Algo sorprendente en el estudio académico sobre Charles S. Peirce a lo largo de los años ha sido la poca atención dada a las dimensiones religiosas de su pensamiento

El objetivo de este artículo es subrayar que para Peirce la creencia en Dios no sólo es un producto natural de la abducción, del “instinto racional” o de la conjetura educada del científico o del hombre común, sino también que la abducción de Dios es, para Peirce, la “prueba” del pragmatismo. No sólo la creencia en Dios es capaz de cambiar la conducta del creyente, sino también, de acuerdo con Peirce −en “The Neglected Argument” y en otros lugares−, es la realidad de Dios la que da sentido a todo la empresa científica.

“Si pudiera, me uniría de todo corazón a la antigua iglesia de Roma”
C. S. Peirce, Carta a George Searle, 9 de agosto, 1895 (L 397)

La atención relativamente escasa que los estudiosos del filósofo y científico norteamericano Charles S. Peirce (1839-1914) han prestado a lo largo de los años a las dimensiones religiosas de su pensamiento siempre me ha parecido cuando menos sorprendente. Desde mis primeras lecturas de Peirce me impresionó profundamente esa desatención que tanto contrastaba con la ubicuidad de las referencias religiosas en los escritos de Peirce, especialmente en sus años de madurez. En mis encuentros con reconocidos estudiosos peirceanos solía preguntarles acerca de Dios y la religión en Peirce, y la respuesta que recibí casi siempre fue que efectivamente había una gran cantidad de cuestiones religiosas en su obra, pero que no estaban interesados en ellas. Por otra parte, me sorprendió gratamente que el fallecido novelista Walker Percy se considerara a sí mismo en su correspondencia con Ken Ketner como “un ladrón de Peirce”, aspirando a “usar a CSP como uno de los pilares de la apologética cristiana”[1]. Me pareció que el novelista converso al catolicismo estaba en algún sentido mucho más cercano al Peirce real que aquellos estudiosos a los que les había preguntado acerca de Dios y la religión en Peirce.

Mi reacción a esas aproximaciones contradictorias fue decidir que toda la cuestión merecía ser estudiada con detenimiento, y sugerí esta área de investigación a tres de mis doctorandos. La primera de ellos, Sara F. Barrena, realizó la primera traducción al castellano de A Neglected Argument for the Reality of God[2] y la publicó en 1996 junto con una larga introducción que trataba en detalle sobre esta cuestión; el segundo, Gonzalo Génova, escribió su tesis acerca de la abducción y la lógica del descubrimiento de Peirce, publicada en castellano en 1997[3] y accesible en la web, y el tercero, Rolando Panesa, escribió una tesis doctoral sobre ciencia y religión en Charles S. Peirce (1996), que está también disponible en la web[4] En este artículo me apoyaré en gran medida en lo que he aprendido de la investigación de mis estudiantes, así como en mis exploraciones personales del Peirce religioso.

El objetivo de este artículo es subrayar el hecho de que para Peirce la creencia en Dios no es sólo un producto natural de la abducción o "instinto racional", de las conjeturas educadas del científico o del hombre corriente, sino que también la creencia en Dios y el desarrollo científico están interrelacionados. No sólo la creencia en Dios es capaz de cambiar la conducta del creyente, sino que de acuerdo con Peirce la realidad de Dios dota de sentido a toda la empresa científica. Esto puede sonar un poco extraño a los oídos positivistas contemporáneos, pero para comprender realmente a Peirce es preciso estudiar sus preocupaciones religiosas, que de forma creciente se consideran quizá tan importantes filosóficamente como sus preocupaciones científicas[5]. Más aún, en algún sentido quiero sugerir que para Peirce la actividad científica es una empresa genuinamente religiosa, quizá incluso la actividad religiosa por excelencia, y que separar religión y ciencia es contrario tanto al espíritu científico como al Peirce real. Como es bien conocido, Peirce en sus años de madurez defiende una verdadera religión de la ciencia:

Tal estado mental puede llamarse con mucha propiedad una religión de la ciencia. No es que sea una religión a la que la ciencia o el espíritu científico mismo hayan dado origen, pues la religión, en el sentido propio del término, puede surgir solamente de la sensibilidad religiosa. Pero es una religión, tan fiel a sí misma, que está animada por el espíritu científico, confiando en que todas las conquistas de la ciencia serán sus propios triunfos, y aceptando todos los resultados de la ciencia, así como los mismos hombres de ciencia los aceptan, esto es, como pasos hacia la verdad que, por un tiempo puede parecer estar en conflicto con otras verdades, pero que en tales casos simplemente espera ajustes que con toda seguridad vendrán con el tiempo. Esta actitud, cuando es observada, es una actitud que la religión asumirá no como un dictado de la ciencia, y mucho menos como un compromiso con ella, sino simple y únicamente por una confianza más audaz en sí misma y en su propio destino[6].

Para tratar de explicar esta cuestión, mi artículo se ordena en seis secciones después de esta ya larga introducción: 1) Una breve presentación de Charles S. Peirce; 2) El espíritu religioso de Peirce; 3) Dios y la investigación científica; 4) La creencia en Dios como un producto de la abducción; 5) La realidad de Dios y el desarrollo de la ciencia; y a modo de conclusión, 6) Algunas observaciones acerca del contexto religioso de Peirce. Trataré de compilar algunos textos de Peirce relevantes y citarlos extensamente, porque proporcionan una imagen muy adecuada de su enfoque que tanto contrasta con el cientismo materialista dominante en amplios estratos de nuestra cultura contemporánea.

