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  • Eutrapelia: la virtud de la diversión en Aristóteles y Tomás de Aquino Diego Damián Jiménez Salinas

 

Índice:

1.       ¿Una cuestión menor?

1.1.    Delimitación del concepto

1.2.    Eutrapelia: la diversión ordenada

2.       La diversión desordenada

2.1.    La diversión excesiva del bomólogo

2.2.    La diversión defectuosa del agroico

BIBLIOGRAFÍA


1. ¿Una cuestión menor?

En el libro cuarto de la Ética a Nicómaco, Aristóteles se refiere a la virtud que ordena el descanso y la diversión: la eutrapelia. Santo Tomás habla de esta virtud principalmente en laSuma Theologiae (II-II, q. 168, aa. 2-4), y en su comentario a la Ética (IV, l. 16), pero a lo largo de su obra vemos que lo lúdico aparece en 173 sentencias. Esta abundancia nos da idea de que no es una cuestión marginal en el pensamiento del Aquinate. Solamente en la Sumadedica a esta virtud el triple de espacio que Aristóteles en la Ética, e invoca autoridades de autores paganos (como Cicerón) y cristianos (Ambrosio y Agustín, entre otros).

1.1.Delimitación del concepto

La palabra que emplea Tomás de Aquino para referirse al campo de ejercicio de la eutrapelia es «ludus», que, aunque normalmente se traduzca como «juego», tiene un sentido más amplio que el que le asignamos habitualmente en castellano. Me parece más correcto traducirlo por «diversión», ya que se refiere no sólo a las actividades que llamamos lúdicas o deportivas, sino al ocio en general, es decir, a todo aquello que nos sirve para descansar del trabajo, desde el juego y el deporte hasta las bromas, chistes, ocurrencias y dichos ingeniosos. Así se entiende que Tomás de Aquino traduzca eutrapelia por «iucunditas», es decir, «buen humor». En este sentido, Tomás habla también del «eutrapelus» como «bene vertente» (siguiendo la etimología griega, por al que Aristóteles quiere comparar la eutrapelia como virtud del alma flexible a la agilidad del cuerpo que se mueve con soltura). Esa interpretación del alegre, que sería «aquél que se vuelve o convierte bien», lleva al Aquinate a hablar de la eutrapelia como la capacidad de convertir adecuadamente en risa las incidencias de lo cotidiano:

«Et dicit, quod illi qui moderate se habent in ludis vocantur eutrapeli, quasi bene vertentes, quia scilicet ea quae dicuntur vel fiunt convenienter in risum convertunt».[1]

1.2. Eutrapelia: la diversión ordenada

Aristóteles sale al paso de quienes condenan toda actividad ociosa, señalando que, «dado que en la vida también hay descanso y en éste hay entretenimiento acompañado de diversión, parece que también aquí se produce una cierta elegancia de trato entre lo que se debe decir y cómo decirlo, e igualmente en oír».[2] El descanso es una actividad lícita, y aun necesaria, no tanto como fin en sí misma, sino ordenada a la acción. Santo Tomás ilustra la conveniencia del ocio con una historieta que toma de las Colaciones de los Padres:

«El evangelista san Juan, cuando algunos se escandalizaran de verlo jugando  con sus discípulos, mandó a uno de ellos, que tenía un arco, que tensara una flecha. Después de hacerlo muchas veces, le preguntó si podría hacerlo ininterrumpidamente, a lo que el otro respondió que, si lo hiciera así, se rompería el arco. San Juan hizo notar entonces que, al igual que el arco, se rompería también el alma humana si se mantuviera siempre en la misma tensión».[3]

La diversión es necesaria con vistas a la acción, pues sólo el que de vez en cuando descansa del trabajo y se divierte podrá luego reemprenderlo con fuerzas renovadas, mientras que el que trabaja sin descanso sucumbirá a la tensión del esfuerzo continuo, y al cabo cumplirá peor su función, y el fruto de su acción será peor que la del que sabe divertirse. Aristóteles señala que «en la conservación de esta vida es necesario descansar mediante el juego. Hay que hacer uso de él, por tanto».[4]

