Domingo de la semana 19 de tiempo ordinario; ciclo A

Homilía I: con textos de homilías pronunciadas por S.S. Juan Pablo II
Homilía II: a cargo de D. Justo Luis Rodríguez Sánchez de Alva
Homilía III: basada en el Catecismo de la Iglesia Católica

(1 Re 19,9a.11-13a) "¡El Señor va a pasar!"
(Rm 9,1-5) "Suyos son los patriarcas, de quienes, según la carne, nació el Mesías"
(Mt 14,22-33) "Realmente eres Hijo de Dios"

Homilía I: con textos de homilías pronunciadas por S.S. Juan Pablo II

Homilía de Fernández Carvajal en "Hablar con Dios" Tomo IV

--- Buscar a Dios
--- Luchar
--- Dios no nos abandona

--- Buscar a Dios

La Primera lectura de la Misa nos presenta al Profeta Elías que, cansado y desalentado por muchas tribulaciones, se refugió en una gruta del Horeb, el monte santo, donde Dios se manifestó a Moisés. Allí recibió esta indicación: "sal y aguarda al Señor. Y pasó un viento huracanado, que agrietaba los montes y rompía los peñascos, y después hubo un terremoto y fuego. Pero Dios no estaba ni en el viento, ni en el terremoto, ni en el fuego. Llegó después un viento suave, como un susurro", y se manifestó el Señor de esta forma, expresando así su misteriosa espiritualidad y su delicada bondad con el hombre débil. Elías se sintió reconfortado para la nueva misión que el Señor quería que llevara a cabo.

El Evangelio nos relata una de las tempestades que sufrieron los Apóstoles sin que Jesús estuviera con ellos en la barca. Tuvo lugar después de la multiplicación de los panes y de los peces. El Señor les mandó que embarcaran y se dirigieran a la otra orilla del lago, mientras Él despedía a las gentes, pues se había hecho tarde. Jesús, desde lo alto de un monte donde está recogido en oración, no olvida a sus discípulos. Se ha levantado un viento fuerte en contra, y el Señor ve cómo luchan contra el oleaje y contra el viento para llegar donde Él les ha indicado. Terminada su oración, se dispone a ayudarles.

En la cuarta vigilia de la noche, al amanecer, Jesús se acercó a la barca, que estaba batida por las olas y en peligro de zozobrar. El Evangelio nos señala que los discípulos pasaron miedo al ver a Jesús andando sobre las aguas revueltas, creyendo que era un fantasma. Y San Marcos, que recoge los recuerdos inolvidables de San Pedro, nos ha dejado escrito que Jesús hizo ademán de pasar de largo. Todos comenzaron a gritar. Entonces Jesús se acercó un poco más y les dijo: Tened confianza, soy Yo, no temáis. Eran palabras consoladoras, que también nosotros hemos oído muchas veces de formas diferentes en la intimidad del corazón, ante sucesos que nos han podido desconcertar y en situaciones difíciles y apuradas.

--- Luchar

Si nuestra vida es el cumplimiento de lo que Dios quiere de nosotros -como Elías, que se encaminó al monte Horeb por mandato de Dios, como los Apóstoles, que cumplen lo que Jesús les ha dicho, aunque el viento les era contrario-, nunca nos faltará la ayuda divina. En la debilidad, en la fatiga, en las situaciones más apuradas, Jesús nunca falló a sus amigos. Y si nosotros no tenemos otro fin en la vida que buscar su amistad y servirle, ¿cómo nos va a abandonar cuando el viento de las tentaciones, del cansancio, de las dificultades en el apostolado nos sea contrario? Él no pasa de largo.

Cuando los Apóstoles oyeron a Jesús se llenaron de paz. Entonces, Pedro dirigió a Jesús una petición llena de audacia y de valentía: "Señor, si eres tú, manda que yo vaya a ti sobre las aguas". Y el Maestro, que se encontraba todavía a unos metros de la barca, le contestó: "Ven". Pedro tuvo mucha fe, y cambió la seguridad de la barca por la confianza en las palabras del Señor: bajando de la barca, comenzó a andar sobre las aguas hacia Jesús. Fueron unos momentos impresionantes de firmeza y amor.

