Domingo de la semana 3 de Cuaresma; ciclo A

Homilía I: con textos de homilías pronunciadas por S.S. Juan Pablo II
Homilía II: a cargo de D. Justo Luis Rodríguez Sánchez de Alva
Homilía III: basada en el Catecismo de la Iglesia Católica

(Ex 17,3-7) "Yo estaré allí delante de ti"
(Rom 5,1.2.5-8) "Nos gloriamos en la esperanza de los hijos de Dios"
(Jn 4,5-42) "Si conocieses el don de Dios"

Homilía I: con textos de homilías pronunciadas por S.S. Juan Pablo II

Homilía en la parroquia de los Santos Pedro y Pablo (22-III-1981)

--- Adoración a Dios

--- Reconocer los pecados propios

--- Disponerse a recibir la gracia

--- Adoración a Dios

“...Postrémonos por tierra, bendiciendo al Señor, creador nuestro. Porque Él es nuestro Dios y nosotros su pueblo, el rebaño que Él guía” (Sal 94(95),6-7).

Efectivamente la Cuaresma es el “tiempo propicio” (2 Cor 6,2), en el cual el Señor se revela a quien se esfuerza por conocerlo y amarlo. Es el tiempo del “memento”, de acordarse de Él de modo real. Es metanoia: dirigirse a Él con toda el alma para servirlo y darle gracias. Esto significa adorar al Señor, y por este motivo la Iglesia no se cansa de repetir con el Salmista: “Entremos a su presencia dándole gracias, vitoreándolo al son de instrumentos” (Sal 94(95),2), y también: “Entrad, postrémonos por tierra, bendiciendo al Señor” (Sal 94(95),6).

La adoración a Dios constituye la razón de ser de la Iglesia y de cada hombre, el cual no puede dar expresión cabal a su existencia, sin manifestar este acto amoroso, espontáneo y consciente a Dios, su Creador. Y este acto de adoración se realiza sobre todo en la comunidad reunida para la celebración del banquete del Señor, en la fractio panis, que también nosotros renovaremos dentro de poco (...).

“Golpearás la peña, y saldrá de ella agua” (Ex.17,6).

El largo viaje de los israelitas por el desierto sirve de contexto inmediato al pasaje del Éxodo. Una de las dificultades mayores presentadas por un viaje en el desierto a un pueblo tan numeroso que llevaba consigo rebaños y ganado, fue ciertamente la falta de agua. Por esto es comprensible que, en los días en que el hambre y la sed se hacían sentir de modo más agudo, los israelitas añoraran Egipto y murmuraran contra Moisés. Dios, que había manifestado de tantos modos su particular benevolencia para con aquel pueblo, exige ahora la fe, el abandono absoluto en Él, la superación de las propias seguridades humanas. Y precisamente en el momento en que el pueblo no puede contar ya con sus propios recursos, está extenuado y abatido, y alrededor no hay más que la desnuda roca estéril y árida y sin vida, interviene Dios, se hace presente y hace brotar de esa roca agua abundante que da la vida. Precisamente de esa roca maciza podrán sacar los israelitas agua en su viaje hacia la tierra prometida, lo mismo que del Corazón de Cristo, sediento en la cruz, brotará el agua que salve a quienes han emprendido el camino de fe. Por esta semejanza, Pablo identifica la roca con Cristo mismo, nuevo Templo, y manantial que da de beber en la vida eterna (Cf. 1 Cor 10,4). He aquí cómo la potencia de Dios se manifiesta en el misterio del agua viva, que salta hasta la eternidad, porque es el agua regeneradora de la gracia y reveladora de la verdad.

Como en el tiempo del Éxodo, también hoy los hombres notan la fe de esta agua salvadora y liberadora que proviene de Cristo, y la Iglesia, en respuesta, no se cansa de anunciarlo a todos los pueblos de todos los tiempos. Ella está presente en el mundo, sobre todo “para ayudar a los hombres a creer que Jesús es el Hijo de Dios, a fin de que, mediante la fe, ellos tengan la vida en su nombre, para educarlos e instruirlos en esta vida y construir así el Cuerpo de Cristo. La Iglesia no ha dejado de dedicar sus energías a esta tarea” (Catechesis tradendae,1).

