
Homilía I: con textos de homilías pronunciadas por S.S. Juan Pablo II
Homilía II: a cargo de D. Justo Luis Rodríguez Sánchez de Alva
Homilía III: basada en el Catecismo de la Iglesia Católica
(Sam 16,1.6-7.10-13) "El hombre ve lo que aparece, pero Dios ve el corazón"
(Ef 5,8-14) "Andad como hijos de la luz"
(Jn 9,1-41) "Se lavó, y volvió con vista"
Homilía I: con textos de homilías pronunciadas por S.S. Juan Pablo II
Homilía en la parroquia de San Sabas (29-III-1981)
--- Vocación cristiana universal. La divinidad de Jesús
--- Firmeza en la fe. Formación
--- Frecuencia de sacramentos y moralidad
--- Vocación cristiana universal. La divinidad de Jesús
¡El Señor es mi Pastor, nada me falta! (Sal 22(23),1).
El Salmo reponsorial del IV domingo de Cuaresma dirige nuestras almas hacia el misterio pascual en el que Cristo se revela realmente como Pastor que ofrece la vida por las ovejas (cfr. Jn 10,11-15). La imagen que emerge del Salmo 22 es una preparación de la figura que Cristo mismo ha delineado con la parábola del Buen Pastor. Evidentemente, el Salmo refleja una mentalidad oriental y se expresa con modalidades típicas del contexto histórico judío y, por esto, requeriría una esmerada exégesis. Sin embargo, su mensaje es fácilmente comprensible: Jesús, el Verbo Divino, se encarnó precisamente para conducir las almas a la verdad: “En verdes praderas me hace recostar; me conduce hacia fuentes tranquilas”.
Jesús vino para alentarnos en el camino de la vida, para guiarnos en el camino justo de la salvación, para prepararnos la mesa de la gracia, para darnos la alegría de la certeza. Jesús está con nosotros todos los días de nuestra existencia: la fe en Él nos da seguridad y valentía, aún cuando a veces tengamos que caminar en un valle oscuro... ¡A pesar de las penas y de los contrastes de la vida, a pesar de las situaciones sociales y públicas que a veces pueden llegar a ser dramáticas, no perdáis la confianza en Cristo Buen Pastor, Redentor de nuestras almas, Salvador de la humanidad!
Cristo es precisamente el Pastor Eterno de toda la humanidad porque en Él todos nosotros hemos sido elegidos por el Padre como hijos adoptivos. Y por medio de su obra redentora hemos sido unidos al Espíritu Santo, de manera que participamos así también de la misión de Cristo “Sacerdote, Profeta y Rey” (cfr. LG 31). Hacia estos pensamientos nos orienta la primera lectura del libro de Samuel, que narra la elección y la unción del futuro rey David por parte del Profeta.
Del relato del episodio histórico resulta que en el Antiguo Testamento sólo algunos eran elegidos por el Altísimo para la realización de sus designios. En este caso, uno sólo de los siete hijos de Jesé fue elegido y consagrado Rey de Israel. En cambio, la revelación de Cristo y la enseñanza perenne de la Iglesia afirman que, en el Nuevo Testamento, la elección es universal: toda la humanidad y, por esto, cada uno de los hombres es llamado y elegido en Cristo para participar en la misma vida divina mediante la gracia. ¡Así pues sentios dichosos y estad agradecidos por haber no sólo conocido estas realidades divinas, sino por haber recibido la unción y la consagración mediante el bautismo y la confirmación!
Sin embargo, el pensamiento sobre el que pone con más fuerza el acento la liturgia de hoy es que Cristo es el Pastor de nuestras almas en cuanto nos abre los ojos para ver la luz de Dios.
El relato de la curación del ciego de nacimiento, como nos lo presenta el evangelista Juan, es ciertamente una de las páginas más espléndidas del Evangelio. Jesús realizó el llamativo milagro de la curación del ciego de nacimiento para demostrar su divinidad y la consiguiente necesidad de acoger su Persona y su mensaje.
El ciego, una vez curado, no sabe todavía quién es Jesús, pero lo intuye, y contra la incredulidad de los judíos y el temor de sus mismos padres, afirma: “Jamás se oyó decir que nadie abriera los ojos a un ciego de nacimiento; si éste no viniera de Dios, no tendría ningún poder”. Cuando después Jesús le dice claramente que es el “Hijo del Hombre”, esto es, el Mesías, el Hijo de Dios, el ciego curado no tiene duda alguna e inmediatamente hace su profesión de fe: “Creo, Señor”.
