Domingo de la semana 3 de Pascua; ciclo A

Homilía I: con textos de homilías pronunciadas por S.S. Juan Pablo II
Homilía II: a cargo de D. Justo Luis Rodríguez Sánchez de Alva
Homilía III: basada en el Catecismo de la Iglesia Católica
Homilía IV: Homilía pronunciada por S.S. Benedicto XVI

(Hch 2,14.22-23) "Dios resucitó a este Jesús"
(1 Pe 1,17-21) "Por Cristo vosotros creéis en Dios"
(Lc 24,13-35) "Quédate con nosotros"

Homilía I: con textos de homilías pronunciadas por S.S. Juan Pablo II.

Homilía en la Misa de canonización (18-IV-1999)

--- Encuentro con Jesús en la Eucaristía
--- Amor a Jesús y servicio a los hermanos
--- ¡Quédate con nosotros!

--- Encuentro con Jesús en la Eucaristía

“Tomó el pan, pronunció la bendición, lo partió y se lo dio. A ellos se le abrieron los ojos y lo reconocieron” (Lc 24,30-31).

Acabamos de escuchar estas palabras del evangelio de san Lucas, que narran el encuentro de Jesús con dos de sus discípulos en camino hacia la aldea de Emaús, el mismo día de su resurrección. Ese encuentro inesperado alegra el corazón de los dos viandantes desconsolados, y les devuelve la esperanza. El evangelio dice que, después de reconocerlo, “al momento se volvieron a Jerusalén” (Lc 24,33). Sentían necesidad de comunicar a los Apóstoles “lo que les había pasado por el camino y cómo lo habían reconocido al partir el pan” (Lc 24,35).

Del encuentro personal con Jesús brota, en el corazón de los creyentes, el deseo de dar testimonio de Él. (…). Escucharon las palabras de Jesús y cultivaron su compañía, sintiendo arder su corazón en el pecho. ¡Qué fascinación tan indescriptible ejerce la presencia misteriosa del Señor en los que le acogen! Es la experiencia de los santos. Es la misma experiencia espiritual que podemos hacer nosotros, peregrinos por los caminos del mundo hacia la patria celestial. El Resucitado también sale a nuestro encuentro con su palabra, revelándonos su amor infinito en el sacramento del Pan eucarístico, partido por la salvación de toda la humanidad. Que los ojos de nuestro espíritu se abran a su verdad y a su amor…

--- Amor a Jesús y servicio a los hermanos

”Dios resucitó a este Jesús, y todos nosotros somos testigos” (Hch 2,32).

“Todos nosotros somos testigos”: el que habla es Pedro, en nombre de los Apóstoles. En su voz reconocemos la de los innumerables discípulos, que a lo largo de los siglos han hecho de su vida un testimonio del Señor muerto y resucitado… Estamos invitados a dar el máximo relieve a la virtud de la caridad… Al ideal evangélico de la caridad hacia el prójimo, especialmente hacia los humildes, los enfermos y los abandonados… El amor a Jesús exige el servicio generoso a los hermanos. En efecto, en su rostro, especialmente en el de los más necesitados, resplandece el rostro de Cristo.

En la primera carta de san Pedro, que acabamos de escuchar, leemos que fuimos rescatados “no con bienes efímeros, con oro o plata, sino a precio de la sangre de Cristo, el cordero sin defecto ni mancha” (1 Pe 1,19). La certeza del valor infinito de la sangre de Cristo, derramada por nosotros, induce a responder al amor de Dios con un amor igualmente generoso e incondicional, manifestado mediante el servicio humilde y fiel a los “queridos pobres”.

--- ¡Quédate con nosotros!

“Quédate con nosotros porque atardece y el día va de caída” (Lc 24,29). Los dos viandantes, cansados, pidieron a Jesús que se quedara con ellos en su casa para compartir su mesa.

Quédate con nosotros, Señor resucitado. Ésta es también nuestra aspiración diaria. Si tú te quedas con nosotros, nuestro corazón está en paz.

Acompáñanos, como hiciste con los discípulos de Emaús, en nuestro camino personal y eclesial.

Ábrenos los ojos, para que sepamos reconocer los signos de tu presencia inefable.

Haz que seamos dóciles a las inspiraciones de tu Espíritu. Aliméntanos todos los días con tu Cuerpo y tu Sangre, pues así sabremos reconocerte y te serviremos en nuestros hermanos.

María, Reina de los santos, ayúdanos a poner en Dios nuestra fe y nuestra esperanza (cf. 1 Pe 1,21).

