Homilía I: con textos de homilías pronunciadas por S.S. Juan Pablo II
Homilía II: a cargo de D. Justo Luis Rodríguez Sánchez de Alva
Homilía III: basada en el Catecismo de la Iglesia Católica
(2 Re 4,8-11.14-16a) "Me consta que ese hombre de Dios es un santo"
(Rm 6,3-4.8-11) "Consideraos muertos al pecado y vivos para Dios"
(Mt 10,37-42) "El que quiere a su padre más que a mí no es digno de mí"
Homilía I: con textos de homilías pronunciadas por S.S. Juan Pablo II
Homilía en la beatificación de Jurgis Matulaitis (28-VI-1987)
---El Bautismo
---Tomar la cruz de Cristo
---El Bautismo
“Hemos sido bautizados en Cristo Jesús”(Rm 6,3).
“¿O es que ignoráis que cuantos fuimos bautizados en Cristo Jesús, fuimos bautizados en su muerte? Fuimos, pues, con él sepultados por el bautismo en la muerte, a fin de que, al igual que Cristo fue resucitado de entre los muertos por medio de la gloria del Padre, así también nosotros vivamos una vida nueva” (Rm 6,3-4).
Cuando el Resucitado envió a los Apóstoles a todas las naciones de la tierra para anunciar el Evangelio a las gentes y bautizarlas en el nombre de la Santísima Trinidad, se cumplieron las palabras del profeta Ezequiel, recordadas en la liturgia de hoy: “Os tomaré de entre las naciones, os recogeré de todos los países y os llevaré a vuestro suelo. Os rociaré con agua pura y quedaréis purificados; de todas vuestras impurezas y de todas vuestras basuras os purificaré. Y os daré un corazón nuevo, infundiré en vosotros un espíritu nuevo, quitaré de vuestra carne el corazón de piedra y os daré un corazón de carne” (Ez 36,24-26).
El bautismo: sacramento que regenera en el agua y el Espíritu Santo, según las palabras de Cristo a Nicodemo. El bautismo: sacramento de una vida nueva, en la que se desafía la herencia del pecado original, y se injerta en el hombre la herencia de la redención: la gracia y el amor.
Así como reza el Salmista: “¡Oh Dios crea en mí un corazón puro, renuévame por dentro con espíritu firme!” (Sal 50/51,12).
El bautismo: primera victoria del Espíritu Santo en el alma del hombre. Comienzo del camino de la salvación eterna en Dios. Comienzo del reino de Dios que está en nosotros (...).
---Tomar la cruz de Cristo
En el evangelio de hoy oímos las palabras de Cristo el Señor: “El que no toma su cruz y me sigue, no es digno de mí, el que encuentre su vida la perderá, y el que pierda su vida por mi causa (por mí), la encontrará” (Mt 10,38-39).
Hoy la Iglesia se dirige a vosotros, queridos hermanos y hermanas de Lituania, con las palabras de Cristo en el Evangelio: “Recibid a un profeta porque es profeta. Recibid a un justo porque es justo” (cfr. Mt 10,41). Ésa es la elocuencia de esta beatificación para el jubileo de vuestro bautismo. Hay que acoger a los Santos con el corazón y con la fe, para que puedan indicarnos el camino, ese camino cuyo comienzo lo constituye la “inmersión en Cristo” por medio del bautismo.
Así, pues, recemos juntos con el nuevo Beato, que se presenta a vosotros para que no dejéis de ser “dignos de Cristo”: “El que toma su cruz y me sigue, es digno de mí”. Esto es lo que nos dice.
A lo largo de vuestra historia habéis mostrado muchas veces que deseáis ser dignos de Cristo, y a veces, incluso, de modo heroico. ¿Qué podemos desearos más hoy, en este año jubilar y para el futuro? Os deseamos: ¡Que seáis siempre dignos de Cristo! Que seáis el Pueblo de Dios, en el país que dio Dios a vuestros antepasados… Y que Dios y Padre de Nuestro Señor Jesucristo sea siempre vuestro Dios (Cfr. Ez 36,28).
