
Homilía I: con textos de homilías pronunciadas por S.S. Juan Pablo II
Homilía II: a cargo de D. Justo Luis Rodríguez Sánchez de Alva
Homilía III: basada en el Catecismo de la Iglesia Católica
(Is 7,10-14) "He aquí que concebirá una Virgen"
(Rom 1,1-7) "Gracia a vosotros, y paz de Dios nuestro Padre y del Señor Jesucristo"
(Mt 1,18-24) "Lo que en ella ha nacido de Espíritu Santo es"
Homilía I: con textos de homilías pronunciadas por S.S. Juan Pablo II
Homilía en la parroquia de San Jorge (18-XII-1983)
--- El Señor está cerca
--- La Virgen en el Antiguo Testamento
--- La figura de San José
--- El Señor está cerca
"¿Quién puede subir al monte del Señor?/ ¿Quién puede estar en el recinto sacro?/ El hombre de manos inocentes/ y puro corazón" (Sal 23/24,3-4).
La liturgia de este domingo IV de Adviento insiste sobre el tema de la cercanía, recordando la llegada inminente del que debe venir, y trazando al mismo tiempo las características de quien, con motivo de esta venida, se acerca, a su vez, a Dios.
Desde los primeros versículos, el Salmo responsorial nos lleva a lo alto, al que es Señor de la tierra, de cuanto la llena, del universo y de sus habitantes. Dios creó todo para regalárselo al hombre, a fin de que éste, por la contemplación de lo creado, pueda reconocerlo y acercarse a Él.
Según la expresión del Salmista, Dios, por lo mismo que transciende todo el universo material, está "por encima" del mundo; y así, el acercamiento a Él se presenta como un "subir". Pero no se trata de un desplazamiento material en el espacio, sino de una apertura, una orientación del espíritu; una actividad "santa", propia de los buscadores de Dios, "el grupo que busca al Dios de Jacob".
--- La Virgen en el Antiguo Testamento
Hoy la liturgia nos hace ver concretamente las dos figuras a las que les fue dado acercarse más a quien tenía que venir: María y José. Son las dos personas culminantes del tiempo de Adviento, situadas en la etapa de la cercanía más grande de Dios mismo.
La figura de María, en la presente liturgia, queda dileneada en dos pasajes de la Escritura: en el Antiguo Testamento, como prefigurada con el texto de Isaías (Is 7,10-14); en el Nuevo, como realización, con el texto de Mateo (Mt 1,18-24).
Los libros del Antiguo Testamento, al describirnos la historia de la salvación, ponen de relieve, paso a paso -como observa el Concilio (LG 55)-, cada vez más claramente a la Madre del Redentor. Bajo este haz de luz Ella queda proféticamente bosquejada en la imagen de la Virgen que concebirá y dará a luz un Hijo, cuyo nombre será Emmanuel, que quiere decir "Dios con nosotros". Es apenas una anticipación, eficaz para prefigurar un ser sin igual, predestinado por Dios, el cual, ya con anticipo de bastantes siglos, comienza a proyectar sobre nosotros algunos rasgos de su grandeza.
Este texto de Isaías, durante el curso de los siglos, se lee y entiende en la Iglesia a la luz de la revelación ulterior. Lo que en el Antiguo Testamento, con sus aperturas mesiánicas, era un comienzo, se convierte en claridad dentro del Nuevo Testamento. San Mateo reconoce en las palabras de Isaías a la mujer que, por obra del Espíritu Santo, concibió virginalmente, con exclusión de intervención del hombre.
Jesús es el que salvará al pueblo de sus pecados. Y Ella, María, es la madre de Jesús. El Hijo de Dios "viene" a su seno para hacerse hombre. Ella lo acoge. Jamás Dios se acercó tanto al ser humano como en este caso de realización de relaciones entre Hijo y Madre.
--- La figura de San José
Al mismo tiempo, Mateo tiene cuidado de poner ante los ojos la acogida consciente y amorosa de parte de José.
Él, el esposo, que por sí solo no puede explicarse el acontecimiento nuevo que se realizaba bajo sus ojos, es iluminado por la intervención del Ángel del Señor sobre la naturaleza de la maternidad de María. "La criatura que hay en ella viene del Espíritu Santo".
De esta manera, José es puesto al corriente de los hechos y es llamado a meterse en el designio salvífico de Dios. Ahora él sabe quien es el Niño que ha de nacer y quien es la madre. De acuerdo de la invitación del Ángel, llevó consigo a su esposa, no la repudió. "Al acoger" a María, acoge también al que en Ella ha sido concebido por obra admirable de Dios, para quien nada es imposible.