1. Un perfil biográfico de Charles S. Peirce

Charles S. Peirce nació en Cambridge (Massachusetts) en 1839. Era el segundo hijo de una de las familias más destacadas del entorno intelectual, social y político de Boston. Su padre −Benjamin Peirce− era profesor de Harvard y un reconocido matemático y astrónomo de su época. Desde muy pequeño inició a Charles en el estudio de la física, de las matemáticas y de la astronomía. La formación académica de Peirce fue eminentemente científica y se graduó en química por la Universidad de Harvard en 1863. Sin embargo, a lo largo de toda su vida demostró una constante fascinación por las cuestiones filosóficas, a las que se introdujo principalmente a través de la filosofía kantiana y de la filosofía escocesa del sentido común. Peirce dominaba la historia de las ideas, así como la historia y la teoría de la ciencia, y a lo largo de los años se mantuvo en constante diálogo con los pensadores que le precedieron.

Durante cinco años (1879-1884) Peirce enseñó lógica en la recién creada Johns Hopkins University, lo que supondría su único contacto prolongado con una Universidad. Entre 1865 y 1891 desarrolló su actividad profesional como científico en la United Coast and Geodetic Survey. Allí trabajó de forma regular y constante como metrólogo y como observador en astronomía y geodesia. Ese trabajo de tipo experimental le permitió viajar por Europa y adquirir un importante prestigio internacional como científico.

En 1887, cuando sólo contaba 48 años, Peirce se trasladó a Milford (Pennsylvania), donde vivió retirado junto a su segunda esposa, Juliette Froissy, durante veintisiete años. En ese tiempo se dedicó a escribir afanosamente acerca de lógica y filosofía, corrigiéndose a sí mismo una y otra vez, con "la persistencia de la avispa dentro de una botella", según sus propias palabras, aunque sus trabajos en muchos casos no llegaran nunca a ser publicados. Durante ese tiempo Peirce escribió la mayor parte de las 80.000 páginas de manuscritos que dejó a su muerte en 1914 y que su esposa vendió a la Universidad de Harvard.

Charles Peirce fue un pensador extraordinariamente prolífico y dejó una obra que destaca por su amplitud y extensión. Puede decirse que su pensamiento consiste en un conjunto de doctrinas distintas, pero relacionadas entre sí. Su interpretación ha sido difícil y en ocasiones se le ha visto como un pensador contradictorio, pero de modo creciente y particularmente a partir de la edición cronológica de sus escritos, se ha señalado la profunda sistematicidad y coherencia de su pensamiento. Se ha visto con más claridad que Peirce pretendió llevar a cabo una magna obra, una arquitectónica de la razón humana en la que fuera posible analizar los distintos sistemas teóricos en una dependencia jerárquica, en estrecha relación con su triada de categorías (primeridad, segundidad y terceridad). Para desarrollar ese sistema Peirce conjugó intuiciones brillantes, que a veces sorprenden por su claridad y acierto −algunas de sus ideas son como decía James "destellos de luz deslumbrante sobre un fondo de oscuridad tenebrosa"[7]− durante décadas de trabajo tenaz y persistente.

El ámbito de los temas que Peirce trató es muy amplio. En muchos de ellos se le ha considerado como iniciador o fundador, como es el caso de la semiótica. La independencia y creatividad de su pensamiento está marcada así mismo por una nueva corriente filosófica de la que se le considera fundador: el pragmatismo. Esta doctrina, que nace como un método lógico para esclarecer conceptos, llegó a convertirse en la corriente filosófica más importante en Norteamérica durante el último tercio del siglo XIX y el primero del XX. Su origen puede situarse en las reuniones del Cambridge Metaphysical Club, que Peirce había creado junto a otros intelectuales entre 1871 y 1872[8] mientras que los primeros textos escritos se publicaron en 1877-78 bajo el título genérico de Illustrations of the Logic of Science en la revista Popular Science Monthly[9]. William James, miembro también de ese Club Metafísico, señalaría posteriormente a Peirce como padre de esa corriente de pensamiento. Hay otras muchas nociones novedosas en el pensamiento peirceano, como su teoría de las categorías −que vertebra todo su pensamiento−, la dimensión triádica de los signos, o su cosmología de corte evolucionista. Entre esos logros novedosos la abducción ocupa un lugar central.

La mente original de Peirce no sólo creó nuevas disciplinas sino que también fue capaz de enfrentarse de un modo nuevo a las cuestiones filosóficas tradicionales, entre ellas a la cuestión de Dios. Peirce no eludió las cuestiones metafísicas, sino más bien al contrario. En ocasiones se ha querido hacer de él un positivista, por su énfasis en el método científico que parte de la experiencia, sin embargo, no puede ocultarse que en la obra de Peirce existe una atención a los problemas metafísicos y cosmológicos tradicionales. Lejos del rechazo típico del positivismo hacia esos problemas, Peirce trata de afrontarlos desde su propia perspectiva, ciertamente una perspectiva empírica, ya que −como decían los escolásticos− el conocimiento brota siempre de la experiencia.

2. El espíritu religioso de Peirce

Charles S. Peirce había nacido en una sociedad protestante puritana. Su padre, profundamente religioso, profesaba el unitarianismo, aunque algunas de sus opiniones, formadas bajo la influencia de Louis Agassiz y del científico y místico sueco Emmanuel Swedenborg, fueron vistas como poco ortodoxas dentro de la Iglesia Unitaria. Esa actitud religiosa de su padre tuvo gran influencia en Charles Peirce y es la que explica en gran medida el carácter religioso presente en su pensamiento[10]. Como ha escrito Murphey: "el espíritu religioso estaba siempre presente en la obra de Peirce, abiertamente o no, y era un factor importante para determinar la naturaleza de su filosofía"[11].

