Para Simone Weil rezar no significa otra cosa que orientar a Dios toda la atención de la que el alma es capaz

Estamos en 1940, Francia está parcialmente ocupada por los nazis y la intelectual judía francesa Simone Weil[1], una de las voces más originales del Novecientos, tras muchas dudas deja Paris y, con sus padres, se traslada primero a Vichy, luego a Toulouse y finalmente en septiembre a Marsella, donde espera que sea más fácil embarcarse para unirse a los hombres de Francia Libre, el movimiento de la resistencia organizado por Charles de Gaulle en Inglaterra. Su plan se demostró muy pronto de difícil ejecución y, obligada a permanecer más tiempo en la ciudad mediterránea, entabló nuevas relaciones culturales y de amistad, recuperó viejas amistades y buscó trabajo como empleada agrícola. Esa estancia forzada, aunque le impida realizar de inmediato su plan político, sin embargo no es infructuosa. En Marsella, entre 1940 y 1941, la joven filósofa vivirá uno de los periodos espiritualmente más fecundos de su vida.

De hecho, a este periodo se remonta, además de la elaboración de los Cuadernos[2] de Marsella y de los escritos sobre la tradición griega que confluirán en La fuente griega[3] e Intuiciones precristianas[4], la composición de algunos ensayos sobre el amor de Dios[5] que representan auténticas joyas de meditación cristiana. Dos, entre estos, reflejan precisamente el significado de la oración: A propósito del Padrenuestro y Reflexiones sobre el buen uso de los textos escolásticos como medio de cultivar el amor de Dios.

Antes de su llegada a Marsella, Simone Weil nunca había rezado. Es cierto que ya había tenido en 1937 la experiencia de Asís, donde por primera vez en su vida algo más fuerte que ella la había obligado a arrodillarse mientras estaba en Santa María de los Ángeles, en la capilla de la Porciúncula, y luego durante la Pascua de 1938, la de Solesmes, el inesperado encuentro con Cristo, de tú a tú, mientras recitaba la poesía de George Herbert[6], Love (1633). Pero nunca antes de entonces −confiesa a Joseph-Marie Perrin, el joven fraile dominico a quien conoció en Marsella y con quien mantuvo un abundante intercambio epistolar− se le había ocurrido rezar, en el sentido literal del término. Jamás había dirigido palabras a Dios, nunca había rezado una oración litúrgica. Entonces, ¿qué había pasado? ¿Qué la empujó a rezar?

Mientras trabajaba en la granja agrícola de Gustave Thibon, el filósofo-campesino que la había admitido por indicación de Perrin para enseñarle un poco de griego, Simone pensó utilizar el texto del Padrenuestro. Y fue entonces cuando la dulzura infinita de aquel texto griego la conquistó de tal modo que durante algunos días no pudo dejar de rezarlo ininterrumpidamente y, cuando más tarde comenzó a vendimiar, cada día, antes de iniciar el trabajo, rezaba el Padrenuestro en griego, y a menudo lo repetía en el viñedo. Desde ese momento en adelante se propuso rezarlo cada mañana con atención absoluta. «Si mientras lo rezo −confió al padre dominico, del que acabó siendo buena amiga− mi atención divaga o se adormece, aunque solo sea en medida infinitesimal, recomienzo de nuevo hasta que no haya tenido por completo una atención absolutamente pura».

Es fácil intuir de esta cita, lo importante que es el concepto de «atención» para comprender la concepción weiliana de la oración. Porque rezar para la francesa pensadora judía no significa otra cosa que orientar a Dios toda la atención de la que el alma es capaz, como se lee en el bonito ensayo escrito para los estudiantes católicos de Montpellier, Reflexión sobre el buen uso de los estudios escolásticos como medio de cultivar el amor de Dios. En ese sentido, la atención aplicada a los estudios escolásticos es una preparación y una educación para esa atención más elevada e intensa que la práctica de la oración requiere.

Y si para Weil la oración está hecha de atención, si esa es la sustancia, entonces rezar maquinalmente, sin prestar atención a las palabras pronunciadas mentalmente o en voz alta, significa no rezar, o al menos no rezar de verdad. Así pues, ¿qué es la atención y cómo se desarrolla? ¿Cómo nos volvemos atentos? ¿Cómo se educa en la atención y en la concentración?

Para Simone Weil la atención no es un acto de la voluntad ni un esfuerzo muscular. En su experiencia como profesora se había dado cuenta de que cuando pedía a los alumnos que prestasen atención, los veía arrugar la frente, contener la respiración, contraer los músculos, pero si unos instantes después les preguntaba a qué habían prestado atención, no eran capaces de responder. En realidad, no habían prestado atención, simplemente habían contraído los músculos.

