Las parábolas de la viña recuerdan que la felicidad no se compra, sino que nace de lo que se asume libremente y por amor
Hay cosas que no tienen precio. Cuando buscamos recompensa por ellas, quizá es que no las valoramos como merecen. Hace unos días, un amigo me comentó que, después de leer el artículo sobre el perdón, pensaba que algunos podían considerarlo una debilidad. Siendo así, ¿cómo explicar por qué uno perdona? Una respuesta sencilla y verdadera es esta: para tener paz y ganas de vivir. Salimos ganando.
Hemos perdido la visión altruista de la existencia y hemos entrado en una lógica comercial: ¿Qué gano con esto? ¿Cuánto más gano, más feliz soy? Hay un plan —o al menos una tendencia cultural— de empequeñecer a las personas, de robarles su grandeza. Me recuerda la primera tentación en el Paraíso: el demonio les promete ser como dioses cuando ya lo eran y no se daban cuenta.
La felicidad, el sentido, la nobleza, aquello que nos hace grandes, no vienen de fuera. No hay que mendigarlos ni comprarlos: hay que extraerlos de nuestro interior. La fe nos recuerda que somos imagen y semejanza de Dios. San Agustín recorrió el mundo buscando sentido, hasta que comprendió que la verdadera alegría estaba dentro, donde Dios nunca había dejado de estar:
“Tú estabas conmigo, y yo no estaba contigo, ni conmigo. Me retenían lejos las cosas. No te veía ni te sentía, ni te echaba de menos. Mostraste tu resplandor y pusiste en fuga mi ceguera. Exhalaste tu perfume, y respiré y suspiro por Ti. Gusté de Ti, y siento hambre y sed. Me tocaste, y me abraso en tu paz”.
Durante varios domingos escucharemos las parábolas de la viña. En una de ellas, los trabajadores contratados a distintas horas reciben el mismo salario. Los primeros se quejan: han trabajado más, luego deberían recibir más. Es la lógica del asalariado. Pero cuando uno trabaja en lo suyo, cuando lo hace libremente y con gusto, no lleva la cuenta de las horas ni del esfuerzo. Si además disfruta, se recrea en el trabajo bien hecho.
Cuando actuamos en libertad, porque queremos, encontramos sentido. Nos realiza. No necesitamos pago ni reconocimiento externo. La recompensa es el propio crecimiento, la satisfacción interior, el gusto por lo bien hecho y el servicio prestado.
Es cierto que la vida nos conduce por derroteros no deseados, que hay tareas y circunstancias que preferiríamos evitar. Pero la finalidad puede hacerlas más amables. Puedo ver una película que no me gusta si eso hace feliz a mi familia. Puedo sacrificar mi gusto por amor y, al hacerlo, lo hago libremente, por un motivo querido.
El dueño de la viña responde: “Amigo, no te hago ninguna injusticia. ¿No nos ajustamos en un denario? Quiero darle a este último igual que a ti. ¿No tengo libertad para hacer lo que quiera en mis asuntos? ¿O vas a tener envidia porque yo soy bueno?”
Las comparaciones y la envidia nos quitan la paz. Nos roban el gusto por lo bien hecho y la satisfacción interior del bien realizado. Cuando entran en el corazón, lo alteran y nos hacen necesitar más que el otro.
La mayoría de los grandes compromisos que asumimos -el matrimonio, la familia, la vocación cristiana, una profesión, la amistad- los adquirimos libremente. No son un peso, sino una elección que nos engrandece y que repercute en bien propio y de los demás. Si vamos a trabajar a la viña es porque queremos, y de ese acuerdo hay que sacar gusto.
Hace poco, un compañero joven me preguntaba qué hacer para que su sacerdocio no se marchite. La respuesta es vivirlo libremente, disfrutando, sin centrarlo en obligaciones y cumplimientos, sino en el amor, sin buscar nada.
Lo mismo en la vida conyugal: si me entrego por amor, es para hacer feliz al otro, no para recibir. Lo que importa es lo que doy, no lo que recibo. El amor es gratuito; lo que se compra es otra cosa.
En nuestra relación con Dios y en todo lo que se refiere a la Iglesia -que nos da a Cristo- no podemos funcionar por obligación. No depende de lo que nos den en la parroquia ni de la homilía del sacerdote. Lo que importa es la cercanía de Dios, su perdón, su palabra. Somos nosotros los que ganamos y los que debemos aportar.
Juan Luis Selma en eldiadecordoba.es
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