Conferencia del Cardenal Prefecto de la Congregación para el Culto Divino, con motivo del Día Internacional del Niño por Nacer

El pasado 25 de marzo, festividad de la Anunciación y Día Internacional del Niño por Nacer, en la iglesia de San Agustín, de París, el Cardenal Robert Sarah pronunció una conferencia sobre el Profesor Jérôme Lejeune (1926-1994), descubridor del gen causante del llamado síndrome de Down y gran abogado de las personas que lo padecen.

Máximo exponente de la causa pro-vida en el siglo XX, su proceso de beatificación se abrió en 2004 y se cerró en 2012 en fase diocesana. El profesor Lejeune vivió torturado por la idea de que su descubrimiento sirviese, mediante el diagnóstico prenatal y la legalización del aborto eugenésico en casi todo el  mundo, para el exterminio sistemático de estas personas. Hoy la Fundación Jérôme Lejeune continúa su labor tanto en la defensa de la vida humana del no nacido como en la atención práctica a personas con ‘trisomía 21’.

Texto de la conferencia del Cardenal Robert Sarah

Queridos amigos, nunca tuve el privilegio ni la alegría de conocer personalmente al Profesor Jérôme Lejeune. En cambio, hace varios años, con ocasión de un Congreso organizado por la Asociación francesa Raoul Follereau, tuve la gran alegría de conocer a la Señora Lejeune, su esposa, aquí presente, quien tuvo la bondad de ofrecerme la estampa del Profesor, en cuyo reverso estaba escrita la «Oración para obtener gracias por intercesión del Siervo de Dios Jérôme Lejeune».

Permitidme introducir esta breve conferencia con unas palabras del Profesor Jérôme Lejeune: «Si se quiere atacar de verdad al Hijo del hombre, Jesucristo, solo hay un medio, que es atacar a los hijos de los hombres. El cristianismo es la única religión que dice: “vuestro modelo es un niño˝, el niño de Belén. El día que lleguemos a despreciar a un niño, ya no habrá cristianismo en este país».

Se puede afirmar que el combate del Profesor Jérôme Lejeune, con las únicas armas de la verdad y de la caridad −una pelea de “guante blanco”−, se inscribe en la batalla final, evocada en el Apocalipsis de san Juan, entre Dios y Satanás. Ante la arrogancia del Goliat de los poderes financieros y mediáticos, fuertemente armados y protegidos por la coraza de sus falsas certezas y por las nuevas leyes contra la vida, la Iglesia católica del siglo XXI, al menos en Occidente, parece ese pequeño resto de Israel del que hablan las Sagradas Escrituras. En efecto, la Iglesia católica, como David, dispone solamente de los pequeños guijarros del Evangelio de la Vida y de la Verdad, y, sin embargo, golpeará al gigante en plena cabeza y lo abatirá. Porque, nosotros lo sabemos bien −y toda la vida del Profesor Lejeune nos ofrece un claro testimonio− se trata de una batalla, a la vez muy violenta y decisiva, que será larga y similar a las de los finales descritos en el último libro de la Biblia. ¡Estamos hablando de la supervivencia de la misma humanidad! El «gran dragón rojo de siete cabezas», prototipo de esa cultura de la muerte denunciada por san Juan Pablo II en sus enseñanzas, se para ante la mujer encinta, dispuesto a devorar al hijo en cuanto nazca, y a devorarnos igualmente a «nosotros» (cf. Ap 12,4). Seamos conscientes de que, una vez más −y esto ha pasado muy a menudo en su larga historia bimilenaria−, la Iglesia constituye el último bastión contra la barbarie: ya no se trata de Atila y los Hunos, a los que santa Genoveva detuvo a las puertas de Paris en el 451, ni del combate de los Papas del siglo XX −desde Pío XI a san Juan Pablo II− contra los diversos totalitarismos que ensangrentaron Europa y al resto del mundo; se trata de una barbarie esterilizada en el laboratorio, terriblemente eficaz, que la opinión pública prácticamente no percibe, porque está anestesiada por los Goliat de los poderes financieros y mediáticos. Sí, ¡se trata de un combate a vida o muerte!: si ese no fuera el caso, ¿los poderes públicos, en Francia, intentarían en este momento silenciar las webs de internet llamadas «pro vida», inventando un delito de comercio digital al aborto? Durante la discusión de este proyecto de ley aberrante en el Parlamento francés, los defensores de la vida han sido verbalmente linchados por haberse atrevido a decir que el aborto no es un derecho, sino un crimen, de hecho, el drama más grande de nuestro tiempo.