He aquí, pues el significado inmediato del milagro realizado por Jesús: Él es verdaderamente Dios el cual, como pudo dar enseguida la vida a un ciego, mucho más puede dar la vista al alma, puede abrir los ojos interiores para que conozcan las verdades supremas que se refieren a la naturaleza de Dios y al destino del hombre. Por esto la curación física del ciego, que luego es causa de su fe, se convierte en un símbolo de la conversión espiritual. De este modo, Jesús vuelve a confirmar: “Yo soy la luz del mundo; el que me sigue no anda en tinieblas, sino que tendrá la luz de la vida” (Jn 8,12).
--- Firmeza en la fe. Formación
De la meditación de las lecturas de la liturgia de hoy debemos sacar ahora alguna conclusión práctica, que pueda servir en el camino ulterior de vuestra vida personal.
Ante todo, tened siempre un profundo sentido de responsabilidad sobre vuestra fe cristiana. El relato evangélico nos hace comprender cuán preciosa es la vista a los ojos, pero cuánto más preciosa es aún la luz de la fe. Pero sabemos que esta fe exige firmeza y fortaleza, porque está siempre insidiada. Frente a la luz de Cristo, hay siempre una actitud de abierta hostilidad, o de rechazo y de indiferencia, o también de crítica injusta y parcial.
Sentios responsables de vuestra fe en la sociedad moderna en la que debéis vivir, cada uno en su puesto de vida y de trabajo, cada uno en el ámbito de sus relaciones de familia y de profesión. Y por esto, profundizad cada vez más en ella, con una catequesis sana, completa, metódica. ¡Conocer mejor la propia fe significa estimarla más, vivirla más intensamente, irradiarla con más eficaz testimonio!
--- Frecuencia de sacramentos y moralidad
Una segunda consecuencia práctica se puede sacar de la Carta de San Pablo.
"En otro tiempo erais tinieblas, ahora sois luz en el Señor. Caminad como hijos de la luz” (Ef 5,8). La exortación de San Pablo es siempre actual: “Buscad lo que agrada al Señor”. “No toméis parte en las obras estériles de las tinieblas” (Ef 5,10-11).
¡Sed luz también vosotros en vuestra parroquia, en vuestra ciudad, en vuestra patria! Sed luz con la frecuencia asidua y convencida a la Santa Misa...; sed luz eliminando escrupulosamente las palabras soeces, la blasfemia, la lectura de diarios y revistas pornográficas, la visión de espectáculos negativos; sed luz con el ejemplo continuo de vuestra bondad y de vuestra fidelidad en todo lugar, pero especialmente en el ambiente privilegiado de la familia, recordando que “toda bondad, justicia y verdad son frutos de la luz”.
¡Estemos dispuestos a seguir a Cristo por los caminos que Él nos indica, también mediante la enseñanza de la Iglesia que Él ha instituido!
¡Estemos dispuestos a sacar fuerza de las fuentes de la gracia, que Él nos abre en la Iglesia mediante los sacramentos de la fe: Penitencia y Eucaristía!
Y, finalmente, ¡estemos dispuestos a buscar en Él el apoyo en todas las dificultades de nuestra vida y de nuestra conciencia! ¡No nos separemos nunca de Él! ¡Él es la luz del mundo!
DP-90 1981
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Homilía II: a cargo de D. Justo Luis Rodríguez Sánchez de Alva
Alguien ha dicho que para quien quiere creer hay muchos argumentos, pero para el que no quiere no existe ninguno. Es lo que se aprecia en el cariz casi grotesco del comportamiento de los fariseos ante la prodigiosa curación del ciego de nacimiento.
Una curación demasiado evidente, inaudita, a la que Jesús añadía, para confusión de los doctores, haberla realizado en sábado. Los fariseos hicieron todo lo posible para negar la evidencia. Casi resulta cómica la minuciosa investigación a que someten al ciego que se permite incluso la ironía de preguntarles si quieren ellos hacerse discípulos de Jesús. Es más, cansado de tanta pregunta y viendo que no le creen y le exigen que dé gloria a Dios porque "ese hombre es un pecador", les contesta que "Dios no escucha a los pecadores... Jamás se oyó decir que nadie le abriera los ojos a un ciego de nacimiento; si éste no viniera de Dios, no tendría ningún poder". Esto irrita aún más a estos investigadores que terminan ofendiéndole: "Empecatado naciste tú de pies a cabeza, ¿y nos vas a dar lecciones a nosotros?" El racionalismo está retratado aquí.
Jesús curó a muchos ciegos físicos, pero es importante saber que el Evangelio apunta a la ceguera interior, esa inmensa noche que envuelve al racionalista, que se niega a aceptar una intervención sobrenatural. El ciego puede arreglarse sin la visión exterior. Casi todos conocemos ciegos que tienen una gran riqueza interior; pero el mundo se reduce y, a veces hasta se corrompe, cuando el hombre carece o rechaza la luz que viene de Dios. Es una oscuridad del corazón que limita dramáticamente el horizonte humano y convierte el universo interior en una lóbrega y fría noche.