Para que este uso sea ordenado y conforme a razón, Santo Tomás afirma que hay que cuidar tres cosas:

1) evitar que este deleite se busque en obras o palabras torpes o nocivas,

2) o que la gravedad del espíritu se pierda totalmente;

3) por último, hay que procurar que el juego se acomode a la dignidad de la persona y al tiempo, es decir, que sea digno del tiempo y del hombre

Estos excesos se evitan por la eutrapelia o alegría (iucunditas), que ordena según la razón el juego y la diversión.

2. La diversión desordenada

2.1 La diversión excesiva del bomólogo

El que se excede en la diversión incurre en el vicio de bomología: nada ni nadie es ahorrado para alimentar su desordenado deseo de divertirse y provocar la risa. Aristóteles habla de estos así:

«Los que se exceden en lo risible parecen bufones y toscos porque está siempre pendientes de lo ridículo y tienden más a provocar la risa que a hablar con decoro y no dañar a quienes son objeto de sus burlas».[5]

De cualquier ocasión hace motivo de burla, sin reparar en las circunstancias, y así no le importa ofender a los demás o resultar él mismo ridículo, ni tiene reparos en bromear en lugares y tiempos que naturalmente exigen gravedad. El Aquinate señala «que nadie llama a éste gracioso, es decir, virtuoso».[6] En castellano existe la voz «truhán» para referirse al que así se excede en la broma, y que se define como “aquél que con bufonadas, gestos, cuentos o patrañas procura divertir y hacer reír” (DRAE).

Santo Tomás distingue al bomolochus del irrisor. Mientras éste pretende zaherir a los demás con sus bromas, es decir, su fin es la ofensa, el bomólogo sólo pretende divertirse y divertir, aunque para conseguirlo ofenda a los demás o se ridiculice a sí mismo; su fin, por tanto, es la diversión, y a ella consagra el bienestar y aun la dignidad propia y ajena. El irrisor es necesariamente malévolo, mientras que el bomolochus puede ser sólo inoportuno, y se le compara a los milanos que rondan los templos para hacer rapiña de las vísceras de los animales inmolados, pues son incapaces de distinguir lo conveniente de lo inconveniente, y así hacen motivo de broma aquello que de ninguna manera lo es[7].

En el exceso de diversión ve Tomás un pecado, según Prov 14,13: «La risa se mellará con el llanto, y el gozo termina en luto». Como en el exceso de diversión hay risa y gozo desordenados, les corresponde el llanto y luto que anuncia el proverbio. La diversión será excesiva cuando sobrepase la norma de la razón, y por tanto exceda el dominio de la eutrapelia. Este exceso puede ser grave, en primer lugar, por las mismas acciones que se realizan en el juego, cuando es grosero, insolente, disoluto y obsceno, es decir, cuando con ocasión del ocio hay palabras o acciones torpes o nocivas al prójimo en materia grave. También puede haber grave exceso por falta de las debidas circunstancias, como el hacer uso de él en lugar o tiempo indebido, o de forma que desdiga de la dignidad de la persona o de su profesión. Por último, también puede ser pecado mortal cuando, por exceso de pasión, se prefiere la diversión al amor de Dios, y se violan los preceptos de Dios o de la Iglesia por no dejar de divertirse.[8]

2.2. La diversión defectuosa del agroico

Pero la diversión no sólo puede ser viciosa por exceso, sino también por defecto. A este vicio llama Aristóteles agroikía. El agroico, que el Filósofo llama también duro o rústico, es aquél para quien toda diversión es inútil, y no se permite bromear bajo ningún concepto, ni tolera que los demás lo hagan en su presencia. Tomás les llama «agrii», es decir, «amargos». La palabra «rusticidad», que en castellano remite a la persona sencilla, poco sofisticada, pero no necesariamente viciosa, no hace justicia a la noción de agroicismo; será más exacto hablar de «dureza» o «amargura».