Por influencia de su primera esposa, Melusina Fay, Peirce se adhirió a la Iglesia Episcopaliana en 1862, lo que supuso su paso del unitarianismo al trinitarianismo, que es la versión norteamericana del anglicanismo. Fue considerado en ocasiones como poco ortodoxo y a menudo mostró un notable desprecio hacia las teologías y metafísicas enseñadas en los seminarios de Nueva Inglaterra y por las formas a veces rutinarias de las religiones organizadas. Sin embargo, Peirce tuvo siempre fuertes convicciones religiosas. En 1892 escribe al rector de la Iglesia Episcopaliana de Santo Tomás en Nueva York: "durante muchos años no he recibido la Comunión y apenas he entrado en una iglesia, aunque he tenido siempre un apasionado amor por la Iglesia y una fe absoluta en que la esencia del cristianismo, cualquiera que sea, es divina; pero no podía reconciliar todavía mis nociones de sentido común y de evidencia con las proposiciones del Credo"[12]. Inmediatamente le relata como esa misma mañana había recibido la Comunión en una peculiar experiencia mística.

Ese espíritu religioso de Peirce está presente en su filosofía, que es profundamente teísta. La idea de Dios es una referencia constante en su pensamiento. Peirce destacó siempre la unidad entre ciencia y religión, tratando incluso de aplicar su peculiar metodología científica al estudio de la cuestión de Dios. Peirce sostenía que la idea de Dios no podía surgir de un razonamiento estricto, sino que al igual que en la ciencia es precisa una cierta experiencia: “En cuanto a Dios abre tus ojos −y tu corazón, que es también un órgano perceptivo− y lo ves”[13]. Para demostrar la realidad de Dios, según Peirce, será precisa una peculiar combinación del proceso de argumentación racional y de la vitalidad de la experiencia[14].

Peirce no dudaba al afirmar la realidad de Dios, y en 1906 escribía: "Siendo la pregunta la de si creo en la realidad de Dios, respondo, sí. Más aún, opino que casi todo el mundo cree esto más o menos, incluyendo a muchos de los hombres científicos de mi generación que están acostumbrados a pensar que la creencia es enteramente infundada"[15]. En un texto anterior escrito en 1892 afirmaba también: "La cuestión que surge es cómo es posible que la existencia de ese ser haya sido dudada alguna vez por alguien. La única respuesta que puede en este momento darse es que los hechos que están delante de nuestro rostro y de nuestros ojos, están lejos de ser en todos los casos los que más fácilmente se disciernen. Esto ha sido señalado desde tiempo inmemorial"[16].

Para Peirce Dios es real y la Mente divina es creadora: "La palabra ‘Dios’ (...) es el nombre propio característico para significar al Ens Necessarium; según mi creencia, al Realmente creador de los tres Universos de Experiencia"[17]. Además, Dios es omnipotente, omnisciente, infalible, providente y no sujeto al tiempo[18]. Por lo tanto, Peirce considera a Dios como un ser necesario, creador y que se constituye en ideal que gobierna la vida humana, aunque esas propiedades sólo pueden atribuirse a Dios en un sentido vago. La misma idea de Dios es vaga puesto que se trata de un objeto infinitamente incomprehensible y así lo muestra la peculiaridad de la hipótesis de Dios.

3. Dios y la investigación científica

Para comprender a Peirce me parece que es útil afirmar con rotundidad que, aunque era un filósofo y un lógico, fue sobre todo y principalmente un científico. Los informes que elaboro para la Coast Survey son un testimonio destacado de su experiencia personal en la dura tarea de medir y obtener evidencias empíricas. Una ojeada a sus informes oficiales para la Coast Survey o a las Photometric Researches que produjo entre 1872 y 1875 confirma inmediatamente la impresión de que era un hombre implicado en un trabajo científico sólido[19]. Como señaló Max Fisch, "Peirce no era meramente un filósofo o un lógico que hubiera leído bibliografía científica. Era un científico profesional hecho y derecho, que llevó a todo su trabajo las preocupaciones del filósofo y del lógico"[20].

Peirce concibió la investigación científica como una actividad colectiva y cooperativa de todos aquellos "a los que les devora un deseo de averiguar las cosas"[21], de todos aquellos cuyas vidas están animadas por "el deseo sincero de averiguar la verdad, sea cual sea"[22]. La ciencia es para Peirce "una entidad histórica viva"[23], "un cuerpo vivo y creciente de verdad"[24]. A lo largo de su vida, pero especialmente en sus últimos años, Peirce insistió en que la imagen comúnmente percibida de la ciencia como algo completo y acabado es totalmente opuesta a lo que la ciencia realmente es, al menos en su propósito práctico original. En este sentido, lo que aparece al extraño como el aspecto más sólido de la ciencia es visto por los que la practican como su parte más débil. Las hipótesis brillantes que impresionan al hombre corriente no son vistas por los expertos más que como conjeturas educadas que son tan naturales para ellos, como el volar y construir nidos lo son para los pájaros (CP 6.476, 1908).

