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La “casa común”

Escrito por: José Luis Velayos
Publicado: 12 Junio 2026

 Cuidar la salud corporal y mental y espiritual es un deber ineludible

El término “casa común” hace referencia al hábitat y a aquellos con quienes compartimos esa casa. Es un término que usaba con cierta frecuencia el Papa Francisco (“Laudato si”, “Laudate Deum”), que alertaba del peligro de su destrucción, que puede ser de origen humano o antropogénico.      

 Es casa común, para los españoles, España (y Europa). Para todo católico, la Iglesia es su casa. El hogar es la casa común de la familia (en gran medida es también casa común la casa de los abuelos). Para el universitario, lo es su Universidad (“Alma Mater”). Para los cofrades, su cofradía. Para los concejales, su ayuntamiento. Para los futbolistas, su club. La lista puede ser extensa. Lo coincidente en todas ellas es que se habla de una “especial paternidad-maternidad”, por la que cada uno se siente amparado, en cierta manera “alimentado”, “nutrido”, protegido, en esa casa común, que es su casa.

 Es preciso cuidar la naturaleza, que es la casa común de todo viviente; por ejemplo: no maltratar a los animales, no tirar desperdicios en cualquier parte, disminuir el uso del papel, utilizar mascarilla en situaciones de riesgo de contagio, evitar hacer fuegos innecesariamente, usar más el transporte público, etc. Y no solo es importante el cuidado de las relaciones con el mundo en que habitamos, sino también el de las relaciones interpersonales, de las vivencias íntimas y personales, de la experiencia de la trascendencia, etc., etc.

 En otro sentido, podría decirse que el cuerpo y el alma, como realidades unidas, constituyen en cierta manera la “casa común”, personal, íntima, de cada ser humano (más bien es la “casa individual”). El ser humano es cuerpo y alma al mismo tiempo, es un alma encarnada o un cuerpo espiritualizado, es una unidad hilemórfica, como afirmaban los griegos hace veinticinco siglos.

 El cuerpo es la “casa común” para multitud de células: hematíes, leucocitos, células epiteliales, neuronas, glía, espermatozoides u óvulos, células grasas, microbios, etc., etc.

 Son muchos y diversos los factores que influyen en la salud de esa casa, como son, entre otros, el aire que respiramos, el agua que bebemos, lo que comemos, el entorno laboral, el ambiente vecinal, el interior de los edificios, la información (que puede ser excesiva), etc. Todo ello incide tanto en el bienestar personal como colectivo.

 Cuidar la salud corporal y mental y espiritual es un deber ineludible, asunto, por otra parte, unido al quinto de los mandamientos de la Ley de Dios.

 El cuidado del cuerpo es de gran importancia: comer de forma sana, beber la cantidad suficiente de agua, dormir lo necesario, hacer ejercicio, tener revisiones médicas, vacunas, etc.  Y todo ello, sin obsesión, pues el culto al cuerpo viene a ser una forma de moderno paganismo

 Y el cuidado del alma es esencial (para un cristiano son abundantes y variadas las prácticas de piedad: oración, confesión, comunión, lectura del Evangelio, rezo del rosario, etc.). Es bien conocido que la salud espiritual influye en la salud corporal. También se ha dicho: “mens sana in corpore sano”. Por eso, una enfermedad, una dolencia, pueden convivir con una alegría auténtica. Por otra parte, la salud da alegría, pero además, la alegría da salud.

 Y unas relaciones sociales sanas, tertulias, debates, conversaciones, correspondencia, interés por los demás, vitalizan la casa común y al mismo tiempo protegen la salud personal. Está comprobado que el individuo aislado, solitario, enferma con más frecuencia y sus dolencias son mayores, que el que es sociable y se preocupa del prójimo.

 La autocontemplación (el narcisismo) no es sana. En cambio, sí lo es contemplar con trascendencia, es decir, la tendencia a contemplar la “casa común definitiva”, la futura, la que está por venir. La esperanza es virtud clave.

 José Luis Velayos en instagram.com

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