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Acabo de regresar de una estancia en el Líbano. Y me parece que vale la pena reflejar, al menos en parte, una experiencia vivida allí.
El resumen es que aquella tierra, puerta y encrucijada de Oriente Medio, constituye una
esperanza firme de que cristianos y musulmanes pueden vivir juntos.
Algo que no ocurre, a causa del fanatismo, en naciones como Arabia Saudita, por citar el caso que considero más escandaloso, dada también la tolerancia cómplice con que Occidente mira a ese país.
La primera sorpresa, ya en el aeropuerto, fue ver a muchas personas, hombres, mujeres y niños, con aspecto y rasgos árabes, luciendo en el pecho, a la vista, crucifijos y medallas. Sorpresa para un español y europeo que ya con dificultad presencia algo semejante en tierra propia.
Luego, preguntas, lees, visitas, y te enteras de que en el Líbano la convivencia religiosa es total y pacífica desde hace mucho. Por añadir un dato técnico: la actual constitución reconoce oficialmente dieciocho confesiones religiosas, musulmanas, cristianas e incluso la judía.
Pero no es solamente una frase en un texto legal. La realidad es que conviven todas esas creencias, sin que se aprecien síntomas de recelo, rechazo o enemistad.
Otro síntoma. Cerca de Beirut, en un alto, se levanta el santuario de Harisa, coronado por una monumental imagen de Nuestra Señora Reina del Líbano. Y llama la atención ver en el recinto mujeres cubiertas de pie a cabeza por su túnica negra, es decir, musulmanas observantes, que acuden allí para rezar a la Virgen.
Lo mismo que sorprende divisar, aquí y allá, un campanario, una iglesia cristiana, una cruz en un cerro, o multitud de pequeñas hornacinas con imágenes de santos por los caminos y a la puerta de las viviendas. O escuchar el sonido de las campanas llamando a misa. Lógicamente, ocurre sobre todo en las zonas más cristianas.
El Líbano ha sido, históricamente, tierra de acogida, singularmente de cristianos que huían de regiones ocupadas por los musulmanes. No hace mucho, representaban el 55 por ciento de la población. Las últimas guerras han provocado huídas, y ahora se calcula que son el 35 por ciento.
Son libaneses, viven como tales, trabajan en su tierra, y se comportan como cristianos, con la mayor normalidad. No es extraño subir a un autobús y ver que el conductor lleva al lado un folleto con la imagen del Papa. Sin que nadie se extrañe o le diga nada.
Lo mismo que se divisa por la calle a musulmanes observantes, con sus cuentas en la mano, y por todas partes pueden verse mezquitas y minaretes. Y, en las zonas más musulmanas, se escucha tres veces al día la llamada a la oración. Los hay que son chiitas, otros sunitas
Es normal contemplar, en grupos de jóvenes, a muchachas que tapan su cabeza y su cuerpo al estilo musulmán, al lado de otras que visten a la europea, con el cabello al aire y ropas occidentales. Y son amigas que se divierten juntas, porque así lo han vivido desde pequeñas.
Las últimas y terribles guerras que ha sufrido el Líbano no tuvieron origen en enfrentamientos religiosos. Se han debido al problema palestino. A la presencia irregular (y no reconocida) de varios cientos de miles de refugiados, que habitan en campamentos aislados, convertidos en guetos insoportables donde se cuecen día a día los nuevos terroristas porque son jóvenes sin futuro.
La principal amenaza es la presencia de los palestinos, aglutinados y comandados sobre todo por Hamas. Y con Hezbolá por medio, constituido en un país dentro del país, hasta con sus propias fuerzas armadas.
El Líbano, en fin, es un país de esperanza que debe tener futuro. La esperanza de comprobar que los musulmanes conviven en paz con gentes que ni creen ni piensan igual, pero que no por eso son considerados enemigos. La esperanza de ver que allí los cristianos árabes son capaces de vivir sin complejos sus creencias.
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