A modo de introducción, he querido recordar el marco vital y místico del combate por la vida llevado a cabo por el Profesor Lejeune, para ahora resaltar mejor su sentido profundo a la luz del Evangelio. Examinemos juntos su vida: se puede afirmar, sin riesgo de error, que, en vez de caer en compromisos cobardes, el Profesor Lejeune renunció a los honores y a la gloria, aceptando la humillación e incluso el exilio, al menos un exilio interior. Jérôme Lejeune, contra viento y marea, permaneció fiel a Cristo y al Evangelio; por eso representa para cada uno de nosotros un ejemplo admirable de fortaleza en la fe y de entrega en la caridad. Como todos sabéis, la muerte «in odium fidei», por odio a la fe, no se limita a «esa gran multitud de hombres y de mujeres que vienen de la gran prueba y que han lavado sus vestidos y los han blanqueado en la Sangre del Cordero, y que están delante del Trono de Dios y delante del Cordero, y le sirven día y noche en su Templo», según la visión del Apocalipsis (cf. Ap 7,9). Una muerte así, donde la sangre se ha derramado por el testimonio de Cristo, no es la única vía hacia el martirio, pues es verdad que una vida cristiana de mártir, es también una vida en la que se ofrece todo a Dios, incluida la vida, la familia, la reputación y el honor, si llega a ser pisoteada por los paganos, una vida donde se renuncia a todo por Amor a Dios[1]. Durante la larga enfermedad del Profesor Lejeune, que le arrancó prematuramente del cariño de los suyos, se ha visto cómo muere un cristiano al alba de la Pascua, y el Papa san Juan Pablo II, un gran amigo del Profesor, no se equivocó al declarar, en la carta que le envió entonces al Cardenal Lustiger, el Lunes de Pascua de 1994, al día siguiente del regreso del Señor Lejeune a la Casa del Padre: «La Resurrección de Cristo constituye un gran testimonio de la Vida que es más fuerte que la muerte. Una muerte así, la de Jérôme Lejeune, ofrece un testimonio aún más fuerte a la Vida a la que el hombre está llamado en Jesucristo. En efecto, a lo largo de toda la vida de nuestro hermano Jérôme, esa llamada representó su línea directriz… Nos encontramos ante la muerte de un gran cristiano del siglo XX, de un hombre para quien la defensa de la vida se convirtió en un apostolado, y queremos dar gracias a Dios hoy, a Él, al Autor de la vida, por todo lo que fue para nosotros el Profesor Lejeune, por todo lo que hizo por defender y promover la dignidad de la vida humana».

En el marco de su profesión de médico e investigador, que fue una auténtica vocación, la vida del Profesor Lejeune se dividía en dos facetas que conviene distinguir para unirlas mejor: de una parte, su actividad de investigador, y por tanto su pertenencia a lo que se ha venido a llamar «la comunidad científica», y que lo había si no rechazado, al menos marginado a causa de sus posturas calificadas como demasiado rígidas, e incluso extremistas, sobre el tema crucial del respeto a la vida. De otra parte, su servicio con los enfermos y a sus familias, a la cabeza de un equipo que se puede calificar de fraternal, que no estaba animado sino por el deseo de curar, o al menos aliviar, los sufrimientos físicos y morales provocados por la enfermedad y la discapacidad. Así, la caridad que animaba al Profesor Lejeune unía los dos aspectos de su vocación al servicio del enfermo, y esta virtud teologal de la caridad fue el camino real con que Jérôme Lejeune se armó de valor y determinación para atravesar por entre las espinas de este mundo hacia la contemplación del Dios vivo, la Santísima Trinidad del Amor. Sí, por su servicio diario, humilde y confiado en la Providencia, el Profesor Lejeune dio rostro a la caridad de Cristo que vino a nosotros, y es verdad que nadie ha olvidado su sonrisa luminosa y radiante, y su mirada de un azul intenso lleno de ese amor al prójimo, que salía de un alma donde Jesús, recibido en la santa Comunión eucarística, había hecho su morada: «Si alguno me ama», dijo Jesús, «guardará mi palabra; mi Padre le amará, y vendremos a él y, haremos morada en él» (Jn 14,23).

