». (S. Ambrosio, sacr. 5. 19) (2783). La no aceptación de Cristo, no supone solamente rechazar el Reino de Dios; supone además, despreciar una gran ocasión de encontrar valores verdaderamente humanos.

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