
Homilía I: con textos de homilías pronunciadas por S.S. Juan Pablo II
Homilía II: a cargo de D. Justo Luis Rodríguez Sánchez de Alva
Homilía III: basada en el Catecismo de la Iglesia Católica
Homilía IV: Homilía pronunciada por S.S. Benedicto XVI
(Ex 22,20-26) "No oprimirás ni vejarás al forastero"
(1 Tes 1,5c-10) "Vuestra fe en Dios había corrido de boca en boca"
(Mt 22,34-40) "Amarás a tu prójimo como a ti mismo"
Homilía I: con textos de homilías pronunciadas por S.S. Juan Pablo II
Homilía en la Parroquia de Jesús Obrero Divino (25-X-1981)
--- Existencia de la ley natural
--- El amor a Dios y a los hombres
--- La gracia de Dios para cumplir la ley moral
--- Existencia de la ley natural
“Yo te amo, Señor, Tú eres mi fortaleza, Señor, mi roca, mi alcázar, mi libertador”.
“No vejarás...”, “no oprimirás...”, “no explotarás a viudas ni a huérfanos”, “no serás...usurero”, “si tomas en prenda...lo devolverás”.
El autor del libro del Éxodo, con estas órdenes tan fuertes y perentorias, quiere hacernos reflexionar sobre la realidad fundamental de la existencia de una “ley moral natural”, ingénita en la misma estructura del hombre, ser inteligente y volitivo. Hay una ley moral inscrita en la conciencia misma del hombre que impone respetar los derechos del Creador y del prójimo y la dignidad de la propia persona; ley que se expresa prácticamente con los “Diez Mandamientos”.
Transgredir la ley moral natural es fuente de consecuencias terrible y ya lo hacía ver San Pablo en la Carta a los Romanos: “Tribulación y angustia sobre todo el que hace el mal...; pero gloria, honor y paz para todo el que hace el bien” (Rm 2,9-10). Lo que San Pablo decía a los pueblos paganos, que no habían actuado en conformidad con el conocimiento racional de Dios, único Creador y Señor, y habían despreciado la ley moral natural, se constata de modo impresionante en todos los tiempos, y por lo tanto también en nuestra época: “Y como no procuraron conocer a Dios, Dios lo entregó a su réprobo sentir, que los lleva a cometer torpezas y a llenarse de toda injusticia, malicia, avaricia, maldad...” (Rm 1,28-29). El descenso de la moral, tanto en el campo social como en el ámbito personal, causado por la desobediencia a la ley de Dios inscrita en el corazón del hombre, es la amenaza más terrible a cada persona y a toda la humanidad.
--- El amor a Dios y a los hombres
En el Evangelio de hoy un doctor de la ley pregunta a Jesús: “Maestro, ¿Cuál es el mandamiento principal de la ley?” (Mt 22,36). Cristo responde: “Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma, con todo tu ser. Este mandamiento es el principal y el primero. El segundo es semejante a él: Amarás a tu prójimo como a ti mismo. Estos dos mandamientos sostienen la ley entera y los Profetas” (Mt 22,37-40).
Con estas palabras Cristo define cuál es el fundamento último de la moral humana, esto es, aquello sobre lo que se apoya toda la construcción de esta moral. Cristo afirma que se apoya en definitiva sobre estos dos mandamientos. Si amas a Dios sobre todas las cosas y a tu prójimo como a ti mismo, si amas verdadera y realmente, entonces sin duda no “vejarás”, ni “oprimirás”, “no explotarás a ninguno, en particular a la viuda y al huérfano”, no serás tampoco “usurero” y si “tomas en prenda lo devolverás” (Ex 22,20-25).
La liturgia de la Palabra de hoy enseña de qué modo se construye el edificio de la moral humana, desde sus mismos fundamentos y, al mismo tiempo, nos invita a construir este edificio precisamente así.
