En cuanto sucesor de san Josemaría, el Prelado del Opus Dei es el padre común que refleja la paternidad de Dios

El amor a la Obra es parte de un amor a la Iglesia, madre de los cristianos, que prolonga la presencia de Jesucristo en el mundo hasta su última venida. Y ese amor incluye una caridad auténtica hacia las figuras del Fundador del Opus Dei y de sus sucesores: cada uno es, mientras es Prelado del Opus Dei, el Padre, sea quien sea. Así, después del primer sucesor de san Josemaría, el beato Álvaro del Portillo, el Padre de esa pequeña familia dentro de la Iglesia fue Mons. Javier Echevarría, nombrado por Juan Pablo II en 1994, el mismo año en que falleció el beato Álvaro y posteriormente, nombrado por Papa Francisco el 23 de enero de 2017, Mons. Fernando Ocáriz, tras el fallecimiento de Mons. Javier Echevarría.

Ya en los tiempos apostólicos, san Pablo llamaba a Timoteo “verdadero hijo en la fe” (Tm 1,2), y escribía que Timoteo le acompañaba “como un hijo con su padre” (Flp 2,22). Entonces, ¿cómo entender aquellas palabras de Jesucristo, unos años antes: “No llaméis padre vuestro a nadie en la tierra” (Mt 23,9)?

Acordémonos de otra afirmación del Señor: “Nadie es bueno sino sólo Dios” (Lc 18,19). Sólo Dios es bueno por esencia; sólo Él es la Bondad. A la vez, su Amor le lleva a hacer partícipes de su bondad a las criaturas, por lo que todas las cosas son buenas (cf. Gen 1, 31). De modo análogo, dijo el Señor que “sólo uno es vuestro Padre, el celestial” (Mt 23,9). Sólo Dios realiza la paternidad en un sentido pleno, perfecto. Pero también ha querido que algunos de sus hijos participen de la paternidad divina, en diversos grados y sentidos. San Pablo llama a Abraham “padre de todos nosotros” (Rm 4,17; cf. Gn 17,5), porque procedemos de su fe que es modelo de la fe cristiana[1]. La Iglesia católica lo menciona como “nuestro padre” en el Canon Romano[2]. Es en ese sentido que al fundador del Opus Dei y a sus sucesores se les llama “padre”, así como los obispos y los sacerdotes son también padres en el Señor[3].

1. Sólo Dios es Padre: algunos hombres participan de esa paternidad

“Esa paternidad está presente en el Hijo Unigénito hecho hombre, por la unidad de las Personas divinas en su distinción relativa: «el que me ha visto a mí ha visto al Padre» (Jn 14,9), dice el Señor. Pero además, Dios ha querido reflejar su paternidad en sus hijos, de diversos modos (cf. Ef 3,14-15). Hay una generación humana natural con la correspondiente paternidad y hay también una generación sobrenatural que da lugar a una paternidad espiritual (cf. Jn 1,13). De ésta última se sentían depositarios los Apóstoles cuando el Señor les envió como Él había sido enviado por el Padre (cf. Jn 20,21) para comunicar la vida sobrenatural, enseñando el Evangelio y bautizando (cf. Mt 28,19). Hondamente debía sentir san Pablo esa paternidad cuando escribe: «Aunque tengáis diez mil pedagogos en Cristo, no tenéis muchos padres, porque yo os engendré en Cristo Jesús por medio del Evangelio» (1 Co 4,15). «Hijos míos, por quienes padezco otra vez dolores de parto, hasta que Cristo esté formado en vosotros» (Ga 4,19)[4]”.

“Después de los Apóstoles, esa paternidad sobrenatural corresponde en la Iglesia a los Obispos y ante todo a su cabeza, el Sucesor de Pedro, Pastor Universal. Él es llamado ‘Santo Padre’, por ser el primer depositario de una verdadera paternidad santa, sobrenatural. Y es el Padre común a todos, según enseña el Concilio Vaticano I: «el Romano Pontífice es sucesor del bienaventurado Pedro, príncipe de los Apóstoles, y verdadero vicario de Jesucristo, y cabeza de toda la Iglesia, y padre y maestro de todos los cristianos»[5]. San Josemaría lo llama así algunas veces: Padre común[6] de los cristianos[7]”.

