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San Agustín entre nosotros

Escrito por: José Carlos Martín de la Hoz
Publicado: 10 Junio 2026

"Ciertamente, se puede ser moderno y vivir el Evangelio, basta con vivir el humanismo cristiano que nos ha recomendado el Papa León XIV".

 

 

                                                                                                                                                                                                                                                                        José Carlos Martín de la Hoz en omnesmag.com

El Papa León XIV comenzó su primer viaje a España con la mayor ilusión y entusiasmo posibles, pues no solo se preparó espiritualmente y se documentó lo necesario, sino que habló con los periodistas en el avión y se acercó fila a fila para entretenerse con cada uno de ellos.

Esta ha sido la tónica de todo este largo e intenso viaje: buscar a la gente, acercarse a las personas, a cada persona; autoridades, miembros de la escolta, público en la calle, políticos o gentes de la cultura.

Indudablemente, el programa de actos oficiales estaba bien cargado, y sobre todo muy pensado, pero también hay que reconocer que la agenda privada estaba también muy llena de visitas y atenciones de casos especiales, de personas necesitadas y de problemas delicados.

Los saludos y estrechones de manos del santo Padre no han sido en ningún momento protocolarios; sus conversaciones con los niños del colegio que le recibieron en el aeropuerto o con la reina Leticia, eran conversaciones afables, abrazos sonrientes, abiertos y entrañables.

El Santo Padre es muy humano y muy divino, y ha predicado con el ejemplo lo que luego iba a salir en todas sus intervenciones: el diálogo fraterno, aprender del otro, estar a la escucha. Ciertamente ha reflejado a las claras tener un corazón de misionero agustino que siempre estaba con el pueblo y que vivía con los indígenas y que ahora sigue latiendo en un corazón universal.

El Santo Padre ha venido a España a encontrarse con cada uno de nosotros y darnos su afecto, su cordialidad y su simpatía arrolladora. León XIV es la viva figura de san Agustín: un hombre tocado por el amor de Dios cuya misión fue sencillamente amar a cada persona con la que se cruzaba y enseñar a amar con su predicación, con su vida y con sus escritos.

La frase más repetida estos días, era el marco-anuncio de la visita: “alzad la mirada”. Esto, ciertamente, se podía hacer de muchas maneras: como lo hubiera hecho san Juan Pablo II, Benedicto XVI, Francisco, o como lo ha hecho León XIV: siendo Cristo que pasa en nuestra tierra, que atrae con su mirada, con su sonrisa, con su naturalidad agustiniana y americana.

Después de leer el libro de las “Conversiones “de San Agustín, su “De civitate Dei”, “de unico baptismo” o el de “bono matrimonii”, ciertamente se concluye que no estamos en el discurso oriental del pontífice polaco ni en la cálida racionalidad de Ratzinger, ni en el empuje de Francisco, sino en el corazón ardiente de san Agustín como se refleja en el escudo pontificio de León XIV.

Las ideas que nos iba a trasmitir ya habían sido preanunciadas en su Encíclica “Magnifica humanitas” (25 de mayo de 2026), lo que ciertamente descolocó a todos los que habían escrito sus discursos en el mes de mayo para tenerlo ya todo preparado y controlado: discursos, crónicas periodísticas o las columnas de los diarios y chascarrillos de los tertulianos.

Pero una cosa es ver redactados los discursos, oírlos, escucharlos detenidamente con papel y bolígrafo y otra, bien distinta, es caer en la cuenta de que el Espíritu Santo había decidido un cambio de marchas de mayor calado de lo que nos habíamos imaginado. Hemos vuelto a Platón, al mundo de las ideas, al corazón apasionado. A las frases cortas o a los discursos bellísimos a la literatura clásica del siglo de oro de las letras castellanas. Hacía falta que alguien nos diera un revolcón cultural y nos recordara las raíces cristianas de España.

Igual que surgió el Romanticismo alemán después de Kant y Descartes, era necesario que surgiera el corazón de Agustín después del tomismo renovado por la Escuela de Salamanca que ya había sido el nervio del discurso del santo Padre desde el día que llegó.

Ciertamente, en el discurso en el Palacio de Oriente, el Santo Padre comenzó por agradecer a España su aportación al Derecho internacional y eso descolocó a algunos que no vieron a Vitoria y su derecho de gentes, sino que pensaron en las diatribas del Pontífice con Trump y con Sánchez.

Estamos celebrando el V Centenario del comienzo de la Escuela de Salamanca y con ellos el comienzo de la docencia como catedrático de Prima de la Facultad de Teología de la Universidad de Salamanca.

La Escuela de Salamanca, comenzada por Francisco de Vitoria aunó a todos los grandes pensadores de su tiempo, jesuitas, dominicos, franciscanos, agustinos de su tiempo, para inventar el humanismo cristiano que fue el paso del humanismo pagano del Renacimiento a un humanismo internacional gracias al derecho natural, al amor a la libertad y a la defensa de la dignidad de la persona humana.

Ciertamente en Grocio y en la declaración universal de los derechos humanos de 1948 se trascribieron los principios de las Relecciones de Francisco de Vitoria sino que se fundamentaron: aquellos derechos consecuentes de la dignidad de la persona se fundamentaron en que el hombre es y será siempre imagen y semejanza de Dios.

La mañana del día 8 el santo Padre ha expuesto a los políticos de este país un programa idéntico al que después a recordado a los obispos reunidos en la Conferencia episcopal española que celebraban el sesenta aniversario de su constitución.

Ciertamente, se puede ser moderno y vivir el Evangelio, como decía Juan Pablo II en Colón, basta con vivir el humanismo cristiano que nos ha recomendado el Papa León XIV como aprendió de la Escuela se Salamanca y la virtud de la caridad como nos enseñó el Papa Francisco y san Agustín.

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