Domingo de la semana 3 de tiempo ordinario; ciclo A

Homilía I: con textos de homilías pronunciadas por S.S. Juan Pablo II
Homilía II: a cargo de D. Justo Luis Rodríguez Sánchez de Alva
Homilía III: basada en el Catecismo de la Iglesia Católica

(Is 9,1-4) "El pueblo que andaba en tinieblas, vio una gran luz"
(1 Cor 1,10-13.17) "Sed perfectos en un mismo ánimo y en un mismo parecer"
(Mt 4,12-23) "Haced penitencia, porque se ha acercado el Reino de los cielos"

 

Homilía I: con textos de homilías pronunciadas por S.S. Juan Pablo II

Homilía en la parroquia romana de Santa Gala (25-I-1981)

--- La luz del Bautismo
--- Vida pública del Señor
--- Conversión personal
--- La luz del Bautismo

--- La luz del Bautismo

“El Señor es mi luz y mi salvación” (Sal 26/27,1).

Estas palabras del Salmo responsorial son, a la vez, confesión de fe y expresión de júbilo: fe en el Señor y en lo que Él representa de luminoso para nuestra vida; júbilo por el hecho de que Él es esta luz y esta salvación, en la que podemos encontrar seguridad e impulso para nuestro camino cotidiano.

Nos podemos preguntar ¿De qué modo es el Señor nuestra luz y nuestra salvación? Cristo se convierte para nosotros en luz y salvación a partir de nuestro bautismo, en el que se nos aplican los frutos infinitos de su bendita muerte en la cruz: entonces viene a ser “para nosotros sabiduría, justicia, santificación y redención” (1 Cor 1,30). Precisamente para los bautizados, conscientes de su identidad de salvados, valen con plenitud las palabras de la Carta a los Efesios: “Porque en otro tiempo fuisteis tinieblas; mas ahora sois luz en el Señor. Vivid como hijos de la luz; pues el fruto de la luz consiste en toda bondad, justicia y verdad” (Ef 5,8-9).

--- Vida pública del Señor

Pero la vida cristiana no es sólo un hecho individual y privado. Tiene necesidad de desarrollarse a nivel comunitario e incluso público, puesto que la salvación del Señor “está preparada ante la faz de todos los pueblos; luz para iluminación de las gentes” (Lc 2,31-32).

El Evangelio de este domingo manifiesta cómo Cristo se ha convertido históricamente, al comienzo de su vida pública, en luz y en salvación del pueblo al que ha sido enviado. Citando al Profeta Isaías, el Evangelista Mateo nos dice que este pueblo “habita en tinieblas..., en tierra y sombras de muerte” (9,1) pero finalmente “vio una luz grande”. Después que la gloria del Señor había envuelto de luz, ya en Belén, a los pastores en la noche (cfr. Lc. 2,9), con ocasión del nacimiento de Jesús, ésta es la primera vez que el Evangelio habla de una luz que se manifiesta a todos. Efectivamente, cuando Jesús, después de haber dejado Nazaret y haber sido bautizado en el Jordán, va a Cafarnaún para dar testimonio de su ministerio público, es como si se verificase un segundo nacimiento público, que consistía en el abandono de la vida privada y oculta, para entregarse al compromiso total de una vida gastada por todos hasta el supremo sacrificio de sí. Y Jesús, en este momento, se encuentra en un ambiente de tinieblas, que cayeron nuevamente sobre Israel con motivo del encarcelamiento de Juan Bautista, el precursor.