--- Reconocer los pecados propios

Del agua que salta hasta la vida eterna habla Cristo a la Samaritana junto al pozo de Sicar. Cansado del camino se sienta sobre el brocal del pozo. Los discípulos habían ido solos a la ciudad para las compras. Jesús pide a la Samaritana, que había venido para sacar agua, que le dé de beber. Ella se admira de esto. ¿Cómo puede Él, un judío, pedir algo a una samaritana? Desde hacía siglos judíos y samaritanos vivían en una enemistad implacable. Pero Jesús se muestra superior a este prejuicio, como también a la opinión judía que consideraba como indecoroso para un maestro hablar públicamente con una mujer. Para Él no cuenta la distinción de nación y de raza, ni tampoco la distinción entre hombre y mujer. De agua natural, elemento material que Jesús pide primeramente a la mujer, lleva la conversación al plano de la revelación, el agua verdaderamente viva. La expresión “agua viva” en el lenguaje del Profeta indica los bienes de la salvación del tiempo mesiánico (Cf. Is 12,3; 49,10; Jer 2,13; 17,13). Pero la mujer no pudiendo comprender su lenguaje, piensa en un agua milagrosa que apague la sed del cuerpo, por lo que ya no será necesario sacar más. De este modo Jesús ha despertado en ella el deseo de su don: “Señor -le dice la mujer- dame esa agua: así no tendré más sed, ni tendré que venir aquí a sacarla” (Jn 4,14). Entonces Jesús revela a la mujer que Él es en persona la fuente misma del agua viva. Y demuestra cómo el camino de la fe en Él pasa a través del reconocimiento de su misión divina, manifestando su conocimiento profético, propio de un enviado de Dios. Ella ha tenido cinco maridos y vive ilegalmente con un sexto. La mujer comienza a reflexionar: un conocimiento tal de los corazones no es el de un hombre común, y prorrumpe en un emocionado acto de fe: “Señor, veo que tú eres un profeta” (Jn 4,19). Y luego irá a avisar a los habitantes de su ciudad que ha encontrado al Mesías y les invita a “venir a Jesús” (Jn 4,29). En este estupendo pasaje evangélico, que alcanza una cumbre sublime por su belleza formal y por su profundidad doctrinal, hay rasgos pedagógicos interesantes para todo educador de la fe. La revelación personal es obra de Jesús, que la realiza partiendo de la situación concreta para llevar a una revisión ideal de la vida: esa vida vista a la luz de la verdad, porque sólo en la verdad puede efectuarse el encuentro con Cristo que personifica la misma verdad.

Precisamente cuando la Samaritana se dirige a Jesús con las palabras: “Dame esa agua”(Jn 4,15), entonces Él no tarda en indicar el camino que lleva a ella. Es el camino de la verdad interior, el camino de la conversión y de las obras buenas. “Anda llama a tu marido” (Jn 4,16), dice el Señor a la mujer: se trata de una invitación a examinar la propia conciencia, a escrutar en lo íntimo del corazón, a despertar en él las esperanzas más profundas, ésas que se finge esconder bajo la réplica evasiva. Hace descubrir a esta mujer la necesidad de ser salvada y de preguntarse por el camino que puede conducirla a la salvación, haciendo con ella un verdadero y propio “examen de conciencia”, y ayudándola a llamar por su nombre a los pecados de su vida. Por esto el Señor le apremia: “Tienes razón, que no tienes marido: has tenido ya cinco y el de ahora no es tu marido” (Jn 4,17-18). De este modo la mujer no sólo reconoce su situación de pecado, sino que es ayudada a llamar por su nombre a los pecados de su vida. San Agustín en un sermón admirable expresa así la lucha interior de esta mujer: “Primeramente te rigieron los cinco sentidos corporales; cuando llegaste después al uso de razón, no llegaste a la sabiduría, sino que caíste en el error; por esto, después de los cinco maridos, el que tienes ahora no es tu marido. Y si no era un marido, ¿qué era sino un adúltero? Llama, pues, pero no al adúltero, llama a tu marido, con el fin de que tu inteligencia pueda comprenderme y el error no te haga pensar algo falso de mí... Echa lejos, pues, al adúltero, que te pervierte y anda a llamar a tu marido. Llámalo y vuelve acá con él, y me comprenderás” (In Jn. Evang. Tr. 15,22).