Ya que se me ofrece la oportunidad de recordar la vida espiritual del Profesor Lejeune, me atrevo a afirmar, en referencia a la enseñanza del Concilio Vaticano II sobre la vocación universal a la santidad (cf. Lumen Gentium, cap. 5), y, en concreto al carácter particular de la santidad del fiel laico[2] (cf. Decreto Apostolicam Actuositatem, n. 4), que toda la existencia de este gran amigo de los niños enfermos refleja admirablemente la presencia del Señor Jesús en nuestro mundo; es como una prolongación de la Encarnación y de la vida del Hijo de Dios en la tierra. Me explico: ¿qué hay más tangible que los cuidados dispensados a los enfermos por un médico, un cirujano, una enfermera, un cuidador, una religiosa de hospital o enfermera, o un Hermano de san Juan de Dios…, −es lo que hizo el Profesor Lejeune durante muchos años−, qué más concreto que la presencia diaria y asidua con las familias de esos enfermos, y también el trabajo arduo del investigador combatiendo ardientemente la enfermedad, como un caballero intrépido equipado con el cinturón de la verdad y blandiendo la espada de fuego de la Palabra de Dios y de la enseñanza de la Santa Iglesia[3], con un infinito respeto por las leyes de la vida inscritas por el Creador en las fibras de cada ser humano? Haciendo presente a Cristo que sana los cuerpos y los corazones, que devuelve la vista a los ciegos, da firmeza a los pies de los cojos, permitiéndoles así saltar de alegría, Jesús, que purifica a los leprosos, abre los oídos a los sordos y suelta la lengua de los mudos (cf. Mt 11,5), Él que es verdadero Dios y verdadero hombre, Él que es también el Buen Samaritano que unge con el óleo del Amor de Dios las llagas del hombre herido (cf. Lc 10,34), se puede considerar que la vida del Profesor Lejeune fue de alguna manera, en el tiempo de la Iglesia en el que vivimos después de la Ascensión y la Pentecostés, una prolongación de la Encarnación del Hijo único de Dios, Jesucristo, que vino a nosotros para sanarnos y salvarnos. Eso es lo que expresaba el amigo de Jérôme Lejeune, el Papa san Juan Pablo II, desde su primera encíclica Redemptor hominis, cuando, citando las palabras del Concilio Vaticano II, afirmaba que, por su Encarnación, Cristo «se ha unido en cierto modo con todo hombre»[4]. Sobre el Profesor Lejeune, se puede entonces hablar ciertamente de una espiritualidad de la Encarnación, que constituye, con la defensa de la verdad sobre la vida humana y la compasión, uno de los rasgos esenciales de esa santidad que espero ver reconocida por la Iglesia, para que nos podamos beneficiar de su intercesión y, así, ser sostenidos en nuestra lucha contra la degradación actual de nuestra sociedad por su ejemplo y su combate por la vida.

