En octubre de 1517, Martín Lutero fijó sus famosas tesis de Wittenberg y dio comienzo a su reforma

El presente artículo cierra el 500 aniversario, y complementa el dossier dedicado al tema en el número de abril de ‘Revista Palabra’.

Hace 500 años, el 31 de octubre de 1517, Lutero publicó 95 tesis en la ciudad de Wittenberg, que hoy también se llama “ciudad de Lutero” (Lutherstadt). De este modo el joven profesor universitario deseaba invitar a una discusión científica sobre las indulgencias, tal y como era usual en su tiempo, pero también oponerse a puntos de la doctrina católica.

¿Cómo salvarse?

Al entrar en la iglesia de Wittenberg, unas palabras nos recuerdan el mensaje central de Lutero: “La Salvación no puede ser ganada, ni con obras, ni con sacramentos, ni con indulgencias. Los creyentes se salvan únicamente a través de la gracia divina. Nadie puede hacer de mediador entre Dios y los hombres, tampoco el Papa ni la Iglesia”. ¿Cómo llega Lutero a esta afirmación que resumidamente describe su doctrina? “Somos pura materia. Dios es quien se encarga de la forma; todo en nosotros es obrado por Dios”. Esta afirmación, nuclear en su teología, ha ido madurando en él desde sus inicios como profesor de teología en la recién fundada universidad de Wittenberg.

Las conversaciones de Lutero con su director espiritual, Juan Staupitz, ejercieron una gran influencia sobre su pensamiento teológico, aunque posteriormente se separaría de él, radicalizando su postura. De él aprendió a unir la exégesis con la teología dogmática bajo el aspecto de lo que ambas significan en concreto, según él, “para nosotros”, pro nobis, y no tanto en sí misma.

Años más tarde afirmaría: “No me importa lo que Jesucristo es en sí mismo, tan solo me importa lo que representa para mí”. Toda su doctrina se reducirá a la pura cuestión soteriológica; sólo le interesa poder contestar esta pregunta: ¿qué he de hacer para salvarme?

“Solamente”

En 1513, poco después de suceder a Staupitz como profesor de teología en la universidad de Wittenberg, Lutero afirma que su doctrina, es decir sus nuevos planteamientos teológicos, habían comenzado gracias a los impulsos recibidos de él (cfr. Volker Leppin, Die fremde Reformation. Luthers mystische Wurzeln, Múnich, 2016, p. 46).

A partir de ahí desarrolla su teología, comprendiendo para ello la justificación del pecador desde los famosos sola/us: Solus Christus, Sola gratia, Sola fide, Sola Scriptura. Esta afirmación radical del “solamente” implica que el hombre no puede contribuir con nada propio a su salvación. Ni siquiera una conducta intachable, una vida ejemplar, una vida de oración o una búsqueda de Dios podrían cambiar la voluntad divina. Por lo tanto, concluye Lutero, “en caso de no pertenecer al grupo de los elegidos, nos deslizaríamos irremisiblemente por el camino de la condenación eterna”.

En una de sus famosas “conversaciones de sobremesa” (Tischreden), Martín Lutero reflexiona en voz alta sobre lo que fue el detonante para que decidiera fijar las 95 tesis en la puerta de la iglesia del Palacio de Wittenberg el 31 de octubre de 1517. El dominico Juan Tetzel había recibido del arzobispo de Maguncia, Albrecht, el encargo de predicar sobre la importancia de las indulgencias para salvarse. Según Lutero, “Tetzel no decía más que auténticas barbaridades: las indulgencias nos reconciliarían con Dios y esto ocurriría también en el caso de carecer de contrición e incluso sin haber hecho penitencia… Estas fantasías me obligaron a intervenir”. En su opinión, los predicadores de indulgencias lo hacían sin tener en cuenta la diferencia entre la remisión de la culpa y la remisión de las penas por los pecados, como demuestra la frase irónica que con frecuencia se atribuye a Tetzel: “Al sonar la moneda en la cajuela, el alma del fuego al paraíso vuela”. Para la gente sencilla, la confusión estaba muy extendida y la teología no ayudaba a dar una solución clara. Estas confusiones llevaron al teólogo Lutero a salir a la escena pública.

Las indulgencias

Es bien sabido que Lutero, de joven, con su conciencia escrupulosa, pensaba que cometía un pecado mortal si se saltaba alguna de las reglas y costumbres monásticas leves o alguna de las rúbricas de la liturgia.

Pero donde más se manifestaba su escrupulosidad era en su conciencia inquieta e intranquila. Nunca estaba en paz consigo mismo, y quería saber con seguridad si estaba en gracia de Dios o en pecado. Pues bien, ahora reacciona ardorosamente ante la confusión en el tema de las indulgencias, que le parecían una estafa. Éstas son sus palabras: “Aquellos que predican a la gente sencilla la entrada en el cielo a través de las indulgencias, en realidad las está conduciendo al infierno. También habría que proteger al mismo Papa por contribuir a estas herejías”.

El daño producido por la concesión de indulgencias consistía en que el pueblo, ignorante y rudo, atendía algunas veces no tanto al arrepentimiento y a la contrición interna como a la obra externa requerida, manifestando incluso más temor por la pena que por la culpa. Era uno de tantos peligros de falsa religiosidad contra los que Lutero protestó acertadamente, como habían hecho otros predicadores católicos anteriores a él: Lutero no fue el primero en criticar el tráfico o venta de indulgencias.