Pero Pedro dejó de mirar a Jesús y se fijó más en las dificultades que le rodeaban, y al ver que el viento era tan fuerte se atemorizó. Olvidó por un momento que la fuerza que le sostenía en medio del agua no dependía de las circunstancias, sino de la voluntad del Señor, que domina el cielo y la tierra, la vida y la muerte, la naturaleza, los vientos, el mar... Pedro comenzó a hundirse, no por el estado de la mar, sino por la falta de confianza en Quien todo lo puede. Y gritó a Jesús: ¡Señor sálvame! Y enseguida, Jesús, extendiendo la mano, lo sostuvo y le dijo: "Hombre de poca fe, ¿por qué has dudado?" Cristo es el asidero firme al que debemos agarrarnos en momentos de debilidad o de cansancio, cuando veamos que nos hundimos. ¡Señor sálvame!, le diremos con fuerza en nuestra oración.

A veces el cristiano deja de mirar a Jesús y se fija en otras cosas que alejan de Dios y le ponen en peligro de perder fe en su vida de fe y de hundirse, si no reacciona con prontitud. Desde el momento que alguien comience a no ver clara su fe o la vocación recibida de Dios, “que se examine con lealtad. No dejará de descubrir que desde algún tiempo su vida de piedad está un tanto relajada, la oración es más rara o menos atenta, y es menos exigente consigo mismo. ¿No renueva un pecado cuya gravedad se oculta a sí mismo deliberadamente? De seguro que ya no reprime con la misma energía sus pasiones, si es que no consiente con complacencia en alguna de ellas. Un resentimiento que se fomenta contra otro, una cuestión de interés en que nuestra honradez no es total, una amistad demasiado absorbente, o sencillamente el despertar de bajos instintos que no se rechazan con bastante prontitud, no hace falta más para que se levanten nubes entre Dios y nosotros. Y la fe se oscurece” (Chevrot). Cabe el peligro entonces de achacar esta situación culpable a las circunstancias externas, cuando el mal está más bien en el propio corazón.

--- Dios no nos abandona

Para salir a flote, Pedro sólo tuvo que asir la fuerte mano del Señor, su Amigo y su Dios. Aunque poco, algo tuvo que poner el discípulo de su parte. Es la colaboración de la buena voluntad que siempre nos pide Dios. “Cuando Dios Nuestro Señor concede a los hombres su gracia, cuando les llama con una vocación específica, es como si les tendiera una mano, una mano paterna llena de fortaleza, repleta sobre todo de amor, porque nos busca uno a uno, como a hijas e hijos suyos, y porque conoce nuestra debilidad. Espera el Señor que hagamos el esfuerzo de coger su mano, esa mano que Él nos acerca: Dios nos pide un esfuerzo, prueba de nuestra libertad” (Es Cristo que pasa n. 17).

Ese pequeño esfuerzo que el Señor pide a sus discípulos de todos los tiempos para sacarlos a flote de una mala situación puede ser muy diverso: intensificar la oración; ser más sinceros y dóciles en la dirección espiritual; remover una mala ocasión; obedecer con prontitud y docilidad de corazón; poner, junto a la oración, unos medios humanos que están a nuestro alcance, aunque sean muy pequeños “Reza seguro con el Salmista: ‘¡Señor, Tú eres mi refugio y mi fortaleza, confío en Ti!’ ... Te garantizo que Él te preservará de las insidias del "demonio meridiano" ‑en las tentaciones y... ¡en las caídas!‑, cuando la edad y las virtudes tendrían que ser maduras, cuando deberías saber de memoria que sólo Él es la Fortaleza” (Forja, n.307).

El Señor nos invita a salir de la comodidad de la seguridad de la orilla, y adentrarnos en un mundo de aventuras peligrosas. Él no nos abandona nunca, aunque por el ambiente externo parezca que estamos solos. Desde lo alto del monte nos ve, nos oye y nos envía a la aventura para que nos curtamos en la lucha y así seamos más fuertes. No somos plantas de invernadero y Él no permitirá que seamos tentados por encima de nuestras fuerzas.

Grande es la fe de Pedro. Cambia la seguridad de la barca por la que da aquella voz, e hizo lo inaudito: andar sobre las aguas. Podría parecer un sueño. Sin embargo, esa primera fe al contemplar las olas y el viento se empequeñece. Se preocupa de las dificultades y se olvida de lo que le mantenía a flote: la palabra de Dios. Es Dios quien, hoy día, nos mantiene para que vivamos como hijos suyos en medio de un ambiente que no es cristiano. La condición es siempre la misma: mirar a Cristo más que a las dificultades.