Vayamos más lejos, y veamos ahora cómo este hombre de acción, a la vez científico y poeta, tan inteligente, y de una gran sensibilidad y finura, consiguió no sucumbir a la autosatisfacción ni al orgullo. De hecho, cuando, como él, estamos metidos de lleno en la acción, corremos el riesgo de sucumbir a la tentación siguiente, que es bien conocida por los ardientes misioneros del Evangelio: que nuestra persona, nuestro «yo», establezca su supremacía hasta el absoluto, dejando subrepticiamente a Dios de lado. Pienso que el Profesor Lejeune estuvo preservado de esa trampa, sin duda a través de una lucha espiritual a veces muy amarga, pero también la palabra mariana de la Anunciación resonaba constantemente en su corazón de creyente, de humilde servidor del Evangelio y de la Iglesia: «Fiat»; sí, «fiat», fue la palabra −¡qué digo!−, la respuesta más pura, perfecta y sin reservas de la Virgen María, que él mismo dirigía a Dios cada día de su vida, en concreto cuando tenía la gracia de recibir a su Señor en la sagrada Comunión. Desde entonces, como la Santísima Virgen María, y también como tantos otros santos y santas, de los que conocemos su respuesta llena de abandono filial −como santa Teresa de Lisieux, santa Juana de Arco o el Beato Charles de Foucault− Jérôme Lejeune consistió dejar obrar a Dios. «Consentir» en la teología espiritual católica, es aceptar esa unión de la libertad y de la gracia, que eleva al hombre al rango de colaborador de Dios. En efecto, para un bautizado, la decisión de remitir a Cristo la conducta de su vida es un acto fundamental, que permite evitar las trampas del deseo de aparentar, del desánimo y de la tristeza. Sin embargo, para eso hay que esforzarse en lo que yo llamaría la «discreción», es decir, en ese silencio que es prerrogativa de los grandes contemplativos y de los verdaderos adoradores de Dios. Y ese silencio no es solo un pórtico real por donde la Santísima Trinidad entra en nuestra alma, y viene a hacer su morada en nosotros (cf. Jn 14,23) para transformar nuestras faltas diarias en actos de caridad. El silencio es también una «fuerza», de ahí el título de esa obra que muchos de vosotros sin duda ya habrá leído, o que tienen esta tarde en sus manos. Cuando el Sr. Jean-Marie Le Méné, presidente de la Fundación Jérôme Lejeune, y también discípulo del Profesor, declaró: «Al final de su vida, lo había perdido todo, tenía dificultad para trabajar, ya no le invitaban a congresos y, presentado para el premio Nobel, nunca lo recibió», ¿qué evocaba si no el silencio que se había abatido como una plancha de plomo sobre el Profesor Lejeune, fruto amargo de la ceguera y de la maldad de los hombres? Sí, le redujeron al silencio, pero, alejado de la multitud, ese silencio se convirtió en auténtica proximidad con Dios, una «fuerza», la fuerza del testimonio, del mártir, la fuerza de la santidad. Pues el silencio del Profesor Lejeune fue el de Jesús durante su propia Pasión ante sus acusadores. Veamos cuál fue la actitud del Señor Jesús en los Evangelios: en primer lugar, nos dice san Mateo, Jesús compareció ante los Sumos Sacerdotes y todo el Sanedrín, que buscaban un falso testimonio para condenarle a muerte. Ahora bien, dice el evangelista, «no lo encontraron a pesar de los muchos falsos testigos presentados. Por último, se presentaron dos que declararon:Este ha dicho: Yo puedo destruir el Templo de Dios y edificarlo de nuevo en tres días”. Y el Sumo Sacerdote se puso en pie para decirle: “¿No respondes nada? ¿Qué es lo que estos testifican contra ti?˝. «Jesus autem tacebat», sigue el Evangelio: «Pero Jesús permanecía en silencio. Entonces el Sumo Sacerdote le dijo: “Te conjuro por Dios vivo que nos digas si tú eres el Mesías, el Hijo de Dios”. Jesús le respondió: “Tú lo has dicho. Además os digo que en adelante veréis al Hijo de Hombre sentado a la diestra del Padre y venir sobre las nubes del cielo”. Entonces el Sumo Sacerdote se rasgó las vestiduras diciendo: “¡Ha blasfemado! ¿Qué necesidad tenemos ya de testigos? Ya lo veis, acabáis de oír la blasfemia. ¿Qué os parece?”. Respondieron: ˝Es reo de muerte˝» (Mt 26,59-66). Además, según el evangelista san Lucas, Jesús compareció también ante Herodes, que le interrogó largamente, pero al que no respondió ni una palabra. Al final, Herodes le trata con desprecio, le pone un vestido ridículo y lo devuelve a Pilatos (cf. Lc 23,8-11). San Juan nos dice que entonces el procurador lo interrogó a su vez sobre su identidad, y Jesús declaró: «Para esto he nacido y para esto he venido al mundo, para dar testimonio de la verdad» (Jn 18,37). Después, se calló.

