
Homilía I: con textos de homilías pronunciadas por S.S. Juan Pablo II
Homilía II: a cargo de D. Justo Luis Rodríguez Sánchez de Alva
Homilía III: basada en el Catecismo de la Iglesia Católica
(Jer 20,7-9) "Me sedujiste, Señor, y me dejé seducir"
(Rm 12,1-2) "Transformaos por la renovación de la mente"
(Mt 16,21-27) "Si uno quiere salvar su vida la perderá"
Homilía I: con textos de homilías pronunciadas por S.S. Juan Pablo II
Homilía en Alatri (2-IX-1984)
--- La Iglesia, comunidad de fe y amor
--- Entrega de uno mismo
--- Adhesión a la Palabra de Dios. De la fe nace el amor
--- La Iglesia, comunidad de fe y amor
“Dios, Padre todopoderoso, de quien procede todo don perfecto, infunde en nuestros corazones el amor de tu nombre y reaviva nuestra fe”.
El programa para la vida de Fe nos lo traza San Pablo: "Os exhorto, pues, hermanos, por la misericordia de Dios, que ofrezcáis vuestros cuerpos como una víctima viva, santa, agradable a Dios: tal será vuestro culto espiritual. Y no os acomodéis al mundo presente, antes bien transformaos mediante la renovación de vuestra mente, de forma que podáis distinguir cuál es la voluntad de Dios: lo bueno, lo agradable, lo perfecto" (Rm 12:1-2).
La fe cristiana es ante todo ofrenda de sí mismo como sacrificio viviente: porque Dios, antes que nada pide nuestro corazón. Nos espera a nosotros, nuestro trabajo, nuestros sufrimientos. Así se ejercita el sacerdocio real, a lo que el Concilio Vaticano II ha invitado a todos, incluido los laicos. Y efectivamente, hablando de la función de los laicos en la Iglesia, ha puesto de relieve que “todas sus obras, sus oraciones e iniciativas apostólicas... el trabajo cotidiano, el descanso del cuerpo y del alma, si son hechos en el Espíritu, e incluso las mismas pruebas de la vida si se sobrellevan pacientemente, se convierten en sacrificios espirituales, agradables a Dios por Jesucristo” (Lumen Gentium 34).
De este modo, nuestra vida, aunque oculta, monótona, insignificante a los ojos de los hombres, se hace extraordinariamente preciosa ante Dios: se hace adhesión a Él, a su palabra de verdad y a su mensaje evangélico; convencida adhesión a la Santa Iglesia y a su Magisterio; sacrificio continuo en unión con el de Jesús: firme repulsa de errores y concepciones que van contra la Palabra de Dios, oponiéndose con los valores eternos a los pseudo-valores que “la mentalidad de este mundo” quisiera contraponer a la indefectiblemente Revelación, en contra de la santidad de las costumbres, del respeto a la vida humana en todas sus formas, ya desde la concepción, en contra de la indisolubilidad y sacralidad del matrimonio, etc.
“No os ajustéis...sino transformaos”, nos exhorta San Pablo: y así la fe se traduce en práctica afectiva, coherente, decisiva, al “discernir lo que es la voluntad de Dios, lo bueno, lo que agrada, lo perfecto”.
De la fe nace el amor: he aquí este segundo polo insustituible de la “comunidad de amor”.
Las lecturas de la Misa de este domingo nos ofrecen una enseñanza fortísima sobre la totalidad del amor que Dios nos pide. El profeta Jeremías, en el pasaje recién leído al que se ha denominado sus “confesiones”, reconoce en términos dramáticos la fuerza del amor de Dios, que lo ha llamado a profetizar para la conversión de su pueblo: “Me sedujiste, Señor, y me dejé seducir... Era en mis entrañas fuego ardiente, encerrado en los huesos; intentaba contenerlo, y no podía” (Jer 20,7,9). El profeta respondió plenamente a la llamada de Dios, que también lo hacía signo de contradicción, se dejó “aferrar” por Dios, a quien se adhirió con todas sus fuerzas.