Sin embargo, la atención para Weil tampoco es una cualidad innata o algo que suceda sin nuestro consentimiento: presupone un trabajo, comporta un esfuerzo, quizá más grande que cualquier otro, pero se trata de un esfuerzo negativo. Para mirar con atención un buen cuadro, escuchar un fragmento musical y, con mayor razón, para rezar a Dios, es necesario liberar la mente de preocupaciones, pensamientos, deseos personales, hacer el vacío en uno mismo. La atención es espera y, como la espera, presupone que se haya dejado aparte cualquier otra ocupación y cualquier otra meta, y se esté todo dirigido a lo que pasa. Para prestar atención hacen falta, pues, el trabajo y el esfuerzo con que la voluntad y el yo se quitan a sí mismos para hacerse disponibles a acoger y dejarse colmar por otro. Como la espera, la atención es una acción no agente, una actividad pasiva. Es el acto con que el yo se desprende de sí y vuelve a sí mismo: «La atención −leemos en el ensayo antes citado− es desprenderse de sí y volver a sí mismo, como se inspira y se expira».

Pero si para conocer la verdad hace falta prestar atención, para estar atentos hace falta desear la verdad. Solo un deseo bien orientado nos hace capaces de atención en los estudios, solo un auténtico amor por la verdad y por Dios nos hace capaces de recibirlos en la reflexión y en la oración. Simone Weil, alumna del filósofo kantiano Émile-Auguste Chartier (llamado Alain), está persuadida de que el deseo bien orientado es aquel que desea la verdad únicamente por la verdad, el bien solo por el bien. Cualquier otra motivación que intervenga en la atención con que nos disponemos a la verdad y a Dios la degrada, la contamina y la debilita.

Un alumno que se aplique con empeño a los estudios con el fin de sacar buenas notas en los exámenes, quizá hasta logre sacarlas, pero nunca conocerá la pura verdad. Su deseo no es bastante íntegro porque no está guiado por un pensamiento desinteresado, por esa «probidad intelectual» que sola, purificándolo, lo habría dirigido a la verdad. Del mismo modo, no se debe rezar a Dios, al Padrenuestro que está en los cielos, para pedirle algo, aunque sea lo más noble y elevado que nuestra voluntad mire como fin. Como dice la oración que Jesús nos enseñó, comentada línea a línea por la filósofa en A propósito del Padrenuestro, hay que rezar a Dios para que se haga su voluntad, cualquiera que sea.

La oración implica, pues, para Simone Weil, una disposición interior preventiva, una preparación al contacto con Dios. La actitud desinteresada, que Simone Weil prefiere definir «impersonal», es la que dispone a la atención y abre al conocimiento de la verdad. Mejor, que nos vuelve prontos para recibirla.

Siempre hay en Weil una radical desconfianza al yo y a todo lo que concierne la esfera de lo personal, que considera siempre infectada de egoísmo. Rezar, en definitiva, significa entonces para ella sacar el propio deseo y el propio pensamiento de la jaula del yo para orientarlos a Dios. Y el fin de la oración así concebida es el de asimilarnos a Dios, ser perfectos como nuestro Padre celestial, amar el mundo como él lo ama, de modo imparcial. Los versículos del Evangelio que Weil repetidamente comenta en su obra y parece tener siempre presentes en su reflexión religiosa son los que dicen: «que seáis hijos de vuestro Padre que está en los cielos, que hace salir su sol sobre malos y buenos, y hace llover sobre justos e injustos» (Mt 5,45).

Pero si en la oración nos volvemos sus hijos, semejantes a él en el amor, en la imitación de la indiscriminada distribución de la lluvia y de la luz del sol, dicha filiación y asimilación no son, sin embargo, una conquista del hombre. Para Simone Weil es Dios quien nos eleva y nos hace sus hijos. Así pues, si el deseo orientado a Dios es la única fuerza capaz de elevar el alma, a ese deseo responde la acción de Dios que viene a aferrar el alma y elevarla. «Él viene −anota la escritora− solo para los que le piden que venga; para aquellos que se lo piden asiduamente, prolongadamente, con ardor». E insiste: «Dios no puede eximirse de descender a ellos».

Dios, para Simone Weil, no es solo el destino impersonal de los estoicos, ni la necesidad, aunque esa sea uno de sus rostros, sino un Dios que ama, que escucha las plegarias sinceras de los hombres, que espera a la puerta de su alma, dispuesto a entrar en cuanto se le dé permiso.