En la Summa Theologiae, II-II, q.168, a.4, Tomás de Aquino explica que «va contra la razón el mostrarse oneroso para con los otros, es decir, no proporcionarles nada agradable, e impedir sus deleites». Peca por defecto el que nunca se permite un chiste, ni consiente que los demás bromeen en su presencia, aunque sus chanzas sean ordenadas por la razón. Los que esto hacen no son austeros, sino duros, pues la austeridad sólo veta los deleites desordenados, y la diversión y broma es justa cuando se ordena a la razón, y entonces no hay motivo para rechazarla sin pecar.[9] El defecto de diversión, no obstante, es menos vicioso que el exceso, ya que el deleite no se ordena directamente a la felicidad de la vida humana, sino sólo a la acción, por cuanto consiste en el justo descanso de ésta. Y sigue lo que dice Aristóteles, «que un poco de sal basta para condimentar toda la comida».[10]


BIBLIOGRAFÍA

Aristóteles, Ética a Nicómaco, Alianza, Madrid 2002.

––, Ética nicomáquea. Ética eudemia, Gredos, Madrid 41998.

Tomás de Aquino, Sto., Sententia libri Ethicorum, Pamplona 2001.

––, Suma de Teología, BAC, Madrid 1994.


NOTAS:

[1] In IV Ethic. 16,5

[2] Ética a Nicómaco IV, 8 (en adelante EN).

[3] S.Th., II-II, q.168, a.2co. El ejemplo lo toma de Casiano, col.24 c.21: ML 49,1312.

[4] EN, IV, 8

[5] EN, VI, 8

[6] In IV Ethic. 16,15

[7] In IV Ethic. 16,3.

[8] S.Th., II-II, q.168, a.3co.

[9] S.Th., II-II, q.168, a.4, ad 3.

[10] EN, VI, 4.

Noticias y opinión

    San Agustín entre nosotros

    José Carlos Martín de la Hoz

    "Ciertamente, se puede ser moderno y vivir el Evangelio, basta con vivir el humanismo cristiano que nos ha recomendado el Papa León XIV".

     


     

                                                                                                                                                                                                                                                                            José Carlos Martín de la Hoz en omnesmag.com

    El Papa León XIV comenzó su primer viaje a España con la mayor ilusión y entusiasmo posibles, pues no solo se preparó espiritualmente y se documentó lo necesario, sino que habló con los periodistas en el avión y se acercó fila a fila para entretenerse con cada uno de ellos.

    Esta ha sido la tónica de todo este largo e intenso viaje: buscar a la gente, acercarse a las personas, a cada persona; autoridades, miembros de la escolta, público en la calle, políticos o gentes de la cultura.

    Indudablemente, el programa de actos oficiales estaba bien cargado, y sobre todo muy pensado, pero también hay que reconocer que la agenda privada estaba también muy llena de visitas y atenciones de casos especiales, de personas necesitadas y de problemas delicados.

    Los saludos y estrechones de manos del santo Padre no han sido en ningún momento protocolarios; sus conversaciones con los niños del colegio que le recibieron en el aeropuerto o con la reina Leticia, eran conversaciones afables, abrazos sonrientes, abiertos y entrañables.

    El Santo Padre es muy humano y muy divino, y ha predicado con el ejemplo lo que luego iba a salir en todas sus intervenciones: el diálogo fraterno, aprender del otro, estar a la escucha. Ciertamente ha reflejado a las claras tener un corazón de misionero agustino que siempre estaba con el pueblo y que vivía con los indígenas y que ahora sigue latiendo en un corazón universal.

    El Santo Padre ha venido a España a encontrarse con cada uno de nosotros y darnos su afecto, su cordialidad y su simpatía arrolladora. León XIV es la viva figura de san Agustín: un hombre tocado por el amor de Dios cuya misión fue sencillamente amar a cada persona con la que se cruzaba y enseñar a amar con su predicación, con su vida y con sus escritos.