Para contrarrestar esta situación, y con la pretensión de que sirvieran como manuscrito básico para una discusión académica, publicó las 95 tesis. De acuerdo con el historiador protestante Volker Reinhardt (cfr. Luther der Ketzer, Rom und die Reformation, Múnich, 2016, p. 67), hoy algunos expertos vuelven a aceptar que, en efecto, Lutero clavara las tesis, como había afirmado su compañero reformista Felipe Melanchton. Publicó al mismo tiempo una carta al arzobispo Albrecht, a quien consideraba causante de todo el problema por el encargo dado a Tetzel de predicar sobre la eficacia de las indulgencias. Le acusa de incompetencia, sobre todo por contribuir a la confusión entre la gente más sencilla.

Efectivamente, una consecuencia peligrosa era la mezcla de lo espiritual con lo económico, como sucedió cuando las autoridades eclesiásticas se percataron de que la concesión de indulgencias podía convertirse en una fuente copiosa de ingresos para construir catedrales, hospitales o puentes. El aspecto espiritual de la concesión de indulgencias se oscureció más todavía cuando grandes banqueros como los Fugger de Augsburgo, intervinieron en el negocio, adelantando créditos a la Santa Sede a cambio de percibir un porcentaje importante en la recaudación de indulgencias.

Complejidad de los problemas

Si dirigimos nuestra atención al contenido de las 95 tesis, podemos llegar a una primera conclusión: se puede reconocer con Lutero que lo más relevante no es mirar a la satisfacción exterior del cristiano, sino a su contrición interior. Pero Lutero irá más lejos al afirmar que, si hay contrición, el penitente ya no necesita acudir al confesor. Los consejos de Juan Staupitz y las lecturas del místico Juan Tauler afirmaban que el penitente no necesitaría confesarse inmediatamente si hace un acto de contrición sincero y no hay en ese momento un confesor; pero Lutero radicaliza este pensamiento y afirman que el pecador ya no necesitaría confesar oralmente sus pecados mortales.

En la primera tesis podemos leer: “Jesucristo ha dicho: Haced penitencia porque el Reino de los Cielos está cerca”; y en la segunda: “Estas palabras no deben ser interpretadas como referidas al sacramento de la penitencia, es decir, a aquella penitencia con confesión oral y satisfacción que se realiza gracias al ministerio sacerdotal”. Ya en ellas Lutero elimina de un plumazo toda mediación sacerdotal entre Dios y los hombres. La consecuencia práctica después de haber leído la segunda tesis sería clara: “Si se entiende la penitencia en sentido bíblico, lo importante es tan solo el arrepentimiento y no la confesión con la boca o la satisfacción con obras”: según la doctrina luterana, la acción del sacerdote entre Dios y el pecador no sería necesaria.

Un carácter difícil

Martín Lutero rechazaba enérgicamente los abusos y errores de la predicación de Tetzel y protestaba con absoluta sinceridad. Pero incluso si la doctrina teológica de las indulgencias −considerada en teología un complemento del sacramento de la penitencia− se hubiese predicado con la mayor claridad teológica posible, no podía encajar en la cabeza de Lutero, pues desde 1514 a 1517 se habían forjado en su mente las bases de su teología luterana. Lutero no admitía el mérito de las buenas obras de los santos ni el valor de la satisfacción, y sostenía, en cambio, que solamente por la penitencia interior y por la confianza en Cristo se obtiene la remisión plena de la culpa y de la pena. Abominaba de una santidad con obras. Con sus 95 tesis quería mover a los altos dignatarios de la Iglesia a la penitencia sincera, pero por medio de la discusión polémica y con el fin de aniquilar las indulgencias e implantar la teología luterana.

Antes de comenzar con la exposición de las 95 tesis, Lutero escribe que las ha redactado por amor a la verdad y con el deseo de aclararla. No obstante, en la quinta tesis polemiza contra el Papa: “El Papa no quiere ni puede remitir otras penas que las que él impuso a su arbitrio o según los cánones”. En la 20 tesis especifica: “Lo que el Papa entiende por indulgencia plenaria no es la remisión de todas las penas en absoluto, sino tan sólo de las impuestas por él”. Tampoco falta la ironía en la redacción de algunas de sus tesis, tal es el caso de la número 82: “¿Por qué el Papa no vacía el purgatorio, dada su santísima caridad y la suma necesidad de las almas?”

Una lectura detenida de las 95 tesis permite apreciar el carácter complejo y atormentado de un autor lleno de contradicciones, de un monje piadoso que utiliza sus conocimientos retóricos de antítesis agudas con conocimientos humanísticos, y al mismo tiempo es pronto para utilizar expresiones de bajo nivel humano. Él mismo se describe en una ocasión como trágico, nostrae vitae tragoedia.

Subjetivismo

Para finalizar recordemos las afirmaciones de Joseph Lortz, gran experto de renombre mundial en la vida y en los escritos de Lutero.

Lortz afirma que, si bien Lutero tenía conocimientos profundos de la Biblia, se convirtió en víctima de su propio subjetivismo. En sus esfuerzos por entender lo que significa la salvación, interpretó la Sagrada Escritura a su manera y según sus necesidades. Hizo uso de los textos bíblicos de modo selectivo, y con frecuencia redujo el mensaje bíblico a fórmulas simples.

Según Lortz, Lutero se vio a sí mismo como un “profeta en el aislamiento” y por eso se aventuró, igual que los profetas, a interpretar las revelaciones bíblicas de acuerdo a sus necesidades. Como resultado, no siempre consiguió captar la plenitud de los mensajes bíblicos.

Su mensaje, pues, no es fácil, y conduce por caminos complejos a la visión protestante de la vida y de la fe.

Alfred Sonnenfeld
Universidad Internacional de La Rioja (UNIR)

Fuente: Revista Palabra.