Santos Miguel, Gabriel y Rafael, Arcángeles

Homilía del Papa en Santa Marta

Las lecturas del día nos presentan imágenes muy fuertes: la visión de la gloria de Dios narrada por el profeta Daniel, con el Hijo del Hombre, Jesucristo, ante el Padre (cfr. Dan 7,9-10.13-14); la lucha del Arcángel Miguel y sus ángeles contra el gran dragón, la serpiente antigua, el llamado diablo que seduce a toda la tierra habitada, pero es derrotado, como afirma el Apocalipsis (cfr. Ap 12,7-12); y el Evangelio en el que Jesús le dice a Natanael (cfr. Jn 1,47-51): Veréis el cielo abierto y los ángeles de Dios subir y bajar sobre el Hijo del hombre (Jn 1,51).

El Apocalipsis dice que la lucha entre el demonio y Dios viene después de que Satanás intente destruir a la mujer que está a punto de dar a luz al hijo. Satanás siempre procura destruir al hombre: ese hombre que Daniel veía en la gloria, y que Jesús decía a Natanael que vendría en su gloria. Desde el principio, la Biblia nos habla de esto: de la seducción para destruir, de Satanás. Quizá por envidia. Leemos en el salmo 8: Tú hiciste al hombre superior a los ángeles (S 8,5), y la inteligencia tan grande del ángel no podía aguantar esa humillación, que una criatura inferior fuese hecha superior; por eso quería destruirlo. Satanás intentar destruir a la humanidad, a todos nosotros. Tantos planes —quitando nuestros pecados—, tantos y tantos proyectos de deshumanización del hombre, son obra de él, simplemente porque odia al hombre. ¡Es astuto!: ya lo dice la primera página del Génesis; es astuto. Presenta las cosas como si fueran buenas, aunque su intención es la destrucción.

Pero los ángeles nos defienden. Defienden al hombre y defienden al Hombre-Dios, al Hombre superior, a Jesucristo, que es la perfección de la humanidad, el más perfecto. Por eso, la Iglesia honra a los ángeles, porque están en la gloria de Dios y defienden el gran misterio escondido de Dios: que el Verbo se hizo carne (Jn 1,14). También la tarea del pueblo de Dios es proteger al hombre: al Hombre Jesús, porque es el hombre que da vida a todos los hombres. En cambio, en sus planes de destrucción, Satanás inventa excusas humanísticas, pero que van contra el hombre, contra la humanidad y contra Dios.

La lucha es una realidad diaria en la vida cristiana: en nuestro corazón, en nuestra vida, en nuestra familia, en nuestro pueblo, en nuestras iglesias... ¡Si no se lucha, seremos derrotados! Afortunadamente, el Señor dio esa tarea principalmente a los ángeles: luchar y vencer. ¡Qué bonito es el canto final del Apocalipsis, después de esa lucha: Ahora ha venido la salvación, el poder, y el reino de nuestro Dios, y la autoridad de su Cristo; porque ha sido lanzado fuera el acusador de nuestros hermanos, el que los acusaba delante de nuestro Dios día y noche (Ap 12,10).

Acostumbrémonos a encomendarnos a los Arcángeles y a rezar aquella oración antigua, pero tan bonita, al Arcángel san Miguel*, para que siga defendiendo el misterio más grande de la humanidad: que el Verbo se hizo Hombre, murió y resucitó. Ese es nuestro tesoro. Que continúe luchando para protegerlo.


* Oración a san Miguel: Arcángel San Miguel, defiéndenos en la lucha, sé nuestro amparo contra la maldad y las asechanzas del demonio. Pedimos suplicantes que Dios lo mantenga bajo su imperio; y tú, Príncipe de la milicia celestial, arroja al infierno con el poder divino, a Satanás y a los otros espíritus malvados, que andan por el mundo tratando de perder a las almas. Amén.