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La Luz que nos invita a ser luz

Escrito por: José Antonio García-Prieto Segura
Publicado: 01 Noviembre 2026

Celebramos hoy a "Todos los santos": hombres y mujeres que, corrieron en el estadio de esta vida y alcanzaron la meta de la santidad.

 Desde las gradas del Cielo y gozosos del premio conseguido, hoy hacen eco a san Pablo diciéndonos: ¡Ánimo y "corred de tal modo que también vosotros lo alcancéis"!

           Al intuir el tema para la fiesta de “Todos los santos”, recordé la famosa frase de Goethe que, según refieren, pronunció poco antes de morir: “¡Luz, más luz!”. Esa asociación de ideas ha hecho que aparezca también dos veces la palabra “luz” en el título del artículo, y que casi anticipe ya su contenido.

          Era el 22 de marzo, recién estrenada la primavera de 1832, cuando Johann Wolfgang von Goethe, exclamaba instantes antes de expirar: “¡Luz, más luz!”. Han sido numerosas las interpretaciones dadas a sus palabras: desde considerarlas como simple deseo de ver con más nitidez el mundo sensible que ya se apagaba a sus ojos, hasta el anhelo de una claridad superior iluminadora de los misterios que el ingenio humano había ido descubriendo en la realidad creada.

No entro a dilucidar la intención de Goethe, que me supera, pero el hecho de venirme a la memoria su frase, es porque las reflexiones que siguen apuntan a esa dimensión trascendente de la Luz, con mayúscula, que es Dios. Solo Él sabe con certeza, si el genio alemán estaría, o no, suspirando por esa suprema claridad. Pero de lo que no cabe duda, es que nuestro mundo siempre estará necesitado de luces, de muchas luces de vida, reflejos de la Luz de Cristo, transmisora de concordia, paz, y alegría.

          La metáfora es clara: estas luces, con minúscula y plurales, las encarnan tantas personas de buen proceder, especialmente si son hombres y mujeres cristianos, que se han dejado iluminar por la Luz del mismo Dios hecho hombre, es decir por Jesucristo. No en vano, sus señas de identidad apelan precisamente a la luz, y son categóricas, al decirnos: “Yo soy la luz del mundo: el que me sigue no andará en tinieblas, sino que tendrá la luz de la vida” (Jn 8, 12)”. Quienes dejan que esa Luz penetre hondamente en sus vidas, o quienes sin ser creyentes no la ensombrezcan con su proceder, contribuirán a iluminar el mundo entero, sumido en no pocos odios y tinieblas.   

          La fiesta de “Todos los santos” que hoy celebra la Iglesia, conmemora a los innumerables hombres y mujeres que, sin estar canonizados personal y singularmente, han acogido en sus vidas la Luz y la vida de Dios en Jesucristo, y la han reflejado en sus obras. Viene aquí, como anillo al dedo, la definición que daba un niño cuando le preguntaron quiénes eran para él los santos. Contestó: “Son personas en las que brilla la luz, porque la dejan pasar”. Al parecer había entrado con sus padres en una iglesia provista de estupendas vidrieras, representando figuras de santos y santas, que por su belleza y luminosidad llamaron su atención. Al preguntar a sus padres quiénes eran aquellas personas, le contestaron: esos son los santos. Sea suceso real o anécdota catequética, la metáfora no puede ser más acertada, porque remite a lo que verdaderamente son las personas que luchan por ser santas.

Se comprende que el concepto de “luz” aparezca en numerosos escritos relacionados con la fenomenología de la religión. Son pasajes significativos del anhelo del espíritu humano por alcanzar la plenitud de luz y felicidad: a Dios, en definitiva, como cima de toda claridad. Es particularmente llamativo en la Biblia, donde el término “luz” y sus variantes aparece más de 500 veces, y en el Nuevo Testamento más de 70.