Como he escrito en La fuerza del silencio, en el mundo de hoy, sabemos que «el hombre que habla es celebrado y el hombre silencioso es un pobre mendigo ante quien ni siquiera hay que levantar los ojos» (n. 30, p. 54). Como Jesús, que acabó siendo el mendigo del Amor de esta humanidad pecaminosa, sorda y ciega −y el Señor tuvo que gritar: «Tengo sed» unas horas más tarde en la Cruz gloriosa−, así el Profesor Lejeune, por su silencio, suplicó la compasión de sus contemporáneos por los más débiles, esos niños enfermos, y de los que se convirtió en su voz, él, al que habían reducido al silencio. Recordaba especialmente al niño con síndrome de Down de diez años que, durante una consulta, se lanzó a sus brazos exclamando: «¡Nos quieren matar! ¡Hace falta que nos protejas, porque nosotros somos demasiado débiles, y no sabremos defendernos!». Y el corazón del Profesor, él mismo reducido al silencio, sangraba… En La fuerza del silencio, me permito afirmar que «en el momento más crucial de su vida, cuando los gritos venían desde todas partes, encubiertos por toda suerte de mentiras y calumnias, cuando el Sumo Sacerdote le preguntó: “¿No respondes nada?”, Jesús prefirió el silencio» (n. 141, p. 120). Así, «Jesús, callándose, quiso mostrar su desprecio por las mentiras, Él que era la verdad, la luz y el único camino que conduce a la Vida. Su causa no necesita ser defendida. No se defiende la verdad y la luz: su resplandor es su propia defensa» (n. 197, p. 155). Por su parte, Pilatos «no comprendía la causa de un silencio tan extraordinario. Estaba ante el silencio de Dios, en medio del griterío de los hombres, ebrios de odio irracional» (n. 197, p. 156). Sí, ¿qué podía responder el Profesor Lejeune a esas invectivas que recientemente se han vuelto a oír en boca de un ministro: «Una mujer que aborta no interrumpe una vida», y también: «El aborto es un derecho de la mujer»?

En este punto de nuestra meditación, permitidme esta analogía: cuando nuestros hermanos cristianos de Oriente, que sufren en este tiempo de persecución, son detenidos y encarcelados por sus verdugos, pueden mostrar, tatuado en su carne, lo que constituye la confesión de su fe de bautizados porque si no, dicen, bajo tortura, sucumbiríamos a la tentación de negar a Cristo. En efecto, mientras tantos de nuestros contemporáneos, aquí, en Occidente caen, sucumben, bajo el efecto de una moda pasajera y costosa, a la extraña práctica del tatuaje, esos cristianos están siempre dispuestos a exhibir ante los Caifás y Pilatos de nuestro tiempo, la Cruz que está tatuada de manera indeleble en sus muñecas, testigos silenciosos de su unión a Jesús hasta la muerte. «Al menos −dicen− «esta señal vencerá mi eventual debilidad ante el miedo a morir». Fue lo mismo para el Profesor Lejeune: su cruz tatuada en la muñeca, era su afirmación serena de que, decía él «la dignidad de una civilización se mide por cómo trata a los más débiles de sus miembros», y firmaba esa afirmación prodigiosa y verdadera con su actitud en la vida de cada día: de hecho, paciente y humildemente, con amor e infinito respeto, recibía a todos los pacientes que se presentaban en su consulta del hospital, en particular a los más pobres, porque sabía que su deber, su misión, era procurar curar sus enfermedades y quererlos, una forma de caridad que, para él, se había vuelto heroica. Mártir de la vida y de la verdad, lo fue plenamente, incluido su silencio que, lejos de ser la admisión de una debilidad, constituyó una fuerza capaz de derribar montañas de egoísmo e indiferencia. Su vida muestra bien que, como escribí en La fuerza del silencio, «hoy, los silencios de los mártires cristianos, a esos que quieren masacrar los enemigos de Cristo, imitan y prolongan los del Hijo de Dios. Los mártires de los primeros siglos, como los de nuestra triste época, todos han mostrado la misma dignidad silenciosa. El silencio se vuelve entonces la única palabra, el único testigo, el último testamento. La sangre de los mártires es una semilla, un grito, y una oración silenciosa que eleva a Dios» (n. 198, pp. 156-157).

