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La osadía del amor recíproco

Escrito por: Eloy Asenjo Carpintero
Publicado: 07 Noviembre 2026

Pero una corrección que nace del Evangelio no es un tribunal: es un abrazo que rescata

A todos nos aterra el momento. Vemos a alguien a quien queremos —un familiar, un amigo, un compañero de trabajo, un hermano en la fe— torcer el rumbo en un detalle pequeño o en una decisión grave. ¿Y cuál es el instinto primario? El silencio cómodo. Mirar hacia otro lado y pensar aquello de que cada cual cargue con su mochila.

Confundimos la paz con la cobardía. Creemos que callar es ser tolerantes, cuando la inmensa mayoría de las veces es pura y dura indiferencia disfrazada de elegancia.

Pero el Evangelio no conoce la indiferencia.

Como recordaba este domingo el Papa León XIV desde la ventana del Palacio Apostólico, Jesús nos sacude con una verdad incómoda: existe un legado sagrado que nos debemos mutuamente, «la deuda del amor recíproco». Toda la atención, el cariño y la bondad que hemos recibido de gratis no son un salvoconducto para instalarnos en el desinterés; al contrario, nos hacen más libres y radicalmente responsables de la vida de los demás.

Aquí es donde estalla la primera gran herramienta que el Pontífice pone sobre la mesa: aprender a corregir.

No es fácil. Es un arte delicado y tristemente sepultado bajo capas de miedo y falso respeto que exige una dosis titánica de franqueza y paciencia. El Papa nos devuelve el mapa exacto que traza el Evangelio: hablar con sinceridad de tú a tú, individualmente; si hace falta, sumar a dos o tres testigos; y, cuando la gravedad lo exija, llevarlo a la comunidad.

Afrontar la realidad así significa dinamitar los problemas y convertirlos en trampolines de crecimiento. Porque, como advierte León XIV sin rodeos, «quejarse y chismorrear es más fácil, pero no resuelve nada y paraliza muchas situaciones».

Nos aterroriza ejercer la corrección. Tememos pasar por jueces prepotentes o desatar una reacción en cadena de ira. Y con razón, si actuamos desde el orgullo o la suficiencia. Pero una corrección que nace del Evangelio no es un tribunal: es un abrazo que rescata.

Es una profunda ayuda mutua para crecer en la santidad y evitar a toda costa que la comunidad cristiana parezca un triste rebaño de «ovejas sin pastor». Es plantarse en mitad del camino, coger del brazo al hermano y mirarle a los ojos para decirle que se le quiere demasiado como para dejarle estrellarse.

Ese gesto exige una doble osadía.

Primero, la osadía de hablar cuando lo cómodo es mirar al techo.

Segundo, y mucho más descarnado, la humildad radical de saber que estamos hechos de la misma arcilla frágil y que nuestras propias manos pueden embarrarse en cualquier momento. Solo está autorizado a señalar una mancha quien reconoce con paz que su propia túnica tiene dobleces.

Y en esta trinchera del afecto nos jugamos la brújula de nuestra identidad: estamos llamados a ser auténticos constructores de puentes.

¿Cómo? Siendo intransigentes con el error, pero absolutamente transigentes y compasivos con las personas. Menos de eso es adulterar el Evangelio. Traicionaríamos la voluntad de un Dios que es un torrente inagotable de misericordia, pero que al mismo tiempo está dispuesto a entregar la vida entera por la verdad, porque solo la verdad es la que nos hace libres.

Del otro lado del espejo ocurre exactamente igual cuando nos toca recibir el aviso.

¿Cuánto duele una corrección? Salta la alarma del ego, ruge el orgullo y los dedos se afilan para contraatacar al instante. ¿Cómo romper esa coraza? Solo cabe un camino: enmarcarlo todo en el amor de Dios y en su gracia. Cuando comprendemos que quien nos corrige no es un fiscal buscando nuestra ruina, sino el Padre que nos tiende la mano a través de las costuras de un hermano, el caparazón se desmorona y el correctivo se convierte en lo que es: un regalo del cielo.

Pero el Papa León XIV va todavía más lejos y nos regala una segunda palanca para transformar la vida espiritual: llegar a un acuerdo.

No se trata solo de pactar treguas cuando hay fricciones, sino de sincronizar los latidos para pedirle a Dios un favor común. La promesa de Jesús es colosal: «Si dos de ustedes se ponen de acuerdo en la tierra sobre cualquier cosa que pidan, mi Padre que está en los cielos se la concederá» (Mt 18, 19).

Sin fe, el paisaje humano es desolador: cada cual camina aislado en su trinchera, desconfiando del vecino, viendo al de al lado como un extraño o un enemigo latente. Pero por pura gracia, somos hermanos capaces de pactar la concordia: reuniéndonos, perdonándonos sin condiciones y escuchándonos de verdad en el Señor. De ahí brota una fuerza comunitaria capaz de dinamitar cualquier dolor, unificar deseos y encender esperanzas.

Miremos si no a María. Tras el anuncio del ángel, no se encerró en sus cavilaciones: se apresuró a los montes para encontrarse con su prima Isabel, para compartir las alegrías y cargar juntas con el peso del camino. ¡Ese es el molde!.

Basta ya de miedos, de anestesias y de esquinas silenciosas.

Dejemos atrás el falso respeto humano, las quejas de barra de bar y la asfixia del aislamiento. Sostengamos la mirada, bajemos las armas del orgullo y asumamos de una vez por todas que corregir con ternura, perdonar hasta el fondo y ponernos de acuerdo ante el altar es, sencillamente, aprender a pagar la más hermosa y exigente de nuestras deudas: la del amor recíproco.

Eloy Asenjo Carpintero en exaudi.org

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