DP-50 1999

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Homilía II: a cargo de D. Justo Luis Rodríguez Sánchez de Alva

¿Qué fue lo que motivó que el desengaño y la sensación de fracaso de los discípulos de Emaús -y de los creyentes o de los alejados hoy de la comunión eclesial representados en ellos- fuera substituido por un entusiasmo que les llevó a suplicar: “Quédate con nosotros Señor”?

Cuando Jesús se acerca a estos dos que se vuelven a sus casas, abandonando tal vez la aventura divina a la que fueron convocados, no le reconocen porque la tristeza les embarga. En la trágica tarde del Viernes Santo quedaron enterradas sus esperanza mesiánicas; y ni las noticias de las mujeres asegurando que el Señor ha resucitado ni la confirmación de las mismas por parte de algunos del grupo, han logrado avivar la esperanza. Están decepcionados y tristes.

Cristo, tras censurar su ignorancia sobre lo que anunciaron los profetas y su resistencia a creer a quienes le han visto, les fue explicando, partiendo de Moisés, la conveniencia y el sentido de los trágicos sucesos de la Pasión. Invitado a sentarse a la mesa con ellos porque el día declina, al partir el pan, se les abrieron los ojos y le reconocieron. Previamente, por el camino, las explicaciones del Señor iban encendiendo en ellos la fe y el amor. “Pan y Palabra, Hostia y Oración, si no, no tendrás vida sobrenatural” (S. Josemaría Escrivá).

Cristo Resucitado sigue presente entre nosotros, camina a nuestro lado, está en medio de nosotros; “sobre todo en la acción litúrgica... Está presente en su palabra, pues cuando se lee en la Iglesia la Sagrada Escritura, es Él quien habla... Por tanto, de la liturgia, sobre todo de la Eucaristía, mana hacia nosotros la gracia como de su fuente y se obtiene con la máxima eficacia aquella santificación de los hombres en Cristo” (C. Vat. II. S. C. nn 7 y 10).

“Se volvieron a Jerusalén, donde estaban reunidos los Once con sus compañeros, que estaban diciendo: “Era verdad, ha resucitado el Señor”. La comunión eclesial se ha restablecido y todos se intercambian sus propias experiencias. Nosotros debemos meditar una y otra vez esa Palabra de Dios que resuena con autoridad en la Iglesia y acudir con la frecuencia que nos sea posible a la Eucaristía.

¿No podríamos nosotros buscar unos minutos al día de modo habitual para meditar sosegadamente esa Palabra de Dios leyendo el Santo Evangelio, y haciendo nuestras aquellas estrofas del libro de la Sabiduría: “la preferí a los cetros..., no la comparé a las piedras preciosas porque todo el oro ante ella es como un grano de arena”? (Sap 7,8-10 y 14). ¿Es para mí su lectura una conversación personal con Jesucristo? ¿Me acerco al Señor, presente en la Eucaristía, con la confianza de quienes le trataron en su tiempo?

¡Ir a verle y oírle en la Eucaristía y en la Palabra, como ciegos, enfermos... en el plano espiritual! ¡Acudir cada día, y no de refilón, sin prisas, para oír de sus labios esas palabras que le encadenan a uno para siempre y sentir la seguridad y confianza que emanan de su Persona!

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Homilía III: basada en el Catecismo de la Iglesia Católica

«Le reconocieron al partir el pan»

I. LA PALABRA DE DIOS

Hch 2,14.22-28: «No era posible que la muerte lo retuviera bajo su dominio»
Sal 15,1-2.5.7-11: «Señor, me enseñarás el sendero de la vida»
1P 1,17-21: «Habéis sido redimidos con la sangre de Cristo, el Cordero sin defecto»
Lc 24, 13-35: «Le reconocieron al partir el pan»

II. APUNTE BÍBLICO-LITÚRGICO

El primero de los «discursos misioneros» de San Pedro tiene la estructura típica de S. Lucas: introducción para situar el discurso en el marco narrativo; acontecimientos esenciales del kerigma; llamamiento a la conversión.

Los cristianos comienzan proclamando valientemente su fe en Jesucristo: «No era posible que la muerte lo retuviera bajo su dominio». Si el destino del hombre era la muerte, por Cristo la muerte ha sido destruida.

