Domingo de la semana 2 de tiempo ordinario; ciclo A


Homilía I: con textos de homilías pronunciadas por S.S. Juan Pablo II

Homilía II: a cargo de D. Justo Luis Rodríguez Sánchez de Alva
Homilía III: basada en el Catecismo de la Iglesia Católica


(Is 49,3.5-6) "Mi Dios ha sido mi fortaleza"
(1 Cor 1,1-3) "Gracias a vosotros y paz de Dios nuestro Padre y del Señor Jesucristo"
(Jn 1,29-34) "He aquí el que quita el pecado del mundo"


Homilía I: con textos de homilías pronunciadas por S.S. Juan Pablo II

Homilía en la parroquia de San José, en la Vía del Triunfo (18-I-1981)

--- El misterio de Dios hecho Hombre
--- Llamada a la santidad
--- Santidad: la alegría de hacer la voluntad de Dios

--- El misterio de Dios hecho Hombre

"La gracia y la paz delante de Dios, nuestro Padre, y del Señor Jesucristo" (1 Cor 1,3).

El tiempo de Navidad, que hemos vivido hace poco, ha renovado en nosotros la conciencia de que "el Verbo se hizo carne y habitó entre nosotros" (Jn 1,14). Esta conciencia no nos abandona jamás; sin embargo, en este período se hace particularmente viva y expresiva. Se convierte en el contenido de la liturgia, pero también en el contenido de la vida cristiana, familiar y social. Nos preparamos siempre para esta santa noche del nacimiento temporal de Dios mediante el Adviento, tal como lo proclama hoy el Salmo responsorial: "Yo esperaba con ansia al Señor: Él se inclinó y escuchó mi grito"(Sal 39/40,2).

Es admirable este inclinarse del Señor sobre los hombres. Haciéndose hombre, y ante todo como Niño indefenso, hace que más bien nos inclinemos sobre Él, igual que María y José, como los pastores, y luego los tres Magos de Oriente. Nos inclinamos con veneración, pero también con ternura. ¡En el nacimiento terreno de su Hijo, Dios se "adapta" al hombre tanto, que incluso se hace hombre!

Y precisamente este hecho se nos recuerda ahora, si seguimos el hilo del Salmo: nos "puso en la boca un cántico nuevo, un himno a nuestro Dios" (Sal 39/40,4). ¡Qué candor se trasluce en nuestros cantos navideños! ¡Cómo expresan la cercanía de Dios, que se ha hecho hombre y débil niño! ¡Que jamás perdamos el sentido profundo de este misterio! Que lo mantengamos siempre vivo, tal como lo han transmitido los grandes santos.

Lo expresa también el Profeta Isaías cuando proclama hoy en la primera lectura: "Mi Dios fue mi fuerza" (Is 49,5). Y en la segunda lectura San Pablo se dirige a los Corintios -y al mismo tiempo indirectamente a nosotros- como a "los consagrados por Jesucristo, al pueblo santo que Él llamó" (1 Cor 1,2).

--- Llamada a la santidad

El reciente Concilio nos ha recordado la vocación de todos a la santidad. ¡Esta es precisamente nuestra vocación en Jesucristo! Y es don esencial del nacimiento temporal de Dios. ¡Al nacer como hombre el Hijo de Dios confiesa la dignidad del ser humano, y a la vez le hace una nueva llamada, la llamada a la santidad!

¿Quién es Jesucristo?

El que nació la noche de Belén. El que fue revelado a los pastores y a los Magos de Oriente. Pero el Evangelio de este domingo nos lleva una vez más a las riberas del Jordán, donde después de 30 años de su nacimiento, Juan Bautista prepara a los hombres para su venida. Y cuando ve a Jesús, "que venía hacia él", dice: "Éste es el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo" (Jn 1,29).

Juan afirma que bautiza en el Jordán "con agua para que -Jesús de Nazaret- sea manifestado a Israel" (Jn 1,31).

Nos habituamos a las palabras: "Cordero de Dios". Y, sin embargo, éstas son simplemente palabras maravillosas, misteriosas, palabras potentes. ¡Cómo podían comprenderlas los oyentes inmediatos de Juan, que conocían el sacrificio del cordero ligado a la noche del éxodo de Israel de la esclavitud de Egipto!

¡El Cordero de Dios que quita el pecado del mundo!

Los versos siguientes del Salmo responsorial de hoy explican más plenamente lo que se reveló en el Jordán y a través de las palabras de Juan Bautista, y que ya había comenzado la noche de Belén. El salmo se dirige a Dios con las palabras del Salmista, pero indirectamente nos trae de nuevo las palabras del Hijo eterno hecho hombre: "Tú no quieres sacrificios ni ofrendas, y en cambio me abriste el oído; no pides sacrificio expiatorio, entonces yo digo: Aquí estoy -como está escrito en mi libro- para hacer tu voluntad. Dios mío, lo quiero" (Sal 39/40,7-9).