Pero Mateo nos dice que Jesús iluminó enseguida eficazmente a algunos hombres, “mientras caminaba junto al lago de Galilea”, es decir, en las riberas del lago de Genesaret. Se trata de la llamada a los primeros discípulos, los hermanos Simón y Andrés, y luego a los otros dos hermanos, Santiago y Juan, todos ellos trabajadores dedicados a la pesca. Ellos “inmediatamente dejaron las barcas y a su Padre y lo siguieron”. Ciertamente experimentaron la fascinación de la luz secreta que emanaba de Él, y sin demora la siguieron para iluminar con su fulgor el camino de su vida. Pero esa luz de Jesús resplandece para todos. En efecto, Él se hace conocer por sus paisanos de Galilea, como anota el Evangelista, “enseñando en las sinagogas y proclamando el Evangelio del Reino, curando las enfermedades y dolencias del pueblo”. Como se ve, la suya es una luz que ilumina y también caldea, porque no se limita a esclarecer la mente, sino que interviene también para redimir situaciones de necesidad material. “Pasó haciendo el bien y curando” (Hch 10,38).

--- Conversión personal

Una de las mayores conquistas de esta luz fue la de Saulo de Tarso, el Apóstol Pablo. Teniendo presente su propio caso personal, escribió así a los Corintios: “Pues el mismo Dios que dijo: De las tinieblas brille la luz, ha hecho brillar la luz en nuestros corazones, para irradiar el conocimiento de la gloria de Dios que está en la faz de Cristo” (2 Cor 4,6). Diría que esta luz brilla particularmente sobre el rostro de Cristo crucificado, “Señor de la gloria” (1 Cor 2,8), por quien el Apóstol precisamente fue enviado a predicar el Evangelio de la cruz (cfr. ib., 1,17; 2,2). Esto nos dice lo que es una conversión: una iluminación especial, que nos hace ver de modo nuevo a Dios, a nosotros mismos y a nuestros hermanos. Así, de maneras diversas, Jesucristo se da a conocer a los distintos hombres y a las sociedades en el curso de los tiempos y en diversos lugares. Los que le siguen, lo hacen porque han encontrado en Él la luz y la salvación: “El Señor es mi luz y mi salvación”.

Y también vosotros ¿seguís a Cristo? ¿Lo habéis conocido verdaderamente? ¿Sabéis y estáis convencidos a fondo de que Él es la luz y la salvación de nosotros y de todos? Este es un conocimiento que no se improvisa; es necesario que os ejercitéis en Él cada día, en las situaciones concretas en que está colocado cada uno de vosotros. Se puede, al menos, intentar y llevar esta luz al propio ambiente de vida y de trabajo y dejar que ella ilumine todas las cosas para mirarlo todo a través de esa luz. Esto vale de modo particular para los enfermos y para los que sufren, puesto que, si es verdad que el dolor hunde en la oscuridad, entonces más que nunca se confirma la verdad de la gozosa confesión del Salmista: “Señor, Tú eres mi lámpara; Dios mío, Tú alumbras mis tinieblas” (Sal 18/17,29). Pero esto vale para todos: efectivamente, Cristo es luz y salvación de las familias, de los cónyuges, de la juventud, de los niños, y luego también de todos los que se ejercitan en varias profesiones: para los médicos, los empleados, los obreros,; cada una de estas categorías, aunque sea en modos diversos, ejercita un servicio para los otros y del conjunto resulta una sociedad bien ordenada y armoniosa. Más para que todo esto se logre bien, sin roces o conflictos, es preciso que cada uno sepa decir al Señor con humildad y con deseo: “Lámpara es tu palabra para mis pasos, luz en mi sendero” (Sal. 119/118,105). Esto es posible si juntamente, y a fondo, cada uno recibe el alimento de todos y todos concurren al crecimiento de cada uno.

--- La luz del Bautismo

Volvamos al salmo responsorial de la Misa.

La luz y la salvación están en contraste con el temor y el terror.

“El Señor es la defensa de mi vida; ¿quién me hará temblar? Él me protegerá en su tienda el día del peligro”.