El desánimo de los que caminan hacia Emaús es la muestra de lo que les ocurría a todos los discípulos. Todos «esperaban», «se habían sobresaltado», oyeron a los que «habían venido diciendo» ... Se movían en otra onda distinta a la de Jesús. Antes habían oído pero no escuchado; habían visto signos, pero no habían creído. Ahora, «al partir el pan» le reconocen. Han empezado a mirar con los ojos de la fe; a escuchar la Palabra y no sólo a oirla.

III. SITUACIÓN HUMANA

Venimos repitiendo la experiencia humana de buscar, de intentar por todos los medios caminos nuevos para el pensamiento, para la acción, para la vida. Pero también hay que dejar constancia de su desorientación. Encuentra, sí, caminos. Pero no son los adecuados.

Se nota también cierto desencanto en la sociedad. La sensación de que algo en lo que habían puesto toda su confianza les ha defraudado. Y hace extensiva la desconfianza a todo y a todos los demás.

IV. LA FE DE LA IGLESIA

La fe
– El Banquete del Señor: "He aquí el mismo dinamismo del banquete pascual de Jesús resucitado con sus discípulos: en el camino les explicaba las Escrituras, luego, sentándose a la mesa con ellos, «tomó el pan, pronunció la bendición, lo partió y se lo dio»" (1347). «En este gesto (la fracción del pan) los discípulos lo reconocerán después de su resurrección (Lc 24,13-35), y con esta expresión los primeros cristianos designaron sus asambleas eucarísticas» (1329).

– Catequesis pascual de Cristo: 1094.

– Cristo y la Iglesia, caminos de salvación para el hombre: 846.

La respuesta
– La Eucaristía, fuente y cumbre de la vida eclesial: «La Eucaristía es el corazón y la cumbre de la vida de la Iglesia, pues en ella Cristo asocia su Iglesia y todos sus miembros a su sacrificio de alabanza y acción de gracias ofrecido una vez por todas en la cruz a su Padre; por medio de este sacrificio derrama las gracias de la salvación sobre su Cuerpo, que es la Iglesia» (1407).

– Participación en la Eucaristía (Comunión): 1385. 1388.

– Compromiso del cristiano para con la sociedad: 1934. 1935. 1947. 1948.

El testimonio cristiano
– «Has gustado la sangre del Señor y no reconoces a tu hermano. Deshonras esta mesa, no juzgando digno de compartir tu alimento al que ha sido juzgado digno de participar en esta mesa. Dios te ha liberado de todos los pecados y te ha invitado a ella. Y tú, aún así, no te has hecho más misericordioso (S. Juan Crisóstomo, hom.in 1Co 27,4)» (1397).

– «Partimos un mismo pan que es remedio de inmortalidad, antídoto para no morir, sino para vivir en Jesucristo para siempre (San Ignacio de Antioquía, Eph 20,2)» (1405). Jesús es reconocido porque da el pan y se da él mismo. Los cristianos no damos el Pan, sino que lo compartimos. Pero al compartir el Pan y la entrega de nosotros mismos, también seremos reconocidos.

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Homilía IV: Homilía pronunciada por S.S. Benedicto XVI

VISITA PASTORAL A AQUILEA Y VENECIA

Parque San Julián - Mestre
Domingo 8 de mayo de 2011

Queridos hermanos y hermanas:

Me alegra mucho estar hoy entre vosotros y celebrar con vosotros y para vosotros esta solemne Eucaristía. Es significativo que el lugar escogido para esta liturgia sea el parque de San Julián: un espacio en donde normalmente no se celebran ritos religiosos, sino manifestaciones culturales y musicales. Hoy este espacio acoge a Jesús resucitado, realmente presente en su Palabra, en la asamblea del pueblo de Dios con sus pastores y, de modo eminente, en el sacramento de su Cuerpo y de su Sangre. A vosotros venerados hermanos obispos, con los presbíteros y los diáconos, y a vosotros, religiosos, religiosas y laicos, os dirijo mi más cordial saludo, pensando en particular en los enfermos aquí presentes, acompañados por la UNITALSI. ¡Gracias por vuestra cordial acogida! Saludo con afecto al patriarca, cardenal Angelo Scola, a quien agradezco las sentidas palabras que me ha dirigido al inicio de la santa misa. Dirijo un deferente saludo al alcalde, al ministro de Bienes y actividades culturales, en representación del Gobierno, al ministro de Trabajo y políticas sociales, y a las autoridades civiles y militares, que con su presencia han querido honrar este encuentro. Un sentido agradecimiento a todos aquellos que generosamente han prestado su colaboración para la preparación y el desarrollo de mi visita pastoral. ¡Gracias de corazón!