San Juan Pablo II, en su exhortación apostólica sobre el Obispo servidor del evangelio de Jesucristo para la esperanza del mundo, escribe: “Es muy antigua la tradición que presenta al Obispo como imagen del Padre, el cual, como escribió san Ignacio de Antioquía, es como el Obispo invisible, el Obispo de todos. Por consiguiente, cada Obispo ocupa el lugar del Padre de Jesucristo, de tal modo que, precisamente por esta representación, debe ser respetado por todos[8]. Por esta estructura simbólica, la cátedra episcopal, que especialmente en la tradición de la Iglesia de Oriente recuerda la autoridad paterna de Dios, sólo puede ser ocupada por el Obispo. De esta misma estructura se deriva para cada Obispo el deber de cuidar con amor paternal al pueblo santo de Dios y conducirlo, junto con los presbíteros, colaboradores del Obispo en su ministerio, y con los diáconos, por la vía de la salvación[9]. Viceversa, como exhorta un texto antiguo, los fieles deben amar a los Obispos, que son, después de Dios, padres y madres[10]. Por eso, según una costumbre común en algunas culturas, se besa la mano al Obispo, como si fuera la del Padre amoroso, dador de vida[11]”.

“Hay una paternidad espiritual propia de los demás pastores de la Iglesia, no sólo del Papa y de los Obispos[12], y de todo cristiano que, mediante el ejercicio del sacerdocio común, se puede decir que engendra a Cristo en los demás cuando coopera con el Espíritu Santo en la transmisión de la vida sobrenatural[13]”. En ese marco teológico-espiritual general se dibuja la paternidad de san Josemaría, que ha legado un espíritu a quienes se incorporan al Opus Dei, siguiendo una bella dinámica de la vida de la Iglesia. En cuanto sucesor de san Josemaría, el Prelado del Opus Dei es el padre común que refleja la paternidad de Dios. El amor a la Obra es parte de un amor a la Iglesia, madre de los cristianos, que prolonga la presencia de Jesucristo en el mundo hasta su última venida. Y ese amor incluye una caridad auténtica hacia las figuras del Fundador del Opus Dei y de sus sucesores: cada uno es, mientras es Prelado del Opus Dei, el Padre, sea quien sea. Así, después del primer sucesor de san Josemaría, el beato Álvaro del Portillo, el Padre de esa pequeña familia dentro de la Iglesia[14] fue Mons. Javier Echevarría, nombrado por Juan Pablo II (papa de 1978 a 2005) en 1994, el mismo año en que falleció el beato Álvaro[15].

2. Una devoción profunda y filial a san Josemaría

San Pablo habla de “nuestro Padre Abrahán” (Rm 4,12) y de “los que proceden de la fe de Abrahán” (Rm 4,17; cf. St 2,21), sabiendo que solo de Dios se afirma propiamente: “nuestro Dios y Padre de vuestra fe operativa, vuestra caridad esforzada y vuestra constante esperanza en nuestro Señor Jesucristo” (1 Ts 1,2-3). San Josemaría, con su Misa, su oración, su penitencia y su ejemplo, ha contribuido a que la gracia de Dios haga germinar y crecer en el alma de muchos la llamada universal a la santidad, desde “la fe que actúa por la caridad” (Ga 5,1-6). “El Espíritu de la verdad suscita y sostiene este sentido de la fe. Con él, el Pueblo de Dios, bajo la dirección del magisterio... se adhiere indefectiblemente a la fe transmitida a los santos de una vez para siempre, la profundiza con un juicio recto y la aplica cada día más plenamente en la vida[16]”. Con auténtica humildad san Josemaría no dudaba en afirmar: “De pocas cosas puedo ponerme de ejemplo. Y, sin embargo, en medio de todos mis errores personales, pienso que puedo ponerme como ejemplo de hombre que sabe querer. Vuestras preocupaciones, vuestras penas, vuestros desvelos son para mí una continua llamada. Querría, con este corazón mío de padre y de madre, llevar todo sobre mis hombros[17]”. Era un hombre que sabía querer y fácilmente se le devolvía esos sentimientos.