Queridos amigos, hoy nadie puede mostrarse insensible e indiferente ante la obligación imperiosa de defender a los no nacidos. Más allá del aspecto moral que nos prohíbe atentar contra toda vida humana, sobre todo cuando es inocente e indefensa, la protección del embrión es la condición sine qua non para salir de toda esta civilización de la barbarie y asegurar el porvenir de nuestra humanidad. El signo clínico más impresionante, que indica que vamos al abismo y a un pozo sin fondo, es la potencia dramática del rechazo a la vida. El hombre de la sociedad de consumo se vuelve cada vez más insensible a lo sagrado de la vida humana. Ya no comprende que la persona humana pueda ser un absoluto al que no tenemos derecho a manipular a nuestro antojo.

Si el Profesor Lejeune estuviese todavía en este mundo, no haría sino seguir la línea intangible de la defensa de la dignidad de la persona humana, que fue su constante. Por tanto, se opondría a los escandalosos «matrimonios» homosexuales, a esas aberraciones que son la procreación asistida y los vientres de alquiler, y habría combatido con una energía sin igual la ideología tan delirante y mortífera llamada de «género» o «gender». Además, el Profesor Lejeune habría visto y comprendido las consecuencias de la legalización del aborto en 1975, que se ha convertido, con los años, en un pseudo «derecho de la mujer»: así, ya temblaba por la suerte de «sus» niños con síndrome de Down, que, de hecho, actualmente, están en vías de exterminación, porque, como todos sabemos, los mismos poderes públicos reconocen, como una victoria funesta, que el 96% de los mismos han sido abortados. ¡Es verdaderamente horrible, criminal y sacrílego! Jérôme Lejeune también comprendió, él, el gran genetista, a qué derivadas nos llevarían las manipulaciones genéticas en todos los sentidos, empezando por la investigación en embriones, que ya están amenazados «a priori» de destrucción, porque la nueva ley, votada el 6 de mayo de 2013, ante una indiferencia casi general, autoriza expresamente la investigación del embrión, y no pone prácticamente límites a la destrucción de los embriones llamados supernumerarios, mientras que, la ley anterior del 6 de agosto de 2004 preveía aún un régimen de prohibición con excepciones concedidas por la Agencia de biomedicina. Y no digamos el transhumanismo, que es propiamente escalofriante: ¿hasta dónde vamos a llegar en esta carrera al infierno? En efecto, con el transhumanismo, eso significa que «la humanidad aumentada» será el triunfo de la eugenesia y de la selección del mejor capital genético entre todos los seres a fin de crear al superhombre ideal. El transhumanismo va a realizar, gracias a las tecno-ciencias, el sueño prometeico del nazismo. Como en el nazismo, ¿habrá una raza superior? Si es que sí, ¿con qué criterios? Y, en ese caso, ¿qué será de los «sub-hombres», según la terminología nazi, donde el trabajador habrá sido remplazado por robots? Estas cuestiones son espeluznantes y nos hielan la sangre.

