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Con frase de la Escritura –para el pasado, presente y futuro-, podemos verdaderamente afirmar que Cristo es hoy y ayer, el mismo siempre Almudi.org - Pablo Cabellos Llorente

Las Provincias

    Con diversos motivos, la palabra que encabeza estas líneas se utiliza profusamente. Se habla de identidad personal, nacional, laica, cristiana, etc. El paradigma más actual de su uso inadecuado puede encontrarse muy probablemente en la expresión identidad de género, en la que el citado vocablo ya no expresa lo que uno es, sino lo que uno se siente. El relativismo ha operado la tarea de tornar a Babel confundiendo las lenguas, porque las palabras y los conceptos que expresan no significan lo mismo para todos. La casi sacralidad de la palabra se ha volatilizado, muchas veces cambiando su sentido; otras, ignorándolo. Todo un juego político e ideológico con la misión de desnaturalizar conceptos esenciales. Por ese camino, se puede serpear para sobrevivir o para el buen vivir, en su sentido menos limpio, pero es difícil andarlo para servir al hombre.

    Todo esto puede parecer un juego, pero el caso de la identidad –sobre todo, cuando se trata de personas e instituciones- es de especial relevancia, porque o éstas son lo que son, no hay modo de saber, de conocer, de identificarse, de hablar y, lo que es peor, se ignora la esencia de las cosas.

    Yendo al terreno que me es más propio, se dice que la identidad del cristiano es la de Cristo, es decir, que toda su tarea consiste –como recordaba un punto de Camino- en buscar, encontrar y amar a Cristo. San Pablo propone al cristiano ser otro Cristo, y el fundador del Opus Dei empleaba la audaz y atrayente expresión de ser el mismo Cristo, que venía ser igual que aquel “mi vivir es Cristo” del Apóstol. Verdaderamente, el reto es fascinante, pero, ¿sabe ese presunto cristiano de dónde parte? ¿Sabe que en la Sagrada Escritura Dios habla al hombre a la manera de los hombres?, es decir que Dios se manifiesta en modo verdadero y comprensible. Sólo entendiendo esta realidad, el hombre se verá imagen de Dios del que es criatura, será capaz de Dios, se sabrá caído y redimido, con una vocación –un plan divino personal para cada uno-, herido pero libre, sobre todo por causa de los medios de salvación, etc..

    Por otro lado, está Cristo, meta personal de la identificación. Pero, ¿no es cierto que han aparecido demasiados cristos? El de la fe, el de la historia, el liberador, etc. Seguramente por eso, Benedicto XVI ha explicado hondamente que hay un solo Cristo: no es el revolucionario antirromano ni el manso moralista que lo permite todo. No es distinto el Jesús histórico del que reconocemos por la fe, no es diverso el Jesús exigente del que entrega la vida por sus amigos, es el mismo el Cristo misericordioso con la adúltera y el que recrimina terminantemente el pecado. Con frase de la Escritura –para el pasado, presente y futuro-, podemos verdaderamente afirmar que Cristo es hoy y ayer, el mismo siempre.

    Ya tenemos los dos términos de la identificación. Para ser feliz y salvarse, es preciso buscarla, también con errores, que su misericordia perdona en el sacramento de la Penitencia, verdadero derroche de amor. Piénsese que se busca la identidad con el ser más fascinante de la historia, el Dios-Hombre ejemplar en todos los sentidos: sencillo, humilde, pobre, misericordioso, predicador de una doctrina amable y exigente para el que desea seguirle; sacrificado hasta entregarse en la Cruz, después de haber cambiado, en aquella Pasión anticipada de la Ultima Cena, la violencia salvaje en amor. Compasivo con el enfermo o el que sufre infortunio, flagelo del hipócrita, magistral expresión de su doctrina en las Bienaventuranzas; amigo entrañable sin necesidad de disimular la verdad, hasta llegar a formular la necesidad de nacer de nuevo. Es el Rabí que trabaja, camina, se cansa, siente el hambre, la sed y la necesidad de las lágrimas por el dolor ajeno; el que pide la templanza y la castidad como caminos de libertad. Bastaría una mirada suya, para querer ver con sus ojos. Ese es el Cristo único de hoy, de ayer y de siempre, el que ha descendido al nivel del hombre –se ha hecho uno de nosotros-, para que, enamorados de El, no le dejemos ya nunca (cfr. Camino, 999).

    En ese itinerario de identificación con Jesús, en el que esencialmente consiste la vida cristiana, no nos ha dejado solos. El mismo se ha hecho camino con su Iglesia y, en ella, con su jerarquía, su vida de oración y de fe, sus sacramentos, su palabra resumida en el Credo, sus fieles y todo hombre que viene a este mundo. Ahí se vive una identidad plena, verdadera y salvífica.

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