Sin embargo, ¡cuánto temor pesa sobre los hombres de nuestro tiempo! Es una inquietud múltiple, caracterizada precisamente por el miedo al porvenir, de una posible auto destrucción de la humanidad, y luego también, más en general, por un cierto tipo de civilización materialista, que pone el primado de las cosas sobre las personas, y además por el miedo a ser víctimas de violencias y opresiones que priven al hombre de su libertad exterior e interior. Pues bien, sólo Cristo nos libera de todo esto y permite que nos consolemos espiritualmente, que encontremos la esperanza, que confiemos en nosotros mismos en la medida en que confiamos en Él: “Contempladlo y quedaréis radiantes” (Sal. 34/33,6).

Juntamente con esto, como nos sugiere la segunda estrofa, nace el deseo de poder “habitar en la casa del Señor” (Sal. 26/27,4).

“Una cosa pido al Señor, eso buscaré: habitar en la casa del Señor por todos los días de mi vida; gozar de la dulzura del Señor contemplando su templo”.

¿Qué quiere decir esto? Significa ante todo la condición interior del alma en la gracia santificante, mediante la cual el Espíritu Santo habita en el hombre; y significa además permanecer en la comunidad de la Iglesia y participar en su vida. En efecto, precisamente aquí se ejercita en abundancia esa “misericordia”, de la que habla el Salmo; cada uno puede repetir con el Salmista, seguro de ser escuchado: “Acuérdate de mí con misericordia, por bondad, Señor” (Sal 25/24,7).

Finalmente estamos orientados hacia la esperanza última, que da toda la existencia del cristiano su plena dimensión.

“Espero gozar en la dicha del Señor en el país de la vida. Espera en el Señor, sé valiente, ten ánimo, espera en el Señor”.

El cristiano es hombre de gran esperanza, y precisamente en ella se refleja esa luz y se realiza esa salvación, que es Cristo. Efectivamente, Él “hace caminar a los humildes con rectitud, enseña su camino a los humildes” (Sal. 25/24,9).

DP-20 1981

Homilía II: a cargo de D. Justo Luis Rodríguez Sánchez de Alva

"También en nuestros días hay mucha gente "que camina en tinieblas" (1ª lect), desorientadas por la multiplicidad de las informaciones, tan cuantiosas como contradictorias, que recibe a diario. Son tantos, tan opuestos, tan interesados, los mensajes, las mentiras, las medias verdades que escucha, que le llevan a creer que toda certeza es revisable o parcial, cuando no un síntoma de inmadurez o de fanatismo.

Jesús nos llama también hoy, como llamó a los primeros (Evg), para que a la luz del Evangelio orientemos a tantos que sueñan con un mundo mejor, donde la mentira, la violencia, la rapiña, no sean monedas que se cotizan más que el bien, la veracidad. Hay en nuestro mundo una sorda espera, una difusa expectativa, como en tiempos de Jesús, en que el pueblo escogido aguardaba al Mesías.

Bien, pero ¿qué hacer o qué representa mi esfuerzo en el hogar, el lugar de trabajo..., al lado de la omnipresente realidad de la corrupción en la política, los negocios, las relaciones sociales? Debemos persuadirnos 1) de que si yo no cambio no podré cambiar nada, porque al ocupar un puesto, en lugar de mejorar la situación cara al bien común, contribuiré a extender la corrupción. 2) Debo empezar por el ambiente que me rodea: la familia, los amigos, el trabajo... Este influjo beneficiará a muchos originando así un efecto dominó. 3) Contar con el tiempo. La lluvia es fecunda y auténtico oro para el campo, cuando cae mansamente y durante horas o días. La torrencial destruye. 4) No olvidar que Dios tiene más interés que nosotros en que el bien triunfe sobre el mal.

Partir de la base de que el mal nunca puede apagar la luz del bien, no es una visión rosa que desconoce la s dificultades en orden a sanear un sistema viciado. Es una visión que cree en la capacidad operativa de la verdad, en la repulsa que provoca en una inmensa mayoría de personas el engaño como norma de conducta. Una visión que permita vivir, al menos, sin avergonzarnos de pertenecer a la especie humana. Una visión que sabe que siempre habrá cizaña pero también trigo en abundancia, que en la otra vida engrosará los graneros eternos.

