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  2. El sentido cristiano de la sexualidad

El sentido cristiano de la sexualidad

Escrito por: Ramiro Pellitero
Publicado: 26 May 2011
Almudi.org - "El sentido cristiano..."
Una certera pauta para la pastoral matrimonial y prematrimonial, y para la educación sexual de los jóvenes y adolescentes<br /><br />

iglesiaynuevaevangelizacion.blogspot.com

«Espléndida síntesis de la teología del cuerpo y del amor, que enlaza la reflexión de Juan Pablo II con la perspectiva de Benedicto XVI, ya expresada en su primera encíclica, ‘Deus caritas est’»

El mismo día que Juan Pablo II sufrió el atentado en la plaza de San Pedro, el 13 de mayo de 1981, tenía previsto anunciar la creación del Instituto Pontificio Juan Pablo II para estudios sobre el matrimonio y la familia.  

      En el XXX aniversario de este instituto, el Papa actual les ha sugerido una nueva tarea: «Conjugar la teología del cuerpo con la del amor para encontrar la unidad del camino del hombre: este es el tema que quisiera indicaros para vuestro trabajo». Y les ofreció algunas orientaciones.

El lenguaje del cuerpo

Durante el tiempo de la vida —les explicaba— el cuerpo ha de ir estableciendo una alianza con el espíritu. «De hecho, lejos de oponerse al espíritu, el cuerpo es el lugar donde el espíritu habita». Y con esta luz «es posible entender que nuestros cuerpos no son materia inerte, pesada, sino que hablan, si sabemos escuchar, con el lenguaje del amor verdadero». Y así el Papa desemboca en el conocido tema del “lenguaje del cuerpo” desde una perspectiva cristiana.

      ¿De qué nos habla el cuerpo? A la luz de la revelación bíblica, el cuerpo humano nos recuerda la creación del hombre, y, por tanto, de Dios: «Me plasmaste en el seno de mi madre» (Sal 139,13). En consecuencia, «sólo cuando reconoce el amor original que le ha dado la vida, el hombre puede aceptarse a sí mismo, puede reconciliarse con la naturaleza y con el mundo».

El sentido bíblico de la sexualidad: recibirse para darse

Desde el lenguaje del cuerpo se pasa al sentido de la sexualidad. Según el Génesis, el hombre y la mujer se encuentran, al principio, «un lenguaje que no han creado, un eros radicado en su naturaleza, que les invita a recibirse mutuamente del Creador, para poder, de esta manera, donarse». Se trata de una “nueva creación”, la vida de los dos en una sola carne.

      «La verdadera fascinación de la sexualidad nace de la grandeza de este horizonte que se abre: la belleza integral, el universo de la otra persona y del ‘nosotros’ que nace de la unión, la promesa de comunión que allí se esconde, la fecundidad nueva, el camino que el amor abre hacia Dios, fuente de amor». Un camino en el que «el cuerpo nos enseña el valor del tiempo, de la lenta maduración en el amor».

      Así se llega a comprender el sentido positivo de la castidad matrimonial: «Desde esta perspectiva, la virtud de la castidad recibe un nuevo sentido. No es un ‘no’ a los placeres y a la alegría de la vida, sino el gran ‘sí’ al amor como comunicación profunda entre las personas, que exige tiempo y respeto, como camino hacia la plenitud y como amor que se convierte en capaz de generar la vida y de acoger generosamente la vida nueva que nace».

      Tal es el “diseño original” de Dios sobre la sexualidad. Pero el pecado alteró ese lenguaje positivo del cuerpo y ese horizonte, fascinante y bello, de la sexualidad. Y por eso ahora el cuerpo contiene también un lenguaje negativo (“nos habla de la opresión del otro, del deseo de poseer y disfrutar”), como resultado de la caída.

      Y así queda estropeado el lenguaje del amor mutuo, su horizonte y su fruto: «Cuando se lo separa de su sentido filial, de su conexión con el Creador, el cuerpo se rebela contra el hombre, pierde su capacidad de hacer brillar la comunión y se convierte en terreno del que se apropia el otro». Y observa Benedicto XVI: «¿No es quizás, éste el drama de la sexualidad, que hoy permanece encerrada en el círculo estrecho del propio cuerpo y en la emotividad, pero que en realidad puede realizarse sólo en la llamada a algo más grande?»

La familia: donde la teología del cuerpo y la teología del amor se unen

¿Y la solución? Está en lo que Juan Pablo II llamaba “humildad del cuerpo” o “la redención del cuerpo”. Es decir, en reconocer que solos no podemos arreglar el lenguaje del cuerpo, recuperar la fuerza de su bella promesa, y necesitamos de Dios. Pues bien, el proyecto divino de la sexualidad se manifiesta y realiza en la familia. En la familia se unen y se restauran el lenguaje del cuerpo y el sentido del amor. Vale la pena transcribir íntegro el argumento de Benedicto XVI: «La familia, es decir el lugar donde la teología del cuerpo y la teología del amor se une. Aquí se aprende la bondad del cuerpo, el testimonio bueno de su origen, en la experiencia del amor que recibimos de los padres. Aquí se vive el don de sí en una sola carne, en la caridad conyugal que une a los esposos. Aquí se experimenta la fecundidad del amor, y la vida se entrelaza a la de las otras generaciones. Es en la familia donde el hombre descubre su relación, no como individuo autónomo que se autorrealiza, sino como hijo o hija, esposo o esposa, padre o madre, cuya identidad se funda en el ser llamado al amor, a recibirse de otros y a darse a los otros».

      Ese proyecto divino sobre el cuerpo y la vocación al amor puede recuperarse y realizarse con creces porque lo asumió el Hijo de Dios: «Como Hijo, recibió el cuerpo filial en la gratitud y en la escucha del Padre y ha dado este cuerpo por nosotros, para generar así el cuerpo nuevo de la Iglesia». Por eso en la Iglesia, familia de Dios, la vocación al amor «es una llamada a la comunión de las personas en la doble forma de vida, de la virginidad y del matrimonio». Y encuentra como raíz y anticipo la figura de María: «En su cuerpo de mujer ha tomado cuerpo aquel Amor que genera la Iglesia».

      Estamos ante una síntesis espléndida de la teología del cuerpo y del amor, que enlaza la reflexión de Juan Pablo II con la perspectiva de Benedicto XVI, ya expresada en su primera encíclica, Deus caritas est. Una certera pauta para la pastoral matrimonial y prematrimonial, y para la educación sexual de los jóvenes y adolescentes.

Ramiro Pellitero. Universidad de Navarra

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