El Evangelio del tercer domingo de Pascua, que acabamos de escuchar, presenta el episodio de los discípulos de Emaús (cf. Lc 24, 13-35), un relato que no acaba nunca de sorprendernos y conmovernos. Este episodio muestra las consecuencias de la obra de Jesús resucitado en los dos discípulos: conversión de la desesperación a la esperanza; conversión de la tristeza a la alegría; y también conversión a la vida comunitaria. A veces, cuando se habla de conversión, se piensa únicamente a su aspecto arduo, de desprendimiento y de renuncia. En cambio, la conversión cristiana es también y sobre todo fuente de gozo, de esperanza y de amor. Es siempre obra de Jesús resucitado, Señor de la vida, que nos ha obtenido esta gracia por medio de su pasión y nos la comunica en virtud de su resurrección.

Queridos hermanos y hermanas, he venido a vosotros como Obispo de Roma y continuador del ministerio de Pedro, para confirmaros en la fidelidad al Evangelio y en la comunión. He venido para compartir con los obispos y los presbíteros el celo del anuncio misionero, que debe involucrarnos a todos en un serio y bien coordinado servicio a la causa del reino de Dios. Vosotros, aquí presentes hoy, representáis a las comunidades eclesiales nacidas de la Iglesia madre de Aquileya. Como en el pasado, cuando esas Iglesias se distinguieron por el fervor apostólico y el dinamismo pastoral, así también hoy es necesario promover y defender con valentía la verdad y la unidad de la fe. Es necesario dar razón de la esperanza cristiana al hombre moderno, a menudo agobiado por grandes e inquietantes problemáticas que ponen en crisis los cimientos mismos de su ser y de su actuar.

Vivís en un contexto en el que el cristianismo se presenta como la fe que ha acompañado, a lo largo de siglos, el camino de tantos pueblos, incluso a través de persecuciones y pruebas muy duras. Son elocuentes expresiones de esta fe los múltiples testimonios diseminados por todas partes: las iglesias, las obras de arte, los hospitales, las bibliotecas, las escuelas; el ambiente mismo de vuestras ciudades, así como los campos y las montañas, todos ellos salpicados de referencias a Cristo. Sin embargo, hoy este ser de Cristo corre el riesgo de vaciarse de su verdad y de sus contenidos más profundos; corre el riesgo de convertirse en un horizonte que sólo toca la vida superficialmente, en aspectos más bien sociales y culturales; corre el riesgo de reducirse a un cristianismo en el que la experiencia de fe en Jesús crucificado y resucitado no ilumina el camino de la existencia, como hemos escuchado en el Evangelio de hoy a propósito de los dos discípulos de Emaús, los cuales, tras la crucifixión de Jesús, regresaban a casa embargados por la duda, la tristeza y la desilusión. Esa actitud tiende, lamentablemente, a difundirse también en vuestro territorio: esto ocurre cuando los discípulos de hoy se alejan de la Jerusalén del Crucificado y del Resucitado, dejando de creer en el poder y en la presencia viva del Señor. El problema del mal, del dolor y del sufrimiento, el problema de la injusticia y del atropello, el miedo a los demás, a los extraños y a los que desde lejos llegan hasta nuestras tierras y parecen atentar contra aquello que somos, llevan a los cristianos de hoy a decir con tristeza: nosotros esperábamos que el Señor nos liberara del mal, del dolor, del sufrimiento, del miedo, de la injusticia.

Por tanto, cada uno de nosotros, como ocurrió a los dos discípulos de Emaús, necesita aprender la enseñanza de Jesús: ante todo escuchando y amando la Palabra de Dios, leída a la luz del misterio pascual, para que inflame nuestro corazón e ilumine nuestra mente, y nos ayude a interpretar los acontecimientos de la vida y a darles un sentido. Luego es necesario sentarse a la mesa con el Señor, convertirse en sus comensales, para que su presencia humilde en el sacramento de su Cuerpo y de su Sangre nos restituya la mirada de la fe, para mirarlo todo y a todos con los ojos de Dios, y a la luz de su amor. Permanecer con Jesús, que ha permanecido con nosotros, asimilar su estilo de vida entregada, escoger con él la lógica de la comunión entre nosotros, de la solidaridad y del compartir. La Eucaristía es la máxima expresión del don que Jesús hace de sí mismo y es una invitación constante a vivir nuestra existencia en la lógica eucarística, como un don a Dios y a los demás.