 

Homilía III: basada en el Catecismo de la Iglesia Católica
 

«Convertíos para ser libres»

I. LA PALABRA DE DIOS

Is 9,1-14: «En la Galilea de los gentiles el pueblo vio una luz grande»
Sal 26,1-4,13-14: «El Señor es mi luz y mi salvación»
1Co 1,10-13,17: «Poneos de acuerdo y no andéis divididos»
Mt 4,12-23: «Vino a Cafarnaún para que se cumpliese lo que había dicho el profeta Isaías»

II. APUNTE BÍBLICO-LITÚRGICO

En Jesucristo se cumple el anuncio de Isaías: «Es la luz que ilumina las tinieblas y libera a los que habitan en sombras de muerte» (1ª Lect. y Ev.).

En la «Galilea de los gentiles» llama a los pecadores y los incorpora a su intimidad y a su misión, que es iluminar y liberar proclamando el Evangelio del Reino. Enseñando y curando las enfermedades, Jesucristo realiza la acción iluminadora y liberadora.

Solamente exige una condición: «Convertíos, porque está cerca el Reino de los cielos» (Ev.).

«Convertíos», predica también el apóstol Pablo para evitar las divisiones y las discordias para unirse en un mismo pensar y sentir; para abrazarse con la cruz y predicar la Buena Noticia de la salvación que por ella nos vino.

III. SITUACIÓN HUMANA

La cultura cristiana, fundamento de Occidente, cuenta hoy para poca gente. La sociedad moderna presenta una peligrosa división social, una enorme distancia entre grupos en desarrollo, bienestar, etc.

Trabajar por una conversión de todos al amor a fin de transformar las actuales estructuras y lograr una sociedad más justa, es construir hoy el Reino de Dios.

IV. LA FE DE LA IGLESIA

La fe
– Jesús llama a la conversión: "Esta llamada es una parte esencial del anuncio del Reino: «El tiempo se ha cumplido y el Reino de Dios está cerca; convertíos y creed en la Buena Nueva». En la predicación de la Iglesia esta llamada se dirige primeramente a los que no conocen todavía a Cristo y su Evangelio " (1427).
– La conversión es el camino para la liberación: "La primera obra de la gracia del Espíritu Santo es la conversión, que obra la justificación según el anuncio de Jesús al comienzo del Evangelio: «Convertíos, porque el Reino de los cielos está cerca». Movido por la gracia, el hombre se vuelve a Dios y se aparta del pecado, acogiendo así el perdón y la justicia de lo alto" (1989).

La respuesta
– Libertad y responsabilidad: «La libertad es el poder, radicado en la razón y en la voluntad de obrar o de no obrar, de hacer esto o aquello, de ejecutar así por sí mismo acciones deliberadas. Por el libre arbitrio cada uno dispone de sí mismo. La libertad es en el hombre una fuerza de crecimiento y de maduración en la verdad y la bondad. La libertad alcanza su perfección cuando está ordenada a Dios, nuestra bienaventuranza» (1731).
– El hombre, responsable de sus actos: «La libertad hace al hombre responsable de sus actos en la medida en que éstos son voluntarios. El progreso en la virtud, el conocimiento del bien, y la ascesis acrecientan el dominio de la voluntad sobre los propios actos» (1734).

El testimonio cristiano
– «El que asciende no deja nunca de ir de comienzo en comienzo mediante comienzos que no tienen fin. Jamás el que asciende deja de desear lo que ya conoce» (San Gregorio de Nisa, hom. in Cant. 8).
Convertíos de corazón a Jesucristo. Él es la base de nuestra libertad. Hay que predicarla en un mundo desunido por falta de amor, y trabajar por transformar las estructuras sociales.