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El aceite de la vida

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Escrito por Juan Luis Selma
Publicado: 11 Julio 2021

Tenemos la misión de alumbrar, de suavizar las relaciones, de curar las heridas

El aceite de la vida es el título de una preciosa película; Lorenzo's Oil en versión original. A Lorenzo, un niño de cinco años, le diagnostican una enfermedad genética, incurable y degenerativa, conocida con las siglas ALD. Sus padres, que en el filme son Nick Nolte y Susan Sarandon, empeñan su vida −tiempo, dinero, trabajo, prestigio− en una lucha sin precedentes para conseguir un tratamiento que alivie la enfermedad de su hijo. Los médicos y amigos los consideran locos, pero con su insistencia lograrán que se consiga la primera medicina efectiva: Lorenzo's Oil.

En Andalucía, como en España, y en general, en los pueblos mediterráneos, el aceite de oliva forma parte de nuestra vida, cultura y religión. Los olivos alegran nuestros campos y su preciado fruto forma parte de nuestra gastronomía y salud. La unción con aceite tenía un triple uso: uno era el común, aceite reforzado con aromas, para embellecer el rostro y vigorizar los miembros; también sobre las cosas, como en los escudos para protegerlos de la herrumbre o, en el caso del cuero, para que no se resquebrajara. El medicinal para curar las heridas. El sagrado para dedicar objetos o personas a Dios.

En la ceremonia del bautismo hay dos unciones: una con el óleo de los catecúmenos, que recuerda la de los luchadores antes de salir a la palestra para protegerles de las posibles heridas y hacer su cuerpo más escurridizo; y la del santo crisma, más sagrada, que nos identifica con Cristo −el Ungido−, y nos recuerda que tenemos la dignidad sacerdotal, profética y real. También el aceite se consume en los templos dando luz en las lámparas.

Tenemos la misión de alumbrar, de suavizar las relaciones, de curar las heridas. Nuestras manos, embebidas del aromático y suave óleo, pueden acariciar y curar, aliviar y vigorizar. Deben ser manos expertas y delicadas que alientan y dan vida, portadoras de lámparas que alumbran y nunca de espadas justicieras que hieren o matan. Manos que levantan y ayudan, que nunca señalan o condenan. Manos de paz. Manos expertas en unir y bendecir: manos "sacerdotales", las manos de Cristo.

El Evangelio nos muestra a los Doce enviados por el Maestro: "Ellos salieron a predicar la conversión, echaban muchos demonios, ungían con aceite a muchos enfermos y los curaban". Es su misión, el cometido de los seguidores de Cristo: ayudar a ser mejores, el único modo de ser más felices; librar de los demonios, también de los caseros y cotidianos; ungir y curar. Alentar en el camino, defender de los enemigos. Acompañar.

Curar las heridas, las enfermedades, proteger la vida, devolver la salud a los miembros tullidos, la vista a los ojos apagados, la capacidad de oír la verdad, el gusto por lo bueno, la atracción por la belleza. ¡Cuánta tarea por delante! ¡Cuántas manos se necesitan!

Hay lesiones del cuerpo y otras del alma. Enfermedades de la carne y del espíritu. Tengo un amigo médico que hace unos años dejó su especialidad, la Radiología, por la palingenesia (palin = volver a, genesia = nacer) con resultados espectaculares. Para poder curar hay que descubrir las verdaderas causas de la enfermedad, a veces hay que remontarse hasta el estadio fetal. Él lo hace maravillosamente.

Cada uno de nosotros, que por ser cristianos somos médicos de almas y cuerpos, podemos ayudar a renacer a los nuestros. Por supuesto, no me refiero a suplir a los profesionales, hablo de las relaciones familiares, de amistad. Cuando el esposo/a está herido, pasa por un mal momento, debemos situarnos, con delicadeza y atención, para intentar comprender lo que le sucede, hacernos cargo. Luego rezar por su situación y pedir luces para ser oportunos; en ocasiones lo prudente será esperar, tener paciencia. Podremos acariciar y suavizar las heridas con el aceite de la caridad. Y saber que siempre hay remedio, puede volver a nacer.

Cuánto bien podemos hacer a los amigos si los queremos de verdad. Y esto es buscar su bien, lo demás no es cariño auténtico, puede ser sensiblería o falsa compasión. Nunca ser cómplices de un desastre, de un atraco, de una vileza. Volvemos a lo de antes: hacernos cargo de lo que les pasa, ir al fondo de la cuestión. Sanar desde la raíz. En el mal de amores, lo fácil es animar a rehacer la vida; lo auténtico es ayudar a reencontrar ese primer amor, que nunca podrá ser sustituido por otro. Ayudar a salir de un embrollo profesional solucionando las cosas y no tirando por la calle de en medio. La injusticia nunca es justa.

Con los hijos, unir el cariño a la fortaleza para ayudarles a crecer y ser libres. Darles razones para actuar. Estar a su lado sin anularles. Corregirlos cuando sea necesario, pero con prudencia: no todas las faltas están al mismo nivel ni tienen iguales consecuencias. En todo caso, hacerlo con verdad y con cariño.

Juan Luis Selma, en eldiadecordoba.es

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