Domingo de la semana 5 de Pascua; ciclo A

Homilía I: con textos de homilías pronunciadas por S.S. Juan Pablo II
Homilía II: a cargo de D. Justo Luis Rodríguez Sánchez de Alva
Homilía III: basada en el Catecismo de la Iglesia Católica

(Hch 6,1-7) "No nos parece bien descuidar la palabra de Dios"
(1 Pe 2,4-9) "Vosotros sois una raza elegida"
(Jn 14,1-12) "Yo estoy en el Padre, y el Padre en mí"

Homilía I: con textos de homilías pronunciadas por S.S. Juan Pablo II.

Homilía en la parroquia de Stª. María Auxiliadora (20-V-1984)

--- Alegría de la Resurrección
--- Camino al Padre
--- Cristo, piedra angular

--- Alegría de la Resurrección

“Yo soy el camino y la verdad y la vida” (Jn 14,6).

La alegría de la Pascua se deriva del hecho de que Cristo, con la potencia de su cruz y de su resurrección, nos lleva al Padre. Y en la casa de su Padre hay muchas moradas. Él va a preparar una morada para nosotros (Jn 14,1).

La alegría de la resurrección se transforma ya claramente en la espera del retorno de Cristo al cielo. Y esto suscita cierta tristeza y cierto miedo. Por lo cual, el Salvador dice: “No perdáis la calma” (Jn 14,1).

La resurrección del Señor ha abierto una perspectiva clara de los destinos últimos del hombre en Dios. Cristo nos guía hacia estos destinos con la potencia del Espíritu Santo. Nos preparamos a la Ascensión y juntamente a Pentecostés.

--- Camino al Padre

Cristo es el camino: nadie va al Padre sino por Él (cf. Jn 14,6).

El Apóstol Felipe, con sencillez pero también con curiosidad ansiosa, pide al maestro Divino: “Señor, muéstranos al Padre y nos basta”. Da la impresión de estar escuchando la pregunta que atormenta al hombre de siempre, necesitado de certidumbre y seguridad, deseoso de encontrarse con Dios. Jesús responde con firme autoridad: “Quien me ha visto a mí ha visto al Padre. ¿No crees que yo estoy en el Padre y el Padre en mí? Lo que yo os digo no lo hablo por cuenta propia. El Padre que permanece en mí, Él mismo hace las obras. Creedme: yo estoy en el Padre y el Padre en mí”. Jesús subraya la perfecta identidad de naturaleza entre Él y el Padre, y por lo tanto, la identidad de pensamiento (lo que yo os digo no lo hablo por mi cuenta) y de acción (el Padre que permanece en mí, Él mismo hace las obras), aun dentro de la distinción de las divinas Personas.

Jesús parece reprochar a Felipe por su pregunta: “Hace tanto que estoy con vosotros, ¿y no me conoces, Felipe?” Pero más que un reproche, era una constatación de las dificultades que la razón humana experimenta ante el misterio. Efectivamente, nos encontramos aquí en la cumbre del misterio trinitario y sólo conociendo profundamente a Jesucristo y aceptando todo su mensaje, es posible conocer a Dios como Padre, que revela su amor con la creación y la redención. Sólo Jesús es el camino hacia el Padre; sólo Jesús nos hace conocer el misterio trascendente de la Santísima Trinidad y el misterio inmanente de la Providencia de Dios, que está presente en la historia de los hombres con el proyecto de salvación, que nos trae su amor, su misericordia y su perdón.

El Apóstol Tomás plantea luego, con idéntica sencillez, la segunda pregunta igualmente fundamental, referente al destino del hombre: “Señor, no sabemos a dónde vas. ¿Cómo podemos saber el camino?”. Jesús responde, con igual claridad, que Él retorna al Padre, a la casa del Padre, adonde todos están llamados a entrar, porque para todos hay un lugar asignado. El camino es Él mismo, con la verdad que ha revelado y la gracia sacramental que ha traído con la encarnación y la redención. La concepción cristiana de la vida es radicalmente escatológica, es decir, proyectada más allá del tiempo y de la historia: cada uno debe negociar apasionadamente los talentos propios durante la existencia, en espera del lugar feliz y eterno en la casa del Padre: “Volveré y os llevaré conmigo, para que donde estoy yo estéis también vosotros”. Y Jesús concluye dirigiéndonos también a nosotros su palabra decisiva: “Creed en Dios y creed también en mí”. Unicamente Jesús es la luz. ¡Él sólo es la Verdad!

--- Cristo, piedra angular

Cristo nos lleva al Padre, convirtiéndose en piedra angular de la Iglesia, esto es, del templo espiritual.

La segunda lectura, tomada de la primera Carta de San Pedro, nos hace meditar en la Iglesia y en la misión de los laicos en la Iglesia.

