Domingo de la semana 16 de tiempo ordinario; ciclo A

Homilía I: con textos de homilías pronunciadas por S.S. Juan Pablo II
Homilía II: a cargo de D. Justo Luis Rodríguez Sánchez de Alva
Homilía III: basada en el Catecismo de la Iglesia Católica

(Sab 12,13.16-19) "En el pecado das lugar al arrepentimiento"

(Rm 8,26-27) "El Espíritu viene en ayuda de nuestra debilidad"

(Mt 13,24-43) "El que siembra la buena semilla es el Hijo del hombre"

Homilía I: con textos de homilías pronunciadas por S.S. Juan Pablo II

En el Angelus (Castelgandolfo) (22-VII-1984)

--- Diversas parábolas

--- Creer mediante la oración

--- Diversas parábolas

La liturgia de este domingo la Iglesia nos recuerda la parábola con la que Jesucristo habló del reino de Dios.

“El reino de los cielos se parece a un grano de mosta­za... se parece a la levadura...” (Mt 13,31-33).

El reino de los cielos se puede comparar a un campo en el que se siembra buena semilla, pero un enemigo siembra cizaña en medio del buen trigo. El amo deja que uno y otra crezcan juntos hasta la siega (cf. Mt 13,24-30).

Recordando esta enseñanza la Iglesia nos invita a encontrar nuestro puesto en el reino de Dios y actuar de manera que crezca en cada uno de nosotros.

Por ello nos enseña a rezar.

--- Creer mediante la oración

En efecto, el reino de Dios crece en nosotros, ante todo, mediante la oración. En la plegaria, la debilidad del hombre se encuentra con el poder de Dios.

“(Rm 8:26-27) Y de igual manera, el Espíritu viene en ayuda de nuestra flaqueza. Pues nosotros no sabemos cómo pedir para orar  como conviene; mas el Espíritu mismo intercede por nosotros con gemidos inefables, y el que escruta los corazones conoce cuál es la aspiración del Espíritu, y que su intercesión a favor de los santos es según Dios”. Así escribe San Pablo a los Romanos.

¡Ninguno de los hombres, ninguno de los santos, ha rezado tan intensamente en el Espíritu Santo como María!

¡Que el Espíritu Santo, por intercesión de la Virgen Santísima, su Templo Inmaculado, sostenga nuestra plegaria a fin de que ella acerque el reino de Dios a nosotros y a todo lo creado!

DP-227 1984

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Homilía II: a cargo de D. Justo Luis Rodríguez Sánchez de Alva

Jesucristo habla del campo en el que la cizaña ha despuntado junto al trigo y explica a sus discípulos el porqué del mal. El sueño de la pereza ha sido aprovechado por el enemigo de Dios y del hombre. Ante el ofrecimiento de arrancar esa mala hierba, Jesús responde que no, no sea que un celo mal orientado destruya también el trigo. Hay aquí una llamada a no descalificar a nadie, a evitar que una visión maniquea animada de buena intención pero que divide equivocadamente a las personas en buenas y malas, organice un destrozo. “Dejad que crezcan hasta la siega”, dice Jesús, porque el que juzga es el Señor” (1 Cor 4,4 y 5).

A nosotros toca seguir trabajando en el campo, que es el mundo, sin visiones catastrofistas ni partidistas, aunque sin olvidar que dentro de “este campo de Dios que es la tierra, que es heredad de Cristo, ha brotado cizaña: no sólo cizaña, ¡abundancia de cizaña! No podemos dejarnos engañar por el mito del progreso perenne e irreversible. El progreso rectamente ordenado es bueno, y Dios lo quiere. Pero se pondera más ese otro falso progreso, que ciega los ojos a tanta gente, porque con frecuencia no percibe que la humanidad, en alguno de sus pasos, vuelve atrás y pierde lo que antes había conquistado” (S. Josemaría Escrivá).

Al explicar la causa, a instancias de sus discípulos, de la aparición de la cizaña, Jesús pide paciencia y dice que habrá un Juicio al final de los tiempos en el que los ángeles separarán a los buenos de los malos. Sí, llegará un momento en que aparecerá con toda claridad la vigencia de la vida cristiana: lo que es trigo limpio y lo que es cizaña. Las personales concepciones del mundo o la ironía y el rechazo de quienes estimaron ingenua o insensata la vida cristiana, tendrán su castigo: el resultado de sus propias obras. No ver a Dios, que es en lo que consiste esencialmente el Infierno y la desesperación que esta pérdida lleva consigo. No esperar ver a Dios en esta vida es llevadero, porque los bienes de este mundo, que son un reflejo de la Bondad de Dios, pueden hacer llevadera esa ausencia. Pero en la otra vida no existe bien alguno que no sea Dios mismo. Quien no haya querido cuentas con Dios tendrá lo que se ha propuesto: no ver a Dios.