--- Disponerse a recibir la gracia

En esta situación, Jesús, de improviso, se eleva más allá de la respuesta inmediata para anunciar la superación del culto juzgado verdadero y de una forma de adoración, que se fija en el corazón más que en los sacrificios, una adoración provocada por el Espíritu, precisamente la adoración “en espíritu y verdad” (Jn 4,24). Adorar en espíritu supone ponerse bajo el influjo de la acción de Dios, esto es, del don de la vida obrado por el Espíritu y llama la atención sobre la vida sobrenatural de la que gozan los cristianos y que es condición indispensable para ser “verdaderos”adoradores. Adorar en verdad significa ponerse en el orden de la revelación del Verbo: esa revelación para la cual se compromete la acción del Espíritu de verdad. El nuevo lugar de la adoración es el templo espiritual, es decir, Cristo-verdad, bajo la iluminación del Espíritu de verdad. La condición requerida por Jesús para un culto válido es la de sintonizar con su persona, reveladora de una fe que obra el Espíritu Santo. Los que sepan acoger el admirable “don de Dios” (Jn 4,10) que es el agua viva del Espíritu Santo, serán transformados, como la Samaritana, se convertirán en verdaderos adoradores, encontrando el centro del culto en el Cuerpo de Cristo resucitado y transformado por la fuerza del Espíritu.

¿Qué efectos produjo en la Samaritana el agua viva que salta hasta la vida eterna? Valorando el desarrollo ulterior de la situación espiritual de la mujer, se puede responder que el fruto fue grande. Efectivamente, se encuentra en ella una auténtica metanoia que la lleva hasta reconocer en Jesús al Mesías: “Venid a ver -dice a sus conciudadanos- un hombre que me ha dicho todo lo que he hecho: ¿será éste el Mesías?” (Jn 4,29). Y la pregunta supone en su pensamiento una respuesta afirmativa, porque une esta confesión con el hecho de llamar por su nombre a los pecados: me ha dicho todo lo que he hecho. Nota en sí una nueva fuerza, un nuevo entusiasmo que la lleva a anunciar a los demás la verdad y la gracia que ha recibido: venid a ver. En cierto sentido se convierte en mensaje de Cristo y de su Evangelio de salvación, como la Magdalena en la mañana de Pascua.

También a nosotros se nos dirige la invitación a beber esta agua viva de la verdad, a purificar nuestra vida, cambiar la mentalidad y acudir a la escuela del Evangelio, donde el Señor, como hizo con la Samaritana, nos interpela, haciéndonos descubrir las exigencias más profundas de la verdad y del espíritu.

El tercer domingo de Cuaresma la Iglesia nos invita a la particular adoración de Dios, a rendir una adoración particular al Padre “en espíritu y verdad”.

Esta adoración no puede ser solamente externa. La adoración en “espíritu y verdad” debe afectar a nuestras conciencias. Y por esto oigamos una vez más el Salmo responsorial, cuando dice: “Ojalá escuchéis hoy su voz: no endurezcáis el corazón...” (Sal 94(95,8).

Pensemos a quién de nosotros se refieren estas palabras. Pensemos en esos hermanos y hermanas, que están ausentes, pero a los cuales se refieren estas palabras, e imploremos para nosotros y para ellos el encuentro con Cristo semejante al encuentro de la Samaritana junto al pozo de Sicar.

Y escuchamos también las palabras del Apóstol Pablo en la Carta a los Romanos: “Ya que hemos recibido la justificación por la fe, estamos en paz con Dios, por medio de nuestro Señor Jesucristo. Por Él hemos obtenido con la fe el acceso a esta gracia en que estamos; y nos gloriamos apoyados en la esperanza de la gloria de los hijos de Dios” (Rom 5,1-2).