--- Entrega de uno mismo
Lo mismo nos pide Jesucristo, Hijo del Padre: “El que quiera venirse conmigo que se niegue a sí mismo, que cargue con su cruz y me siga. Si uno quiere salvar su vida, la perderá; pero el que la pierda por mí, la encontrará...¿Qué podrá dar el hombre para recobrar su vida?” (Mt 16,24 ss.).
Debemos seguir a Cristo con la fuerza del amor. Debemos dar amor por amor. Porque Él nos amó primero: por amor nuestro se encaminó por la senda de la cruz, previendo con anticipación todos los detalles dolorosos, y oponiéndose resueltamente a las interpretaciones seductoras y a los consejos de prudencia humana que incluso Pedro intentaba darle. ¿Quién ha sido más privilegiado por Cristo que Pedro? Y sin embargo, lo llama hasta “satanás”, cuando intenta desviar al Maestro del camino real de la cruz. He aquí cuánto nos ha amado Jesucristo: a precio de su misma sangre, con la obediencia ofrecida al Padre, sin pedir nada para sí.
También a cada uno pide Jesús la totalidad del don de sí mismo: nos pide seguirle por nuestro “Via Crucis” cotidiano, no negarle las conquistas, conseguidas a veces a precios de heroísmos ocultos, que Él exige a quien quiere permanecer fiel siempre y a cualquier costa; nos pide llevar la cruz de nuestra vida cotidiana, sin retroceder, agarrándonos a Él para no caer por desconfianza o cansancio; y, desde luego, sin traicionarle jamás, en la perspectiva del juicio final: “Porque el Hijo del hombre -así termina el Evangelio de hoy- vendrá con la gloria de su Padre... y entonces pagará a cada uno según su conducta” (Mt 16,27). Y como se ha dicho seremos juzgados de amor.
--- Adhesión a la Palabra de Dios. De la fe nace el amor
Amor de Dios “con todo el corazón, con toda el alma, con toda la mente” (cfr. Mt 22,37): el amor al hermano como a nosotros mismos (ib., 22,39), “Por lo cual el amor de Dios y del prójimo es el primero y el mayor mandamiento -ha vuelto a afirmar el Vaticano II-... Más aún, el Señor Jesús, cuando ruega al Padre que 'todos sean uno, como nosotros somos uno' (Jn 17,21),sugiere una cierta semejanza entre la unión de las personas divinas y la unión de los hijos de Dios en la verdad y en la caridad. Esta semejanza demuestra que el hombre, única criatura terrestre a la que Dios ha amado por sí mismo, no puede encontrar su propia plenitud si no es en la entrega sincera de sí mismo a los demás” (Gaudium et Spes 24).
“Dios, Padre todopoderoso, infunde en nuestros corazones el amor y reaviva nuestra fe”.
¡Sed fieles.../ Fieles siempre, sin ajustaros a la mentalidad de este mundo./ Fieles siempre, transformando vuestra mente, y siendo un sacrificio vivo, santo, agradable a Dios.
Fieles en seguir la luz de Cristo./ En poner a Dios en primer lugar. “Oh Dios, Tú eres mi Dios, por ti madrugo,/ mi alma está sedienta de Ti;/ mi carne tiene ansia de Ti.../ Tu gracia vale más que la vida,/ te alabarán mis labios./ Toda mi vida te bendeciré/ y alzaré las manos invocándote” (Salmo responsorial).
DP-247 1984
Homilía II: a cargo de D. Justo Luis Rodríguez Sánchez de Alva
Seguir a Jesucristo no se reduce a escuchar una enseñanza y tratar de ajustar nuestros pasos a ella solamente. Es, recuerda el Papa Juan Pablo II, “algo mucho más radical: adherirse a la persona misma de Jesús, compartir su vida y su destino” (Veritatis Splendor, 19). Y esto, como ocurre en el amor humano auténtico o con la entrega a una causa grande y noble, es inseparable del sacrificio, del olvido de sí mismo. En-amorarse, es salir del estrecho círculo del yo y comprometerse, meterse en-el-otro/a, en-amorarse.