De modo natural ese cariño espontáneo hacia el Padre contribuyó al gozo de saberse miembros de una familia donde el amor, sobrenatural y humano, se manifiesta en cariño, y se hizo participar después del año 1975 también a sus sucesores. Después de su fallecimiento, se empezó a mencionarle como “nuestro Padre”, para no confundirlo en las conversaciones corrientes con sus sucesores, llamados también “Padre”. Ese modo de designar, por ejemplo, a fundadores, es habitual en la Iglesia.

Es normal que, como manifestación de agradecimiento y necesidad del alma, los fieles del Opus Dei acudan a la intercesión de san Josemaría ante Dios. “Por el hecho de que los del cielo están más íntimamente unidos con Cristo, consolidan más firmemente a toda la Iglesia en la santidad... no dejan de interceder por nosotros ante el Padre. Presentan por medio del único Mediador entre Dios y los hombres, Cristo Jesús, los méritos que adquirieron en la tierra... Su solicitud fraterna ayuda, pues, mucho a nuestra debilidad[18]”. Así se refuerza la comunión de los santos: “No veneramos el recuerdo de los del cielo tan sólo como modelos nuestros, sino, sobre todo, para que la unión de toda la Iglesia en el Espíritu se vea reforzada por la práctica del amor fraterno. En efecto, así como la unión entre los cristianos todavía en camino nos lleva más cerca de Cristo, así la comunión con los santos nos une a Cristo, del que mana, como de Fuente y Cabeza, toda la gracia y la vida del Pueblo de Dios[19]”. Sabemos, en efecto, que como decimos a Dios Padre en un Prefacio de la Misa, “eórum coronándo mérita tua dona corónas[20]”: “al coronar sus méritos, coronas tus propios dones”.

3. El Padre en el Opus Dei

Como buen pastor en Cristo[21], el Padre encarna en la Obra la paternidad amorosa de Dios. En esa particular Comunión de los Santos que se vive, paternidad y filiación son dos caras de la misma moneda: la unión con Dios que, a su vez, une a los fieles entre sí[22]. El Padre es, en la Prelatura del Opus Dei, principio y fundamento visible de unidad, de manera análoga a como lo son los demás obispos para la porción del Pueblo de Dios que rigen[23]. Es ante los fieles “maestro, santificador y pastor, encargado de actuar en nombre y en la persona de Cristo”[24], lo que san Agustín no dudaba en llamar una misión, un servicio, un deber de amor: “amoris officium”[25]. En efecto, nadie puede considerarse un pastor digno de este nombre si la caridad no lo hace uno con Cristo[26].

Nadie es padre sin tener hijo, y por eso san Jerónimo afirma que nombrar a un padre, es siempre nombrar a un hijo, referirse a un hijo: “Omnis enim pater filii nomen est”[27]. Como hijos, los fieles del Opus Dei son parte de la vida del Padre. Es más, son parte de su propio ser y de su misión como cabeza de ese cuerpo que es la Obra. Santo Tomás de Aquino, al considerar el amor paterno, dice que los progenitores ven en sus hijos una parte de sí mismos: “ut aliquid sui existentes”[28]. Así, el Padre siente la llamada a ejercer esa paternidad que san Josemaría había asumido “con la plena conciencia de estar sobre la tierra sólo para realizarla[29]”. El fundador del Opus Dei la interiorizaba, y la entendía como una invitación exigente para su santidad. En 1933, al solicitar permiso para arreciar en sus penitencias, exhortaba a su confesor con estas palabras: “Mire que Dios me lo pide y, además, es menester que sea santo y padre, maestro y guía de santos[30]”. Y no dudaba en escribir a sus hijos: “Estoy pendiente de vosotros[31]”. Como haciendo eco a esas palabras de san Josemaría, el segundo sucesor de san Josemaría abre muchas veces su alma con esos mismos sentimientos: “os necesito”, dice por ejemplo en algunas ocasiones.

El Padre manifiesta la ternura de Dios

En la época actual, no falta literatura sobre todo lo que implica ser un buen padre: llevar el peso de una familia, educar en libertad y hacer crecer a los hijos. Algo similar se puede decir de la misión sobrenatural del Padre: ha de guiar a su grey con mano firme y profunda comprensión, también corrigiéndolo cuando se hace necesario para el bien de las almas (cf. Hch 12, 7-11).