Si a alguno de nosotros se refieren estas palabras -y pienso que se refieren a muchos- entonces pidamos perseverar en la esperanza y en la observancia de la paz con Dios, tal como enseña el Apóstol.

Y finalmente escuchemos las palabras de nuestro Señor Jesucristo que dice: “levantad los ojos y contemplad los campos que están ya dorados para la siega; el segador ya está recibiendo salario y almacenando fruto para la vida eterna: y así se alegran lo mismo sembrador y segador” (Jn 4,35-36).

Pidamos con toda el alma esta cosecha, lo mismo que pidió la Samaritana tener agua viva, el agua para la vida eterna. Y, al contemplar “los campos que ya están dorados para la siega” (Jn 4,35), pensemos que hay necesidad de segadores como antes fueron necesarios los sembradores. Y digamos a Cristo que nos ha redimido con su Sangre: Señor ¡aquí estoy! Admíteme como sembrador y segador de tu Reino. Señor, ¡aquí estoy! Envía operarios a la mies. “Envía operarios a tu mies” (Cf. Mt 9,37).

Que mediante la Cuaresma se renueven nuestras conciencias y reviva el celo de los auténticos discípulos de Cristo.

DP-82 1981

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Homilía II: a cargo de D. Justo Luis Rodríguez Sánchez de Alva

¡Una página de oro! ¡Cuánta riqueza y profundidad en un encuentro lleno de naturalidad y sinceridad por ambas partes! Una página tan densa que desborda los límites de una homilía. Ciñámonos a ese escepticismo que reservamos, como la samaritana, ante las verdades que están más allá de lo de todos los días.

Inicialmente la mujer se extraña que un judío le dirija la palabra. Jesús pasa por alto los prejuicios sociales y el tono desenvuelto y un tanto hosco de ella y le dice que es dueño de un agua que apaga la sed para siempre. El escepticismo aparece: "¿eres tú más que nuestro padre Jacob...? ¿Es que hay algo mayor y mejor que los bienes de este mundo? Tenemos sed de bienestar, de afirmación personal..., pero vamos a apagarla en los aljibes de este mundo (Cf Jer 2,13). Jesús que conoce bien las expectativas del corazón humano dice: "Si conocieras el don de Dios..." ¡Palabras eternas, que saben a plenitud, y que despertaron en ella la sed de absoluto que toda criatura siente, provocando esta petición: "Señor dame esa agua"! ¡Pidamos a Jesús que nos dé sed de eternidad y no nos conformemos con el brillo prestado y fugaz de las cosas de esta vida!

Aunque Jesús ha despertado algo muy importante en el corazón de esta mujer, ella, aferrada a su modo de ver y de vivir -¡como nosotros!- añade burlonamente: así "no tendré que venir aquí a sacarla". Jesús, al ver su actitud, replica: "llama a tu marido". Cristo la coloca frente a su borrascosa historia y la mujer se siente ante alguien muy superior: "Señor, veo que tú eres un profeta" La conversación continúa por las alturas de la verdad de Dios y por la sinceridad de corazón que Él reclama. La conciencia, que es la voz de Dios resonando en el corazón y que Cristo ha removido, le ha hecho ver que no se puede adorar a Dios el Domingo y los demás días rendir culto al orgullo y la sensualidad.

"Sé que va a venir el Mesías". ¡También ella esperaba al Mesías, a pesar de la vida sentimental que llevaba! En toda alma hay una incurable sed de Dios. Jesús le responde con sencillez pero con un acento que la desconcierta: "Soy yo, el que habla contigo". La mujer, atónita, deja el cántaro en el pozo y corre alborozada a extender la noticia. ¿Por qué no buscar un encuentro personal con Jesús por la lectura atenta y diaria de la Escritura Santa, de una confesión sincera de nuestros pecados, de la Eucaristía? Ese encuentro provocará en cada uno el mismo sobresalto que en esta mujer y, como ella, sentiremos la necesidad de comunicarlo a la familia, los amigos y vecinos, ¡a todos!

