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Alabama Monroe

Alabama Monroe

The broken circle breakdown

Contenidos: Imágenes (varias X+), Diálogos (varios D); Ideas (relativismo moral, secularismo postcristiano, utilitarismo materialista, rechazo del carácter sagrado de la vida F+)

Dirección: Alex Van GroeningenPaís: Bélgica. Año: 2012. Duración: 110 min. Género: Dramaromance.Interpretación: Veerle Baetens (Elise), Johan Heldenbergh (Didier), Nell Cattrysse (Maybelle), Geert Van Rampelberg (William), Nils de Caster (Jock), Robby Cleiren (Jimmy). Guion: Alex Van Groeningen y Carl Joos. Producción: Dirk Impens. Música:Bjorn Eriksson. Fotografía: Ruben Impens. Montaje: Nico Leunen. Dirección artística:Kurt Rigolle. Vestuario: Ann Lauwerys. Distribuidora: GolemEstreno en Bélgica: 10 Octubre 2012. Estreno en España: 14 Febrero 2014.

Reseña:

   Este cuarto largometraje del director belga de habla flamenca Felix van Groeningen (“Steve + Sky”, “Dagen zonder lief”, “De helaasheid der dingen”) se ha convertido en una de las películas sorpresa de 2013. Entre otros muchos reconocimientos, ha ganado los Premios del Público en la sección Panorama de la Berlinale y en el Festival de Cine Europeo de Sevilla, el Premio Lux del Parlamento europeo y el galardón a la mejor actriz (Veerle Baetens) en los Premios del Cine Europeo, a los que optó en cinco categorías. Y ahora es candidata al Oscar a la mejor película en habla no inglesa y al Premio César a la mejor película extranjera. Se trata de un intenso y devastador melodrama, basado en la obra de teatro “The Broken Circle Breakdown Featuring the Cover-Ups of Alabama”, de la actriz y escritora belga Mieke Dobbels, y de su compatriota el actor, escritor y músico Johan Heldenbergh, que protagonizó el montaje teatral y también protagoniza el filme.

   En torno al año 2000, Élise (Veerle Baetens) y Didier (Johan Heldenbergh) llevan siete años viviendo juntos en una localidad de la zona flamenca de Bélgica. Ahora son duramente puestos a prueba por el grave cáncer que padece su hija Maybelle (Nell Cattrysse), de seis años. Mientras luchan desolados contra la enfermedad, rememoran su propia historia: su encuentro en la tienda de tatuajes de ella —que tiene todo su cuerpo cubierto de figuras diversas—, su apasionado amor a primera vista, la participación de ella como vocalista en la banda de bluegrass en la que él canta y toca el banjo, el inesperado embarazo, los felicísimos años con la pequeña Maybelle… Y, al hilo de los recuerdos, van comprendiendo la fragilidad de su amor y de sus antagónicas convicciones íntimas, pues Didier es ateo militante y un ingenuo romántico, mientras que Elise mantiene los pies en el suelo y está abierta a una difusa trascendencia, más sincretista que cristiana. Esa fragilidad amenaza con destruir el círculo de felicidad en el que vivían.

   Por su minuciosa disección de una crisis conyugal y su hiperfragmentada estructura narrativa —con permanentes idas y venidas entre el pasado, el presente y el futuro—, “Alabama Monroe” recuerda muchísimo a “Blue Valentine”, del estadounidense Derek Cianfrance. Aunque, por su tono trágico y fatalista, está más cerca de “5x2 (Cinco veces dos)”, del francés François Ozon; de “La habitación del hijo”, del italiano Nanni Moretti, y de “Amor”, del germano-austriaco Michael Haneke. Como en estos filmes, en “Alabama Monroe” Van Groeningen muestra con crudeza —y seguramente sin pretenderlo— la debilidad del relativismo moral y el secularismo postcristiano ante los radicales desafíos del sufrimiento, la muerte y el amor. Como ha señalado el crítico Juan Orellana, “el director concibe una estructura emocional que tiene muchos paralelismos con la que Haneke construyó en la aclamada “Amor”. Por un lado, basa todo en la fuerza del amor, aquí un amor joven, apasionado y muy sexual; en la de Haneke, un amor ya crepuscular.