Puesto que debemos aprovecharnos honestamente de la participación en la liturgia de hoy, debemos pensar si y cómo construimos el edificio de nuestra moral. Y si la conciencia comienza a reprobar nuestras obras, reflexionemos si a esta moral no le falta el fundamento del amor.
--- La gracia de Dios para cumplir la ley moral
“Dios mío, peña mía, refugio mío, mi fuerza salvadora, mi baluarte” (Sal 17/18,3).
El hombre, en diversas situaciones de la vida, se dirige a Dios para encontrar en él la ayuda, por ejemplo con las palabras del Salmo responsorial de hoy. Se dirige a él en las dificultades y en los peligros.
Los peligros más amenazadores son los de naturaleza moral, tanto por lo que respecta a los individuos, como también a la familia y a toda la sociedad.
Y entonces es necesario un esfuerzo más grande y una cooperación más ferviente con Dios para construir sobre roca sólida, sobre el fundamento de los mandamientos y sobre la potencia de su gracia. Ese fundamento perdura incesantemente. Y Dios no niega su gracia a los que sinceramente aspiran a ella.
Que se cumpla en vosotros estas palabras, con las que saludo al comienzo a vuestra comunidad: “Yo te amo, Señor, Tú eres mi fortaleza, Señor, mi roca, mi alcázar, mi libertador” (Sal 17/18,2).
DP-205 1981
Homilía II: a cargo de D. Justo Luis Rodríguez Sánchez de Alva
“Amarás al Señor tu Dios...” El deber primero y lo mejor que hay en nosotros debe ser para Dios que nos ha dado la vida, ha salido a nuestro encuentro haciéndose Hombre, perdona una y otra vez nuestras ofensas y olvidos, y se ha quedado con nosotros y como alimento en la Eucaristía. La Sagrada Escritura equipara la solicitud de Dios por nosotros a la de una madre por su hijo. “¿Puede la madre olvidarse del fruto de su vientre, no compadecerse del hijo de sus entrañas? Pues aunque ella se olvidare, yo no te olvidaría” (Is 49,14-15).Dios se muestra a sí mismo, como aquel que estará siempre atento a las necesidades de su pueblo (Cfr Ex 6,2-8).
Ese amor de Dios por cada uno que se remonta a la noche de los tiempos y culmina en la prematura noche del Gólgota, donde Jesús lleva a cabo lo que le aseguró a los suyos: “nadie tiene amor más grande que el de dar uno la vida por sus amigos” (Jn 15,13), está pidiendo a gritos algo más que un aguado interés por nuestra parte. Hay que acorralar al amor propio y a la comodidad y decidirse a caer de rodillas ante este Dios bueno, paciente y tenaz, afortunadamente inevitable. “Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón...”.
Es preciso sacudirse la tibieza. “Eres tibio si haces perezosamente y de mala gana las cosas que se refieren al Señor...” (San Josemaría Escrivá, Camino, 313). Preguntémonos: ¿En qué pienso habitualmente o cuál es el motivo profundo de mi actuación? ¿En mi comodidad? ¿En mi prestigio? ¿En el qué dirán? ¿En mi salud? ¿En mi sensualidad o en mi soberbia y vanidad heridas? “Conozco tus obras y que no eres ni frío ni caliente. ¡Ojalá fueras frío o caliente!, mas porque eres tibio..., estoy para vomitarte de mi boca” (Ap 3,15-16). La tibieza es tan desagradable a Dios, que le produce náuseas. ¿Merece esta respuesta ese Dios que nos ha creado a su imagen, libres, y constituye ese arcano capaz de colmar las aspiraciones humanas? ¡Que nos conste! ¡Que nos lo repitamos en esas ocasiones en que se está fraguando una resolución poco generosa: Dios no se merece eso!