Seguir a Jesucristo, no haciendo ascos al sacrificio que puede comprometer la salud, el descanso, tal vez el futuro..., es un don, una luz de Dios que transforma radicalmente al alma que comprende que de nada “sirve ganar el mundo entero si malogra su vida” (Ev.). Es ese don que llevó a afirmar al Bautista: “conviene que Él crezca y que yo disminuya” (Jn 3,30), y que S. Pablo nos propone en la 2ª Lectura de hoy: abandonar los dictados de la concepción mundana y convertirse “por la renovación de la mente, para que sepáis discernir lo que es la voluntad de Dios, lo bueno”.
“En el amor de amistad, enseña Sto Tomás, el amante está en el amado en cuanto juzga como suyos los bienes o males del amigo, y la voluntad de éste con la suya; de modo que parece sufrir en su amigo los mismos males y poseer los mismos bienes” (S. Th I-II,q. 48). El seguimiento de Jesucristo implica una identificación total con su persona, de modo que llegue un momento en que, con la ayuda de lo alto, podamos afirmar que Cristo vive, piensa, habla, quiere y actúa en nosotros.
Amar a Jesús y, por Él, a quienes nos rodean esforzándonos por extender su reinado en el mundo, no es renuncia sino ganancia. Es poner el corazón en Dios, en la Iglesia, en la suerte temporal y eterna de la Humanidad y no en proyectos egoístas. Este modo de vivir conduce -como a los enamorados- a la alegría, la satisfacción profunda de estar gastando la vida en un proyecto divino que engloba el deseo de un mundo más humano y mejor. Incluso la experiencia de la propia debilidad que, en ocasiones, protesta interior o exteriormente por el peso de esta tarea, no empaña esa alegría de fondo del que se sabe una sola cosa con Jesucristo. “Con gusto, decía S. Pablo, me gloriaré en mis flaquezas, para que haga morada en mí el poder de Dios. Por cuya causa yo siento alegría en mis enfermedades, en los ultrajes, en las necesidades, en las angustias por amor de Cristo; pues cuando estoy débil, entonces soy más fuerte” (2 Cor 12,9-10).
Por contra, “Lo que verdaderamente hace desgraciada a una persona -y aun a una sociedad entera- es esa búsqueda ansiosa de bienestar, el intento incondicionado de eliminar todo lo que contraría. La vida presenta mil facetas, situaciones diversísimas, ásperas unas, fáciles quizá en apariencia otras. Cada una de ellas comporta su propia gracia, es una llamada original de Dios: una ocasión inédita de dar el testimonio divino de la caridad” (S. Josemaría Escrivá).
Preguntémonos al hilo de estas consideraciones: ¿Hago míos los intereses de Jesucristo y de la Iglesia o tienen prioridad los exclusivamente míos? ¿Qué estoy haciendo en concreto y todos los días para que el Señor sea conocido y amado? ¿Me preocupa la ignorancia y la indiferencia religiosa que palpo a mi alrededor y procuro con mi ejemplo y mi conversación conjurarla? “Hermanos: os exhorto, por la misericordia de Dios, a presentar vuestros cuerpos como hostia viva, santa, agradable a Dios; éste es vuestro culto razonable”. Atendamos este llamamiento que nos hace hoy San Pablo en la 2ªLectura.