Lo que constituye la ciencia "no son tanto las conclusiones correctas, sino el método correcto. Pero el método de la ciencia es en sí mismo un resultado científico. No surgió del cerebro de un principiante: fue un logro histórico y una hazaña científica"[25]. El crecimiento científico no es sólo la acumulación de datos, de registros, de medidas o experiencias. Aunque el científico sea invariablemente un hombre que ha llegado a estar profundamente impresionado por la eficacia de las observaciones completas y minuciosas, sabe que observar nunca es suficiente: su "objetivo último es educir la verdad"[26].

Aprender la verdad requiere no sólo reunir datos, sino también abducción, es decir, la adopción de una hipótesis para explicar los hechos sorprendentes, y la deducción de consecuencias probables que se espera que verifiquen la hipótesis (CP 7.202, 1901). La abducción consiste en "examinar una masa de hechos y en permitir que esos hechos sugieran una teoría"[27]. Esa abducción será el primer paso de una metodología científica, aquel por el que surge una primera explicación plausible del fenómeno que se está estudiando. Esa primera hipótesis habrá de ser explicada a través de una fase deductiva y probada a través de una fase inductiva, aunque según afirma Peirce "toda la investigación recibe su ímpetu creativo de las inferencias abductivas preliminares. Las ideas nuevas o ingeniosas están ya contenidas en la hipótesis; la deducción e inducción sirven meramente para clarificar y confirmar (o rechazar) las intuiciones (insights) abductivas"[28].

Esa metodología científica ha de aplicarse a cualquier estudio serio y riguroso sobre la realidad, e incluso al mismo estudio de la cuestión de Dios, tal y como Peirce propone en 1908 en Un argumento olvidado a favor de la realidad de Dios. El verdadero método científico, que no se reduce a un mero experimentalismo, no está en contradicción con la religión. Por el contrario, hay una unidad subyacente entre ciencia y religión. A lo largo de su vida, Peirce trató de destacar esa unidad frente a quienes afirmaban que ciencia y religión hablaban dos lenguajes distintos. Entre ambos campos del saber no existía para Peirce contradicción sino que, por el contrario, sostenía que se apoyan mutuamente en lo que sería una continuidad de instinto, sentimiento y razón. La ciencia, sin las formas emotivas y experienciales de la religión, sería mero cientismo, una teoría ineficaz y sin inspiración, y la religión sin ciencia se convertiría en ciega e incapaz de crecimiento[29].

Esa unidad de ciencia y religión era tan profunda que el Peirce maduro llegó a considerar la investigación científica como una clase de tarea religiosa. En 1987, Kenneth L. Ketner eligió un fragmento realmente sugestivo de las Adirondack Summer School Lectures (MS 1334) de Peirce −hasta entonces casi totalmente desconocidas− para presentar la concepción de ciencia de Peirce en el volumen de John Sturh Classical American Philosophy. Ketner dio a ese fragmento el título de “La naturaleza de la ciencia” y en él, después de ofrecer una clasificación de las ciencias y los grupos de hombres, Peirce presenta el objetivo de la vida de los hombres de ciencia, "que son comparativamente pocos y que no pueden concebir en absoluto una vida para el disfrute y desprecian una vida de acción", como "el de adorar a Dios en el desarrollo de las ideas y de la verdad"[30].

El universo es para Peirce una manifestación del poder creador de Dios, una gran obra de arte, un poema, es "un gran símbolo del propósito de Dios"[31]. Toda la realidad es de la naturaleza de la mente de Dios, la "ley de la mente" preside el universo, y de aquí se deriva que el objetivo de la ciencia no será otro que el conocimiento de la verdad de Dios. Para Peirce los heuréticos o heurospudistas [del griego eurisko "descubrir" y spoudaios, "diligente"] son los científicos que se esfuerzan por descubrir, y que "miran el descubrimiento como un familiarizarse con Dios y como la intención última por la que la raza humana fue creada". Este texto merece citarse con detenimiento:

Los heurospudistas miran el descubrimiento como un familiarizarse con Dios y como la intención última por la que la raza humana fue creada. Incluso como la intención misma de Dios al crear al mundo en su totalidad. […] Cuando digo que Dios es, quiero decir que la comprensión de Dios es el más alto vuelo que podemos hacer hacia una comprensión del completo universo físico-psíquico. Tiene la ventaja sobre los agnósticos y otras opiniones de ofrecer a nuestra aprehensión un objeto para ser amado. Ahora bien, el heurospudista tiene una necesidad imperativa de encontrar en la naturaleza un objeto al que amar. Su ciencia no puede subsistir sin él. Ya que la ciencia para él debe ser adorar para no caer ante los pies de algún ídolo de fabricación humana. Recordad que la raza humana no es sino una cosa efímera. En un instante será desechada y suprimida toda entera. Incluso ahora domina simplemente en un pequeño planeta de una estrella insignificante, mientras que todo lo que abarca nuestra vista en una noche estrellada es respecto del universo mucho menos que una sola célula del cerebro respecto al hombre entero[32].

Este texto produce una gran impresión, en particular cuando uno se da cuenta la cantidad de horas de su vida que Peirce invirtió durante largas noches mirando pacientemente a las estrellas y tomando notas cuidadosamente de sus mediciones. Esas meditaciones de Peirce sobre el universo nos ponen en camino hacia la aplicación de la metodología científica al estudio de la cuestión de Dios. Hay una peculiar 'experiencia' de Dios que nos va a mostrar su realidad como el resultado de una abducción, es decir, como una hipótesis que surge espontáneamente en todo hombre que se detenga a meditar sobre el universo.