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Homilía II: a cargo de D. Justo Luis Rodríguez Sánchez de Alva

El relato que acabamos de escuchar tiene un trasfondo eclesiológico innegable y posee una riqueza espiritual grande. Es de noche. La barca de Pedro peligra por el fuerte oleaje y un viento que le es contrario. El miedo se apodera de todos los que van en ella. El Señor aparece caminando sobre el peligro y creen que se trata de una ilusión. Pedro, que ha pedido a Jesús ir hasta Él, se hunde al ver la fuerza del viento y la agitación del mar y grita pidiendo ayuda. Jesús le reprocha su falta de fe. Al subir el Señor a la barca viene la calma y ellos, adorándolo, confiesan su divinidad.

A lo largo de su dilatada historia, la Iglesia ha vivido etapas en que los vientos no le eran favorables. También nosotros que somos sus hijos, pasamos por noches oscuras y por momentos en que vivir como Dios quiere resulta costoso, bien por la fuerza del viento de las propias pasiones, bien por el oleaje de una opinión pública contraria que nos atemoriza y frena nuestra adhesión a la doctrina del Señor. En nuestros días, los enemigos de la Iglesia o quienes no la conocen bien, no se preocupan ya de ocultar sus intenciones: se intenta construir una sociedad sin Dios. Para ello, no se ahorran esfuerzos y así nos vemos sometidos a un bombardeo audiovisual que hace que sean los ojos y no la razón iluminada por la fe, los que certifiquen lo que es o no es verdad. La prueba gráfica se presenta como irrefutable para muchos, cuando es un material manipulable y del que deberíamos desconfiar o, al menos, no aceptar sin contrastarlo. Mareados, como los discípulos en la barca, por tanta información interesada, la Iglesia y su doctrina aparecen a los ojos de muchos en esas imágenes como algo fantasmal, un espectro inquietante.

Es preciso que en medio de ese oleaje y del ruido de esos vientos contrarios que nos infunden temor, individuemos la voz tranquilizadora de Jesús: “¡Ánimo, soy Yo, no tengáis miedo!” “La Iglesia, enseña S. Agustín, camina entre las persecuciones de los mundanos y los consuelos de Dios”. No olvidemos que el Señor contempla esa brega nocturna de su Iglesia en medio del temporal de tantos apasionamientos ideológicos, culturales, políticos, sociales..., contrarios a su rumbo. S. Hilario, comparándola con una ciudad, habla del cuidado continuo de Dios sobre Ella: “El Señor es desde antiguo el atento guardián de esta ciudad: cuando protegió a Abrahán peregrino y eligió a Isaac para el sacrificio; cuando enriqueció a su siervo Jacob y, en Egipto, ennobleció a José, vendido por sus hermanos; cuando fortaleció a Moisés contra el Faraón y eligió a Josué como jefe del ejército; cuando liberó a David de todos los peligros... cuando rogó al Padre diciendo: Padre santo, guárdalos en tu nombre...; finalmente, cuando Él mismo, después de su pasión, nos promete que velará siempre por nosotros: Yo estoy con vosotros todos los días, hasta el fin del mundo” (Sobre el S.126).

¡Vivir de fe! Pedro caminó confiado sobre un mar furioso mientras hizo caso a Jesús, pero perdió pie y se asustó cuando miró la fuerza de las olas y el viento. También nosotros nos hundimos cuando dejamos de confiar en Dios y nos fijamos en las dificultades del ambiente. Pero Jesús no abandona si le llamamos. Pedro, al ver que se hundía, acudió al Maestro pidiendo ayuda, ayuda que no se hizo esperar: “Enseguida Jesús extendió la mano, lo agarró y le dijo: ¡Qué poca fe! ¿Por qué has dudado?”

¡Llamemos al Señor como Pedro y recuperaremos la seguridad! La fe nace y crece en el trato con Dios, como ocurre entre nosotros. ¿Por qué o cuándo confiamos en alguien? Cuando le conocemos y advertimos que es alguien de quien nos podemos fiar. “La fe viene por el oído”, dice S. Pablo (Rm 10,17). Una fe madura requiere una catequesis continua, una familiaridad con la Escritura Santa por la oración y el estudio.