Jesús quiso elegir a Pedro y a los Apóstoles y fundar sobre ellos y sus sucesores la Iglesia, dándoles sus mismos poderes divinos y entregándoles la Verdad revelada, para su transmisión íntegra, su desarrollo con la asistencia del Espíritu Santo y su defensa contra los errores. Pero es también evidente, como dice Pedro, que la “Piedra angular” del edificio espiritual es Él, Cristo: piedra viva, escogida, preciosa y “el que crea en ella no quedará defraudado”. En otro contexto, también San Pablo afirma “... la piedra era Cristo” (1 Cor 10,4). Sobre esta “piedra angular”, que por desgracia muchos rechazan con daño común, ya que no puede ser eliminada, todos los seguidores de Cristo están llamados a ser piedras vivas para la construcción del edificio espiritual, “formando un sacerdocio sagrado para ofrecer sacrificios espirituales que Dios acepta por Jesucristo”. Grande es, pues, la dignidad y grande la responsabilidad de cada uno de los cristianos. “El honor es para vosotros los creyentes -escribe San Pedro-. Vosotros sois una raza elegida, un sacerdocio real, una nación consagrada, un pueblo adquirido por Dios para proclamar las hazañas del que nos llamó a salir de las tinieblas y a entrar en su luz maravillosa”.

Así, pues, Cristo es el camino y nosotros caminamos en Él hacia el Padre, hacia la casa del Padre. En Él: con la fuerza de su cruz y de la resurrección. Con la fuerza de su Evangelio y de la Eucaristía.

Y simultáneamente Cristo es piedra angular: nos lleva al Padre en la comunidad del Pueblo “adquirido por Dios” (1 Pe. 2,9), haciéndonos “piedras vivas para la construcción de un edificio espiritual” (1 Pe 2,5).

Cristo nos conduce a los destinos definitivos en Dios por medio de la misma Iglesia, que Él fundó sobre los Apóstoles, como lo testimonia la primera lectura.

Mediante una múltiple participación de la diaconía de la Iglesia construimos, como piedras vivas, un edificio espiritual. La piedra angular sigue siendo siempre la redención: el servicio de la cruz y de la resurrección de Cristo. De ella sacamos todos la vida y la salvación.

Conservad profundamente en el corazón la verdad salvífica que la Iglesia proclama en el V domingo de Pascua.

Que se consolide en vuestra conciencia.

Que guíe vuestro comportamiento.

Cristo es el camino, la verdad y la vida.

¡Caminemos por este camino!

¡Amemos esta verdad!

¡Vivamos esta vida!

“Que no se turbe vuestro corazón” (Jn 14,1,27).

Dejad que os impregne esta fortaleza que brota de la resurrección del Señor.

La victoria es nuestra fe (cf. 1 Jn 5,4).

DP-165 1984

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Homilía II: a cargo de D. Justo Luis Rodríguez Sánchez de Alva

El anuncio de la despedida ha entristecido a los discípulos. El Señor los tranquiliza asegurándoles que va a prepararles un sitio en la Casa del Padre. Estas consoladoras palabras nos recuerdan que Jesús se va pero no se desentiende de nosotros. Ninguno de nosotros es tan impermeable ante la realidad de la partida de este mundo como para que le alegren estas palabras. “Me voy a prepararos un sitio...” Sí, hay un lugar donde el hombre encontrará su quietud y felicidad total y definitiva.

La gran fiesta del cielo que Jesús nos prepara colmará el sueño del corazón más exigente con la posesión eterna de Dios Uno y Trino; con la visión de la Humanidad del Señor, el valor infinito de sus actos teándricos; la contemplación de la Madre de Dios y de todas las jerarquías angélicas; y la comunión con tantos hombres y mujeres eminentes por su santidad que han poblado y seguirán poblando la tierra hasta el último día.

Retengamos esto: Cualquier situación dichosa que podamos concebir, el sueño más ambicioso debido a la imaginación más rica, estaría a miles de años luz, mejor, a una distancia infinita de lo que Dios está preparando a los que le aman. El camino que conduce a esta dicha inefable es Cristo. No nos engañemos cuando a nuestro alrededor vemos que se prefieren otros caminos por considerar ingenuo o utópico el de Jesucristo. Quienes presumen de una visión más lúcida de la vida y desconfían de toda seguridad que no sea empírica, de todo comportamiento e intención elevado, ¿son más críticos, en el noble sentido de esta expresión, o sencillamente más crispados, más desconfiados? Hay quien cree que la única verdad es que todo es mentira; en el mejor de los casos, interés, provecho personal no declarado, hipocresía.

Frente a este materialismo nihilista, el cristiano debe recordar lo que la Revelación y la experiencia le dicen: que hay un hambre en el hombre que sólo Dios puede saciar. Una sed que sólo Él puede calmar. Un llanto y un dolor que sólo la esperanza del Cielo puede consolar. Un género de injusticias que sólo la paz del Cielo podrá solucionar. Preguntas, preguntas esenciales, que todos nos planteamos en la vida y que sólo Dios podrá contestar. Nuestro corazón no está tan cauterizado como para que estas palabras de Cristo no le llenen de paz: ”Me voy a prepararos un sitio... para que donde Yo estoy estéis también vosotros. Y a donde voy, ya sabéis el camino”.