   Por otro lado, se muestra el rechazo de una visión sagrada de la vida, en aras de un utilitarismo materialista al servicio de los propios proyectos. Si Haneke optaba por una eutanasia de formato casero, el Didier creado por Van Groeningen clama por la selección embrionaria para intentar ayudar a su hija. Como a principios del siglo XXI ese proceso no era legal, Didier, ateo militante, arremete contra la religión como causante de todos los atrasos científicos e injusticias de la historia. La diferencia con Haneke, es que en este filme sí hay un contrapunto: Elise, una mujer que representa una visión no materialista de la vida. A pesar de sus símbolos cristianos —como el crucifijo que le acompaña a todas partes—, no se puede decir que ella tenga una visión religiosa de la vida, sino más bien mágica, con tintes supersticiosos. Esta posición, frágil por su irracionalidad, refuerza el discurso duramente laicista de Didier. 

 

   El resultado es que el espectador se ve llevado a esta encrucijada: o que la religión es la causa remota de la infelicidad de esta entrañable pareja, o que hay que huir del dolor de la vida con la imaginación y el sentimiento de lo mágico”. El propio director se manifiesta en esta misma línea: “Como cualquier persona —ha señalado—, estoy entre las dos posiciones. La película intenta reflejar los dos extremos. Me atrevería a decir que depende de la situación en la que cada uno se encuentre. Hoy, en Bélgica, muchos creen saber que no hay un Dios; pero en algunos momentos difíciles de la vida, prefieres pensar que hay algo más allá de la muerte. Son esos dos extremos los que busco representar y poner en tela de juicio”.

 

   Estos peliagudos dilemas morales y algunos más —la investigación con células madre embrionarias, la eutanasia, el suicidio…— son desarrollados por Van Groeningen con un inusitado vigor dramático, delimitado en primer plano por unas interpretaciones sensacionales —sangrantes, cercanísimas—, especialmente de los dos protagonistas, que también demuestran sus cualidades como cantantes. Además, las expone a través de una planificación siempre sustancial y a menudo de gran belleza, sublimada por el audaz montaje sincopado de Nico Leunen —que anticipa constantemente las diversas intrigas—, aunque enturbiada por la agresiva explicitud de las enfáticas secuencias sexuales, que rompen el tono sutil e impresionista de la puesta en escena. La tercera coordenada dramática del filme es la doliente partitura del prestigioso músico y guitarrista sueco Bjorn Eriksson, que también ha compuesto casi todas las 16 canciones bluegrass de la banda sonora, maravillosamente interpretadas por The Broken Circle Breadown Bluegrass Band, reunida por él mismo para la película. Cada uno de esos temas antológicos sostiene y refuerza la evolución dramática de la trama con sus letras en torno a la maternidad, el amor herido, el sentimiento de culpabilidad, la búsqueda del consuelo, la esperanza en otra vida mejor…, envueltas por la extremada pureza sonora de este estilo de música country, interpretado sólo por cuerdas: un violín, un contrabajo, una mandolina, una guitarra y un banjo.

   En fin, una película poliédrica, ni convencional ni complaciente, sin toscas caricaturas, poderosa e incómoda, conmovedora e irritante, áspera y tierna, estridente y magnética, grandilocuente y minimalista, discursiva y elíptica, y a la postre abierta a la trascendencia a pesar de su aparente ateísmo, pues sus agresivos y casi blasfemos exabruptos contra la religión, la Iglesia, el Papa… suenan como desesperados gritos de auxilio de toda una civilización sin asideros morales, que se tambalea impotente, atenazada por su desoladora inmanencia, su vacío individualismo hedonista y su patética huida de Dios. (Cope J. J. M.) (Decine21 / Almudí JD) LEER MÁS