Domingo de la semana 6 de Pascua; ciclo B

Homilía I: con textos de homilías pronunciadas por S.S. Juan Pablo II
Homilía II: a cargo de D. Justo Luis Rodríguez Sánchez de Alva
Homilía III: basada en el Catecismo de la Iglesia Católica

                        (Hch 10,25-26.34-35.44-48) "Está claro que Dios no hace distinciones"
                        (1 Jn 4,7-10) "Todo el que ama ha nacido de Dios"
                        (Jn 15,9-17) "Si guardáis mis mandamientos, permaneceréis en mi amor"

Homilía I: con textos de homilías pronunciadas por S.S. Juan Pablo II

Al finalizar el Sínodo africano (8-V-1994)

            --- Evangelización
            --- Juventud
            --- Madurez

--- Evangelización

“Como el Padre me amó, yo también os he amado a vosotros; permaneced en mi amor” (Jn 15,9).

Cristo dirigió esas palabras a los Apóstoles en el cenáculo la víspera de su muerte en cruz. Alcanzaron su plenitud en la resurrección, que se convirtió en el comienzo de la nueva misión: “Como el Padre me envió, también yo os envío” (Jn 20,21).

Hoy debemos volver a ese inicio. Debemos presentarnos, por medio de la fe ante el Padre que “nos amó y nos envió a su Hijo como propiciación por nuestros pecados” (1 Jn 4,10). El amor viene de Dios. No hemos amado primero nosotros a Dios; Él nos ha amado (cf. 1 Jn 4,10). Nos ha amado con un amor eterno en su Hijo, a quien en la plenitud de los tiempos mandó al mundo para que gracias a él tengamos vida.

El amor da la vida. Todo el que ama ha nacido de Dios y Dios mora en él (cf. 1 Jn 4,7). Así pues, quien ama conoce a Dios, porque lo lleva en su interior. Conoce a Aquél que es Amor. Conoce al Hijo y, gracias al Hijo, conoce al Padre y permanece en su amor.

--- Juventud

Éste es el eterno principio del Evangelio y de la evangelización. Durante el Sínodo, mediante la oración, estábamos todos los días en contacto con ese eterno principio. Hoy deseamos dar gracias a Dios y en particular por esto. Deseamos dar gracias, porque en este “eterno principio” se ha convertido a su tiempo en el inicio histórico de la evangelización de África, de vuestros países y de vuestros pueblos.

Eso sucedió por primera vez ya en los tiempos apostólicos, cuando el diácono Felipe bautizó a un funcionario de la reina de Etiopía. El cristianismo se difundió muy pronto por las costas del mar Mediterráneo en todo el norte de África, que entonces formaba parte del imperio romano. Al resto de ese vasto continente el Evangelio llegó más tarde, en el siglo XV a algunas regiones y, definitivamente, durante el siglo pasado.

Por tanto, si nos referimos a la cronología histórica, las Iglesias africanas son jóvenes. Y juventud significa también lozanía y vitalidad; significa gran reserva de fuerzas y prontitud para afrontar pruebas y luchas. Juventud significa maduración. Y si, junto con ese proceso se producen crisis, se trata de ordinario de crisis de crecimiento de las que normalmente el hombre sale más maduro.

--- Madurez

La liturgia recuerda hoy un acontecimiento de los Hechos de los Apóstoles que puede considerarse el primer paso en la misión de la Iglesia “ad gentes”. Precisamente San Pedro, el Apóstol junto a cuya tumba se lleva a cabo esta celebración conclusiva de la fase romana de la Asamblea sinodal, es enviado por el Espíritu Santo al centurión romano Cornelio. Ese centurión es pagano. La primera comunidad cristiana en Jerusalén estaba formada sobre todo por personas procedentes del judaísmo. El mandato de Cristo de ir a los confines de la tierra para anunciar el Evangelio a todas las gentes aún no se había podido realizar: no había habido tiempo suficiente. Pedro había dudado un poco en aceptar el impulso del Espíritu a dirigirse a la casa de un pagano. A pesar de ello, cuando acudió, constató con gran sorpresa que ese pagano esperaba a Cristo y el bautismo. Leemos en los Hechos de los Apóstoles: “Y los fieles circuncisos que habían venido con Pedro quedaron atónitos al ver el que don del Espíritu Santo había sido derramado también sobre los gentiles, pues les oían hablar en lenguas y glorificar a Dios” (Hch 10,45-46).