Es el Dios amor del Evangelio, de los místicos quien se hace presente a quien lo ama e invoca en la oración, pura y desinteresada, como le pasó a Simone durante el rezo del Padrenuestro. «A veces −cuenta a Perrin− ya las primeras palabras arrancan mi pensamiento de mi cuerpo para transportarlo a un lugar fuera del espacio, donde no hay ni perspectiva ni punto de vista. El espacio se abre. A la infinidad del espacio ordinario de la percepción le sustituye una infinidad elevada a la segunda o a la tercera potencia. Al mismo tiempo, esa infinidad de infinidades se llena de parte a parte de silencio, un silencio que no es ausencia de sonido, sino objeto de una sensación positiva, más positiva que la de un sonido. Los ruidos, si los hay, llegan a mí solo tras haber atravesado ese silencio. Y a veces, durante esos rezos o en otros momentos, Cristo está presente en persona, pero con una presencia infinitamente más real, más emotiva, más nítida y llena de amor que la de la primera vez que me sucedió».

Isabella Adinolfi

Fuente: osservatoreromano.va/it.

Traducción de Luis Montoya.

Apéndice del traductor

El artículo original no contiene ninguna nota. Las hemos añadido nosotros para ayuda del lector. También recogemos ahora la tercera parte del Poema Amor de George Herbert, en versión original y una traducción nuestra. Esta tercera parte es la que leía Simone Weil cuando le dolía mucho la cabeza. Una de esas veces, mientras lo recitaba, fue cuando Jesús entró en ella por primera vez.

Love bade me welcome. Yet my soul drew back
Guilty of dust and sin
But quick-eyed Love, observing me grow slack
From my first entrance in,
Drew nearer to me, sweetly questioning
If I lacked anything.

El Amor me invitó, pero mi alma retrocedió,
culpable de polvo y pecado.
Mas el Amor atento, observando mi vacilar
desde la primera vez que entré,
se me acercó dulcemente preguntando
si me faltaba algo.

‘A guest,’ I answered, ‘worthy to be here.’
Love said, ‘You shall be he.’
‘I the unkind, ungrateful? Ah my dear,
I cannot look on thee.’
Love took my hand, and smiling did reply,
‘Who made the eyes but I?’

Un huésped, respondí, digno de estar aquí.
El Amor dijo: Tú lo serás.
¿Yo, el cruel, el ingrato? ¡Ay, querido,
si yo no puedo ni mirarte!
El Amor tomó mi mano y sonriendo contestó:
¿Quién hizo tus ojos sino yo?

‘Truth Lord; but I have marred them; let my shame
Go where it doth deserve.’
‘And know you not,’ says Love, ‘who bore the blame?’
‘My dear, then I will serve.’
‘You must sit down,’ says Love, ‘and taste my meat:’
So I did sit and eat.

Cierto, Señor, pero yo los he estropeado;
deja que mi vergüenza vaya donde merece.
¿Y acaso no sabes
, dijo el Amor, quién quiere cargar tu culpa?
¡Entonces, querido, te serviré!
Sólo debes sentarte
, dijo el Amor, y probar mi carne.
Y me senté y comí.

 

[1] Simone Weil (París, 3-II-1909 – Ashford, 24-VIII-1943) fue una filósofa francesa. Aunque nunca fue bautizada, vivió y es considerada como mística cristiana. Dejó abundante literatura cristiana y textos místicos. La mayor parte de sus escritos los publicaron póstumamente Albert Camus y el padre Joseph-Marie Perrin.

[2] Cuadernos. Colección Estructuras y Procesos. Religión. Madrid 2001. Editorial Trotta. ISBN 978-84-8164-455-5.

[3] La fuente griega. Colección Estructuras y Procesos. Religión. Madrid 2005. Editorial Trotta. ISBN 978-84-8164-747-1.

[4] Intuiciones precristianas. Colección Estructuras y Procesos. Religión. Madrid (2004). Editorial Trotta. ISBN 978-84-8164-684-9.

[5] A la espera de Dios (seis cartas dirigidas al padre Perrin y varios ensayos de 1942). Colección Estructuras y Procesos. Religión. Madrid 2009. Editorial Trotta. ISBN 978-84-87699-60-3.

[6] George Herbert (3-IV-1593 – 1-III-1633) poeta, orador y sacerdote inglés. Los poemas de sus últimos años, escritos siendo clérigo en Benerton, cerca de Salisbury, son considerados extraordinarios. Sus poemas metafísicos de honda religiosidad desprenden una actitud de modestia. Su poesía se publicó en castellano con el título de El templo.