4. La creencia en Dios como un producto de la abducción

En los últimos años en Milford, Peirce mira hacia atrás y trata de dar sentido a través de sus escritos a su vida, a su gran experiencia como científico, a su excelente conocimiento de la historia de la filosofía y de la lógica, y también a las cuestiones de importancia vital, en particular a la creencia en Dios. (Hace tres años tuve la ocasión de visitar Arisbe, la casa donde Peirce vivió en Milford junto a su segunda esposa, y me impresionó profundamente la presencia espiritual de Peirce allí). Permítanme citarle otra vez, ahora con un texto correspondiente a Answers to Questions Concerning my Belief in God (1906):

He tenido a veces ocasión de caminar por la noche, aproximadamente una milla, por un camino poco frecuentado, la mayor parte en campo abierto, sin ninguna casa a la vista. Las circunstancias no son favorables para un estudio riguroso, sino para una sosegada meditación. Si el cielo está claro miro a las estrellas en el silencio, pensando cómo cada aumento sucesivo de la apertura de un telescopio hace visibles a muchas más que todas las que eran visibles antes. (…) Deja que un hombre beba en esos pensamientos que le vienen al contemplar el universo psico-físico sin ningún propósito especial; especialmente el universo de la mente que coincide con el universo de la materia. La idea de que hay un Dios por encima de todo eso por supuesto surgirá a menudo; y cuanto más la considere, más le envolverá el Amor por esa idea. Se preguntará a sí mismo si de verdad hay un Dios o no. Si permite hablar a su instinto y busca en su propio corazón, encontrará al final que no puede evitar creer en él[33].

Esta es el humus en el que creció el artículo de Peirce Un argumento olvidado en favor de la realidad de Dios. Pienso que no está muy alejado de la verdad considerar este artículo como la piedra angular del arco de su vida (CP 8.257), que articula "los continuados intereses duales de Peirce en la práctica de la religión y en el desarrollo de la ciencia, lógica y filosofía”[34]. Como escribe Anderson, "cuanto más tiempo se pasa con 'El argumento olvidado en favor de la realidad de Dios' de Peirce, más se da uno cuenta de que hay pocos ensayos en la tradición americana que puedan igualar su riqueza[35]. No puedo desarrollar aquí un análisis completo de este texto, sino sólo describir −en esta sección y la siguiente− dos de sus aspectos significativos.

Para Peirce la creencia en la realidad de Dios es un producto natural de la abducción, o instinto educado, del científico o del hombre corriente y, como toda hipótesis, va a surgir a partir de una peculiar experiencia. En ese sentido puede decirse que para Peirce, Dios es objeto de experiencia más que objeto de fe[36]: "¿De dónde vendría una idea tal, como la de Dios, si no es de la experiencia directa?"[37]. El conocimiento de Dios, como cualquier otro, depende de la experiencia, pues "no podemos conocer nada excepto lo que directamente experimentamos"[38]: No se trata sin embargo de experiencia como las primeras impresiones del sentido, sino del musement, la meditación libre, el juego de la mente que contempla el universo, un peculiar estado de la mente y del corazón que van de una cosa a otra de modo libre, sin seguir regla alguna. En el curso de esa actividad surge tarde o temprano la idea de Dios y ésta nos atrae de tal modo que nace una creencia instintiva en su realidad.

En el Puro Juego del Musement es seguro que se encontrará antes o después la idea de la Realidad de Dios como una imagen atractiva, que el Muser desarrollará de diversas maneras. Cuanto más la pondera, más respuesta encontrará en cada parte de su mente, por su belleza, porque proporciona un ideal de vida y por su explicación completamente satisfactoria de todo su triple entorno[39].

El descubrimiento espontáneo de la idea de la Realidad de Dios que aparece a través de la actividad del musement es el "argumento humilde", y es el primer paso para el argumento realmente olvidado por los teólogos de Nueva Inglaterra, que consiste en:

mostrar que el argumento humilde es el fruto natural de la meditación libre, puesto que todo corazón será embelesado por la belleza y adorabilidad de la Idea, cuando es así perseguida. Si los teólogos hubieran sido capaces de percibir la fuerza de este argumento, hubieran hecho de él una presentación tal de la naturaleza humana universal como para mostrar que la tendencia latente hacia la creencia en Dios es un ingrediente fundamental del alma y que, lejos de ser un ingrediente vicioso o supersticioso, es simplemente el precipitado natural de la meditación acerca del origen de los Tres Universos[40].

Estamos ahora en el centro del argumento. En la terminología de Peirce, estos "tres universos" son, primero, el de las puras ideas; segundo, el de la actualidad bruta de las cosas y los hechos; tercero, el de las conexiones, los signos (CP 6.455, 1908). La clave del argumento es una peculiar afinidad entre mente y materia, puesto que presupone que ciertas clases de actividad mental humana pueden ser identificadas como “naturales”, y que las creencias "naturales" son especialmente plausibles[41]. Para Peirce la abducción de Dios, y toda abducción, es la expresión de un "instinto racional"[42] y todo progreso en el conocimiento es debido a ese instinto racional: “cada tabla de su avance es colocada primero por la sola Retroducción, es decir, por las conjeturas espontáneas de la razón instintiva”[43]. La ciencia en sí misma es un desarrollo de instintos naturales: "mi larga investigación del proceso lógico del razonamiento científico me condujo hace muchos años a la conclusión de que la ciencia no es sino un desarrollo de nuestros instintos naturales"[44]. Ese instinto racional no es infalible, pero es capaz de conducirnos a la verdad de una manera sorprendentemente eficaz. El hombre tiene esa sorprendente capacidad de adivinar la verdad y de dar prioridad a unas hipótesis sobre otras (CP 8.223, c.1910).