    La frase más repetida estos días, era el marco-anuncio de la visita: “alzad la mirada”. Esto, ciertamente, se podía hacer de muchas maneras: como lo hubiera hecho san Juan Pablo II, Benedicto XVI, Francisco, o como lo ha hecho León XIV: siendo Cristo que pasa en nuestra tierra, que atrae con su mirada, con su sonrisa, con su naturalidad agustiniana y americana.

    Después de leer el libro de las “Conversiones “de San Agustín, su “De civitate Dei”, “de unico baptismo” o el de “bono matrimonii”, ciertamente se concluye que no estamos en el discurso oriental del pontífice polaco ni en la cálida racionalidad de Ratzinger, ni en el empuje de Francisco, sino en el corazón ardiente de san Agustín como se refleja en el escudo pontificio de León XIV.

    Las ideas que nos iba a trasmitir ya habían sido preanunciadas en su Encíclica “Magnifica humanitas” (25 de mayo de 2026), lo que ciertamente descolocó a todos los que habían escrito sus discursos en el mes de mayo para tenerlo ya todo preparado y controlado: discursos, crónicas periodísticas o las columnas de los diarios y chascarrillos de los tertulianos.

    Pero una cosa es ver redactados los discursos, oírlos, escucharlos detenidamente con papel y bolígrafo y otra, bien distinta, es caer en la cuenta de que el Espíritu Santo había decidido un cambio de marchas de mayor calado de lo que nos habíamos imaginado. Hemos vuelto a Platón, al mundo de las ideas, al corazón apasionado. A las frases cortas o a los discursos bellísimos a la literatura clásica del siglo de oro de las letras castellanas. Hacía falta que alguien nos diera un revolcón cultural y nos recordara las raíces cristianas de España.

    Igual que surgió el Romanticismo alemán después de Kant y Descartes, era necesario que surgiera el corazón de Agustín después del tomismo renovado por la Escuela de Salamanca que ya había sido el nervio del discurso del santo Padre desde el día que llegó.

    Ciertamente, en el discurso en el Palacio de Oriente, el Santo Padre comenzó por agradecer a España su aportación al Derecho internacional y eso descolocó a algunos que no vieron a Vitoria y su derecho de gentes, sino que pensaron en las diatribas del Pontífice con Trump y con Sánchez.

    Estamos celebrando el V Centenario del comienzo de la Escuela de Salamanca y con ellos el comienzo de la docencia como catedrático de Prima de la Facultad de Teología de la Universidad de Salamanca.

    La Escuela de Salamanca, comenzada por Francisco de Vitoria aunó a todos los grandes pensadores de su tiempo, jesuitas, dominicos, franciscanos, agustinos de su tiempo, para inventar el humanismo cristiano que fue el paso del humanismo pagano del Renacimiento a un humanismo internacional gracias al derecho natural, al amor a la libertad y a la defensa de la dignidad de la persona humana.

    Ciertamente en Grocio y en la declaración universal de los derechos humanos de 1948 se trascribieron los principios de las Relecciones de Francisco de Vitoria sino que se fundamentaron: aquellos derechos consecuentes de la dignidad de la persona se fundamentaron en que el hombre es y será siempre imagen y semejanza de Dios.

    La mañana del día 8 el santo Padre ha expuesto a los políticos de este país un programa idéntico al que después a recordado a los obispos reunidos en la Conferencia episcopal española que celebraban el sesenta aniversario de su constitución.

    Ciertamente, se puede ser moderno y vivir el Evangelio, como decía Juan Pablo II en Colón, basta con vivir el humanismo cristiano que nos ha recomendado el Papa León XIV como aprendió de la Escuela se Salamanca y la virtud de la caridad como nos enseñó el Papa Francisco y san Agustín.

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