A la vez, al Padre le gusta compartir con sus hijos los buenos momentos de la existencia, como por ejemplo una tertulia, donde se cuenta con la misma naturalidad las maravillas de Dios en el apostolado, las noticias de la expansión de la labor de almas, o incluso algún suceso divertido que ayude a no tomarse demasiado en serio. En esos momentos siente el deber de encarnar esa “ternura paterna” en que insiste tanto el Papa Francisco al hablar de Dios[32].

La llamada al Opus Dei, como toda vocación recibida del Señor, es como una perla preciosa (cf. Mt 13,46). La perla nace de un granito de arena y cuando ha crecido destella luz y color. Así como un diamante viene del carbón, la poquedad del hombre, al unirse al don de Dios, hace que uno se sepa amado y comprendido. Meditar en la riqueza del espíritu cristiano, del espíritu del Evangelio tal como lo ha recibido y transmitido san Josemaría, hace que el corazón arda como el de los discípulos de Emaús, de modo que la vida se llena un sentido de misión. Estar unidos al Padre ayuda a los fieles del Opus Dei a unirse más al Papa y a la Iglesia entera. El Padre les recuerda constantemente el Magisterio de los Sucesores de Pedro, y les invita a ensanchar la mirada, a no desfallecer en el servicio a la Iglesia universal.

Hijos mayores de edad

Las virtudes se perfeccionan con el paso del tiempo bajo el impulso de la gracia, mediante el repetido ejercicio de actos virtuosos; a la vez, es bueno no retrasar para un futuro indefinido la madurez de la entrega cristiana y aspirar a ser mayores de edad en todo momento. En ese sentido, el Opus Dei es para personas “adultas”, ni peores ni mejores que las demás, que aprenden a portarse como niños delante de Dios[33]. La madurez se forja con éxitos y fracasos asumidos y colocados en su sitio, y no es sólo ni principalmente cuestión de años, sino de entrega real, de lucha por ser santos: “super senes intellexi, quia mandata tua servavi” (Ps 119 [118], 100): tengo más inteligencia que los ancianos porque he guardado tus mandamientos. Palabras que se aplican también a todos los que buscan vivir su entrega con una profunda humildad. En este sentido el fundador del Opus Dei entendía la vocación de Pedro: después de la pesca milagrosa, él exclama: “Apártate de mí, Señor, que soy un hombre pecador” (Lc 5,8); y comenta san Josemaría: “Esa elección, raíz de la llamada, debe ser la base de tu humildad[34]”. Esta convicción la encontramos en el corazón del beato Álvaro del Portillo, que pudo ser saxum, auténtica “roca” para san Josemaría, porque su fidelidad se apoyaba en la humildad. Así respondía este hijo ejemplar a una carta del fundador: “Yo aspiro a que, a pesar de todo, pueda Ud. tener confianza en el que, más que roca, es barro sin consistencia alguna. Pero ¡es tan bueno el Señor![35]

“Voy a Él con gemidos de contrición, pidiéndole misericordia: miserere mei, Deus secundum magnam misericordiam tuam (Ps 51[50], 2)[36]”, confiaba san Josemaría citando el Salmo Miserere. En la vida del Padre, la humildad de quien recurre a Dios para ser fortaleza de los demás se concreta, entre otros modos, en el rezo de ese Salmo, donde le dice al Señor: “Tú amas la verdad más íntima, y, en lo oculto, me enseñas la sabiduría” (Sal 51 [50], 8): en el fondo del ser, en lo más profundo del corazón, Dios ayuda al Padre. Al mismo tiempo, el Padre cuenta mucho con la oración de los miembros del Opus Dei. Y necesita de su comprensión y de su cariño de hijos, que tiene una de sus manifestaciones en las cartas que le escriben. “Estoy pendiente de vosotros… ¡sedme fieles[37]” escribía san Josemaría desde Burgos a sus hijos, invitándoles a que se rece por el Padre en las Preces Operis Dei, acudiendo a la misericordia divina: “«Misericordia Domini ab æterno et usque in æternum super eum: custodit enim Dominus omnes diligentes se», la misericordia del Señor sobre él, siempre: porque el Señor guarda a los que le aman”[38]. Esa oración va acompañada de una pequeña mortificación diaria por el Padre.