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Homilía III: basada en el Catecismo de la Iglesia Católica

«Rescatados por el agua del bautismo, estamos llamados a beber del agua que salta hasta la vida eterna»

I. LA PALABRA DE DIOS

Ex 17,3-7: «Danos agua para beber»
Sal 94,1-2.6-9: «Escucharemos tu voz, Señor»
Rm 5,1-2.5-8: «El amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones con el Espíritu Santo que se nos ha dado»
Jn 4,5-42: «Un surtidor de agua que salta hasta la vida eterna»

II. APUNTE BÍBLICO-LITÚRGICO

Como en otro tiempo le ocurrió a Nicodemo, la samaritana se queda en la mera epidermis de lo que oye. No sólo porque no entienda, sino porque no sabe profundizar. Jesús intenta que descubra dentro de sí misma nuevas posibilidades: «Si conocieras el don de Dios...» Comprender y aceptar el «otro nivel», el de Jesús, llevará a la mujer no sólo al cambio personal, sino al testimonio: «Ya no creemos por lo que tú dices, nosotros mismos lo hemos oído y sabemos que él es en verdad el Salvador del mundo».

Este es el primer domingo de catequesis de los catecúmenos inmediatamente antes de recibir el Bautismo. Jesucristo les era presentado como «agua viva» y el creyente como «el que bebe del agua que Él le dará y que se convertirá en surtidor de agua que salta hasta la vida eterna».

III. SITUACIÓN HUMANA

Atados al presente, esclavos del cada día, de lo que tenemos a mano nos falta imaginación para adivinar caminos nuevos, un futuro verdaderamente humano. Vivimos en una sociedad en la que cada día gana terreno lo frívolo, lo superficial. El mundo de hoy navega por encima sin bucear nunca en la hondura de la realidad. Y se empobrece.

IV. LA FE DE LA IGLESIA

La fe
– El agua, símbolo del Espíritu Santo: "El simbolismo del agua es significativo de la acción del Espíritu Santo en el Bautismo, ya que, después de la invocación del Espíritu Santo, ésta se convierte en el signo sacramental eficaz del nuevo nacimiento: del mismo modo que la gestación de nuestro primer nacimiento se hace en el agua, así el agua bautismal significa realmente que nuestro nacimiento a la vida divina se nos da en el Espíritu Santo. Pero «bautizados en un solo Espíritu», también «hemos bebido de un solo Espíritu» (1 Co 12,13): el Espíritu es, pues, también personalmente el Agua viva que brota de Cristo crucificado como de su manantial y que en nosotros brota en vida eterna" (694).

– El Bautismo en la economía de la salvación: 1217. 1218. 1219. 1220. 1221. 1222.

La respuesta
– Dar a Dios culto en espíritu y en verdad: "El culto «en espíritu y en verdad» (Jn 4,24) de la Nueva Alianza no está ligado a un lugar exclusivo. Toda la tierra es santa y ha sido confiada a los hijos de los hombres. Cuando los fieles se reúnen en un mismo lugar, lo fundamental es que ellos son las «piedras vivas», reunidas para «la edificación de un edificio espiritual» (1 P 2,4- 5). El Cuerpo de Cristo resucitado es el templo espiritual de donde brota la fuente de agua viva. Incorporados a Cristo por el Espíritu Santo, «somos el templo de Dios vivo» (2 Co 6,16)" (1179).

– Fuentes de la oración: 2652-2660.

El testimonio cristiano
– "... (Jesús) pide de beber y promete dar de beber; necesita como si hubiera de recibir, y mana como si hubiera de saciar. «Si conocieras, dice, el don de Dios». Este don de Dios es el Espíritu Santo, pero todavía está oculto a la mujer y poco a poco va entrando en su corazón. Quizás ya lo está presagiando. ¿Hay algo más suave y bello que estas palabras: Si conocieras...? Agua viva es la que corre de una fuente.... es la que había allí, ¿cómo, pues, promete lo que pide?" (San Agustín, De diversis, 12). El que se siente incorporado al Misterio Pascual de Cristo por el agua y el Espíritu, hace de su vida un acto permanente de culto al Padre en espíritu y en verdad.

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