De esta forma, por consiguiente, en cierto sentido se repitió en la casa de Cornelio el milagro de Pentecostés. Pedro dijo entonces: “Verdaderamente comprendo que Dios no hace acepción de personas, sino que en cualquier nación el que le teme y practica la justicia le es grato [...]. ¿Acaso puede alguno negar el agua del bautismo a éstos que han recibido el Espíritu Santo como nosotros?” (Hch 10,34-35.47)

Así comenzó aquella misión de la Iglesia ad gentes, cuyo heraldo principal sería Pablo de Tarso.

“No me habéis elegido vosotros a mí, sino que yo os he elegido a vosotros, y os he destinado para que vayáis y deis fruto, y vuestro fruto permanezca” (Jn 15,16).

DP-55 1994

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Homilía II: a cargo de D. Justo Luis Rodríguez Sánchez de Alva

“Como el Padre me ha amado, así os he amado yo; permaneced en mi amor”. El amor mutuo del Padre y del Hijo se transmite de Cristo a los suyos y de éstos  a todos los hermanos: “Mi mandato es que os améis los unos a los otros como yo os he amado”. Quien busca solamente sus intereses personales orillando los de Cristo, es como una maquinaria técnicamente avanzada cuya instalación eléctrica no está conectada con la red general de energía. El egoísta está siempre ocupadísimo. Glotón de su tiempo, lo devora afanosamente en sus ocupaciones. Nadie duda de que se gasta, que rinde, pero al desligarse de la corriente vivificadora que Cristo ha inaugurado con su llegada a la tierra, sus realizaciones carecen de valor, no sólo para la vida eterna sino para la presente.

La Historia ofrece pruebas de esta infecundidad hasta el aburrimiento. Hay incluso momentos en la vida de las naciones en que esa industriosidad es origen de contaminaciones que convierten el escenario de este mundo en un anfiteatro de barbarie y de muerte. Nadie duda que hemos aprendido a volar mejor que los pájaros, que surcamos los mares como peces y que cada vez es más rápida y tupida la red de nuestras comunicaciones, pero aún no hemos logrado entendernos como hermanos. La abundancia no nos ha proporcionado la paz espiritual y humana. Nuestra generación no puede eludir la pregunta del Señor: ¿De qué le valdrá al hombre ganar todo el mundo -todos los avances técnicos- si pierde su alma, si los valores del espíritu son postergados? Sin la colaboración con Dios, el mal, en toda su repelente y atroz dimensión, se adueña de este mundo convirtiendo nuestras fatigas en cenizas.

La ciencia sin conciencia, la que no está al servicio de los demás de un modo afectivo y efectivo, es como una fuerza desatada. Ciertamente no podemos vivir sin aire, pero un huracán o un tornado pueden provocar una catástrofe. “Para todas las otras buenas obras puede siempre alegarse una excusa -dice S. Jerónimo-; más para amar nadie puede excusarse. Me puedes decir: no puedo ayunar, pero no puedes decirme no puedo amar”. En el trato diario con nuestros iguales es inevitable que surjan roces o que nos ofendan y perjudiquen. En esos momentos tendremos que sobreponernos a la tentación de responder al mal con el mal.  Igual que Dios nos quiere, aun con nuestros defectos y nos perdona, nosotros debemos querer a los demás... y perdonarles. Si esperamos querer a los que no tienen defectos, no querremos nunca a nadie.

Se salvará este mundo y nos salvaremos nosotros si nos esforzamos por construir espacios donde el respeto, la comprensión y el afecto no sean suplantados por la espiral de la violencia. El amor es la fuerza más creativa y poderosa, la que -dice S. Pablo- no muere nunca (1 Cor 13).