El espíritu de filiación es el fundamento de la unidad y de la caridad fraterna, en la Obra como en la Iglesia. El mejor regalo que se pueda hacer a unos padres, es el respeto, el cariño y el agradecimiento de sus hijas e hijos, junto con su buen entendimiento mutuo. “Nosotros, que somos muchos, formamos en Cristo un solo cuerpo, siendo todos miembros los unos de los otros” (Rm 12,5). El Apóstol exhorta a los romanos, “amándoos de corazón unos a otros con el amor fraterno, honrando cada uno a los otros más que a sí mismo” (Rm 12,10). Siendo prelado mons. Javier Echevarría, no cesaba de invitar a los fieles del Opus Dei, como hacía san Juan con los primeros cristianos: “Queridísimos: si Dios nos ha amado así, también nosotros debemos amarnos unos a otros” (1 Jn 4,11).

Cartas de familia

Paternidad y filiación se despliegan en particular en el intercambio de cartas. El don de la paternidad llevó a san Josemaría a escribir con frecuencia a sus hijos e hijas espirituales. Recuerda el beato Álvaro del Portillo: “Dedicaba mucho tiempo a escribirnos cartas, bien en retazos de la mañana o en las primeras horas de la tarde[39]”. El Padre sigue esta tradición, con cartas a personas concretas y también cartas pastorales que ayudan a los miembros del Opus Dei a responder a su llamada a la santidad y al apostolado, a vivir intensamente el año litúrgico y también las fiestas que celebran.

La costumbre de escribir cartas al Padre surgió espontáneamente desde el comienzo del Opus Dei[40]. Cuenta el beato Álvaro del Portillo al hacer memoria de sus cuarenta años de convivencia con san Josemaría: “Por trabajar constantemente a su lado, le he acompañado en la lectura de muchísimas cartas de personas que le contaban sus sufrimientos y se confiaban a su oración; soy testigo de cómo asumía estos problemas y de la fuerza con que los encomendaba al Señor, casi sintiéndose responsable de «arrancar» de las manos de Dios esas gracias. Especialmente recuerdo la impresión que me producía en tantas ocasiones en que quedaba recogido unos momentos después de la lectura de una carta y adoptaba luego un gesto de absoluta tranquilidad, que traslucía la certidumbre de que el asunto se había resuelto[41]”. Por eso podía afirmar: “Estoy seguro de que el Padre no leyó ninguna carta sin rezar por la persona que la había escrito, y por el problema que se le exponía[42]”. En las cartas al Padre se cuentan cosas de la vida, como suelen hacer los hijos con sus padres, con espontaneidad y naturalidad y corrección, sin palabras solemnes.

“¡Si supierais la ilusión con que las espero! Las leo todas con el mismo cariño y todas me ayudan a hacer oración. Me gustaría contestar cada una, pero no puedo, no es posible, no hay tiempo…[43]” En una ocasión, san Josemaría confió que se había quedado la noche anterior hasta las dos de la mañana, leyendo esas cartas personales; y decía luego la alegría que sintió “al leer, junto a la de un catedrático de universidad, los renglones torcidos con la letra redonda y gorda de un labrador[44]”. “Me enamora esta costumbre”, añadía. “Cuando en vez de llegar siete kilos de cartas sean setecientos, ya lo arreglaremos. Pero podéis tener la seguridad de que vuestras cartas se leerán siempre con afecto e ilusión de Padre[45]”.

Con cariño se escriben y con cariño se leen esas cartas al Prelado. Estos textos nutren su oración de petición, y también su acción de gracias. “La costumbre de escribir cartas al Padre es una costumbre santa, que a mí me ayuda a tener muy en cuenta −y a hacer presente ante el Señor− todas las necesidades de mis hijos. Agradezco muy de veras estas cartas, que me llegan siempre[46]”.

Es natural escribir al Padre con motivo de las fiestas y aniversarios más señalados de la Iglesia o de la Obra; o con motivo del fallecimiento del padre o de la madre, o una preocupación de la familia, un paso significativo en los estudios, algún suceso profesional importante, o después de un viaje largo por otro país por motivos profesionales o de haber pasado por Roma. También es habitual que, en cuanto el Padre sale de Roma, escribe enseguida a sus hijos e hijas romanos para manifestarle su cercanía, su cariño paterno y su oración.

