“Los jóvenes buscan siempre la belleza del amor, quizá cedan a las debilidades, pero en lo profundo del corazón desean un amor profundo y puro”

Los Diálogos de Teología Almudí 2018 alcanzan este año la XX Edición y, como en años anteriores, la Facultad de Teología San Vicente Ferrer de Valencia es el escenario donde se celebran las conferencias previstas, que se centran en el tema “Jóvenes y vocación”.

Incluimos el texto de la intervención de María Pilar Salvador, madre de familia y orientadora familiar, el pasado día 17 de mayo de 2018, con la ponencia “Vocación matrimonial y vocación de los hijos”.

Buenos días. Muchas gracias, D. Antonio. Quiero agradecer la invitación a estas Jornadas organizadas por la Biblioteca sacerdotal Almudí y la facultad de Teología San Vicente Ferrer, y la asistencia a todos los que nos acompañan esta mañana.

En honor a la verdad creo que “hay atrevimientos que se pagan caros”; y este es uno de ellos. Me encuentro ante un público diferente del que suelo dirigirme, ya que suelo hablar a matrimonios o chicos/as jóvenes. Hace ya algún tiempo que don Javier Vega, me propuso participar en esta mesa redonda. Debió de descubrir mis dudas, porque me dijo: “No te preocupes, cuenta con naturalidad como vives tu vocación al matrimonio y cómo habéis vivido la vocación de vuestros hijos”.

Así que Don Javier, voy a intentar hacer lo que me dijo.

Como muchos de ustedes sabrán, en el año 1993, la Asamblea General de Naciones Unidas, decidió que los 15 de mayo de cada año, tuviera lugar una jornada conmemorativa del día Internacional de las Familias.

En estos momentos en el Congreso de los diputados está teniendo lugar la realización de una jornada para celebrar el día internacional de las familias, promovida por The family watch.

Así que de alguna manera también nosotros nos podemos unir a esta celebración de la familia y, como no, del matrimonio. Empiezo por ahí, hablando del matrimonio.

El profesor Javier Hervada, en la “Una caro. Escritos sobre el matrimonio”, ante la pregunta de ¿qué es el matrimonio? Responde:

El matrimonio más que una pregunta, es una respuesta. La respuesta más acorde con la naturaleza humana.

Lo natural es que la mayoría de las personas, estén, estemos llamados a la vida matrimonial.

No hace mucho releía en el libro “Amor y Responsabilidad" de Karol Wojtyla lo siguiente:

El ser humano está llamado al Amor esponsal, que puede vivirse en el Matrimonio o en la Virginidad por el reino de los cielos. Es un amor: de amistad, exclusivo, fiel y fecundo.

La misión del hombre, (creado por Amor y para amar) consiste en desarrollar nuestra capacidad de amar. En mi caso y en el de muchas personas, esta realidad nuclear en nuestra existencia la descubrimos en la propia familia. Es en ella donde tiene origen la transmisión de la fe, es el lugar donde aprendemos a confiar en Dios y en los demás; donde aprendemos a rezar.

La familia es una comunidad de amor, pequeña iglesia doméstica, la gran escuela de valores y el lugar donde realmente se nos quiere como somos.

En un momento de mi adolescencia, (la época de los grandes ideales), me plantee cuál sería mi camino en la vida. Mientras tanto, estudiaba, salía con mis amigos y también asistía a medios de formación que me ayudaban a vivir esa fe que había recibido, y a poner los cimientos y el significado del ser cristiano.

Recuerdo por esa época cómo me impactaron unas palabras de un santo, que conocí al comienzo de mi adolescencia y al que le tengo un gran cariño y devoción: San Josemaría Escrivá. Palabras de una homilía titulada: “Amar al mundo apasionadamente” que pronunció en el campus de la Universidad de Navarra, en el año 1.967.

Hijos míos, allí donde están vuestros hermanos los hombres, allí donde están vuestras aspiraciones, vuestro trabajo, vuestros amores, allí está el sitio de vuestro encuentro cotidiano con Cristo. Es en medio de las cosas más materiales de la tierra, donde debemos santificarnos sirviendo a Dios y a todos los hombres.

−allí donde están vuestros amores...

Y allí estaba José Luis. Cuando nos conocimos, supe que ese iba a ser mi camino y lo íbamos a recorrer juntos.

Empezamos el noviazgo siendo muy jóvenes, los dos comenzábamos nuestras carreras, recuerdo nuestras conversaciones interminables, nuestros planes de futuro, y algo que fue de gran ayuda para poder vivir un noviazgo cara a Dios: el acudir con frecuencia al sacramento de la Confesión y de la Eucaristía.

