Almudi.org
  • Inicio
  • Libros
  • Películas
    • Estrenos de CINE
    • Estrenos de DVD - Streaming
    • Series de TV
  • Recursos
    • Oración y predicación
    • La voz del Papa
    • Infantil
    • Documentos y libros
    • Opus Dei
    • Virtudes
    • Kid's Corner
  • Liturgia
    • Misal Romano
    • Liturgia Horarum
    • Otros Misales Romanos
    • Liturgia de las Horas
    • Calendario Liturgico
    • Homilías de Santa Marta
  • Noticias
  • Almudi
    • Quiénes somos
    • Enlaces
    • Voluntariado
    • Diálogos de Teología
    • Biblioteca Almudí
  • Contacto
    • Consultas
    • Colabora
    • Suscripciones
    • Contactar
  • Buscador
  • Noticias
  • El negocio

El negocio

  • Imprimir
  • PDF
Escrito por Paco Sánchez
Publicado: 25 Julio 2011
En aquel momento, el partido con mayor nivel de autofinanciación apenas sobrepasaba el 40 por ciento, mientras que la Iglesia llegaba casi al 80<br /><br />

Vagón Bar

Pensaba que nunca contaría esta historia, pese a que podría contarla con nombres, fechas, horas, lugares y datos muy exactos

      Pensaba que nunca contaría esta historia, al menos, por escrito. Algunos acontecimientos recientes me han llevado a revivirla y traerla aquí, siquiera de una forma velada, en semipenumbra, sin nombres ni lugares, sin tiempos precisos, sin detalles, pese a que podría contarla con nombres, fechas, horas, lugares y datos muy exactos.

      No me faltan, además, testigos capaces de autorizarla. Sé que así pierde fuerza, pero no quiero responder a la mezquindad con mezquindad y me cansa un poco, a la vez, la bobaliconería de algunas personas, buenas pero ingenuas, capaces de admitir a ciegas lo evidente y su contrario.

      Ocurrió hace unos años y en un acto público. Me habían sentado en la mesa de la presidencia, encabezada a su vez por un político. Salvo tres profesionales que nada tenían que ver con la política, los demás comensales pertenecían al mismo partido que quien ocupaba la cabecera y ostentaban, como él, cargos públicos.

      Era una cena y, ya en el primer plato, me sentí incómodo con los comentarios contra la Iglesia católica que procedían de quien presidía, porque ni tenían nada que ver con el asunto que nos convocaba allí ni me parecían justos. Me alarmé cuando se refirió con burla a un eclesiástico de quien dijo, para mayor vergüenza, que había sido su cliente, algo incompatible con el código ético de cualquier profesión, pero muy especialmente de la suya.

      Después, riéndose, comentó que para calibrar “cómo iba el negocio” se acercaba los domingos a la salida de la misa de una. Si veía mermar el número de asistentes, consideraba que “el negocio” iba bien. Obviamente, no se refería a su negocio privado, sino al político, y por el modo triunfal de decirlo, parecía que realmente le iba bien, aunque, de hecho, no ha ganado una sola elección desde entonces, pese a que se han celebrado ya unas cuantas. Con aquel comentario se acabó mi paciencia, no pude aguantar más, y le dije que mirase por si acaso en la salida de misas más tempranas. Me miró sorprendido, como si no fuera cortés contradecirle o como si no entendiera, pero no replicó.

      Se repuso de aquella primera adversidad e insistió en los comentarios grotescos. Al cabo de un rato dijo con tono serio y autoridad: «Lo que la Iglesia tiene que hacer es autofinanciarse». Contesté: «Mira, en eso estoy totalmente de acuerdo», y me callé. Tanto él como sus correligionarios sonrieron complacidos, contentos de que el díscolo empezase a entrar en razón, pero callaron también, quizá para liberar un espacio sobre el que pudiera engarzar una glosa amplia y en la línea que esperaban. Así que aterricé en ese silencio y continué un poco más. Les dije que a la Iglesia le convendría la autofinanciación completa, porque se haría aún más inmune a las presiones políticas (las caras parecían aun complacidas, pero no tanto), y añadí: «De todos modos, su nivel de autofinanciación es muchísimo más alto que el de algunos partidos políticos».

      En aquel momento, el partido con mayor nivel de autofinanciación —que no era el de los presentes— apenas sobrepasaba el 40 por ciento, mientras que la Iglesia llegaba casi al 80. Lo expliqué. Se helaron definitivamente las sonrisas y se adensó el silencio. La parlamentaria que tenía a mi izquierda decidió hacer algo: me cogió del brazo y en voz baja me dijo que veía que yo estaba muy al tanto de estos asuntos tan interesantes y que, quizá, deberíamos hablarlos con más profundidad en otro momento. Nunca más supe de ella.

      Enfrente, para mi sorpresa y consuelo, alguien me sonreía con cara de aprobación entusiasta: uno de aquellos tres ajenos a la política, a quien no conocía, y que ahora es un gran amigo.

Paco Sánchez

  • Anterior
  • Siguiente

Colabora con Almudi

Quiero ayudar
ARTÍCULOS
  • Una crítica sustancial del marxismo
    Jorge Uscatescu
  • “Experiencias de Dios” en la vida cotidiana
    Trinidad León
  • La importancia de ser humano
    Jorge V. Arregui
  • «Bodas de sangre» y sus elementos trágicos
    Luis González del Valle
  • Acontecer y acontecimiento en Nietzsche
    Luis Eduardo Gama Barbosa
  • Importancia de la familia en Perú: Un análisis de la realidad a partir de datos estadísticos
    Jorge Rafael Diaz Dumont
  • Palabra de Dios, palabra del hombre
    Martín Gelabert Ballester
  • Libertad y dignidad de la persona humana
    Martín Kriele
  • Bases fundamentales de la cultura de paz
    Egla Cornelio Landeroa
  • Viktor Frankl a la mujer y al hombre de hoy
    Wenceslao Vial
  • La filiación del pensamiento de Søren Kierkegaard
    Juan Fernando Sellés
  • El vínculo especial de cuidado: construcción de una teoría fundamentada
    Lorena Chaparro Díaz
  • La irracionalidad de lo racionalizado: Una crítica desde la materialidad de la ética
    Luis Fernando Villegas
  • El Corazón como camino
    Antonio Schlatter Navarro
  • La resurrección de Jesús en los orígenes cristianos
    José Juan Romero
MÁS ARTÍCULOS

Copyright © Almudí 2014
Asociación Almudí, Pza. Mariano Benlliure 5, entresuelo, 46002, Valencia. España

  • Aviso legal
  • Política de privacidad