Esta facultad es (...) de la naturaleza general del instinto, parecida a los instintos de los animales en que sobrepasa por mucho los poderes generales de nuestra razón y en que nos dirige como si estuviéramos en posesión de hechos que están completamente más allá de nuestros sentidos. Se parece también en su pequeño riesgo de error; pues aunque se equivoca más a menudo que acierta, sin embargo la relativa frecuencia con que acierta es en el total la cosa más maravillosa de nuestra constitución[45].

La cuestión central en el corazón de la empresa científica es, precisamente, ¿por qué abducimos correcta y fácilmente en un número de intentos relativamente pequeño? Esta cuestión aparece una y otra vez en los textos de Peirce. Permítanme citar uno de los pasajes más conocidos:

Un hombre ha de estar completamente loco para negar que la ciencia ha hecho muchos descubrimientos verdaderos. Cada punto de la teoría científica que hoy es algo establecido se ha debido a la Abducción. Pero, ¿cómo es que toda esa verdad se iluminó alguna vez por un proceso en el que no hay fuerza [compulsiveness] ni tendencia hacia algo con fuerza? ¿Es por azar? Consideren la multitud de teorías que podrían haberse sugerido. Un físico se encuentra con algún fenómeno nuevo en su laboratorio. Cómo sabe si las conjunciones de los planetas no tienen algo que ver con ello, o si no es debido a que la emperatriz viuda de China hubiera pronunciado en ese mismo momento un año antes alguna palabra de poder místico, o que algún genio invisible estuviera presente. Piensen en cuantos trillones y trillones de hipótesis podrían hacerse de las que sólo una es verdadera; y sin embargo, después de dos o tres o como mucho una docena de conjeturas el físico da bastante cerca de la hipótesis correcta. Por azar no es probable que lo hubiera logrado en todo el tiempo que ha transcurrido desde que la tierra se solidificó[46].

La abducción no es debida al azar. En el Argumento Olvidado se pone de manifiesto que la clave de la universalidad de la abducción de Dios está en una peculiar afinidad entre la mente humana y la naturaleza, que hace que surja instintivamente la creencia en Dios. Para Peirce, la explicación de la capacidad de abducir, de la habilidad humana para elegir fácil y correctamente entre las innumerables hipótesis que podrían sugerirse reside en que "la mente del hombre debe estar en sintonía con la verdad de las cosas para descubrir lo que ha descubierto. Es el fundamento mismo de la verdad lógica"[47].

Peirce apela en el Argumento Olvidado (y en otros diversos lugares[48]) a il lume naturale −expresión que toma prestada de Galileo− para explicar esa sorprendente habilidad de adivinar la respuesta correcta eligiéndola de entre un montón de posibilidades. Se trataría "de una luz de la naturaleza, una penetración instintiva" (CP 5.604, 1903) que permite adivinar la explicación verdadera (CP 7.219, 1901; 2.754, 1883), tal y como prueba la historia de la ciencia al mostrar qué pocas eran las conjeturas que el hombre de genio debía hacer antes de adivinar correctamente las leyes de la naturaleza (CP 5.604, 1903). Es "la hipótesis más simple en el sentido de la más fácil y natural, la que el instinto sugiere, la que debe preferirse por la razón de que, a menos que el hombre tenga una inclinación natural de acuerdo con la de la naturaleza, no tiene posibilidad de comprender la naturaleza en absoluto"[49].

5. La realidad de Dios y el desarrollo de la ciencia

La abducción supone siempre una peculiar mezcla de razón e instinto. La sugerencia de la abducción ha de ser probada y es susceptible de explicación, pero se ha obtenido de una forma en cierto modo instintiva. Así la investigación científica se convierte en una peculiar mezcla de diversos factores, no sólo racionales, que dan cuenta del carácter sorprendente e inesperado del nuevo hallazgo. Esto no significa que Dios ilumine místicamente las mentes humanas a través de la gracia o de la inspiración, sino más bien que el ser humano está naturalmente orientado para percibir las lecciones que Dios, a través de los tres Universos, le está continuamente enseñando (CP 2.769, 1905). Más aún, como escribe Clark Smith, según Peirce:

Hay una clase de relación personal entre el 'muser' o el que formula las hipótesis (…) y Dios, que es el "principio que origina el universo" (CP 2.24, 1902). La "luz de la razón", esa que enciende la chispa del principio de descubrimiento y comprensión, representa entonces una conexión entre el hombre y su Fuente, de modo que se convierte en una especie de criatura de Dios (CP 1.316, 1903)[50].

El ser humano se encuentra en armonía con el mundo: hay una cierta conmensurabilidad entre la mente del investigador y las verdades del universo. La mente es continua con el resto del cosmos, no hay nada que sea radicalmente incomprehensible, porque todo es manifestación de la mente divina, y en ese sentido inteligible. De no darse esa continuidad el ser humano no podría conocer la naturaleza en absoluto. En la concepción de Peirce, la naturaleza creatural de la materia y la continuidad entre materia y mente explica el éxito sorprendente de las ciencias. Se trata de una "Gran Abducción" que podría ser puesta en los siguientes términos de acuerdo con el modelo de CP 5.189, 1903:

La eficiencia del científico (adivinando correctamente entre innumerables hipótesis) es un hecho realmente sorprendente

Si Dios fuera el creador de las habilidades cognitivas humanas y de la naturaleza, esta eficiencia sería cosa normal [a matter of course].