Cada uno, con sus líneas, puede sostener a la Obra, al manifestar sus deseos de entrega. Contribuye además a dejar un apreciable testimonio de la historia de las maravillas de Dios, que se guarda con cuidado.

Con el optimismo de los hijos de Dios

Escribir al Padre fortalece deseos de docilidad al Espíritu Santo, de servicio a la Iglesia y a la sociedad, de mostrar la belleza de la llamada universal a la santidad y a la evangelización, particularmente en el trabajo y en la vida ordinaria, y acrecienta la unión filial. Son cartas de familia que hablan del trabajo y del estudio, de los afanes cotidianos, del apostolado y de la propuesta vocacional que conlleva esa atracción que suscita el testimonio de la caridad cristiana y la belleza del espíritu de santificación en medio del mundo; también se entiende que cuando se cuentan dificultades de salud, contradicciones profesionales o familiares, problemas económicos, preocupaciones por la inestabilidad social en algún país, se procura hacerlo con el optimismo de los hijos de Dios. El único pesar del Padre, como le ocurría a san Josemaría y a don Álvaro, es no poder responder a cada uno. «Me da pena −decía san Josemaría− no poder contestar personalmente a todos los que me escriben. Que mis hijos tengan presente la imposibilidad material de contestar, por una parte; y, por otra, que siempre que leo sus cartas les encomiendo»[47]. Basta saber que esas cartas son motivo de alegría para el Padre, y asimismo ocasión para que tenga más presentes en su oración a las personas, pues ama a todos en las entrañas de Cristo Jesús (cf. Flp 1,8)[48].

Cuenta Mons. Álvaro del Portillo sobre la jornada habitual del fundador del Opus Dei: “Después venía el tiempo del correo. Al Padre le gustaba abrir los sobres personalmente, aunque después me los pasaba a mí −y en los últimos años también a don Javier−, para que le ayudase a leer el contenido. Separaba las cartas relacionadas con el gobierno, dirigidas al Consejo General, de las personales. En cuanto a estas últimas, si advertíamos que alguna era confidencial, se la devolvíamos inmediatamente, sin leerla[49]”. San Josemaría leyó durante muchos años todas las cartas de sus hijas e hijos. Al crecer el número y a pesar de su deseo de continuar así, le resultaba imposible hacerlo. Para que nadie que le escribiera quedara desatendido, decidió que le ayudaran algunos sacerdotes a leer las cartas, pero dedica buena parte de su tiempo diario a la lectura de esas cartas. En el Sacrificio del altar pone en la patena, de un modo especial, junto al pan eucarístico que llegará a ser el Cuerpo del Señor y al vino su Sangre, todo lo que le escriben[50].

Os daré pastores según mi corazón

El Prelado del Opus Dei cuenta con la oración y mortificación que los fieles realizan por su persona e intenciones, se fía de ellos para cumplir su misión de Pastor, que no es otra sino la de unirles cada vez más a Cristo y a una multitud de almas que se benefician del calor de la Obra. “Os daré pastores según mi corazón”, había profetizado Jeremías: “Dabo vobis pastores iuxta cor meum” (Jr 3,15). Dios anunciaba esos buenos pastores en el contexto de la Alianza, que encontró su último y definitivo desarrollo en la Alianza en la Sangre de Cristo. Unidos a la Misa del Prelado, bien metidos en el Corazón de Santa María, los fieles forman “un solo corazón y una sola alma” (Hch 4,32) para servir a la Iglesia, con una caridad que abre al mundo entero, un amor que urge esa Iglesia en salida de la cual habla tanto el papa Francisco.

En una ocasión, un joven italiano, fiel del Opus Dei, preguntó al beato Álvaro: “¿Qué significa para el Padre y para nosotros, el que estemos todos apiñados en su corazón?”. Contestó el entonces Prelado: “Para mí, supone una constante llamada a la obligación que tengo de ser santo, para ayudaros a ser santos. En mi pequeñez, tengo que procurar vivir las palabras de Jesús: pro eis sanctifico meipsum [por ellos yo me santifico]. Yo me entrego por vosotros, por vuestra santidad personal. Y el cariño que os tengo debe también moveros a vosotros. ¡Amor con amor se paga!, hijos míos. No podéis responder al cariño del Padre clavando espinas en mi corazón, sino portándoos lo mejor que podáis. Luchad por ser fieles, primero por amor de Dios y, después, por un poco de cariño al Padre[51]”.