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Homilía III: basada en el Catecismo de la Iglesia Católica

"La «poca fe» y las vacilaciones del corazón"

I. LA PALABRA DE DIOS

1R 19,9a.11-13a: «Aguarda al Señor en el monte»
Sal 84,9ab-10.11s.13s.: «Muéstranos, Señor, tu misericordia y danos tu salvación»
Rm 9,1-5: «Quisiera ser un proscrito por el bien de mis hermanos»
Mt 14,22-33: «Mándame ir hacia ti andando sobre el agua»

II. APUNTE BÍBLICO-LITÚRGICO

Los evangelistas vinculan la multiplicación de los panes y la tempestad calmada. De la ambigua confesión en Jesús, como Mesías y Rey, que sigue a la multiplicación, se pasa a la confesión llena: «Realmente eres Hijo de Dios».

Hay que destacar en la perícopa evangélica: 1) Jesús orante solitario en el monte. Su teofanía: «¡Animo, soy Yo, no tengáis miedo!» (1ª Lect.). 2) La situación de los discípulos: llenos de miedo, sacudidos por las olas, en medio de la noche. 3) La sentencia del Maestro: «¡Qué poca fe! ¿Por qué has dudado?». Y la confesión de fe de todos los discípulos, que cierra la perícopa.

En Mateo, el evangelista eclesiólogo, la barca zarandeada por las olas apunta a la Iglesia en sus difíciles comienzos (y siempre). Pedro ocupa un lugar relevante. Y Pedro y todos los ocupantes de la barca, confiesan al Hijo de Dios. Esta confesión, a la que aludimos por tercera vez, es el corazón de la Iglesia.

III. SITUACIÓN HUMANA

Ante las obras, como la Iglesia, del Dios operante y oculto, dudamos. ¿Está Él entre tantos sucesos y tempestades? La fe vacilante de Pedro y los discípulos termina en confesión llena; pero volverá a vacilar en la Hora de la Pasión y a confesar de nuevo con vigor en la Hora de la Resurrección. ¿Qué hacer para madurar nuestra débil fe?

IV. LA FE DE LA IGLESIA

La fe
– La fe en el Evangelio se plantea en diálogo con Jesús, como oración. Dios nos busca en Jesús: «Olvide el hombre a su Creador o se esconda lejos de su Faz, corra detrás de sus ídolos o acuse a la divinidad de haberle abandonado, el Dios vivo y verdadero llama incansablemente a cada persona al encuentro misterioso de la oración. Esta iniciativa del amor del Dios fiel es siempre lo primero en la oración, la iniciativa del hombre es siempre una respuesta. A medida que Dios se revela y revela al hombre a sí mismo, la oración aparece como un llamamiento recíproco, un hondo acontecimiento de Alianza. A través de palabras y acciones tiene lugar un trance que compromete el corazón humano...» (2567).

La respuesta
– El compromiso del hombre en el encuentro con Dios: "La oración es un don de la gracia y una respuesta decidida por nuestra parte. Supone siempre un esfuerzo. Los grandes orantes de la Antigua Alianza antes de Cristo, así como la Madre de Dios y los santos con Él nos enseñan que la oración es un combate. ¿Contra quién? Contra nosotros mismos y contra las astucias del Tentador que hace todo lo posible para separar al hombre de la oración, de la unión con su Dios. Se ora como se vive, porque se vive como se ora. El que no quiere actuar habitualmente según el Espíritu de Cristo, tampoco podrá habitualmente orar en su Nombre. El «combate espiritual» de la vida nueva del cristiano es inseparable del combate de la oración" (2725).

El testimonio cristiano
– "Es posible, incluso en el mercado o en un paseo solitario, hacer una frecuente y fervorosa oración. Sentados en vuestra tienda, comprando o vendiendo, o incluso «haciendo la cocina» (S. Juan Crisóstomo, ecl. 2)" (2743).
A pesar de los grandes dones de Dios, nuestra «poca fe» vacila. Sólo el contacto asiduo con el Maestro reaviva la fe, la hace grande. Esto requiere la firme decisión del corazón de buscar al que nos busca, de orar, de celebrar la Eucaristía.

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