Por tanto, hay razón para sospechar que Dios es el creador de las mentes humanas y de la naturaleza.

En este sentido lo que estoy sugiriendo es que para Peirce el mejor signo de la realidad de Dios no es sólo la capacidad de esa creencia para cambiar la conducta del que cree[51], sino sobre todo la sorprendente eficiencia de nuestra empresa científica, que sería totalmente improbable por mero azar: requiere la creación de Dios como fuente común del conocedor y lo conocido, esto es, requiere "la vieja hipótesis de que el hombre ha sido hecho a imagen de su Hacedor, y así funciona su Razón" (CP 2.22, 1902).

6. Observaciones finales sobre el enfoque de Peirce

Quiero hacer muy brevemente dos observaciones finales. La primera es recordar que Peirce aprendió esta manera de pensar de su padre Benjamin, quien trae también a nuestra memoria el "Gran Libro de la Naturaleza" de Galileo:

La imagen divina, fotografiada en el alma del hombre desde el centro de la luz, está reflejada en cada parte de las obras de la creación. (…) 'En el principio Dios creó los cielos y la tierra'. Sin este tesoro de la fe, la idealidad omnipresente de la ciencia termina en un panteísmo empobrecido e impotente. Con él, la idealidad observada es el pensamiento divino, y el libro de la Naturaleza es el registro divino[52].

Esta era la creencia común entre los Unitarianos de la época[53] y −es mi segunda observación final− es también el contexto del enfoque católico romano sobre las relaciones entre ciencia y religión, razón y fe. En este sentido, puede decirse que el contexto de Peirce es más cercano y más congenial de lo esperado a la tradición católica. Una última cita:

Ha llegado el tiempo, sin embargo, en el que el hombre, a quien la experiencia religiosa le mueve muy devotamente, puede reconocer el estado de la cuestión. Aun adhiriéndose a la esencia de la religión, y tanto como sea posible a la iglesia, que le es todo menos esencial, digamos penesencial [penessential], dejará a un lado esa timidez religiosa que está siempre provocando que la iglesia retroceda de los caminos a los que el Gobernador de la historia está conduciendo las mentes de los hombres, una cobardía que ha permanecido a través de los años como la señal y límite de su poca fe, y marchará alegremente hacia delante, seguro de que la verdad no se divide en dos doctrinas opuestas, y de que cualquier cambio que el conocimiento pueda obrar en su fe sólo puede afectar a su expresión, pero no al profundo misterio expresado[54].

Me parece que este texto de Peirce está en perfecta sintonía con las enseñanzas del Concilio Vaticano Segundo (Gaudium et Spes 36, 2), el Catecismo de la Iglesia Católica (1992, n. 159) y el importante documento de Juan Pablo II Fides et ratio (1998), pero explicar esto en detalle sería tema de otro artículo.

Jaime Nubiola
Universidad de Navarra

Nota del Autor: Agradezco al profesor Héctor Zagal su amable invitación a colaborar en este número de Tópicos. Una versión precedente de estas páginas fue presentada en el Symposium on the Religious Writings of Charles S. Peirce, que tuvo lugar en Denver, Colorado, en marzo de 2003. Agradezco muy en particular a Sara F. Barrena su traducción al castellano de aquel texto y sus sugerencias y correcciones.

Fuente: unav.edu.

 


[1] P. H. SAMWAY (ed): A Thief of Peirce. The Letters of Kenneth Laine Ketner and Walker Percy, Jackson: University Press of Mississippi 1995, p. 130.

[2] S. F. BARRENA: Charles S. Peirce: Un argumento olvidado a favor de la realidad de Dios. Introducción, traducción y notas, Pamplona: Cuadernos de Anuario Filosófico 34 (1996). Recientemente ha defendido su tesis doctoral La creatividad en Charles S. Peirce: abducción y razonabilidad.

[3] G. GENOVA: Charles S. Peirce: La lógica del descubrimiento, Pamplona: Cuadernos de Anuario Filosófico 45 (1997).

[4] R. T. PANESA: Science and Religión in Charles S. Peirce, Tesis Doctoral, Universidad de Navarra, 1996.

[5] K. A. PARKER: The Continuity of Peirce’s Thought, Nashville: Vanderbilt University Press 1998, p. 231 n. 5.

[6] C. S. PEIRCE: "The Marriage of Religión and Science", Collected Papers, C. Hartshorne, P. Weiss y A. W. Burks (eds), Cambridge: Harvard University Press 1931-1958, 6.433, 1893. (Como es habitual para referirme a esta obra señalaré a partir de ahora CP, seguido del número de volumen, el de parágrafo y el año a que corresponde el texto).

[7] W. JAMES: Pragmatism, Cambridge: Harvard University Press 1907, p. 10.

[8] Para estudiar el origen del pragmatismo véase M. H. FISCH: "Was There a Metaphysical Club in Cambridge?", Studies in the Philosophy of Charles Sanders Peirce, Second Series, E. Moore y R. Robin (eds), Amherst: University of Massachusetts Press 1964, pp. 3-32 y "Was there a Metaphysical Club in Cambridge? —A Postscript", Transactions of the Charles S. Peirce Society, 17 (1981), pp. 128-130; L. MENAND: El club de los metafísicos. Historia de las ideas en América, Barcelona: Destino 2002; C. SINI: El pragmatismo, Madrid: Akal 1999; J. BRENT: Charles Sanders Peirce. A Life, Indiana: Indiana University Press 1998 (2ª edición revisada), capítulo 2.