Guillaume Derville

Fuente: collationes.org.

 


[1] Cf. Catecismo de la Iglesia Católica, n. 144. Lo que Dios prometió a Abraham se ha cumplido en nosotros al creer en Jesucristo, que murió y resucitó por todos los hombres (cf. Rm 4, 23-25).

[2] Cf. Misal romano, Plegaria eucarística I o Canon Romano.

[3] Sobre el obispo como padre, cf. Concilio Vaticano II, Decreto Christus Dominus, n. 16. Cf. Congregación para los obispos, Directorio Apostolorum succesores, 22-II-2004, n. 76. Juan Pablo II dedica a ese tema el cap. 4 “La paternidad del obispo” de su libro ¡Levantaos! ¡Vamos!, Plaza & Janés, pp. 105-132, donde habla del ejemplo de san José.

[4] Ernst Burkhart, Javier López, Vida cotidiana y santidad en la enseñanza de san Josemaría, Vol. 2, “El sentido de la filiación divina. Fundamento de la vida cristiana”, pp. 136-137. Recordemos que el celibato apostólico está unido a una fecunda paternidad espiritual, que puede alcanzar a miles de hijos del espíritu.

[5] Concilio Vaticano I, Const. dogm. Pastor aeternus: DS 3059. El texto recoge palabras del Concilio de Florencia: DS 1307.

[6] San Josemaría, Apuntes de la predicación, 21-XI-1958 (AGP, P01 II-1988, p. 44); 30-XI-1964 (AGP, P02 XII-1964, p. 33).

[7] Ernst Burkhart, Javier López, Vida cotidiana y santidad en la enseñanza de san Josemaría, Vol. 2, “El sentido de la filiación divina. Fundamento de la vida cristiana”, pp. 136-237.

[8] Cf. A los Magnesios, 6,1: PG 5,764; A los Trallanos, 3,1: PG 5,780; A los Esmirniotas, 8,1: PG 5,852.

[9] Cf. Pontifical Romano, Ordenación Episcopal: Examen.

[10] Cf. Didascalia Apostolorum, II, 33, 1: ed. F.X. Funk, I, 115.

[11] Cf. san Juan Pablo II, Exh. apost. postsinodal Pastores gregis, 16 de octubre de 2003, n. 7.

[12] Como ha afirmado el Concilio Vaticano II, los ministros sagrados reciben una «paternidad en Cristo» (Decr. Prebyterorum Ordinis, n. 16), como pastores de la Iglesia. Sobre el Obispo como padre, cf. Juan Pablo II, Exh. apost. Pastores gregis, 16-X-2003, nn. 7, 10, 33, 37, 42, etc.

[13] Cf. Ernst Burkhart, Javier López, Vida cotidiana y santidad en la enseñanza de san Josemaría, Vol. 2, “El sentido de la filiación divina. Fundamento de la vida cristiana”, p. 137.

[14] Sobre la Iglesia como familia, cf. san Juan Pablo II, Exh. apost. Ecclesia in Africa, n. 63.

[15] Sobre Mons. Javier Echevarría Rodríguez, obispo, prelado del Opus Dei (1994-2016†), ordenado obispo por san Juan Pablo II en 1994, cf. por ejemplo la voz correspondiente del Diccionario de San Josemaría, pp. 351-353, escrita por Salvador Bernal.

[16] Concilio Vaticano II, Const. dogm. Lumen gentium, n. 12.

[17] San Josemaría, Tertulia 6-10-1968 (AGP, P01 VI-1969, p. 13).

[18] Concilio Vaticano II, Const. dogm. Lumen gentium, n. 49.

[19] Concilio Vaticano II, Const. dogm. Lumen gentium, n. 50.

[20] Misal Romano, Prefacio I De sanctis.

[21] Cf. Jn 10, 11.