La liturgia, concentrándose en estos dos pasajes del Adviento, nos conduce ya al terreno de la Navidad.
Ahora quedamos en escucha de la segunda lectura, tomada de la carta dirigida por el Apóstol Pablo a los Romanos. Ella nos habla precisamente a nosotros como si -también hoy- estuviera dirigida a nosotros, habitantes de la Roma moderna.
El Apóstol Pablo proclama la venida de Cristo precisamente a Roma; es la venida mediante el Evangelio: "Pablo, siervo de Cristo Jesús, apóstol por vocación, escogido para el Evangelio de Dios, que había ya prometido por medio de sus profetas en las Escrituras Sagradas, acerca de su Hijo, nacido del linaje de David según la carne, constituido Hijo de Dios con poder, según el Espíritu de santidad, por su resurrección de entre los muertos, Jesucristo Señor nuestro. Por Él hemos recibido este don y esta misión (Rom 1,1-5)".
Desde que el Apóstol Pablo escribió estas palabras, han pasado casi dos mil años. Pero son siempre actuales, y todavía dirigidas a los romanos.
No nos queda más que ponemos en actitud de disponibilidad para acoger a Jesucristo por medio del Evangelio que anuncia la Iglesia, del mismo modo que lo acogieron los primeros cristianos...cuya fe era conocida en todo el mundo.
Queremos acogerlo, por utilizar la expresión del Apóstol, en toda la verdad de su Divinidad y de su Humanidad.
Recibámoslo la noche de Belén en el conjunto de su misterio pascual. "Por su resurrección de la muerte" Cristo ha sido "constituido, según el Espíritu Santo, Hijo de Dios con pleno poder". Mediante el misterio Pascual se ha revelado plenamente al filiación divina del que nació la noche de Belén.
Acojamos a Cristo, Hijo de Dios, el que debe venir, y, al acogerlo, esforcémonos por asemejarnos a María y a José, quienes fueron los primeros en acogerlo mediante la fe con la fuerza del Espíritu Santo.
Efectivamente, en ellos se manifiesta la plena madurez del Adviento.
"Por Él hemos recibido este don y esta misión".
"Mirad: la Virgen concebirá y dará a luz un Hijo, y le pondrá por nombre Emmanuel, que significa: Dios con nosotros" (Mt 1,23).
Que el Emmanuel, el Dios-con-nosotros, se convierta en la alegría y en la esperanza de todos los corazones humanos.
DP-351 1983
Homilía II: a cargo de D. Justo Luis Rodríguez Sánchez de Alva
Se nos anuncia la inminente llegada del Salvador, "Dios con nosotros" (1ª lect), del linaje de David, Hijo de Dios (2ª lect). José, esposo de María, se siente turbado ante el embarazo de ella pero no queriendo infamarla piensa abandonarla en secreto. Un ángel, en sueños, le comunica el misterio (3ª lect).
Cada uno de nosotros debería emular esta reserva ejemplar de José cuando el misterio de Dios nos desconcierta. José está dominado por una torturante idea que no le deja dormir. Está seguro de la pureza de María porque la inocencia y la rectitud son difíciles de simular, pero sus ojos ratifican lo que todos ven y en lo que él no ha tenido parte. José tiene motivos suficientes para hacerle una escena a María. Sin embargo, calla.
Dios, a través de un ángel, le tranquiliza: "José, hijo de David, no tengas recelo en recibir a María, tu esposa, porque lo que se ha engendrado en su vientre es del Espíritu Santo". ¡Con qué ojos tan distintos miraría a la Virgen a partir de esa aclaración! ¡Dios en el vientre de mi mujer! ¡Dios en mi casa! ¡Con qué respeto y delicadeza la trataría!
Dios está entre nosotros, en cada uno. Al encarnarse, su contacto con la humanidad no fue puramente circunstancial sino total, hipostático, lo llamaron los padres de nuestra fe. Dios ha hecho suya la causa del hombre y nos ha advertido que cualquier cosa que hacemos a alguno de sus hermanos más pequeños -que eso somos cada uno- a Él se lo hacemos. Cuando yo sonrío, hago un servicio, evito una palabra que puede herir, me intereso por los demás, estoy sonriendo, sirviendo, evitando herir e interesándome por Jesucristo.