DP-108 1987
Homilía II: a cargo de D. Justo Luis Rodríguez Sánchez de Alva
Ser cristiano no es simpatizar con una causa por noble que sea, sino una adhesión de nuestra inteligencia y corazón, un compromiso con la “persona misma de Jesús, compartir su vida y su destino, participar de su obediencia libre y amorosa a la voluntad del Padre” (Veritatis Splendor,19). El tono incisivo, casi rudo, del Evangelio de hoy lo recuerda: “Quien ama a su padre o su madre más que a mí, no es digno de mí”.
Cualquiera que está familiarizado con las enseñanzas de Jesús, comprende que estas palabras no enfrentan al 1º y 4º Mandamiento, señalan tan sólo el orden en que deben vivirse. ”Honra a tu padre, con tal de que no te separe del verdadero Padre” (S. Jerónimo). “Sean amados todos en este mundo -enseña S. Gregorio Magno-, aún los mismos enemigos, pero el adversario en el camino de Dios no sea amado, ni aún siendo pariente” (Hom, 37). Tampoco suponen estas palabras de Jesús un desprecio por la propia vida sino la condición que permite vivirla con plenitud. Nada debe anteponerse al amor de Dios. Los padres y los hijos deben recordar esto cuando Dios se insinúe en sus vidas y les invite a una entrega más generosa a la causa del Evangelio. Y cada uno debe comprender que vivir obsesivamente pendientes de uno mismo y sus intereses, de su bienestar, sin pensar en Dios y en los demás, es cegar la fuente en la que se desea beber.
“Lo que hace verdaderamente desgraciada a una persona -y aún a una sociedad entera- es esa búsqueda ansiosa de bienestar, el intento incondicionado de eliminar todo lo que contraría. La vida presenta mil facetas, situaciones diversísimas, ásperas unas, fáciles quizá en apariencia otras. Cada una de ellas comporta su propia gracia, es una llamada original de Dios: una ocasión inédita de trabajar, de dar el testimonio divino de la caridad. A quien siente el agobio de una situación difícil, yo le aconsejaría que procure también olvidarse un poco de sus propios problemas, para preocuparse de los problemas de los demás: haciendo esto, tendrá más paz y, sobre todo, se santificará” (S. Josemaría Escrivá).
Sin Cruz no hay cristianismo. La comodidad egoísta se filtra en todo afecto y en toda actuación, incluso en las que se realizan con altura de miras. El celo apostólico y la lucha personal contra nuestras oscuras inclinaciones pueden estar lastradas por el contrapeso de cargas de carácter egocéntrico que, únicamente el tiempo, las contrariedades, las arideces de la prosa diaria, las tentaciones humillantes, las caídas, el desaliento al tropezar con la indiferencia o el rechazo de los que querríamos hacer partícipes de la Buena Nueva, pueden purificar, otorgando al cristiano, poco a poco, ese saludable olvido de sí que Jesús nos propone. Sí, el amor se purifica y robustece con estas pruebas. También puede degenerar en rebeldía, como en el caso del mal ladrón, justamente porque la piedra de toque del amor es el dolor.
Con todo, estas severas advertencias del Señor están atemperadas con el ofrecimiento de una recompensa en los cielos. La radicalidad del compromiso cristiano no es autorrenuncia sino actividad fecunda del amor que anula los criterios del hombre viejo del que habla S. Pablo y estimula la vida del hombre nuevo en quienes nos convertimos al ser injertados en Cristo por el Bautismo. Esto nos permitirá decir con gozo y con verdad: “Cantaré eternamente las misericordias del Señor”, ya que Él premiará hasta el servicio más insignificante “un vaso de agua fresca”. Dios no se deja ganar en generosidad.