“El segundo es semejante a él: ‘amarás a tu prójimo como a ti mismo’”. Estamos invitados a querer a quienes nos rodean “con obras y de verdad” (1 Jn 3,18) “pues quien no ama a su hermano, a quien ve, no puede amara Dios a quien no ve” (1 Jn 4,20). Este amor hecho de servicio afectivo y efectivo se podría concretar en decenas de incidencias diarias: Ese hablar sin herir, por ejemplo. La sonrisa a tiempo que desdramatiza una situación. La paciencia y la serenidad en las horas difíciles. El buen humor en los momentos de tensión. El no querer tener siempre razón... ¡Y tantos detalles más!
Toda invitación a amar a los demás puede parecer lírica y vaporosa ante la sólida realidad de los conflictos familiares, laborales, académicos, sociales, políticos... Pero esta impresión está lastrada por una falta de sentido cristiano que no ve a Dios en los demás, o que trata bien tan sólo a aquellos que le aprecian y le tratan bien, esto es: que busca una recompensa humana y no la promesa divina. Recordemos que el amor es la razón suprema de todo lo que en este mundo existe de bueno y grande, y que S. Pablo asegura que, quien ama, no morirá jamás (Cfr 1 Cor 13,8).
Homilía III: basada en el Catecismo de la Iglesia Católica
«Si me amáis, guardaréis mis mandamientos»
I. LA PALABRA DE DIOS
Ex 22,21-27: «Si explotáis a viudas y huérfanos se encenderá mi ira contra vosotros»
Sal 17,2-3a.3bc-4.47 y 51ab: «Yo te amo, Señor, tú eres mi fortaleza»
1Ts 1,5c-10: «Abandonasteis los ídolos para servir a Dios y esperar la vuelta de su Hijo»
Mt 22,34-40: «Amarás al Señor tu Dios y a tu prójimo como a ti mismo»
II. APUNTE BÍBLICO-LITÚRGICO
Segunda consigna (véase Domingo anterior) para la vida de la Iglesia: el amor a Dios y al prójimo, que «sostienen la Ley entera y los profetas».
Por un lado, «el que ama ha cumplido la Ley» (Rm 13,10b). Por otro lado, «en esto conocemos que amamos a Dios, en que cumplimos sus mandamientos» (1 Jn 5,3). La caridad cristiana es la moral fundamental del bautizado. Y la caridad cristiana ama según Dios, que conoce al hombre y los caminos de su felicidad.
La gran diferencia entre los mandamientos de la ley antigua y los mismos trasladados a la Ley Nueva está en Jesucristo que los ha convertido en vida y en modo de ser. Son más exigentes, pero tenemos por delante un guía y un amigo.
III. SITUACIÓN HUMANA
En el centro del ser humano, el corazón hecho para amar. Los interrogantes se agolpan cuando se elige el amor: a quién o a quiénes amo, cómo amo ¿y cuando no satisface la expriencia del amor? Cristo ofrece hoy a los hombres el Amor, que en cristiano se llama Caridad, sin mezcla de egoísmo, y por eso con las mejores garantías.
Cuanto más amor hay en el corazón del hombre, mejor refleja la imagen de Dios que hay en él.
IV. LA FE DE LA IGLESIA
La fe
– El amor a Dios y al prójimo y los mandamientos: «Los diez mandamientos enuncian las exigencias del amor de Dios y del prójimo. Los tres primeros se refieren más al amor de Dios y los otros siete más al amor del prójimo... Los diez mandamientos están grabados por Dios en el corazón del ser humano» (2067; cf 2072).
– Para la relación amor-mandamientos: 1822-1829. 2052-2074.
La respuesta
– Primero la esperanza de que la gracia convierte el corazón: "... «Yo soy la vid; vosotros los sarmientos. El que permanece en mí y yo en él, ése da mucho fruto...» El fruto evocado en estas palabras es la santidad de una vida hecha fecunda por la unión con Cristo... el Salvador mismo ama en nosotros a su Padre y a sus hermanos... Su persona viene a ser, por obra del Espíritu, la norma viva e interior de nuestro obrar..." (2074).
