La desidia

Homilía del Papa Francisco en Santa Marta

https://youtu.be/ZLZC5UNNLro

Monición de entrada

He tenido noticia de que en estos días han fallecido algunos médicos, sacerdotes, y no sé si alguna enfermera, porque se han contagiado, han pillado el virus porque estaban al servicio de los pacientes. Recemos por ellos, por sus familias, y doy gracias a Dios por el ejemplo de heroicidad que nos dan al cuidar a los enfermos.

Homilía

La liturgia de hoy nos hace pensar en el agua, el agua como símbolo de salvación, porque es un medio de salvación, aunque el agua es también medio de destrucción: pensemos en el Diluvio… Pero en estas lecturas, el agua es para la salvación. En la primera lectura (Ez 47,1-9.12), ese agua que lleva a la vida, que sanea las aguas del mar, un agua nueva que cura. Y en el Evangelio (Jn 5,1-3.5-16), la piscina, aquella piscina donde iban los enfermos, llena de agua, para curarse, porque se decía que de vez en cuando se movían las aguas, como si fuese un río, porque un ángel descendía del cielo a moverlas, y el primero, o los primeros, que se echaban al agua eran curados. «Y allí estaban echados muchos enfermos, ciegos, cojos, paralíticos», allí, esperando la curación, a que se moviese el agua. «Estaba también allí un hombre que llevaba treinta y ocho años enfermo». ¡38 años allí, esperando la curación! Hace pensar esto, ¿no? Es demasiado, porque uno que quiere ser curado se las apaña para tener a alguien que le ayude, se mueve, espabila, incluso se un poco astuto…, pero este, 38 años allí, hasta el punto de que no se sabe si está enfermo o muerto. «Jesús, al verlo echado, y sabiendo que ya llevaba mucho tiempo, le dice: ¿Quieres quedar sano?». Y la respuesta es interesante: no dice que sí, se queja. ¿De la enfermedad? No. Respondió el enfermo: «Señor, no tengo a nadie que me meta en la piscina cuando se remueve el agua; para cuando llego yo –esto a punto de ir–, otro se me ha adelantado». Un hombre que siempre llega tarde. «Jesús le dice: “Levántate, toma tu camilla y echa a andar”. Y al momento el hombre quedó sano».

Nos hace pensar la actitud de este hombre. ¿Estaba enfermo? Sí, quizá tenía alguna parálisis, aunque parece que podía caminar un poco. Pero estaba enfermo del corazón, estaba enfermo del alma, estaba enfermo de pesimismo, estaba enfermo de tristeza, estaba enfermo de pereza. Esa es la enfermedad de este hombre: “Sí, quiero vivir, pero…”, y allí estaba. ¿Y la respuesta es: “Sí, quiero ser curado!”? ¡No, es quejarse!: “Son los otros los que llegan antes, siempre los demás”. La respuesta al ofrecimiento de Jesús para curarse es una queja contra los demás. Y así, 38 años lamentándose de los otros. Y no haciendo nada para curarse.

Era un sábado: hemos oído lo que hicieron los doctores de la Ley. Pero la clave es el encuentro con Jesús, después. Lo encontró en el Templo y le dijo: «Mira, has quedado sano; no peques más, no sea que te ocurra algo peor». Aquel hombre estaba en pecado, pero no estaba allí por haber hecho algo gordo, no. El pecado de sobrevivir y lamentarse de la vida de los demás: el pecado de la tristeza que es la semilla del diablo, de esa incapacidad de tomar una decisión en la vida, pero sí mirar la vida de los demás para lamentarse. No para criticarlos: para quejarse. “Ellos van primero, yo soy la víctima de esta vida”: las quejas, respiran lamentos esas personas.

Si hacemos una comparación con el ciego de nacimiento que escuchamos el domingo pasado: con cuánta alegría, con cuánta decisión se había curado, y también con cuánta decisión fue a discutir con los doctores de la Ley. Este solo fue e informó: “Sí, es ese”. Punto. Sin compromiso con la vida… Me hace pensar en tantos de nosotros, en tantos cristianos que viven ese estado de pereza, incapaces de hacer algo pero quejándose de todo. Y la pereza es un veneno, es una niebla que rodea el alma y no la deja vivir. Y también es una droga porque si la pruebas a menudo, te gusta. Y acabas como un “triste-dependiente”, un “perezoso-dependiente”… Es como el aire. Y ese es un pecado bastante habitual entre nosotros: la tristeza, la desidia, no digo la melancolía, pero se acerca.

Nos vendrá bien releer este capítulo 5 de Juan para ver cómo es esa enfermedad en la que podemos caer. El agua es para salvarnos. “Pero yo no puedo salvarme” – “¿Por qué?” – “Porque la culpa es de los demás”. Y me quedo 38 años allí… Jesús me curó: ¿no se ve la reacción de los otros que son curados, que toman la camilla y bailan, cantan, dan gracias, lo dicen a todo el mundo? No: se va. Los otros le dicen que no se debe hacer, dice: «El que me ha curado es quien me ha dicho que sí», y se va. Y luego, en vez de ir a Jesús, a darle las gracias, informa: “Ha sido ese”. Una vida gris, pero gris de ese mal espíritu que es la desidia, la tristeza, la melancolía.

Pensemos en el agua, en aquella agua que es símbolo de nuestra fuerza, de nuestra vida, el agua que Jesús usó para regenerarnos, el bautismo. Y pensemos también en nosotros, si alguno tiene el peligro de caer en esa desidia, en ese pecado neutral: el pecado del neutro es ese, ni blanco ni negro, no se sabe qué es. Y eso es un pecado que el diablo puede usar para aniquilar nuestra vida espiritual e incluso nuestra vida de personas. Que el Señor nos ayude a entender qué feo y qué maligno es ese pecado.

Comunión espiritual

Jesús mío, creo que estás realmente presente en el Santísimo Sacramento del altar. Te amo sobre todas las cosas y te deseo en mi alma. Como ahora no puedo recibirte sacramentalmente, ven al menos espiritualmente a mi corazón. Y como si hubieras venido, te abrazo y me uno del todo a ti. No permitas que jamás me separare de ti.