Homilía III: basada en el Catecismo de la Iglesia Católica
«La fe y la cruz pascual»
I. LA PALABRA DE DIOS
Jr 20,7-9: «La Palabra del Señor se volvió oprobio para mí»
Sal 62,2.3-4.5-6.8-9: «Mi alma está sedienta de ti, Señor, Dios mío»
Rm 12,1-2: «Ofreceos vosotros mismos como sacrificio vivo»
Mt 16,21-27: «El que quiera venirse conmigo que se niegue a sí mismo»
II. APUNTE BÍBLICO-LITÚRGICO
El camino de Jesús y la réplica humana: El anuncio evangélico del domingo pasado comenzaba con la pregunta: «¿Quién... es el Hijo del hombre?». El de hoy descubre su destino y el de aquellos que le siguen: el Misterio Pascual. En el Evangelio del domingo pasado, Pedro profesó la fe en Jesús, motivado por la revelación del Padre: «Tú eres el Hijo del Dios vivo». En el de hoy, Pedro habla según los puntos de vista humanos: «piensas como los hombres», le reprocha Jesús. Allí, Jesús le otorgaba las mayores prerrogativas en la Iglesia. Aquí, le corrige con dureza: «Quítate de mi vista, Satanás». Allí dominaban la fe y los dones de Dios para bien de su Iglesia. Aquí, en cambio, la «poca fe» y las reacciones humanas.
Entonces hizo a los discípulos el anuncio de la ley pascual: negarse a sí mismo, cargar con la cruz, para seguir hasta la muerte a Jesús, el resucitado; perder la vida «por mí», para encontrarla (1ª Lect.).
III. SITUACIÓN HUMANA
Pedro, olvidado de la revelación del Padre, es el prototipo de los humanos. No comprende la cruz. «Dios no lo permita... eso no puede ser». Nosotros pedimos a Dios con frecuencia ser liberados de la cruz, sin añadir: «pero no se haga mi voluntad sino la tuya». Hacemos todo lo posible para que «eso no pueda pasar...». Somos hombres de «poca fe» pascual.
IV. LA FE DE LA IGLESIA
La fe
– " «Todos los fieles, de cualquier estado o régimen de vida, son llamados a la plenitud de la vida cristiana y a la perfección de la caridad»(LG 40)" (2013).
– Este programa señala, también, el mismo camino a todos: «El camino de la perfección pasa por la cruz. No hay santidad sin renuncia y sin combate espiritual. El progreso espiritual implica la ascesis y la mortificación que conducen gradualmente a vivir en la paz y el gozo de las bienaventuranzas» (2015).
La respuesta
– El cumplimiento de los mandamientos y la práctica de los consejos: «Más allá de sus preceptos, la Ley nueva contiene los consejos evangélicos... Los preceptos están destinados a apartar lo que es incompatible con la caridad. Los consejos tienen por fin apartar lo que, incluso sin serle contrario, puede constituir un impedimento al desarrollo de la caridad» (1973).
– No se puede ser consecuente con el gran don de Dios que es la iniciación cristiana, sin practicar los consejos; éstos ponen «en forma» al fiel de Cristo: «Los consejos evangélicos manifiestan la plenitud viva de una caridad que nunca se sacia... estimulan nuestra prontitud espiritual. La perfección de la Ley nueva consiste esencialmente en los preceptos del amor de Dios y del prójimo. Los consejos indican vías más directas, medios más apropiados...» (1974).
El testimonio cristiano
– " «(Dios) no quiere que cada uno observe todos los consejos, sino solamente los que son convenientes según la diversidad de las personas, los tiempos, las ocasiones y las fuerzas, como la caridad lo requiera. Porque es ésta la que, como reina de todas las virtudes, de todos los mandamientos, de todos los consejos, y en suma de todas las leyes y de todas las acciones cristianas, la que da a todos y a todas rango, orden, tiempo y valor» (S. Francisco de Sales, amor 8, 6)" (1974).
El centro de gravedad de Jesús es el Misterio Pascual, que Pedro en un momento de poca fe no acepta. El centro de gravedad de los seguidores de Jesús es también el Misterio Pascual del Maestro. La Eucaristía nos incorpora sacramental y existencialmente al Misterio Pascual.
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