La curación del ciego de nacimiento revela el poder de Jesús contra esa tragedia que invade nuestra historia: la indiferencia por lo eterno, un eclipse de lo divino y una mirada enceguecida por lo inmediato, lo que funciona, lo que da dinero, prestigio, votos..., y hace pasablemente dichosa esta vida. Pidamos al Señor que abra nuestros ojos a las realidades sobrenaturales, porque ellas amplían nuestro horizonte, absorbido en exceso por lo inmediato. Que nos abra los ojos para no olvidar que, con su ayuda, podemos remediar tantas cosas que hay en nosotros y a nuestro alrededor que se nos antojan sin remedio.
Homilía III: basada en el Catecismo de la Iglesia Católica
«Los bautizados estamos iluminados por Cristo para no caminar ni a ciegas ni en tinieblas»
I. LA PALABRA DE DIOS
1S 16,lb.6-7; 10-13a: «David es ungido rey de Israel»
Sal 22,1-6: «El Señor es mi pastor, nada me falta»
Ef 5,8-14: «Levántate de entre los muertos y Cristo será tu luz»
Jn 9,1-41: «Fue, se lavó, y volvió con vista»
II. APUNTE BÍBLICO-LITÚRGICO
El más pequeño de los hermanos, David, no contaba en los planes de nadie. Pero sí en los de Dios. Y fue elegido. No hemos buscado nosotros a Dios, es Él el que ha salido a nuestro encuentro.
Cuando los judíos expulsan al ciego de la sinagoga, Jesús le sale al encuentro. Y llega entonces la luz de la fe: «¿Crees tú en el Hijo del Hombre?... El que estás viendo...ese es». El que es elegido no puede tener otra actitud que la de la incondicionalidad. Sale de la tiniebla se encuentra con la luz: Cristo.
Cristo se llama a sí mismo Luz del mundo. Pero esto no se limita a la curación de un ciego. En él estamos representados todos los que caminamos en medio de tinieblas, y necesitamos de su luz. De lo contrario, seríamos ciegos guiando a ciegos.
III. SITUACIÓN HUMANA
Nuestro mundo de hoy valora extraordinariamente la imagen. Hoy preocupa ante todo que la apariencia exterior esté bien cuidada; que quien tenga que desempeñar una función, no fracase nunca por «cuestión de imagen». Hay que mimar las apariencias, aunque lo profundo e íntimo se abandone.
Hoy preferimos encubrir los defectos antes que corregirlos, disimular más que remediarlos. Cuando irrumpe en la vida una luz que pueda arreglar situaciones, puede ocurrirnos como cuando salimos de un lugar oscuro y nos topamos con la luz: que nos duelen los ojos. Hoy, ¿acabará dañándonos cualquier luz profunda?
IV. LA FE DE LA IGLESIA
La fe
– Cristo, revelación del Padre y misterio de Redención: "Toda la vida de Cristo es Revelación del Padre: sus palabras y sus obras, sus silencios y sus sufrimientos, su manera de ser y de hablar. Jesús puede decir: «Quien me ve a mí, ve al Padre» (Jn 14,9), y el Padre: «Este es mi Hijo amado; escuchadle» (Lc 9,35)" (516).
– «Toda la vida de Cristo es Misterio de Redención. La Redención nos viene ante todo por la sangre de la cruz, pero este misterio está actuando en toda la vida de Cristo» (517; cf 528-530).
– Cristo, luz de los pueblos: 748.
La respuesta
– El Bautismo, baño de iluminación: "Este baño es llamado iluminación porque quienes reciben esta enseñanza (catequética) su espíritu es iluminado... Habiendo recibido en el Bautismo al Verbo, «la luz verdadera que ilumina a todo hombre» (Jn 1,9), el bautizado, «tras haber sido iluminado» (Hb 10,32), se convierte en «hijo de la luz» (1 Ts 5,5), y en «luz» él mismo (Ef 5,8)" (1216).
– Ceguera e injusticia: 1740.
– La duda en la fe puede llevar a la ceguera del espíritu: 2088.
El testimonio cristiano
– «Quedaremos iluminados, queridos hermanos, si tenemos el colirio de la fe. Porque fue necesaria la saliva de Cristo mezclada con tierra para ungir al ciego de nacimiento. También nosotros hemos nacido ciegos por causa de Adán, y necesitamos que el Señor nos ilumine... Piensa que también iluminó a los ciegos» (San Agustin, Ev. S. Juan, 34).
Los que preguntan al ciego no están buscando respuestas; están descartando a Jesús como luz. Y así no puede ser reconocido. Sólo el que se deja orientar por su luz, llega a Él.
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