Preguntémonos en el umbral de estos días navideños en que la familia se reúne y adornamos la casa, se sacan las mejores bebidas, las comidas más sabrosas: ¿Sacamos lo que de más cálido y mejor hay en nosotros para alegrar la vida de quienes nos rodean? ¿Sabemos reprimir el genio, moderar el carácter, pasar por alto los pequeños roces propios de toda convivencia? ¿Alivio con mi generosidad a quienes no gozan de la abundancia que Dios me ha concedido?
Dios está entre nosotros, en el marido, la mujer, los hijos, los hermanos, los vecinos y compañeros de profesión, los enfermos, los menos favorecidos, los que están en prisión... ¡Qué gran cosa sería que el cambio que se operó en S. José ante la aclaración del ángel, se produjera también en nosotros y tratáramos a los demás con la admiración y el afecto con que él trató a quien llevaba en su seno a Dios, María, su esposa!
Homilía III: basada en el Catecismo de la Iglesia Católica
«La maternidad virginal de María y la salvación sólo pueden venir de Dios»
I. LA PALABRA DE DIOS
Is 7,10-14: «La Virgen concebirá»
Sal 23,1-6: «Va a entrar el Señor; Él es el Rey de la Gloria»
Rm 1,1-7: «Jesucristo, de la estirpe de David, Hijo de Dios»
Mt 1,18-24: «Jesús nacerá de María, desposada con José, hijo de David»
II. APUNTE BÍBLICO-LITÚRGICO
La permanencia del pueblo de Dios está apoyada en la promesa de venida del Dios del pueblo. Una cosa es que Dios se haga historia con el hombre y otra que el hombre deshaga o destruya la historia de Dios con Él.
La virginal gravidez de la Virgen será signo de salvación porque de ella nacerá el «Dios-con-nosotros». Como si hasta María, Dios fuera «simplemente» Dios, y desde María, «Dios-con-nosotros».
San José es el ejemplo de quienes saben que hay situaciones vitales que exigen una decisión fundamental desde una «lectura» de fe; que no pueden ser tomadas desde la desnuda voluntad humana, sino desde la que se decide desde Dios.
III. SITUACIÓN HUMANA
Las muestras de prepotencia de las que hace gala el hombre de hoy se ven muchas veces frenadas por la frustración. La sensación de fracaso no suele ser para muchos ocasión de buscar soluciones por otro camino, incluído el de la trascendencia, sino para insistir una y otra vez en la oferta de soluciones para la historia creyéndose salvadores de todo.
A veces ocurre que los grandes pensamientos o proyectos humanos son sometidos a prueba por el Evangelio, cuando es leído desde la fe; sin embargo ha de animarnos la convicción de que la fe, lejos de destruir la iniciativa del hombre, le ayuda a descubrir caminos nuevos e insospechados.
IV. LA FE DE LA IGLESIA
La fe
– Cristo, concebido por obra del Espíritu Santo: "Los relatos evangélicos presentan la concepción virginal como una obra divina que sobrepasa toda comprensión y toda posibilidad humanas: «Lo concebido en ella viene del Espíritu Santo», dice el ángel a José a propósito de María, su desposada (Mt 1,20)" (497; cf 496).
– María, siempre Virgen: 499. 500. 501. 503.
La respuesta
– La oración en comunión con la Santa Madre de Dios: "A partir de esta cooperación singular de María a la acción del Espíritu Santo, las Iglesias han desarrollado la oración a la santa Madre de Dios, centrándola sobre la persona de Cristo manifestada en sus misterios. En los innumerables himnos y antífonas que expresan esta oración, se alternan habitualmente dos movimientos: uno «engrandece» al Señor por las «maravillas» que ha hecho en su humilde esclava, y por medio de ella, en todos los seres humanos; el segundo confía a la Madre de Jesús las súplicas y alabanzas de los hijos de Dios ya que ella conoce ahora la humanidad que en ella ha sido desposada por el Hijo de Dios" (2675; cf 2673. 2674).
– Todos los fieles estamos llamados a la santidad: 2012. 2013.
El testimonio cristiano
– «Merced a este vínculo especial que une a Cristo con la Iglesia, se aclara mejor el misterio de aquella mujer que, desde los primeros capítulos del libro del Génesis hasta el Apocalipsis, acompaña la revelación del designio salvífico de Dios respecto a la humanidad. Pues María, presente en la Iglesia como Madre del Redentor, participa maternalmente en aquella dura batalla contra el poder de las tinieblas que se desarrolla a lo largo de toda la historia humana» (Juan Pablo II, RM, 47).
El creyente no puede «acostumbrarse» nunca a las maravillas de Dios. El asombro forma parte de la fe porque certifica que la salvación y sus manifestaciones sólo pueden tener a Dios por autor.
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