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El amor da vida

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Escrito por Juan Luis Selma
Publicado: 23 Marzo 2026

La plenitud y la verdadera “eternidad” del ser humano no se alcanzan alargando la vida, sino viviendo desde el amor, que es lo único que vence a la muerte

Lo normal es que deseemos vivir, vivir en plenitud y para siempre. Hoy, el transhumanismo quiere utilizar los avances técnicos y científicos para mejorar las capacidades humanas, reducir el sufrimiento y alargar la vida. Parece que su idea central es que la condición humana no es un destino fijo, sino algo que podemos transformar, algo que está en nuestras manos.

Desde los albores de la humanidad existe un deseo de eternidad, una resistencia a que todo acabe con la muerte. En todas las culturas aparece la idea de acompañar al difunto al otro mundo; por eso se entierra a los muertos junto con sus objetos preferidos, útiles para el más allá, alimentos, etc. Pero nos topamos con la evidencia de la muerte, incluso con su conveniencia.

"La estructura del mundo está en contradicción con esta definición del hombre. Hay una contradicción que podríamos considerar cruel: el hombre parece estar hecho para vivir eternamente, quiere vivir para siempre, pero al mismo tiempo vive en una estructura del mundo en la que morir es esencial. En cierto sentido, esto también supone un beneficio. De hecho, con ocasión de la muerte de uno de sus hermanos, san Ambrosio dice en una oración: La muerte es un beneficio, pues de otro modo esta vida eterna sería insoportable", dice Benedicto XVI.

Más que alargar la vida hasta límites tediosos, convertirnos en superhombres o en perfectos humanoides, más que huir de nuestra naturaleza buscando transformaciones quiméricas, lo que debemos lograr es vivirla en plenitud, esto es: vivir desde el amor.

El amor es lo que alimenta la vida y la alienta. El amor es lo que no acaba nunca, como afirma san Pablo. El amor es una salida hacia el otro; lo caracteriza el exitus. Cuando amo, quiero que el amado viva para siempre; prefiero antes su vida que la mía. El amado pervive en mí, siempre está conmigo: en mi corazón, en mi memoria, en mis sentimientos.

El Evangelio nos relata el último milagro del Señor: la resurrección de su amigo Lázaro. Un hecho que sentenciará su condena a muerte; cosa que Jesús sabía bien, pero no le importa porque le amaba. Así aparece repetido varias veces en el relato de san Juan, el discípulo amado: "Señor, el que tú amas está enfermo", le mandan decir sus hermanas, Marta y María. "Jesús amaba a Marta, a su hermana y a Lázaro". "Jesús se echó a llorar. Los judíos comentaban: '¡Cómo lo quería!".

Cuando amamos, queremos que viva el amado; buscamos su bien y su felicidad. No nos importa empeñar la nuestra en su bien. ¡Cuántos padres, esposos, amigos dan gustosamente cuanto tienen por el bien, la salud y la vida de los suyos! La cultura de la muerte —la que se desentiende del compromiso con la vida— es fruto del desamor, del amor no hallado, del no tener otra referencia que el ego, el cuidado del yo.

"Jesús dice: El que cree en mí tiene ya ahora la vida eterna. Así pues, hay dos puntos esenciales. En primer lugar, no podemos tener la vida eterna por nosotros mismos, sino solo si nos cogemos de la mano del Otro, si somos sostenidos por la mano del Otro que no cae. Es decir, solo el amor puede dar la inmortalidad, solo el amor de Aquel que es la inmortalidad de Dios", apunta Ratzinger.

Y cuando podemos cogernos de la mano de Dios, él también nos sostiene; y su memoria no sostiene solo una idea, sino que sostiene la realidad de nuestra vida. Además, esta nueva vida comienza en el momento en que Dios me da su mano y yo puedo coger la mano de Dios, es decir, ya ahora. Esto no depende de la estructura biológica, sino de la estructura del amor divino", sigue diciéndonos.

Si el amor humano se inspira en un amor divino —un amor que no depende del mérito, del éxito o del estado de ánimo— entonces cada persona es vista como valiosa por sí misma. Ese reconocimiento revitaliza, porque sentirnos amados sin condiciones nos permite florecer.

Cuando alguien intenta amar así, su presencia se vuelve creadora de vida emocional y espiritual: sostiene, anima, repara vínculos, abre posibilidades. Este amor da esperanza, hace que la vida tenga sentido, que no estemos solos, que el bien sea posible. Cuando nos acogemos al Amor, somos eternos.

Juan Luis Selma en eldiadecordoba.es

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