Domingo 3º de Adviento; ciclo A

 

Homilía I: con textos de homilías pronunciadas por S.S. Juan Pablo II
Homilía II: a cargo de D. Justo Luis Rodríguez Sánchez de Alva
Homilia III: basada en el Catecismo de Iglesia Católica


(Is 35,1-6.10) "Se alegrará la tierra desierta"

(Sant 5,7-10) "Tened paciencia, hermanos, hasta la venida del Señor"
(Mt 11,2-11) "He aquí que yo envío mi ángel ante tu faz"

 

Homilia I: con textos de homilías pronunciadas por S.S. Juan Pablo II

Homilía en la parroquia de la Natividad de Nuestra Señora

--- ¿Quién es, para mí, Jesucristo?
--- La espera del Mesías
--- El triunfo final

--- ¿Quién es, para mí, Jesucristo?

“¿Eres tú el que ha de venir, o tenemos que esperar a otro?” (Mt 11,3).

Hoy, III domingo de Adviento, la Iglesia repite la pregunta que fue hecha por primera vez a Cristo por los discípulos de Juan Bautista: ¿Eres tú el que ha de venir?

Así preguntaron los discípulos de aquel que dedicó toda su misión a preparar la venida del Mesías, los discípulos de aquel que “amó y preparó la venida del Señor” hasta la cárcel y hasta la muerte. Ahora sabemos que, cuando los discípulos presentan esta pregunta a Jesús, Juan Bautista se encuentra ya en la cárcel, de la que no podrá salir más.

Y Jesús responde remitiéndose a sus obras y a sus palabras y, a la vez, a la profecía mesiánica de Isaías: “Jesús les respondió: ‘Id y contad a Juan lo que oís y veis: los ciegos ven y los cojos andan, los leprosos quedan limpios y los sordos oyen, los muertos resucitan y se anuncia a los pobres la Buena Nueva’” (Mt 11,4-5).

En el centro mismo de la liturgia del Adviento nos encontramos, pues, esta pregunta dirigida a Cristo y su respuesta mesiánica.

Aunque esta pregunta se haya hecho una sola vez, sin embargo nosotros la podemos hacer siempre de nuevo. Debe ser hecha. ¡Y en realidad se hace!.

El hombre plantea la pregunta en torno a Cristo. Diversos hombres, desde diversas partes del mundo, desde países y continentes, desde diversas culturas y civilizaciones, plantean la pregunta en torno a Cristo. En este mundo, en el que tanto se ha hecho y se hace siempre para cercar a Cristo con la conjura del silencio, para negar su existencia y misión, o para disminuirlas y deformarlas, retorna siempre de nuevo la pregunta en torno a Cristo. Retorna también cuando puede parecer que ya se ha extirpado esencialmente.

El hombre pregunta: ¿Eres tú, Cristo, el que ha de venir? ¿Eres tú el que me explicará el sentido definitivo de mi humanidad? ¿El sentido de mi existencia? ¿Eres tú el que me ayudará a plantear y a construir mi vida de hombre desde sus fundamentos?

Así preguntan los hombres, y Cristo constantemente responde. Responde como respondió ya a los discípulos de Juan Bautista. Esta pregunta en torno a Cristo es la pregunta de Adviento, y es necesario que nosotros la hagamos dentro de nuestra comunidad cristiana. Hela aquí:

¿Quién es para mí Jesucristo?

¿Quién es realmente para mis pensamientos, para mi corazón, para mi actuación? ¿Cómo conozco yo, que soy cristiano y creo en Él, y cómo trato de conocer al que confieso? ¿Hablo de Él a los otros?¿Doy testimonio de Él, al menos ante los que están más cercanos a mí: en la casa paterna, en el ambiente de trabajo, de la universidad o de la escuela, en toda mi vida y en mi conducta? Ésta es precisamente la pregunta de Adviento, y es preciso que, basándonos en ella, nos hagamos las referidas, ulteriores preguntas, para que profundicen en nuestra conciencia cristiana y nos preparen así a la venida del Señor.

--- La espera del Mesías

Hay diversos advientos: el del niño; el del joven; el del mayor. Todos los advientos nos preparan a la misma realidad. Hoy, en la segunda lectura litúrgica, escuchamos lo que escribe el Apóstol Santiago: “Tened, pues, paciencia, hermanos, hasta la Venida del Señor. Mirad: el labrador espera el fruto precioso de la tierra aguardándolo con paciencia hasta recibir las lluvias tempranas y tardías. Tened también vosotros paciencia; fortaleced vuestros corazones porque la Venida del Señor está cerca. No os quejéis, hermanos, unos de otros para no ser juzgados; mirad que el Juez está ya a las puertas” (Sant 5,7-9).