Hago un paréntesis. Y recuerdo unas palabras del Papa Francisco en la Amoris Laetitiae:

El compromiso matrimonial no es un trámite sino un paso decisivo que condiciona de manera radical, toda la vida de los contrayentes. Y es bueno que los novios reflexionen sobre ello.

Lo que hace que los contrayentes, modifiquen el amor querido, antes del compromiso, en amor querido y debido después del mismo.

Y yo me pregunto a menudo y quiero compartirlo con ustedes: ¿Cómo podemos acercarnos más a los jóvenes que se preparan al matrimonio?, ¿Cómo convencerles de la belleza y del valor de la espera?, ¿Cómo mostrarles que el matrimonio es una aventura apasionante que merece la pena vivir?

Leí no hace mucho, de nuevo, en Amor y responsabilidad, de san Juan Pablo II, las siguientes palabras:

Los jóvenes buscan siempre la belleza del amor, quizá cedan a las debilidades, pero en lo profundo del corazón desean un amor profundo y puro.

Y yo personalmente creo también que es así.

Es necesario que cada uno de nosotros, intentemos hablarles en su lenguaje para poder acercarnos a ellos; ser sus amigos; tratarlos con cariño y no juzgarlos. Necesitan enormemente el ejemplo de otros jóvenes y también de matrimonios más maduros, que les acompañen y les ayuden en esa etapa crucial del noviazgo.

Quiero aprovechar esta oportunidad para animar, a que entre todos busquemos respuestas a estas y a muchas más cuestiones, a dedicarles tiempo y esfuerzo, y ayudarles en su formación. Porque estoy convencida de que si los jóvenes entienden y viven bien el noviazgo, tenemos muchas más posibilidades de que entiendan y vivan bien su matrimonio.

José Luis y yo vemos en nuestro centro de atención familiar, que ambos dirigimos, la situación real por la atraviesan muchos matrimonios. Según el Instituto de Política Familiar, (en el estudio sobre la familia del año 2016 en España), se dice que 7 de cada 10 matrimonios se rompen en algún momento de sus vidas. Entre las distintas causas por las que esto ocurre, una de ellas es el desconocimiento de lo que es y a lo que se comprometen en el matrimonio.

Retomo mi historia. Acabadas las carreras y con el primer trabajo, nos casamos, es cierto que éramos muy jóvenes 23 y 24 años, y quizá poco maduros, pero teníamos dos cosas muy claras: Una ilusión enorme por formar una familia y queríamos estar juntos toda la vida.

Dice San Josemaría en Conversaciones, 121:

El amor que conduce al matrimonio y a la familia, puede ser también un camino divino, vocacional. Maravilloso cauce, para una completa dedicación a nuestro Dios.

También San Josemaría, en una tertulia con matrimonios les decía:

Tu camino para ir al cielo... tiene un nombre... el nombre de tu marido, de tu mujer.

La vocación, mi vocación ha sido un proceso; no ha sido un libro escrito, es el libro que voy escribiendo hoja a hoja, día a día. Es la historia que yo cuento a los demás y que tiene sus luces y sus sombras. Pero en la que Dios siempre está presente.

Poco a poco he ido conociéndome mejor; formándome −todavía lo sigo haciendo− en el significado del matrimonio: −esa entrega mutua de dos voluntades que deciden amarse de por vida y que están abiertos a ella.

Creo que tendríamos que repetir muchas veces que el amor no es solo sentimiento. Algo que piensan equivocadamente un gran número de personas. Un amor humano, será tato más humano, cuanto más facetas de la persona integre: cuerpo, sentimientos, inteligencia y voluntad, en eso consiste la “integridad del amor”.

Lo explica muy bien el profesor Hervada:

El genuino amor conyugal, no es un mero sentimiento. Es amor de voluntad, un amor capaz de comprometerse, de ser fiel, de asumir derechos y deberes.

O como diría José Pedro Manglano, el amor, comienza cuando la voluntad quiere, lo que el enamoramiento le propone.

Como he comentado anteriormente, el hombre creado por Amor, es un ser para el amor. Y solo amando y amando bien, mejora su condición de persona. Cuando lo hace de este modo, es capaz de entregar al otro su mejor yo.

Pienso que tendríamos que ser capaces de explicar con mayor claridad a los matrimonios cual es el sentido de la entrega y la belleza de la sexualidad; que nos hace “uno solo” y se abre a la vida. Lo podremos hacer mejor, por su parte, ofreciéndoles una sólida formación desde una Antropología cristiana y los que ya estamos casados, desde nuestro propio convencimiento y ejemplo.