Así habla, con las palabras del Salmo, el Hijo de Dios hecho hombre. Juan capta la misma verdad en el Jordán, cuando señalándolo, grita: "Este es el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo" (Jn 1,29).

Hemos sido, pues, "santificados en Cristo Jesús". Y estamos "llamados a ser santos con todos los que en cualquier lugar invocan el nombre de Jesucristo Señor nuestro" (1 Cor 1,2).

Jesucristo es el Cordero de Dios, que dice de Sí mismo: "Dios mío, quiero hacer tu voluntad, y llevo tu ley en las entrañas" (cf. Sal. 39/40, 9).

--- Santidad: la alegría de hacer la voluntad de Dios

¿Qué es la santidad? Es precisamente la alegría de hacer la voluntad de Dios.

El hombre experimenta esta alegría por medio de una constante acción profunda sobre sí mismo, por medio de la fidelidad a la ley divina, a los mandamientos del Evangelio. E incluso con renuncias.

El hombre participa de esta alegría siempre y exclusivamente por medio de Jesucristo, Cordero de Dios. ¡Qué elocuente es que escuchemos las palabras pronunciadas por Juan en el Jordán, cuando debemos acercarnos a recibir a Cristo en nuestros corazones y en la comunión eucarística!

Viene a nosotros el que trae la alegría de hacer la voluntad de Dios. El que trae la santidad.

Escuchamos las palabras: "Éste es el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo". Y continuamente sentimos la llamada a la santidad.

Jesucristo nos trae la llamada a la santidad y continuamente nos da la fuerza de la santificación. Continuamente nos da "el poder de llegar a ser hijos de Dios", como lo proclama la liturgia de hoy en el canto del Aleluya.

Esta potencia de santificación del hombre, potencia continua e inagotable, es el don del Cordero de Dios. Juan señalándolo en el Jordán, dice: "Éste es el Hijo de Dios" (Jn 1,34), "Ése es el que ha de bautizar con Espíritu Santo" (Jn 1,33), es decir, nos sumerge en ese Espíritu al que Juan vio, mientras bautizaba, "que bajaba del cielo como una paloma y se posó sobre Él" (Jn 1,32). Éste fue el signo mesiánico. En este signo, Él mismo, que está lleno de poder y de Espíritu Santo, se ha revelado como causa de nuestra santidad: el Cordero de Dios, el autor de nuestra santidad.

¡Dejemos que Él actúe en nosotros con la potencia del Espíritu Santo!

¡Dejemos que Él nos guíe por los caminos de la fe, de la esperanza, de la caridad, por el camino de la santidad!

¡Dejemos que el Espíritu Santo -Espíritu de Jesucristo- renueve la faz de la tierra a través de cada uno de nosotros!

De este modo, resuene en toda nuestra vida el canto de Navidad.

DP-13 198

Botón subirSubir

Homilía II: a cargo de D. Justo Luis Rodríguez Sánchez de Alva

Juan ve venir al Señor lleno de sencillez y lo señala como el "Cordero de Dios que quita el pecado del mundo". Dios es un Padre cuya paciencia con nosotros, cuyas iniciativas e ingeniosidades son infinitamente mayores que nuestras debilidades y malicias. Él perdona siempre, liberando al hombre de la suciedad interior que le agobia y apaga la alegría. El Sacramento del Perdón es un recurso del amor de Dios que alivia la mala conciencia depositando en ella una paz que no es de este mundo.

Como el Bautista debemos dar testimonio del Hijo de Dios, un Dios que cura las heridas del alma. "Vosotros sois mis testigos" (Lc 24,48), dijo Jesús a los suyos, y ellos, junto a una cadena incontable de criaturas de todos los puntos cardinales, tras recibir por el Bautismo la fuerza del Espíritu Santo, "marcharon a predicar por todas partes" (Mc 15,20).

No debemos dispensarnos de la tarea de hacer que Jesucristo sea conocido y amado. Nadie debe vivir tranquilo si se desentiende de este deber. "Tal vez -dice S. Gregorio- no podamos socorrer al necesitado; pero el que tiene lengua dispone de un bien mayor que puede distribuir, pues vale más reanimar con el alimento de la palabra al alma que ha de vivir para siempre, que saciar con el pan terreno al cuerpo que ha de morir. Por tanto, hermanos, no neguéis al prójimo la limosna de vuestra palabra".Pero, ¿quién me manda a mí meterme en la vida de los demás? ¿No estaré invadiendo el recinto de sus conciencias impertinentemente? ¡No son los demás! ¡Son mis familiares y amigos, con quienes deseo compartir la preocupación de poner remedio a tantos asuntos que, sin Cristo, no tienen remedio!