Lo importante y decisivo es que el término “luz” lo usa el mismo Jesús, para sus señas de identidad y las de sus discípulos. No solo nos dice: “Yo soy la luz del mundo”, sino también: “Vosotros sois la luz del mundo (…) Alumbre así vuestra luz ante los hombres, para que vean vuestras buenas obras y glorifiquen a vuestro Padre, que está en los cielos” (Mt 5, 14.16). Y es fundamental reparar el contexto en que san Mateo sitúa esta declaración del Señor de que somos luz del mundo.

          La hizo Jesús nada más concluir la carta magna de sus Bienaventuranzas, donde se compendia el camino de la santidad cristiana. Como colofón del discurso, estas palabras: “Vosotros sois la sal de la tierra (…) Vosotros sois la luz del mundo”. Equivale a decirnos: quien se esfuerza por ser santo viviendo las Bienaventuranzas, está ya iluminando su propia vida y la de los demás. Y esto porque el mismo Señor, en cuanto hombre, las ha vivido plenamente yendo por delante de nosotros, como declara el Catecismo de la Iglesia: “Las bienaventuranzas dibujan el rostro de Jesucristo y describen su caridad; expresan la vocación de los fieles asociados a la gloria de su Pasión y de su Resurrección; iluminan las acciones y las actitudes características de la vida cristiana (…)” (CEC n.1717)

El rostro de Cristo, su vida entera, reflejan la santidad que piden las Bienaventuranzas, y así brilla como Luz del mundo, evitando que caiga en tinieblas; es lo que sucedería si las personas rechazásemos su ofrecimiento de luz y de vida. Entonces, en lugar de difundir con nuestras obras la luz de la concordia, del perdón, de la paz, de la comprensión, de la alegría, etc., produciríamos tinieblas de enfrentamientos, desacuerdos, conflictos y odios.

          El mismo Cristo nos lo ha advertido, mencionando expresamente las tinieblas. Dirigiéndose a los que se cerraban a la claridad de su vida y enseñanzas, decía: “Todavía estará un poco de tiempo la luz entre vosotros. Caminad mientras tenéis la luz, para que las tinieblas no os sorprendan. (…) Mientras tenéis la luz, creed en la luz para que seáis hijos de la luz” (Jn12, 35-36). Su llamamiento no ha pasado de moda.

Esas palabras siguen siendo urgente advertencia para el mundo de hoy, con modalidades específicas; así, para los creyentes, el mismo Señor las podría glosar diciendo: deseo luz, más Luz y presencia mía en vuestro trabajo, en el modo como os tratáis marido y mujer, o como transmitís la vida de fe a vuestros hijos, o la proclamáis también sin respetos humanos entre vuestros amigos y en el entorno social, etc. Y todo eso, para que el mundo crea.

Por lo que mira a los no creyentes, esas palabras también son llamada a decidirse por una actuación conforme a los dictados de la razón natural: a defender la vida desde su inicio hasta su final natural, a respetar la propiedad privada, la mujer del prójimo, la justicia en todas sus formas, etc., porque son exigencias de la luz natural de razón, que es chispazo permanentemente encendido de la Luz de Dios en nuestra inteligencia.  

La fiesta de “Todos los santos” debe ser estímulo, para que los cristianos apretemos el paso siguiendo la estela de luz que tantos hombres y mujeres nos han dejado, y para mantenerla con nuestras vidas. Terminaré con las palabras de un santo, al que he tenido la gracia de conocer y tratar. Además, cuadran bien con el contenido de estas reflexiones. San Josemaría, abre su libro de “Camino” con este pensamiento: “«Que tu vida no sea una vida estéril. - Sé útil. - Deja poso. - Ilumina, con la luminaria de tu fe y de tu amor. Borra, con tu vida de apóstol, la señal viscosa y sucia que dejaron los sembradores impuros del odio. - Y enciende todos los caminos de la tierra con el fuego de Cristo que llevas en el corazón”

José Antonio García-Prieto Segura en elconfidencialdigital.com

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