Homilía III: basada en el Catecismo de la Iglesia Católica
"La radicalidad evangélica frente a la mediocridad"
I. LA PALABRA DE DIOS
-- 2R 4,8-11.14-16: "Ese hombre de Dios es un santo, se quedará aquí"
-- Sal 88,2-3.16-17.18-19: "Cantaré eternamente las misericordias del Señor"
-- Rm 6,3-4.8-11: "Por el Bautismo fuimos sepultados con Él en la muerte para que andemos en una vida nueva"
-- Mt 10,37-42: "El que no toma su cruz y me sigue no es digno de mi"
II. APUNTE BÍBLICO-LITÚRGICO
-- Gratuitamente, sin mérito alguno por nuestra parte, Dios nos ha hecho partícipes de su vida mediante el Bautismo por el que somos sepultados en la muerte con Cristo para caminar en la "vida nueva" como "muertos al pecado" (2ª Lect.).
-- La vida nueva ha de ser conducida por caminos nuevos. Por el "Camino" que es Jesucristo, de modo que nada ni nadie nos impida vivir en comunión con Él (ni familia, ni sufrimiento ni vida humana) y amar lo que Él ama (Ev.).
-- Dios visita al matrimonio de Sunam y, por medio de Eliseo, le concede el hijo que hasta entonces no habían logrado. Era el premio de la hospitalidad hacia el Profeta. Abrir la puerta al pobre es abrírsela a Dios, a su gracia, a la salvación (1ª Lect.).
III. SITUACIÓN HUMANA
-- Los radicalismos no gozan de buena fama en nuestra sociedad. Casi siempre son identificados con la intransigencia y la intolerancia.
El radicalismo cristiano, sin embargo, nada tiene que ver con todo eso. Es aceptar definitiva y plenamente el Evangelio, sin acomodaciones de conveniencia. Y ser siempre consciente de que hay más camino por recorrer, además del que se haya recorrido.
IV. LA FE DE LA IGLESIA
-- La fe
-- La primera vocación del cristiano es seguir a Jesucristo:
"... Es preciso convencerse de que la vocación primera del cristiano es seguir a Jesús. ``El que ama a su padre o a su madre más que a mí, no es digno de mí; el que ama a su hijo o a su hija más que a mí, no es digno de mí''" (2232).
-- Jesús, nuestro modelo:
"Toda su vida, Jesús se muestra como nuestro modelo. Él es el hombre perfecto que nos invita a ser sus discípulos y a seguirle: con su anonadamiento, nos ha dado un ejemplo a imitar; con su oración atrae a la oración; con su pobreza a aceptar libremente la privación y las persecuciones" (520).
-- La respuesta
-- Cristo, centro de toda vida cristiana:
"Cristo es el centro de toda vida cristiana. El vínculo con Él ocupa el primer lugar entre todos los demás vínculos, familiares o sociales. Desde los comienzos de la Iglesia ha habido hombres y mujeres que han renunciado al gran bien del matrimonio para seguir al Cordero dondequiera que vaya, para ocuparse de las cosas del Señor, para tratar de agradarle, para ir al encuentro del Esposo que viene. Cristo mismo invitó a algunos a seguirle en este modo de vida del que Él es el modelo" (1618).
-- El testimonio cristiano
-- "Os ruego que penséis que Jesucristo, Nuestro Señor, es vuestra verdadera Cabeza, y que vosotros sois uno de sus miembros. Él es con relación a vosotros lo que la cabeza es con relación a sus miembros; todo lo que es suyo es vuestro, su Espíritu, su corazón, su cuerpo, su alma y todas sus facultades, y debéis usar de ellas como de cosas que son vuestras, para servir, alabar, amar y glorificar a Dios" (1698).
-- "El que somete su propio cuerpo y domina su alma, sin dejarse llevar por las pasiones es dueño de sí mismo; se puede llamar rey porque es capaz de gobernar su propia persona; es libre e independiente y no se deja cautivar por una esclavitud culpable (S. Ambrosio, Psal. 118,14,30: PL 1403A)" (908).
La vida nueva recibida en el Bautismo exige seguir a Jesucristo esforzándonos en la radicalidad del Evangelio.
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