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“Amar al mundo apasionadamente”. Significado de una efemérides

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“No cabe un cristiano que no se preocupe por extender el Evangelio en su casa, entre su familia, en su trabajo, con sus amigos. (...) Es, en medio de las cosas más materiales de la tierra, donde debemos santificarnos, sirviendo a Dios y a todos los hombres”

La Gaceta de los Negocios

    Hoy se cumplen 40 años de la homilía que Josemaría Escrivá pronunció en el campus de la Universidad de Navarra, y que fue publicada con el título Amar al mundo apasionadamente.

    Aquel 8 de octubre de 1967, en el marco de una Eucaristía celebrada al aire libre, ante el edificio de Bibliotecas, explicó en qué consiste la “santificación del trabajo” y de la vida ordinaria: convertir la tarea corriente en testimonio de Cristo, en “culto” a DAlmudi.org - San Josemaríaios Padre y en servicio a todas las personas y a la sociedad, transformando el mundo en “templo” del Espíritu Santo.

    El trabajo y la vida ordinaria son –deben ser– para un cristiano, un testimonio de Cristo. La fe cristiana no se basa en ideas sino en hechos. Como recuerda Benedicto XVI en Jesús de Nazaret, “se basa en la historia ocurrida sobre la faz de esta tierra”: en el acontecimiento de Cristo, que ha llegado hasta nosotros gracias al testimonio de los apóstoles y de los cristianos que nos han precedido. Hoy los cristianos siguen manifestando a Cristo y le encuentran en las cosas más corrientes. Así lo proclamaba San Josemaría: “Allí donde están vuestros hermanos los hombres, allí donde están vuestras aspiraciones, vuestro trabajo, vuestros amores, allí está el sitio de vuestro encuentro cotidiano con Cristo”; y también predicaba, desde años atrás, que ser cristiano “tiene nombre, sustancia de misión”. No cabe un cristiano que no se preocupe por extender el Evangelio en su casa, entre su familia, en su trabajo, con sus amigos.

    La vida corriente de los cristianos está llamada a ser, de esta manera, una ofrenda, un culto a Dios Padre. No se trata de convertir el trabajo o la vida familiar en un mundo pseudoeclesiástico, fuera de lo normal; sino de descubrir a Dios en lo ordinario: “Dios nos espera cada día. Sabedlo bien: hay un algo santo, divino, escondido en las situaciones más comunes, que toca a cada uno de vosotros descubrir”. Es precisamente la vida cotidiana, cuando se vive con Cristo, lo que se transforma en ofrenda de amor a Dios, es decir, en alabanza y acción de gracias, petición e intercesión por todas las personas. Los cristianos son en esta tierra, decía San Josemaría, “pregoneros de la grandeza de Dios y de sus misericordias con los hombres”. Y la santidad en medio del mundo es posible por la Eucaristía: comulgar con el Cuerpo y la Sangre del Señor viene a ser “la acción más sagrada y trascendente que los hombres, podemos realizar en esta vida”.

    Desde la existencia cristiana vivida como testimonio y ofrenda, se entiende que esa ofrenda a Dios tenga como reflejo el servicio a las personas y al mundo. “Es, en medio de las cosas más materiales de la tierra, donde debemos santificarnos, sirviendo a Dios y a todos los hombres”. La ofrenda de la vida se convierte en un servicio, es ya un servicio a Dios y a todas las personas, primero las que están cerca, pero también los lejanas y desconocidas. Así el mundo se puede convertir, sin desnaturalizarlo, en un camino para ir a Dios con los demás, más aún, en camino que Él mismo recorre con nosotros; en morada divina, templo del Espíritu Santo (¡misterio de la Iglesia!) que se edifica en la historia, entre las familias y las profesiones, como manifestación del obrar maravilloso de Dios en favor de los hombres.

    Aquella mañana de octubre, la voz de San Josemaría resonaba en el campus universitario de Navarra: "Por eso os he repetido, con un repetido martilleo, que la vocación cristiana consiste en hacer endecasílabos de la prosa de cada día. En la línea del horizonte, hijos míos, parecen unirse el cielo y la tierra. Pero no, donde de verdad se juntan es en vuestros corazones, cuando vivís santamente la vida ordinaria...".

    Desde entonces han pasado 40 años. Los últimos pontificados han querido conducir a la Iglesia por los caminos que trazó el Concilio Vaticano II y, por tanto, impulsar la misión que los cristianos tienen en el mundo; han procurado proclamar la verdad del cristianismo, inseparable de la caridad especialmente con los más necesitados, y de la Eucaristía, fuente y cumbre de la vida y de la misión de la Iglesia. El mensaje de la “homilía del campus”, como es conocida por muchos, sigue manteniendo una plena actualidad.

Ramiro Pellitero, Profesor de Teología pastoral en la Universidad de Navarra

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