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Homilía III: basada en el Catecismo de la Iglesia Católica

"Conocer por Cristo los secretos del Padre, es signo de su amistad; que otros conozcan a Cristo por medio de la Iglesia, es signo de fidelidad"

Hch 10,25-26.34-35.44-48: "El don del Espíritu Santo se ha derramado también sobre los gentiles"
Sal 97,1-2-3ab.3cd-4: "El Señor revela a las naciones su salvación"
1 Jn 4,7-10: "Dios es Amor"
Jn 15,9-17: "Nadie tiene amor más grande que el que da la vida por sus amigos"

Ya en el Deuteronomio se había dicho: "Dios no es parcial ni acepta soborno..." Esa universalidad alcanza su culminación en Cristo y en el mandato de hacer discípulos de todos los pueblos. Pedro ha llegado a esta conclusión por un camino difícil y lento. Pero, una vez descubierto, se entrega en cuerpo y alma a los gentiles, porque estaba convencido de que no se les podía negar el bautismo.

San Juan sale al paso de dos posibles errores: que el conocimiento de Dios nada tiene que ver con la conducta personal y que el envío del Hijo sea fruto del mérito de alguien, y no de la iniciativa de Dios.

La tarea que Jesús ha encomendado a los apóstoles es la evangelización. Pero no es posible sin una profunda comunión de amor de ellos con Cristo y de ellos entre sí.

En la sociedad civil la designación "a dedo" no tiene buena prensa. No goza de prestigio. Porque en la Iglesia ni la vocación, ni la elección ni la designación proceden de los propios méritos ni del consenso humano. La comunidad apostólica contemplaba la misión que Cristo daba a sus primeros seguidores como iniciativa gratuita de Dios.

— La misión de los apóstoles:

"Jesús es el enviado del Padre. Desde el comienzo de su ministerio,  «llamó a los que Él quiso, y vinieron donde él. Instituyó Doce para que estuvieran con Él y para enviarlos a predicar» (Mc 3,13-14). Desde entonces, serán sus  «enviados» ;obes lo que significa la palabra griega  «apostoloi»;cb. En ellos continúa su propia misión:  «Como el Padre me envió, también yo os envío» (Jn 20,21). Por tanto su ministerio es la continuación de la misión de Cristo:  «Quien a vosotros recibe, a mí me recibe», dice a los Doce (Mt 10,40)" (858; cf. 764).

— El mandamiento nuevo:

"Jesús hace de la caridad el mandamiento nuevo. Amando a los suyos  «hasta el fin» (Jn 13,1), manifiesta el amor del Padre que ha recibido. Amándose unos a otros, los discípulos imitan el amor de Jesús que reciben también en ellos. Por eso Jesús dice:  «Como el Padre me amó, yo también os he amado a vosotros; permaneced en mi amor» (Jn 15,9). Y también:  «Éste es el mandamiento mío: que os améis unos a otros como yo os he amado» (Jn 15,12)" (1823).

— "En todo tiempo y lugar ha sido grato a Dios el que le teme y practica la justicia. Sin embargo, quiso santificar y salvar a los hombres no individualmente y aislados, sin conexión entre sí, sino hacer de ellos un pueblo para que le conociera de verdad y le sirviera con una vida santa. Eligió, pues, a Israel para pueblo suyo, hizo una alianza con él y lo fue educando poco a poco. Le fue revelando su persona y su plan a lo largo de su historia y lo fue santificando. Todo esto, sin embargo, sucedió como preparación y figura de su alianza nueva y perfecta que iba a realizar en Cristo..., es decir, el Nuevo Testamento en su sangre convocando a las gentes de entre los judíos y los gentiles para que se unieran, no según la carne, sino en el Espíritu" (LG 9) (781).

Somos Iglesia porque hemos sido convocados; convocamos a otros con nuestro testimonio, porque somos Iglesia.

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