Precisamente este reflejo debe tener tales advientos en nuestros corazones. Debe parecerse a la espera de la recolección. El labrador aguarda el fruto de la tierra durante todo un año o durante algunos meses. En cambio, la mies de la vida humana se espera durante toda la vida. Y todo adviento es importante. La mies de la tierra se recoge cuando está madura, para utilizarla en satisfacer las necesidades del hombre. La mies de la vida humana espera el momento en el que aparecerá en toda la verdad ante Dios y ante Cristo, que es juez de nuestras almas.

La venida de Cristo en Belén anuncia también este juicio. ¡Ella dice al hombre por qué le es dado madurar en el curso de todos estos advientos, de los que se compone su vida en la tierra, y cómo debe madurar él!

--- El triunfo final

En el Evangelio de hoy Cristo, ante las muchedumbres reunidas, da el siguiente juicio sobre Juan Bautista: “En verdad os digo que no ha surgido entre los nacidos de mujer uno mayor que Juan el Bautista; sin embargo, el más pequeño en el Reino de los Cielos es mayor que él” (Mt 11,11). Mi deseo es que nosotros podamos ver el momento en que escuchemos palabras semejantes de nuestro Redentor, como la verdad definitiva sobre nuestra vida.

Esta preparación se realiza acogiendo la renovada invitación a la conversión y meditando el eterno misterio del Hijo de Dios que, encarnándose en el seno purísimo de María, nació en Belén. Pero desde otro punto de vista se trata de la cotidiana constante venida de Cristo en nuestra vida sobre todo en la participación litúrgico-sacramental.

Permitidme que termine esta consideración sobre el Adviento con las palabras que sugiere el Profeta Isaías: “Fortaleced las manos débiles, robusteced las rodillas vacilantes, decid a los cobardes de corazón: sed fuertes, no temáis. Mirad a vuestro Dios... Él os salvará” (Is 35,3-4).

DP-328 1980

 

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Homilia II: a cargo de D. Justo Luis Rodríguez Sánchez de Alva

Sabemos que Cristo no fue propenso al elogio aunque tampoco lo ahorró cuando encontró en quienes le rodearon esas cualidades que hacen aptos para el Reino de Dios. La fe del centurión, de la mujer cananea, de Pedro, despertaron en Jesús un torrente de elogios. También la sinceridad fue objeto de su aplauso. He aquí un verdadero israelita en quien no hay doblez ni engaño, dijo cuando le presentaron a Natanael. Pero la alabanza más grande que brotó de sus labios fue para Juan Bautista por su valentía, tal vez porque ella es el precipitado de una fe sincera.

Juan está en la cárcel por haber tenido el coraje de recordarle a Herodes que no le era lícito vivir con la mujer de su hermano. Por eso Jesús dirá a quienes le escuchaban: "¿Qué salisteis a ver en el desierto, una caña sacudida por el viento?". Esto es, un hombre que se inclina ante las presiones del ambiente? En este Adviento, preparación para la llegada de Cristo, tanto en la próxima Navidad como en su aparición al final de los tiempos, la Iglesia nos recuerda la necesidad de la valentía para no silenciar nuestra condición de cristianos.

Vivimos en una sociedad plural, donde familiares y amigos tienen, a veces, una concepción de la vida que no es cristiana. Tarea nuestra será respetar a las personas y sus ideas sabiendo convivir con todos. Pero una cosa es el respeto a los demás y otra, muy distinta, el respeto humano: la falta de valor para, con un trato delicado y paciente, intercambiar puntos de vista ofreciendo a esas personas el atractivo, también humano, que tiene el vivir como Dios quiere. Sabemos que Herodes, a pesar de contrariarle la advertencia de Juan Bautista, "le escuchaba con agrado" (Mc 6,20).

A nuestro alrededor hay personas a las que un drama íntimo o alguna experiencia negativa, un malentendido, les ha apartado de la fe pero conservan la nostalgia de la verdad, y si algún amigo les hablara con respeto, la recuperarían. También hay escépticos que han visto cómo muchas utopías se han derrumbado y que podrían también vibrar con la oferta de Cristo.