– Segundo, nuestra cooperación al impulso de la caridad. Nos lo recuerda S. Pablo, que entiende los mandamientos como Jesús en el Sermón del Monte, como «la ley en su plenitud»: «no adulterarás, no matarás, no robarás, no codiciarás y todos los demás preceptos se resumen en esta fórmula: amarás a tu prójimo como a ti mismo. La caridad no hace mal al prójimo. La caridad es, por tanto, la ley en su plenitud...» (2196).
El testimonio cristiano
– «La culminación de todas nuestras obras es el amor. Ese es el fin; para conseguirlo, corremos; hacia él corremos; una vez llegados, en él reposamos (S. Agustín)» (1829).
– «O nos apartamos del mal por temor del castigo y estamos en la disposición del esclavo, o buscamos el incentivo de la recompensa y nos parecemos a mercenarios, o finalmente obedecemos por el bien mismo del amor del que manda...y entonces estamos en la disposición de hijos (S. Basilio, reg. fus. prol.3)» (1828).
Para que el amor sea auténtico ha de lograrse con la práctica de los mandamientos, camino de Dios que conoce el corazón humano, hecho «a su imagen y semejanza». Para ello hay que esperar con seguridad en que el Amor de Dios se nos da como gracia, no es fruto espontáneo del corazón humano, y hay que dejarse llevar de su impulso divino.
Homilía IV: Homilía pronunciada por S.S. Benedicto XVI
CAPILLA PAPAL PARA LA CANONIZACIÓN DE LOS BEATOS:
GUIDO MARÍA CONFORTI (1865-1931)
LUIS GUANELLA (1842-1915)
BONIFACIA RODRÍGUEZ DE CASTRO (1837-1905)
Plaza de San Pedro, Domingo 23 de octubre de 2011
Venerados hermanos en el episcopado y en el sacerdocio, queridos hermanos y hermanas:
Nuestra liturgia dominical se enriquece hoy por varios motivos de acción de gracias y de súplica a Dios. En efecto, mientras celebramos con toda la Iglesia la Jornada mundial de las misiones —cita anual que quiere despertar el impulso y el compromiso por la misión—, alabamos al Señor por tres nuevos santos: el obispo Guido María Conforti, el sacerdote Luis Guanella y la religiosa Bonifacia Rodríguez de Castro. Con alegría dirijo mi saludo a todos los presentes, en particular a las delegaciones oficiales y a los numerosos peregrinos que han venido para festejar a estos tres discípulos ejemplares de Cristo.
La Palabra del Señor, que acaba de resonar en el Evangelio, nos ha recordado que toda la ley divina se resume en el amor. El evangelista san Mateo narra que los fariseos, después de que Jesús respondiera a los saduceos dejándolos sin palabras, se reunieron para ponerlo a prueba (cf. 22, 34-35). Uno de estos interlocutores, un doctor de la ley, le preguntó: «Maestro, ¿cuál es el mandamiento principal de la ley?» (v. 36). A esa pregunta, decididamente insidiosa, Jesús responde con total sencillez: «Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma, con toda tu mente. Este mandamiento es el principal y primero» (vv. 37-38). De hecho, la exigencia principal para cada uno de nosotros es que Dios esté presente en nuestra vida. Como dice la Escritura, él debe penetrar todos los estratos de nuestro ser y llenarlos completamente: el corazón debe saber de él y dejarse tocar por él; e igualmente el alma, las energías de nuestro querer y decidir, como también la inteligencia y el pensamiento. Es poder decir, como san Pablo: «No soy yo el que vive, es Cristo quien vive en mí» (Ga 2, 20).
Inmediatamente después, Jesús añade algo que, en verdad, no había preguntado el doctor de la ley: «El segundo es semejante a él: Amarás a tu prójimo como a ti mismo» (v. 39). Al declarar que el segundo mandamiento es semejante al primero, Jesús da a entender que la caridad hacia el prójimo es tan importante como el amor a Dios. De hecho, el signo visible que el cristiano puede mostrar para testimoniar al mundo el amor de Dios es al amor a los hermanos. ¡Cuán providencial resulta entonces el hecho de que precisamente hoy la Iglesia señala a todos sus miembros tres nuevos santos que se dejaron transformar por la caridad divina y según ella moldearon su vida. En situaciones distintas y con diversos carismas, amaron al Señor con todo el corazón y al prójimo como a sí mismos «llegando a ser así un modelo para todos los creyentes» (cf. 1 Ts 1, 7).