Hay quienes sostienen que el infierno es tan sólo un recurso de la pedagogía divina encaminado a que el hombre no se convierta en un lobo para los otros hombres, ya que un castigo semejante estaría en contraste con la infinita clemencia divina. Pero esta afirmación no tiene ningún apoyo en la Sagrada Escritura y el Magisterio de la Iglesia. Habría que arrancar páginas enteras del Evangelio o manipularlo sacrílegamente, para no enterarse que existe el Infierno y que es terrible.

Las enseñanzas de Jesús arrojan una luz que explica el mal en el mundo y en el corazón de los hombres cuando éstos descuidan la vigilancia sobre la semilla de eternidad que Él ha sembrado; son también una invitación  a la esperanza de que Dios hará que el bien se imponga al final sobre el mal; una advertencia a poner freno a las inclinaciones desordenadas de nuestra naturaleza; y un estímulo para ser fieles a Jesucristo “los justos brillarán como el sol en el Reino de su Padre”.

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Homilía III: basada en el Catecismo de la Iglesia Católica

«Intransigentes con el pecado, tolerantes con el pecador»

I. LA PALABRA DE DIOS

Sb 12,13.16-19: «En el pecado das lugar al arrepentimiento»
Sal 85,5-6.9-10-15-16: «Tú, Señor, eres bueno y clemente»
Rm 8, 26-27: «El Espíritu intercede por nosotros con gemidos inefables»
Mt 13, 24-43: «Dejadlos crecer juntos hasta la siega»

II. APUNTE BÍBLICO-LITÚRGICO

El origen del mal en el mundo no está en Dios, sino en el «enemigo que...es el diablo», por él entró el pecado en el mundo y con él la muerte, el dolor, la violencia. Designio de Dios es la coexistencia en este mundo del bien y del mal, de los buenos y de los malos. La separación de buenos y malos se hará al final (Ev.).

Las expresiones de la primera Lectura: «Tú no juzgas injustamente»; «Tu soberanía universal te hace perdonar a todos», enseñan que el juicio de Dios sobre el mundo y los hombres es, en esta vida, de misericordia y de tolerancia.

«El Espíritu viene en ayuda de nuestra debilidad» (2ª Lect.). Por el amor que Dios nos tiene convierte nuestra debilidad egoísta en comprensión y acogida hacia todo hombre.

III. SITUACIÓN HUMANA

El término tolerancia no adquiere en nuestro tiempo el verdadero sentido que encierra. A veces, la tolerancia se confunde con la pura y simple permisividad o el «a mí qué me importa». Tampoco puede ser llamado tolerante el que acaba condescendiendo con el mal de manera que se hace cómplice. A veces, la tolerancia también es sinónimo de relativismo, es decir, de actitud meramente pasiva ante el ataque a una verdad. La tolerancia es una actitud propia de inteligentes, pero no de cobardes.

IV. LA FE DE LA IGLESIA

La fe
– El pecado junto a la buena semilla hasta el fin de los tiempos: "«Mientras que Cristo, santo, inocente, sin mancha, no conoció el pecado, sino que vino solamente a expiar los pecados del pueblo, la Iglesia, abrazando en su seno a los pecadores, es a la vez santa y siempre necesitada de purificación y busca sin cesar la conversión y la renovación». Todos los miembros de la Iglesia, incluso sus ministros, deben reconocerse pecadores. En todos, la cizaña del pecado todavía se encuentra mezclada con la buena semilla del Evangelio hasta el fin de los tiempos. La Iglesia, pues, congrega a pecadores alcanzados ya por la salvación de Cristo, pero aún en vías de santificación" (827).

La respuesta
– Líbranos del mal: "La última petición a nuestro Padre está también contenida en la oración de Jesús: «No te pido que los retires del mundo, sino que los guardes del Maligno». Esta petición concierne a cada uno individualmente, pero siempre quien ora es el «nosotros», en comunión con toda la Iglesia y para salvación de toda la familia humana. La Oración del Señor no cesa de abrirnos a las dimensiones de la Economía de la salvación. Nuestra interdependencia en el drama del pecado y de la muerte se vuelve solidaridad en el Cuerpo de Cristo, «en comunión con los santos»" (2850).

El testimonio cristiano
– «La Iglesia es, pues, santa, aunque abarque en su seno pecadores; porque ella no goza de otra vida que de la vida de la gracia; sus miembros, ciertamente, si se alimentan de esta vida se santifican; si se apartan de ella, contraen pecados y manchas del alma, que impiden que la santidad de ella se difunda radiante (SPF 19)» (827).
El que por su cuenta divide al mundo entre buenos y malos, siempre se coloca entre los mejores.

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