El rechazo a acoger y dejar vivir a los que “molestan”, es decir, no solo al bebé concebido y “no deseado”, como martillean los partidarios del aborto, sino también a las personas discapacitadas, a los enfermos en fase terminal, a las personas ancianas e incapacitadas, ese rechazo manifiesta una profunda ignorancia del valor de toda vida humana creada y, por tanto, querida por Dios. En la encíclica Evangelium Vitae, el Papa san Juan Pablo II declara que «estamos frente a una realidad…, que se puede considerar como una verdadera y auténtica estructura de pecado, caracterizada por la difusión de una cultura contraria a la solidaridad, que en muchos casos se configura como verdadera “cultura de muerte”… Con su enfermedad, con su minusvalidez o, más simplemente, con su misma presencia pone en discusión el bienestar y el estilo de vida de los más aventajados, tiende a ser visto como un enemigo del que hay que defenderse o a quien eliminar. Se desencadena así una especie de “conjura contra la vida”»[5]. Y el Papa Francisco, que habla sin pelos en la lengua, califica sin rodeos esa «cultura del descarte» que «no es sólo el alimento o los bienes superfluos, sino con frecuencia los mismos seres humanos, los que vienen «descartados» como si fueran «cosas no necesarias». Y añade: «suscita horror sólo el pensar en los niños que no podrán ver nunca la luz, víctimas del aborto»[6]. El Santo Padre precisa, en su Exhortación apostólica Gaudium Evangelii la Alegría del Evangelio») del 24 de noviembre de 2013 que «entre esos débiles, que la Iglesia quiere cuidar con predilección, están también los niños por nacer, que son los más indefensos e inocentes de todos, a quienes hoy se les quiere negar su dignidad humana en orden a hacer con ellos lo que se quiera, quitándoles la vida y promoviendo legislaciones para que nadie pueda impedirlo. Frecuentemente, para ridiculizar alegremente la defensa que la Iglesia hace de sus vidas, se procura presentar su postura como algo ideológico, oscurantista y conservador. Sin embargo, esta defensa de la vida por nacer está íntimamente ligada a la defensa de cualquier derecho humano. Supone la convicción de que un ser humano es siempre sagrado e inviolable, en cualquier situación y en cada etapa de su desarrollo»[7]. El Papa Francisco nos llama a una movilización general por la Vida: cuando evoca la Iglesia que, dice él, es como un lazareto o un «hospital de campaña» después de la batalla, está pensando en primer lugar en estas batallas por la supervivencia de la humanidad terriblemente herida en su carne y en su alma, a cabeza de la cual se encuentra la Madre Iglesia. El Profesor Lejeune, como médico, además de otras cosas, acogió en su «hospital de campaña», que es el Hospital Necker de los Niños-Enfermos, a esos heridos de la vida que, como aquel niño de diez años que cité antes, venían, con sus padres, buscando el consuelo y el valor para seguir adelante y seguir esperando; el hospital Necker, ese «lazareto» de los tiempos modernos es una obra admirable de caridad y compasión que sigue hoy día. El Profesor Lejeune vertió allí el óleo de la misericordia y el vino de la verdad que libera[8]8 (cf. Lc 10,34) sobre las heridas de esa parte de la humanidad indefensa e ignorada por los poderosos de este mundo, en ese «hospital», ese «Hotel de Dios», que es también «el alberge» de la parábola del Buen Samaritano; y ya sabemos que ese alberge es alegoría de la Iglesia, nuestra Madre.

Aprovecho esta oportunidad para saludar y agradecer a todas las asociaciones que trabajan pacientemente y contra viento y marea, porque la vida sea promovida y protegida, como la familia que es su santuario. La vida es un don de Dios, un don que Dios ha confiado a la familia. Es pues en la familia donde la vida halla su fuente, donde encuentra el marco que responde a su dignidad y a su destino. De ahí el carácter sagrado de la vida y el respeto que merece, dos imperativos que toda legislación digna de ese nombre debería reconocer y promover, incluso aquí, en Francia, la hija mayor de la Iglesia. Porque en la vida de cada persona humana, hasta la más débil y la más herida, la imagen de Dios brilla y se manifiesta en toda su plenitud con la venida y la Encarnación de Jesús, del Hijo de Dios Salvador. Desde entonces, cada hombre está llamado a una plenitud de vida que va mucho más allá de las dimensiones de su existencia terrena, porque es participación de la vida misma de Dios. Esa era la convicción del Profesor Lejeune, y esa es todavía hoy la inquebrantable convicción de la Fundación que lleva su nombre.