El Salmo 17, que se acaba de proclamar, invita a abandonarse con confianza en manos del Señor, que tuvo «misericordia de su ungido» (cf. v. 51). Esta actitud interior guió la vida y el ministerio de san Guido María Conforti. Desde que, en su niñez, tuvo que vencer la oposición de su padre para entrar en el seminario, dio muestras de un carácter firme al seguir la voluntad de Dios, al corresponder en todo a la caritas Christi que, en la contemplación del Crucificado, lo atraía a sí. Sintió una fuerte urgencia de anunciar este amor a quienes no habían recibido aún su anuncio, y el lema «Caritas Christi urget nos» (cf. 2 Co 5, 14) sintetiza el programa del Instituto misionero que fundó cuando tenía sólo treinta años: una familia religiosa puesta totalmente al servicio de la evangelización bajo el patrocinio del gran apóstol de Oriente san Francisco Javier. San Guido María fue llamado a vivir este impulso apostólico en el ministerio episcopal primero en Rávena y luego en Parma: con todas sus fuerzas se dedicó al bien de las almas a él encomendadas, sobre todo de las que se habían alejado del camino del Señor. Su vida estuvo marcada por numerosas pruebas, algunas de ellas graves. Supo aceptar todas las situaciones con docilidad, acogiéndolas como indicaciones del camino trazado para él por la divina Providencia; en todas las circunstancias, incluso en las derrotas más mortificantes, supo reconocer el designio de Dios, que lo guiaba a edificar su Reino sobre todo en la renuncia a sí mismo y en la aceptación diaria de su voluntad, con un abandono confiado cada vez más pleno. Él fue el primero en experimentar y testimoniar lo que enseñaba a sus misioneros, o sea, que la perfección consiste en hacer la voluntad de Dios, siguiendo el ejemplo de Jesús crucificado. San Guido María Conforti mantuvo fija su mirada interior en la cruz, que dulcemente lo atraía a sí; al contemplarla veía abrirse de par en par el horizonte del mundo entero, descubría el «urgente» deseo, escondido en el corazón de todo hombre, de recibir y acoger el anuncio del único amor que salva.
El testimonio humano y espiritual de san Luis Guanella es para toda la Iglesia un don especial de gracia. Durante su existencia terrena vivió con valentía y determinación el Evangelio de la caridad, el «gran mandamiento» que también hoy la Palabra de Dios nos ha recordado. Gracias a la profunda y continua unión con Cristo, en la contemplación de su amor, don Guanella, guiado por la divina Providencia, se hizo compañero y maestro, consuelo y alivio de los más pobres y los más débiles. El amor de Dios animaba en él el deseo del bien para las personas que le habían sido encomendadas, en la realidad de su vida diaria. Prestaba solícita atención al camino de cada uno, respetando sus tiempos de crecimiento y cultivando en el corazón la esperanza de que todo ser humano, creado a imagen y semejanza de Dios, al gustar la alegría de ser amado por él —Padre de todos—, puede sacar y dar a los demás lo mejor de sí mismo. Hoy queremos alabar y dar gracias al Señor porque en san Luis Guanella nos ha dado un profeta y un apóstol de la caridad. En su testimonio, tan lleno de humanidad y de atención a los últimos, reconocemos un signo luminoso de la presencia y de la acción benéfica de Dios: el Dios —como resonó en la primera lectura— que defiende al forastero, a la viuda, al huérfano, al pobre que debe dejar en prenda su manto, su único abrigo para cubrir su cuerpo por la noche (cf. Ex 22, 20-26). Que este nuevo santo de la caridad sea para todos, especialmente para los miembros de las Congregaciones que fundó, un modelo de profunda y fecunda síntesis entre contemplación y acción, como él mismo la vivió y practicó. Toda su historia humana y espiritual la podemos sintetizar en las últimas palabras que pronunció en su lecho de muerte: «In caritate Christi». Es el amor de Cristo lo que ilumina la vida de todo hombre, revelando cómo en la entrega de sí a los demás no se pierde nada, sino que se realiza plenamente nuestra verdadera felicidad. Que san Luis Guanella nos obtenga crecer en la amistad con el Señor para ser en nuestro tiempo portadores de la plenitud del amor de Dios, para promover la vida en todas sus manifestaciones y condiciones, y para hacer que la sociedad humana llegue a ser cada vez más la familia de los hijos de Dios.