¡Hablar de Dios también con el testimonio de una vida cristiana coherente! Nos engañaríamos si creyéramos que ser ejemplares en medio de las realidades de cada día, empeñados en un trabajo que santifica también las realidades nobles de este mundo, sólo despierta una desdeñosa curiosidad admirativa en medio de una sociedad que valora tan solo el bienestar terreno. Este testimonio penetra en muchas almas rectas que buscan a Dios a tientas, que anhelan esa paz que el mundo no puede dar. La paz que viene del que quita los pecados del mundo, aliviando ese sentido de culpabilidad, tan extendido.

Botón subirSubir

Homilía III: basada en el Catecismo de la Iglesia Católica

«Llamados a ser testigos de Cristo Salvador»

I. LA PALABRA DE DIOS

Is 49,5-6: «Te hago luz de las naciones para que seas mi salvación»
Sal 39,2.4ab.7-8a.8b-9.10: «Aquí estoy, Señor, para hacer tu voluntad»
1Co 1,1-3: «Gracias y paz os dé Dios nuestro Padre, y Jesucristo, nuestro Señor»
Jn 1,29-34: «Este es el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo»

II. APUNTE BÍBLICO-LITÚRGICO

El Bautista manifiesta que Jesucristo preexiste, que es el Hijo de Dios, el Ungido por el Espíritu, el que bautiza con el Espíritu. Proclama, sobre todo, que es «el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo», clara alusión a la Pasión (4.o Poema del Siervo de Yavé: Is 52,4).

El Siervo de Yavé, al que Dios hace luz de las naciones para salvarlas, (1ª Lect.) es Jesucristo.

La Iglesia se dirige hoy «a los santificados en Cristo-Jesús, llamados a ser santos». (2ª Lect.) y nos invita a predicar, como S. Pablo, a Jesucristo y éste crucificado, que salva al hombre liberándolo del pecado.

III. SITUACIÓN HUMANA

Para anunciarle a Jesucristo al hombre de nuestros días, a quien nada dicen ni las verdades abstractas ni los sucedáneos que puedan acompañar a la vida, han de estudiarse muy a fondo las necesidades y espectativas, los ideales y carencias de esta sociedad y las exigencias de nuestro mundo.

En medio de este mundo, los cristianos hemos de presentarnos limpios de pecado, llenos de Espíritu, servidores humildes de todos, para que la salvación alcance hasta el confín de la tierra.

IV. LA FE DE LA IGLESIA

La fe
– La Iglesia, comunión con Jesús. La Iglesia es el sacramento de Jesucristo, por la comunicación de su Espíritu a los hombres reunidos de todos los pueblos, los constituye místicamente en su Cuerpo: "A ellos les dio parte en su misión, en su alegría y en sus sufrimientos. Jesús habla de una comunión todavía más íntima entre Él y los que le sigan: «Permaneced en mí como yo en vosotros... Yo soy la vid y vosotros los sarmientos». Anuncia una comunión misteriosa y real entre su propio cuerpo y el nuestro: «Quien come mi carne y bebe mi sangre permanece en mí y yo en él» (Jn 6,56)" (789; cf 798).

La respuesta
– Cristo, Cabeza del Cuerpo de la Iglesia: "Él nos une a su Pascua: Todos los miembros tienen que esforzarse en asemejarse a él «hasta que Cristo esté formado en ellos» «Por eso somos integrados en los misterios de su vida... nos unimos a sus sufrimientos como el cuerpo a su cabeza. Sufrimos con él para ser glorificados con él» (LG 7)" (793).

– Él provee a nuestro crecimiento: «Para hacernos crecer hacia Él, nuestra Cabeza, Cristo distribuye los bienes y servicios...»: 794.

El testimonio cristiano
– " «Ay de mí si no anuncio el Evangelio» Para esto me ha enviado el mismo Cristo. Debo predicar su nombre. Jesucristo es el Mesías, el Hijo de Dios vivo.... Él como nosotros y más que nosotros fue pequeño, pobre, humillado, sujeto al trabajo, oprimido, paciente... Él instituyó el nuevo Reino en el que los pobres son bienaventurados, en el que la paz es el principio de la convivencia, en el que los limpios de corazón y los que lloran son ensalzados y consolados, en el que los que tienen hambre y sed de justicia son saciados, en el que todos somos hermanos" (Pablo VI, Homilía en Manila, 29.10.70).

En comunión con la Iglesia, abrazados a la Cruz de Cristo y haciéndonos entender por el mundo de hoy, hemos de proclamar, como el Bautista, que Jesucristo es el Salvador.

Botón subirSubir