El Evangelio refiere también que los dos discípulos, tras reconocer a Jesús al partir el pan, «levantándose en aquel momento, se volvieron a Jerusalén» (Lc 24, 33). Sienten la necesidad de regresar a Jerusalén y contar la extraordinaria experiencia vivida: el encuentro con el Señor resucitado. Hace falta realizar un gran esfuerzo para que cada cristiano, aquí en el nordeste como en todas las demás partes del mundo, se transforme en testigo, dispuesto a anunciar con vigor y con alegría el acontecimiento de la muerte y de la resurrección de Cristo. Conozco el empeño que, como Iglesias del Trivéneto, ponéis para tratar de comprender las razones del corazón del hombre moderno y cómo, refiriéndoos a las antiguas tradiciones cristianas, os preocupáis por trazar las líneas programáticas de la nueva evangelización, mirando con atención a los numerosos desafíos del tiempo presente y repensando el futuro de esta región. Con mi presencia deseo apoyar vuestra obra e infundir en todos confianza en el intenso programa pastoral puesto en marcha por vuestros pastores, deseando un fructífero compromiso por parte de todos los componentes de la comunidad eclesial.

Sin embargo, también un pueblo tradicionalmente católico puede experimentar de forma negativa o asimilar casi de manera inconsciente los contragolpes de una cultura que acaba por insinuar una manera de pensar en la que el mensaje evangélico se rechaza abiertamente o se lo obstaculiza solapadamente. Sé cuán grande ha sido y sigue siendo vuestro compromiso por defender los valores perennes de la fe cristiana. Os aliento a no ceder jamás a las recurrentes tentaciones de la cultura hedonista y a las llamadas del consumismo materialista. Acoged la invitación del apóstol Pedro, presente en la segunda lectura de hoy, a comportaros «con temor de Dios durante el tiempo de vuestra peregrinación» (1 P 1, 17), invitación que se hace realidad en una existencia vivida intensamente por los caminos de nuestro mundo, con la conciencia de la meta que hay que alcanzar: la unidad con Dios, en Cristo crucificado y resucitado. De hecho, nuestra fe y nuestra esperanza están dirigidas hacia Dios (cf. 1 P 1, 21): dirigidas a Dios por estar arraigadas en él, fundadas en su amor y en su fidelidad. En los siglos pasados, vuestras Iglesias han conocido una rica tradición de santidad y de generoso servicio a los hermanos gracias a la obra de celosos sacerdotes, religiosos y religiosas de vida activa y contemplativa. Si queremos ponernos a la escucha de su enseñanza espiritual, no nos es difícil reconocer la llamada personal e inconfundible que nos dirigen: sed santos. Poned a Cristo en el centro de vuestra vida. Construid sobre él el edificio de vuestra existencia. En Jesús encontraréis la fuerza para abriros a los demás y para hacer de vosotros mismos, siguiendo su ejemplo, un don para toda la humanidad.

En torno a Aquileya se unieron pueblos de lenguas y culturas diversas, que convergieron no sólo por exigencias políticas sino sobre todo por la fe en Cristo y por la civilización inspirada en la enseñanza evangélica, la civilización del amor. Las Iglesias nacidas de Aquileya están hoy llamadas a reforzar aquella antigua unidad espiritual, en particular a la luz del fenómeno de la inmigración y de las nuevas circunstancias geopolíticas actuales. La fe cristiana seguramente puede contribuir a poner en práctica este programa, que afecta al desarrollo armonioso e integral del hombre y de la sociedad en la que vive. Por esto, mi presencia entre vosotros quiere ser también un vivo apoyo a los esfuerzos que se realizan para favorecer la solidaridad entre vuestras diócesis del nordeste. Quiere ser, además, un estímulo para toda iniciativa orientada a la superación de las divisiones que podrían hacer vanas las aspiraciones concretas a la justicia y a la paz.

Este, hermanos, es mi deseo; esta es la oración que dirijo a Dios por todos vosotros, invocando la intercesión celestial de la Virgen María y de tantos santos y beatos, entre los cuales me es grato recordar a san Pío X y al beato Juan XXIII, pero también al venerable Giuseppe Toniolo, cuya beatificación ya está próxima. Estos luminosos testigos del Evangelio son la mayor riqueza de vuestro territorio: seguid sus ejemplos y sus enseñanzas, conjugándolos con las exigencias actuales. Tened confianza: el Señor resucitado camina con vosotros ayer, hoy y siempre. Amén.

© Copyright 2011 - Libreria Editrice Vaticana

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