En la segunda lectura hemos escuchado un pasaje de la primera carta a los Tesalonicenses, un texto que usa la metáfora del trabajo manual para describir la labor evangelizadora y que, en cierto modo, puede aplicarse también a las virtudes de santa Bonifacia Rodríguez de Castro. Cuando san Pablo escribe la carta, trabaja para ganarse el pan; parece evidente, por el tono y los ejemplos empleados, que es en el taller donde él predica y encuentra sus primeros discípulos. Esta misma intuición movió a santa Bonifacia, que desde el inicio supo aunar su seguimiento de Jesucristo con el esmerado trabajo cotidiano. Faenar, como había hecho desde pequeña, no era sólo un modo para no ser gravosa a nadie, sino que suponía también tener la libertad para realizar su propia vocación, y le daba al mismo tiempo la posibilidad de atraer y formar a otras mujeres, que en el obrador pueden encontrar a Dios y escuchar su llamada amorosa, discerniendo su propio proyecto de vida y capacitándose para llevarlo a cabo. Así nacen las Siervas de San José, en medio de la humildad y sencillez evangélica, que en el hogar de Nazaret se presenta como una escuela de vida cristiana. El Apóstol continúa diciendo en su carta que el amor que tiene a la comunidad es un esfuerzo, una fatiga, pues supone siempre imitar la entrega de Cristo por los hombres, no esperando nada ni buscando otra cosa que agradar a Dios. Madre Bonifacia, que se consagra con ilusión al apostolado y comienza a obtener los primeros frutos de sus afanes, vive también esta experiencia de abandono, de rechazo precisamente de sus discípulas, y en ello aprende una nueva dimensión del seguimiento de Cristo: la cruz. Ella la asume con el aguante que da la esperanza, ofreciendo su vida por la unidad de la obra nacida de sus manos. La nueva santa se nos presenta como un modelo acabado en el que resuena el trabajo de Dios, un eco que llama a sus hijas, las Siervas de San José, y también a todos nosotros, a acoger su testimonio con la alegría del Espíritu Santo, sin temer la contrariedad, difundiendo en todas partes la Buena Noticia del reino de los cielos. Nos encomendamos a su intercesión, y pedimos a Dios por todos los trabajadores, sobre todo por los que desempeñan los oficios más modestos y en ocasiones no suficientemente valorados, para que, en medio de su quehacer diario, descubran la mano amiga de Dios y den testimonio de su amor, transformando su cansancio en un canto de alabanza al Creador.
«Te amo, Señor, mi fortaleza». Así, queridos hermanos y hermanas, hemos aclamado con el Salmo responsorial. De ese amor apasionado a Dios son signo elocuente estos tres nuevos santos. Dejémonos atraer por su ejemplo, dejémonos guiar por sus enseñanzas, para que toda nuestra vida se transforme en testimonio de auténtico amor a Dios y al prójimo. Que nos obtenga esta gracia la Virgen María, la Reina de los santos, y también la intercesión de san Guido María Conforti, de san Luis Guanella y de santa Bonifacia Rodríguez de Castro. Amén.
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