[9] Se trata de los seis artículos: "The Fixation of Belief" 12 (Nov 1877) pp. 1-15; "How to Make Our Ideas Clear" 12 (Jan 1878) pp. 286-302; "The Doctrine of Chances" 12 (March 1878) pp. 604-615; "The Probability of Induction" 12 (April 1878) pp. 705-718; "The Order of Nature" 13 (June 1878) pp. 203-217; "Deduction, Induction, and Hypothesis" 13 (Aug 1878) pp. 470-482. Hay traducción castellana de todos ellos en http://www.unav.es/gep/Peirce-esp.html.

[10] Cfr. J. BRENT: Charles Sanders Peirce. A Life, p. 36.

[11] M. G. MURPHEY: The Development of Peirce's Philosophy, Cambridge: Harvard University Press, 1961, p. 16.

[12] Carta de C. S. Peirce a John Brown, St. Thomas Church, Nueva York, 24 abril 1892. MS 483. Hay traducción castellana en http://www.unav.es/gep/CartaJBrown.html.

[13] C. S. PEIRCE: "A Neglected Argument for the Reality of God", CP 6.493, c.1896.

[14] Cf. H. L. NADELMAN: "Baconian Science in Post-Bellum America: Charles Peirce’s 'Neglected Argument for the Reality of God'", Journal of the History of Ideas, 54 (1993), p. 87.

[15] C. S. PEIRCE: CP 6.496, c.1906.

[16] C. S. PEIRCE: CP 6.162, 1892.

[17] C. S. PEIRCE: "A Neglected Argument for the Reality of God", CP 6.452, 1908.

[18] C. S. PEIRCE: CP 6.508-510, c.1906.

[19] C. S. PEIRCE: Writings of Charles S. Peirce: A Chronological Edition, M. H. Fisch et al. (eds), Bloomington: Indiana University Press 1982-, 3, 382-493. Para referirme a esta obra señalaré a partir de ahora W.

[20] M. FISCH: "Introduction" en W 3, 1993, xxi-xxxvii.

[21] C. S. PEIRCE: CP 1.8, c.1897.

[22] C. S. PEIRCE: CP 5.84, 1903.

[23] C. S. PEIRCE: CP 1.44, c.1896.

[24] C. S. PEIRCE: CP 6.428, 1893.

[25] C. S. PEIRCE: CP 6.428, 1893.

[26] C. S. PEIRCE: Historical Perspectives on Peirce’s Logic of Science: A History of Science, C. Eisele (ed), Berlín: Mouton 1985, p. 1123, 1898.

[27] C. S. PEIRCE: CP 8.209, 1905.

[28] M. L. RAPOSA: Peirce’s Philosophy of Religion, Bloomington: Indiana University Press 1989, p. 133.

[29] Cfr. D. R. Anderson, "Three Appeals in Peirce's Neglected Argument", Transactions of the C. S. Peirce Society, 1990 (26), pp. 349-362.

[30] C. S. PEIRCE: MS 1334, 11-14, 1905, J. Stuhr (ed), Classical American Philosophy, Oxford: Oxford University Press 1987, p. 47.

[31] C. S. PEIRCE: CP 5.119, 1903.

[32] C. S. PEIRCE: MS 1334, 20, 1905.

[33] C. S. PEIRCE: CP 6.501, c.1906.

[34] D. ANDERSON: Creativity and the Philosophy of C. S. Peirce, Dordrecht: Nijhoff 1987, p. 137.

[35] D. ANDERSON: "Three Appeals in Peirce’s Neglected Argument", Transactions of the Charles S. Peirce Society 26 (1990), p. 349.

[36] Cfr. G. DELEDALLE: Lire Peirce Aujourd'hui, Bruselas: De Boeck-Wesmael 1990.

[37] C. S. PEIRCE: CP 6.493, c.1896.

[38] C. S. PEIRCE: CP 6.492, c.1896.

[39] C. S. PEIRCE: CP 6.465, 1908.

[40] C. S. PEIRCE: CP 6.487, 1910. La cursiva es mía.

[41] G. BEHRENS: "Peirce’s 'Third Argument? for the Reality of God and Its Relation to Scientific Inquiry", Journal of Religion 75 (1995), 203.

[42] M. A. AYIM: "Retroduction: The Rational Instinct", Transactions of the Charles S. Peirce Society 10 (1974), 34-43.

[43] C. S. PEIRCE: CP 6.475, 1908.

[44] C. S. PEIRCE: CP 6.604, 1891.

[45] C. S. PEIRCE: CP 5.173, 1903.

[46] C. S. PEIRCE: CP 5.172, 1903.

[47] C. S. PEIRCE: CP 6.476, 1908.

[48] Véase CP 1.80, c.1896; 1.630, 1898; 6.10, 1891; 6.567, 1905.

[49] C. S. PEIRCE: CP 6.477, 1908.

[50] J. C. SMITH: "Peirce’s Religious Metaphysics", International Philosophical Quarterly 19 (1979), 415.

[51] Cf. M. L. RAPOSA: Peirce’s Philosophy of Religion, Bloomington: Indiana University Press 1989, p. 133.

[52] B. PEIRCE: Ideality in the Physical Sciences, Boston: Little, Brown 1881, pp. 31 y 36.

[53] C. HOOKWAY: Peirce, Londres: Routledge & Kegan Paul 1985, pp. 4-5; B. KUKLICK: The Rise of American Philosophy, New Haven, CT: Yale University Press 1977, pp. 6-7.

[54] C. S. PEIRCE: CP 6.432, 1892.