Por este camino, Occidente no necesitará ningún enemigo que le dé la puñalada al corazón; se la está dando a sí mismo. La “civilización de la nada” ya está servida
Y no escribo “esclavitud” entre comillas, porque se trata de la esclavitud en el sentido más real, y pleno de la palabra que señala la Academia: “Esclavitud: estado de esclavo. Esclavo: persona que por estar bajo el dominio de otra carece de libertad”.
Cambian los esclavos, cambian los traficantes de esclavos: la esclavitud sigue idéntica a sí misma: compra de un ser humano, y pleno dominio sobre él, sobre su vida, sobre toda su persona.
Hace apenas siglo y medio, hombres y mujeres hechos y derechos eran encarcelados en cualquier rincón de África, y conducidos a América, a Europa, a otras partes del mundo, y vendidos al mejor postor como si se tratara de un rebaño de ganado.
Ahora, los esclavos son óvulos comprados a una mujer dispuesta a venderlos, fecundados con máquinas manejadas por una manipulador digital, y crecidos y desarrollados en un vientre de alquiler.
Seres humanos −en este proceso a nadie se le ocurre preguntarse si son “hombres” o “mujeres” antes de la primera, de la segunda, de la cuarta o decimoquinta semana. Todos buscan un “hijo”, una “hija”, y saben que esto es lo que van a recibir finalizada la compra.
Lo reciben lo compran: ¿con qué derecho? Con el mismo que argüían los compradores de esclavos: el dinero; o sea, por la pura fuerza de la Esclavitud. Un negocio que genera −y son datos aproximativos− unos 200.000 millones de euros al año. El ser humano convertido en pura y simple moneda de cambio.
Y al otro lado de estas criaturas sin raíces, sin padres, sin madres, convertidos en números de protocolo −¡qué corta de imaginación se ha quedado “La vida feliz” de Huxley!−, las clínicas especializadas sostenidas con el dinero de homosexuales, norteamericanos e ingleses, sus principales clientes, ansiosos de “tener” “esclavos” −porque nunca podrán engendrar hijos−, comprando los óvulos, los vientres, las clínicas de la India, y de otros países de Asia y Europa.
¿Es ésta la gran “influencia cultural”, la “modernización”, el “progreso de la razón” que Occidente quiere aportar a los países −“atrasados”− de todo el mundo? ¿No es más bien la miseria de la “civilización de la nada”, que pensadores europeos vislumbraron a finales del siglo pasado?
Y a este comercio, se une el negocio infame de las clínicas abortistas −también en España− sostenidas y legalizadas por el gobierno. ¿No son acaso esclavos asesinados los niños abortados, a quienes se ha privado del derecho a nacer y de la libertad de crecer y desarrollarse, y que han sido entregados al dominio cruel de quienes les han condenado a muerte, de quienes los han “esclavizado”?
Nos llama la atención la lista de gobernantes con cuentas bancarias en el extranjero. Y nos cuesta poco hablar entonces de corrupción. “Esa es otra cuestión”, dirán algunos, “se trata de nuestro dinero”. Y considerarán esa “corrupción” otra cuestión sin más problemas. Ciertamente, ésa es la más simple −y no por eso menos abominable− de las corrupciones.
La “fabricación” de niños a quienes se le arranca el derecho a tener un padre y una madre, y se les somete al dominio de dos individuos que “juegan” a “papá” y a “mamá”, y los convierten en sus “esclavos”; y la matanza de seres vivos en el seno materno, ¿no es acaso la mayor corrupción, un verdadero retorno a la Esclavitud, vivida en frío y a sangre fría?
Corrupción del dinero; corrupción de la vida y de las personas. Retorno de la Esclavitud. Por este camino, Occidente no necesitará ningún enemigo que le dé la puñalada al corazón; se la está dando a sí mismo. La “civilización de la nada” ya está servida.
Ernesto Juliá Díaz
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