El elogio, ciertamente grande, que Jesús hizo del Bautista, lo hará extensivo también a nosotros si le confesamos con el ejemplo y la palabra, porque "el menor en el reino de los cielos es más grande que él".

¡Valentía para conducirnos como cristianos coherentes, sin prepotencias ni histerismos, pero también sin inhibiciones!.

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Homilia III: basada en el Catecismo de la Iglesia Católica

Los que han puesto en Cristo su esperanza no conocen el miedo porque Cristo es la garantia de nuestro presente y de nuestro mañana

I. LA PALABRA DE DIOS

Is 35,1-6a.10: Dios vendra y nos salvará
Sal 145,6-10: Ven, Señor, a salvarnos
St 5,7-10: Manteneos firmes porque la venida del Señor está cerca
Mt 11,2-11: ¨Eres tú el que ha de venir o tenemos que esperar a otro?

II. APUNTE BIBLICO-LITÚRGICO

Las calamidades y el dolor habían sumido a Israel en la pesadumbre y el desánimo. El Profeta anuncia que el poder de Yavé traerá un nuevo estado de cosas. Mucho de lo que Isaías anuncia lo realizó Jesús. Pero lo que importaba entonces es que el ansia de un futuro nuevo mantuviera la ilusión del mañana.

Santiago ha afirmado: No sabéis Qué será vuestra vida mañana y va a fiar al si Dios quiere el futuro de los cristianos (única vez en toda la Biblia que se usa la fórmula tan popular entre nosotros, si Dios quiere). Y con el anuncio de que el Señor está cerca invitar a la esperanza y a la fortaleza a los que sufren.

Al elogiar a Juan, Jesús quiere dirigir su mirada más lejos: a pesar de todo, el Bautista está en la antesala del Reino; los que creemos en Jesucristo estamos dentro del todo. Y por eso somos más importantes.

III. SITUACIÓN HUMANA

Nuestra sociedad puede ser calificada de lo inmediato, es decir, de lo que se tiene a mano, porque del futuro nadie se fía.

Vivir el día a día se opone a la mirada hacia el mañana, porque se le teme. No se sabe muy bien por Qué; pero se tiene miedo al futuro. Este miedo conoce muchas formas de ser combatido. Una de ellas es la creciente afición por el esoterismo y las ciencias ocultas. La vieja tentación del Génesis sigue en pie.

IV. LA FE DE LA IGLESIA

La fe
– El destino del mundo es ser transformado: Así pues, el universo visible también est destinado a ser transformado, a fin de que el mundo mismo restaurado a su primitivo estado, ya sin ningún obst culo est‚ al servicio de los justos, participando en su glorificación en Jesucristo resucitado (1047; cf 1048. 1050).
– En este universo nuevo, Dios tendrá su casa entre los hombres: 1044. 1045.

La respuesta
– Dios da a los suyos el tiempo de salvación para que se conviertan: El mensaje del Juicio final llama a la conversión mientras Dios da a los hombres todavía «el tiempo favorable, el tiempo de salvación» (2 Co 6,2). Inspira el santo temor de Dios. Compromete para la justicia del Reino de Dios. Anuncia la «bienaventurada esperanza» (Tt 2,13) de la vuelta del Señor que «vendra para ser glorificado en sus santos y admirado en todos los que hayan creido» (2 Ts 1,10) (1041; cf 2854).
– Conversión de la sociedad a la jerarquía de valores: 1886. 1887. 1888. 1889.

El testimonio cristiano
– Juan era en todo parecido a Cristo. La voz o la palabra es la representación de la idea. Juan representaba en todo a Cristo. Le anunciaron los ángeles, nació de una mujer estéril .... Así deben ser los predicadores cristianos. Libres de toda preocupación, han de predicar no sólo con su palabra, sino con su vida, luz del mundo y sal de la tierra (San Roberto Belarmino, Sermón sobre el Bautista).

– Líbranos de todos los males, Señor, y concédenos la paz en nuestros días, para que, ayudados por tu misericordia, vivamos siempre libres de pecado y protegidos de toda perturbación, mientras esperamos la gloriosa venida de nuestro Salvador Jesucristo (Misal Romano, Embolismo) (2854).

Cuando el hombre se cree dueño del futuro, este se vuelve contra él; cuando la fe le convence de que es Dios, se convierte en salvación.

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