En Dios están encerrados, en unidad y equilibrio indescriptible y de modo eminente, no sólo lo que el hombre con sus esfuerzos morales, intelectuales, literarios, artísticos, técnicos..., intenta conseguir, sino la esencia inconceptuable de las tres Personas Divinas. “Veré, dice S. Agustín, distinto y junto lo que es y lo que ha sido, y su principio propio y escondido. Todo lo que de magnífico en la Creación se haya disperso, desparramado aquí y allá, ayer y mañana, lo hallaremos en Él, reunido en su mano, cobijado en su inmenso corazón. Y los hombres. Las mil maneras de ser hombre según el predominio de la sensibilidad o de la inteligencia, de la vitalidad o del carácter; cuanto en estas individualidades hay de excelente, se encontrará, en medida perfecta y en perfecta armonía, en la asamblea de los justos. Sin la desazón y la inmadurez del hombre que quiso ser mil cosas a un tiempo, y sin aquella rigidez y esquematismo de quien para salvarse de toda ón, se ciñó a una cosa, a una sola manera de ser una sola cosa”.

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Homilía III: basada en el Catecismo de la Iglesia Católica

«Yo soy el camino, y la verdad, y la vida»

I. LA PALABRA DE DIOS

Hch 6, 1-7: «Escogieron a siete hombres llenos del Espíritu Santo»
Sal 32,1-2.4-5.18-19: «Que tu misericordia, Señor, venga sobre nosotros, como lo esperamos de ti»
1P 2,4-9: «Vosotros sois una raza elegida, un sacerdocio real»
Jn 14, 1-12: «Yo soy el camino, y la verdad, y la vida»

II. APUNTE BÍBLICO-LITÚRGICO

De aquellos a los que los Apóstoles eligen se dice que «les encargaremos de esta tarea» (servicio). Se advierte que en aquella Iglesia tan importante era atender a las viudas o necesitados como a la Palabra y a la oración.

Tomás es el prototipo de quienes quieren pisar siempre sobre terreno firme. No arriesga. La respuesta que Jesús le da suena más a propuesta: Si Él es el Camino, ya sabe por dónde hay que ir; si Él es la Verdad, ya sabe de quién ha de fiarse; si Él es la Vida, ya sabe por quién la entrega. Tomás y todos los demás discípulos, cuando se escribía ésto, ya habían comprobado que descubrir a Jesucristo no procede de planteamientos teóricos, sino porque había tenido lugar un encuentro personal y de adhesión incondicional.

III. SITUACIÓN HUMANA

La sociedad pluralista pone en tela de juicio muchas seguridades. Lo que en otro tiempo para muchos eran verdades sin vuelta de hoja, ahora aparecen relativizadas, o sin fundamento. El hombre de hoy tiene miedo al riesgo, porque puede quedar frustrado. Hoy se arriesga poco o nada. Se tantea y prueba todo antes de dar cualquier paso. Y crece la desconfianza en que pueda haber «una verdad, un camino» por el que valga la pena arriesgarse. A santo Tomás le ocurrió algo así. Y Jesús no pudo ser más claro.

IV. LA FE DE LA IGLESIA

La fe
– Creer en Jesucristo: "Para el cristiano, creer en Dios es inseparablemente creer en aquel que él ha enviado, «su Hijo amado», en quien ha puesto toda su complacencia (Mc 1,11). Dios nos ha dicho que le escuchemos. El Señor mismo dice a sus discípulos: «Creed en Dios, creed también en mí» (Jn 14,1)" (151).

– Cristo, nuestro modelo: "El Verbo se encarnó para ser nuestro modelo de santidad: «Tomad sobre vosotros mi yugo, y aprended de mí...» (Mt 11,29). «Yo soy el Camino, la Verdad y la Vida. Nadie va al Padre sino por mí» (Jn 14,6)" (459; cf 516).

La respuesta
– Vivir en la verdad: "En Jesucristo la verdad de Dios se manifestó toda entera. «Lleno de gracia y de verdad» (Jn 1,14), Él es la «luz del mundo» (Jn 8,12), la Verdad. El que cree en Él, no permanece en las tinieblas. El discípulo de Jesús, «permanece en su palabra», para conocer «la verdad que hace libre» y que santifica" (2466. cf 2467. 2468. 2469. 2470).

– "El Antiguo Testamento lo proclama: Dios es fuente de toda verdad. Su Palabra es verdad. Su ley es verdad. «Tu verdad, de edad en edad» (Sal 119,90)" (2465).

El testimonio cristiano
– «Todos los hombres, conforme a su dignidad, por ser personas .... se ven impulsados, por su misma naturaleza, a buscar la verdad y, además, tienen la obligación moral de hacerlo con respecto a la verdad religiosa. Están obligados también a adherirse a la verdad una vez que la han conocido y a ordenar toda su vida según sus exigencias (DH 2)» (2467).
Reconociendo a Jesús como «el Camino», ¿habrá quien no encuentre la ruta hacia el Padre? Sabiendo que es «la Verdad», ¿habrá quien la busque en otros o en las cosas? Teniéndolo como «la Vida», ¿habrá quien deje a la muerte la última palabra?

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