Hay una idea que me gusta especialmente trasmitir y es la siguiente: el ser humano encuentra la felicidad cuando implica toda su existencia en hacer feliz al otro. No es a uno mismo a quien hay que dirigir la mirada, sino que hay que mirar al otro. Para eso es necesario en ocasiones, ponerse entre paréntesis. Por dos razones importantes: porque le quiero y por otra razón no menos importante: porque me da la gana.

En todo matrimonio se puede y se debe mejorar la calidad del amor, y se consigue con el respeto (algo que se olvida en la actualidad), con la confianza mutua y con el esfuerzo continuo para llevar a cabo, diariamente, pequeños detalles de cariño, que consiguen hacer la vida agradable al marido, a la esposa; una cena sorpresa, unas flores, un watshap con un te quiero, una escapada de fin de semana los dos solos, un llegar pronto a casa para que puedas descansar, etc.

El amor tiene que ir a la escuela, escribía Jacinto Benavente. Y abundando en esta idea, Melendo apunta:

El ser humano solo es feliz, cuando se empeña en algo grande, que efectivamente compense el esfuerzo. Y lo más impresionante que un hombre y una mujer pueden hacer es aprender a amar.

A modo de conclusión el mismo autor dice:

El amor conyugal debe redescubrirse, alimentarse, reinventarse y pulirse en cada momento. He aquí la clave de las claves de una vida matrimonial lograda.

No deberíamos cansarnos de afirmar, que los casados contamos también, con la ayuda de Dios y la gracia del sacramento, en todo momento y sobre todo cuando surgen los problemas y las dificultades, porque Él, como Padre bueno, siempre está junto a nosotros.

Creo sinceramente que hay que ayudar a los matrimonios jóvenes y no tan jóvenes, a que descubran su vocación a la vida matrimonial. La belleza y la alegría de esta aventura arriesgada y a la vez apasionante. Quizás no hemos sabido mostrarla y quizás la razón sea que en el fondo no estamos convencidos de ello.

Si me lo permiten −los sacerdotes y los que se preparan para serlo− tienen en este campo de la pastoral del matrimonio y la familia, una tarea importantísima, tarea que seguro tienen muy presente: por una parte, acompañar a los matrimonios en el discernimiento de su vocación y por otra parte, la de formarles y ayudarles en ese camino.

Un buen amigo, me comentaba hace unos días la siguiente idea: “Difícilmente se puede entender y aceptar la vocación de un hijo a una entrega total, si no somos capaces de entender y vivir en plenitud, la vocación matrimonial. Solamente con buenas familias cristianas tendremos abundantes vocaciones.

Continúo con mi relato. A los nueve meses de casados vino Paula, dos años después Esther, y luego llegó José y por último Nacho. Un hijo te cambia la vida y 4 la cambian más.

Los primeros años de casados no son fáciles, hay que poner mucho esfuerzo en integrar más que conciliar la vida laboral en la familia.

Es necesario el irnos conociendo, somos distintos, venimos de familias diferentes poco a poco hemos de pasar del y del yo al nosotros. Hay que aceptar los defectos del otro, ayudándole a corregirlos pero sin exigirlo. Y por supuesto pidiendo perdón y perdonando muchas veces.

Son años de dormir poco, del trabajo en casa y fuera de casa, de idas y venidas a la guardería y al colegio, de tener poco o nada de tiempo para nosotros... Por eso es necesario corregir el rumbo cuando nos despistamos y olvidamos que nuestro marido es antes que los hijos y la familia antes que el trabajo.

Por otro lado es tiempo de invertir en la educación de las virtudes humanas: el orden, la alegría, la generosidad, la sinceridad, el espíritu de servicio y muchas más virtudes, no enseñadas sino trasmitidas, con el ejemplo de los padres porque también luchamos para vivirlas.

Momentos de enseñarles a confiar en Dios y de rezar con ellos, sin agobiarlos.

De ejercer una autoridad de servicio, que lógicamente debe ser una autoridad de prestigio (esto daría para otra charla) y de poner en valor los 3 pilares de la educación:

  1. La exigencia
  2. El cariño... del bueno. Que no es inundarles de caprichos sino querer su bien.
  3. Y el buen humor, porque el malo… desprestigia y envejece, como explica el profesor O.F. Otero.