Quisiera concluir dejando a vuestra meditación esta reflexión luminosa del Profesor Jérôme Lejeune, ese modelo de médico genetista y facultativo, que nunca dudó en decir la verdad a tiempo y destiempo[9]: «No hay un Hombre con H mayúscula. Hay hombres, personas, y cada uno de ellos es respetable. Si alguien quiere derramar una lágrima sobre la condición del Hombre, si las grandes conciencias se enorgullecen de sus grandes avances hablando de los derechos del Hombre, entonces bien poco se preocupan de cada hombre, si no está la ley elemental de la caridad −una palabra fuerte, que se denigra en estos tiempos− y por tanto irremplazable, pues la caridad se extiende a todos y a cada uno, y sobre todo al primero que llega, el que está justo a nuestro lado, al «prójimo» como nos enseña el catecismo».

Os doy las gracias por vuestra atención.

Cardenal Robert Sarah
Prefecto de la Congregación para el Culto Divino

Fuente: evangelium-vitae.org.

Traducción de Luis Montoya.

 


[1] Debemos a Santa Teresa del Niño Jesús, Doctora de la Iglesia, la llamada ofrenda al Amor misericordioso de uno mismo a modo de martirio; a ella, a quien el Papa san Pío X, a principios del siglo XX, calificó la «más grande santa de los tiempos modernos». En efecto, en una carta al padre Bellière, Teresita evoca «el martirio del corazón» que no es menos fecundo que «la efusión de sangre» (Correspondencia General, Carta 213). En su Acto de ofrenda al Amor misericordioso, exclama: «A fin de vivir en un acto de perfecto amor, yo me ofrezco como víctima de holocausto a tu Amor misericordioso y te suplico que me consumas sin cesar, haciendo que se desborden sobre mi alma las olas de ternura infinita que se encierran en ti y que, de esa manera, llegue yo a ser mártir de tu amor, Dios mío».

[2] El n. 4 del Decreto Apostolicam Actuositatem (sobre el apostolado de los laicos) subraya que «la fecundidad del apostolado seglar depende de su unión vital con Cristo».

[3] Según la Palabra de Dios en san Pablo que describe el equipamiento espiritual del bautizado: «Estad, pues, estad firmes, ceñidos vuestros lomos con la verdad, revestidos con la coraza de la justicia, y calzados los pies prontos para proclamar el evangelio de la paz; tomando en todo momento el escudo de la fe, con el que podáis apagar los dardos encendidos del Maligno. Y tomad el yelmo de la salvación, y la espada del Espíritu, que es la palabra de Dios» (Ef 6,14-17).

[4] San Juan Pablo II, Encíclica Redemptor hominis, 4-III-1979 (n. 8): cfr. Concilio Vaticano II, Constitución pastoral Gaudium et Spes sobre la Iglesia en el mundo contemporáneo (22,2).

[5] San Juan Pablo II: Carta encíclica Evangelium Vitae, 25-III-1995, n. 12.

[6] Papa Francisco: Discurso al Cuerpo diplomático ante la Santa Sede, 13-I-2014.

[7] Papa Francisco, Exhortación apostólica Evangelii Gaudium, 24-XI-2013, n. 213.

[8] «Jesús dijo a los judíos que creían en él: Si sois fieles a mi palabra, seréis de verdad mis discípulos; entonces conoceréis la verdad, y la verdad os hará libres» (Jn 8,31-32).

[9] «Que prediques la palabra; que instes a tiempo y fuera de tiempo; redarguye, reprende, exhorta con toda paciencia y doctrina. Porque vendrá tiempo cuando no sufrirán la sana doctrina, sino que teniendo comezón de oír, se amontonarán maestros conforme a sus propias concupiscencias, y apartarán de la verdad el oído y se volverán a las fábulas. Pero tú sé sobrio en todo, soporta las aflicciones, haz obra de evangelista, cumple tu ministerio. Porque yo ya estoy para ser sacrificado, y el tiempo de mi partida está cercano. He peleado la buena batalla, he acabado la carrera, he guardado la fe. Por lo demás, me está guardada la corona de justicia, la cual me dará el Señor, juez justo, en aquel día; y no sólo a mí, sino también a todos los que aman su venida» (2Tm 4,2-8).