[22] Cf. Concilio Vaticano II, Const. dogm. Lumen gentium, n. 1.

[23] Cf. Concilio Vaticano II, Const. dogm. Lumen gentium, n. 23.

[24] Cf. san Juan Pablo II, Exh. apost. Pastores gregis, 16-X-2003, n. 10.

[25] Cf. san Agustín, In Ioannis Evangelium tractatus, 123, 5. ((CCL 36, 678-680)).

[26] Cf. santo Tomás, In Ioann. Ev., X, 3.

[27] Cf. san Jerónimo, In Evangelium Matthaei commentarium, IV, 24, 36.

[28] Cf. santo Tomás, S. Th., II-II, q. 26, a. 9, co.

[29] Cf. Ernst Burkhart, Javier López, Vida cotidiana y santidad en la enseñanza de san Josemaría, Vol. 2, “El sentido de la filiación divina. Fundamento de la vida cristiana”, p. 138.

[30] Cf. san Josemaría, Apuntes íntimos, n. 1725, cit. en Andrés Vázquez de Prada, El Fundador del Opus Dei, vol. I, Rialp, Madrid 1997, p. 554.

[31] Cf. san Josemaría, Carta 1938, cit. en Andrés Vázquez de Prada, El Fundador del Opus Dei, vol. II, Rialp, Madrid 2002, p. 243.

[32] Cf. Francisco, Exh. apost. Evangelii gaudium, 24-XI-2013, n. 4.

[33] Cf. Carta 14-II-1974, n. 4 (AGP, serie A.3, 95-2-4).

[34] San Josemaría, Es Cristo que pasa, n. 1.

[35] Cf. Beato Álvaro del Portillo, Carta a san Josemaría, 13-VII-1939, cit. en Javier Medina Bayo, Álvaro del Portillo, Rialp, Madrid 2012, p. 169.

[36] San Josemaría, Apuntes de su predicación oral (AGP, P01 X-1971, p. 12).

[37] San Josemaría, Carta 9-I-1938, cit. en Andrés Vázquez de Prada, El Fundador del Opus Dei, vol. II, Rialp, Madrid 2002, p. 243.

[38] Cf. san Josemaría, Carta 1938, cit. en Andrés Vázquez de Prada, El Fundador del Opus Dei, vol. II, Rialp, Madrid 2002, p. 243. Cf. Sal 103[102] (cit. en Missale Romanum, Misa votiva de Dei Misericordia, antífona ad communionem 17) y Sal 145[144], 20.

[39] Beato Álvaro del Portillo, Entrevista sobre el Fundador del Opus Dei, realizada por Cesare Cavalleri, Rialp, Madrid 1993, cap. 3, p. 56.

[40] Cf. Beato Álvaro del Portillo, Notas de una reunión familiar, 2-IX-1985 (AGP, serie B.1.4).

[41] Beato Álvaro del Portillo, Entrevista sobre el Fundador del Opus Dei, realizada por Cesare Cavalleri, Rialp, Madrid 1993, cap. 12, p. 226-227.

[42] Ibídem, p. 54.

[43] San Josemaría, Apuntes de su predicación oral (AGP, P01 V-1954, p. 5).

[44] San Josemaría, Apuntes de su predicación oral (AGP, P01 V-1954, p. 5).

[45] San Josemaría, Apuntes de su predicación oral (AGP, P01 V-1954, p. 5).

[46] San Josemaría, Apuntes de su predicación oral (AGP, P01 I-1963, p. 49).

[47] San Josemaría, Apuntes de su predicación oral (AGP, P01 I-1963, p. 49).

[48] Cf. Statuta, n. 132, §3.

[49] Beato Álvaro del Portillo, Entrevista sobre el Fundador del Opus Dei, realizada por Cesare Cavalleri, Rialp, Madrid 1993, cap. 3, p. 54.

[50] Las cartas que el Padre no puede leer, las ve quien ha recibido directamente de él este encargo; de ordinario el Director espiritual central o el de la respectiva circunscripción, y otros sacerdotes, que lo cumplen con cariño, respeto, exquisita delicadeza y discreción absoluta, e informan al Padre.

[51] Beato Álvaro del Portillo, Tertulia (AGP, P01 III-1989, pp. 319-320). Cf. Jn 17,19.