Grandes son las dificultades en los comienzos del Opus Dei. Don Josemaría no tiene dinero ni personas que le ayuden. En España, además, hay en estos momentos mucha oposición a Dios. Bastantes iglesias y conventos han sido quemados. Algunas personas, cuando ven sacerdotes por la calle, los insultan y les tiran piedras.
Un día va en el un tranvía de pie. Cerca de él viaja un hombre con elmono untado de yeso. Cuando el conductor frena, el hombre se deja caer sobre el sacerdote y le ensucia de blanco la sotana.
Cuando don Josemaría llega al lugar de destino, le toma por los hombros y le dice con voz tranquila, sin rencor:
—Hijo, vamos a completar esto.
Ante la extrañeza de aquel hombre, le da un fuerte abrazo.
Pasa el tiempo, y cada vez son más grandes los obstáculos. Dios, sin embargo, no le abandona. Una mañana, don Josemaría sale de la iglesia de Santa Isabel y sube a un tranvía. En medio de todo aquel ruido de voces, Dios le habla por dentro. Y le dice: —¡Tú eres mi hijo!
Baja del tranvía y camina por la calle, diciendo sin cesar:
—¡Padre, Padre mío! ¡Padre, Padre mío!
Don Josemaría sabe bien como son los padres: que quieren a sus hijos, que les ayudan; que les enseñan y también que les reprenden con cariño, cuando hace falta.
Ha tenido, además, el ejemplo de su padre. Don José hizo todo lo que pudo por él. Después de este suceso, la alegría y la paz se agigantan dentro de él. El Señor le hace ver que no está solo, que cuenta con la ayuda de su Padre, que es Dios.
Con él podrá vencer todas las dificultades. ¡Y la Obra saldrá adelante! Esta realidad, ser hijos de Dios, será el fundamento del Opus Dei.
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