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La gran aventura

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Nuestra misión consiste en devolver la racionalidad a una época que la ha extraviado

RevistaMision.com

En los próximos meses, el derecho a la vida, piedra angular de cualquier ordenamiento jurídico que se repute humano, será conculcado. A partir de ese momento, la vida gestante carecerá de protección jurídica efectiva, para depender exclusivamente de un acto de libre disposición; y a ese Almudi.org - Juan Manuel de Pradaacto de libre disposición que tacha del libro de la vida a criaturas indefensas se le denominará “derecho”.

La conversión del crimen en derecho constituye la aberración jurídica máxima; es la prueba más evidente de que nuestra razón se ha oscurecido hasta dejar de ser propiamente humana, pues la característica distintiva de nuestra humanidad es la capacidad de discernimiento moral.

Cuando un mal objetivo es entronizado como derecho, cuando el derecho a la vida deja de contar con protección jurídica, pude decirse sin exageración que hemos renegado de nuestra condición humana.

A tal extremo de degradación se ha llegado por la interferencia de la ideología. Una interferencia que se ha consumado desde tres frentes complementarios: en primer lugar, la imposición de un feminismo abominable que repudia la maternidad, por considerarla un “instrumento de dominación” sobre la mujer; en segundo, la extensión de un relativismo que deja a las sociedades desvalidas, privándolas de su capacidad de discernimiento moral; y, por último, la búsqueda de un utilitarismo que antepone el provecho propio sobre el bien social.

El maridaje de estas tres fuerzas devastadoras, activadas desde instancias de poder y jaleadas por la propaganda mediática, ha logrado contaminar por completo las estructuras sociales, como una suerte de Leviatán deshumanizador.

Ante este horizonte poco halagüeño, la tentación del desistimiento es demasiado fuerte. Pero la gran aventura a la que estamos llamados es precisamente la contraria; nuestra misión —ímproba tal vez, mas no por ello menos ilusionante— consiste en devolver la racionalidad a una época que la ha extraviado.

Nuestra misión, en fin, no se distingue demasiado de la de aquellos primeros cristianos que, en medio de una sociedad que había extraviado el raciocinio hasta el extremo de considerar como algo natural —¡como un derecho reconocido legalmente!— la esclavitud, empezaron a manumitir a sus esclavos.

Se trata de restituir a los hombres de nuestro tiempo la humanidad que les ha sido arrebatada; se trata de infundir en nuestros contemporáneos un movimiento de repulsa y condena hacia la atrocidad del aborto, que nunca será contemplada como tal mientras la sociedad no abandone el lodazal de degradación moral al que la han arrastrado las ideologías.

No es una misión sencilla; completarla tal vez sea tarea que empeñe a varias generaciones. Porque detrás de nosotros vendrán otros a tomar el testigo; y nuestro testimonio será la llama que alimente su tesón. Si ahora claudicamos, no habrá testigo que entregar.

En esta gran aventura que ahora iniciamos sufriremos escarnio y desprestigio; seremos anatemizados, excluidos, tal vez perseguidos con encono. Pero seguiremos siendo humanos; y nuestra semilla de humanidad dará frutos en las generaciones venideras.

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