A medida que pasa el tiempo estoy más de acuerdo con la tesis del filósofo Carlos Llano cuando asegura:

La primera y casi la única cosa que un niño necesita para ser educado es que sus padres se quieran entre sí.

En esta misma línea, escuche en una entrevista a un orientador familiar:

Lo que necesita un niño para ser feliz, son 3 cosas:

  1. estar con sus padres
  2. que sus padres le quieran
  3. que sus padres se quieran.

Con aciertos y errores esa fue nuestra tarea en la educación de nuestros hijos.

Fue durante la adolescencia, siendo muy jóvenes el momento y comienzo de la vocación de nuestras hijas, al celibato apostólico, como numerarias del Opus Dei.

Y yo me pregunto: ¿Estamos los padres preparados para entender y aceptar la vocación de nuestros hijos? Supongo que unos más que otros. Lo que sí creo es que por lo general todos y en mayor medida las madres solemos imaginar una película sobre su futuro, quizás más con las chicas, ...se casará con un chico bueno que le hará muy feliz, tendrán hijos, nos darán nietos...

Además nos ocurre otra cosa: pensamos que son todavía pequeños, que les falta madurez para haber tomado una decisión tan importante en sus vidas. Razones, que en realidad no tienen otra explicación que −nos cuesta desprendernos de ellos− es porque los queremos.

Pero no podemos olvidar que la vocación, toda vocación, también la de los hijos, es la respuesta personal a esa llamada de todo un Dios que se enamora de cada uno de nosotros, por supuesto sin merecerlo.

¿Cómo viví yo los comienzos de su vocación? Inicialmente un poco desconcertada e intentando encontrar el equilibrio entre, de una parte no dificultar ese inicio de su llamada apoyándoles y haciéndoles protagonistas absolutos de su decisión, y de otra parte exigirles (como hacíamos antes) ayudar en casa, sacar buenas notas y participar en los planes familiares, que no hay que abandonar.

Como a las madres se nos perdona casi todo..., aprovecho para animar, aunque seguro que lo hacen muy bien, a mantener el calor de la familia, a tener un trato frecuente con los padres, a tener detalles de cariño con ellos y con los hermanos, aunque se tengan mil ocupaciones.

Los padres no dejamos de serlo nunca, y nos cuesta dejar marchar a los hijos. En nuestro caso, hace ya muchos años que salieron de nuestra casa y seguimos notando su falta. Es cierto que el Señor nos fue haciendo ver con el tiempo que la vocación es un regalo, una caricia suya y una muestra muy grande de confianza. Y junto a esto, nos emplaza a rezar mucho por ellos para que sean fieles a su vocación y para que estén muy alegres.

Recuerdo que sobre todo en esos momentos del principio, me impliqué tanto, que quizás descuidé a los dos chicos que venían detrás, y como es lógico pensar, requerían de nuestra atención y de nuestro tiempo.

Si me lo permiten, contaré una pequeña anécdota que nos ocurrió con uno de ellos, (no digo cual para que no se enfade). En una ocasión volviendo a casa por la tarde José Luis y yo, lo encontramos en medio del pasillo, sentado en el suelo con un cartel apoyado en las piernas y que escrito con rotulador y letras muy grandes decía: “NECESITO CASO”.

Fue una llamada de atención oportuna, inteligente y graciosa, que nos ayudó a volvernos a centrar en ellos.

Como luego el Señor escribe recto con renglones torcidos, nos premio con la vocación al matrimonio de los dos chicos. Uno está ya casado y el otro lo hará pronto.

Con ellos hablamos a menudo del valor de la familia, de la importancia de distinguir lo urgente de lo importante; de la necesidad de que tengan su propio proyecto familiar y de mil cosas más.

Y voy terminando ya. Con unas palabras de Javier Vidal-Quadras, orientador familiar, secretario general de la IFFD (Federación internacional para el Desarrollo de las Familias). Palabras con las que terminó una conferencia en el Congreso de Orientación Familiar en Nueva York y al que asistimos José Luis y yo.

Y las he elegido, porque aunque están dirigidas a matrimonios, son perfectamente válidas para los sacerdotes y futuros sacerdotes. Y a mí personalmente me encantan, porque las comparto totalmente.

Para adquirir la certeza de la perpetuidad del amor, uno tiene que decidir amar con todas sus fuerzas, como si todo dependiera de él, pero sabiendo que él nada puede y todo depende de Dios. Entonces, uno se sumerge en un abandono activo que todo lo supera, y nunca, ni en los peores momentos, ni cuando la mente se nubla y el sentimiento se embota, se le ocurre preguntarse si se habrá equivocado al elegir ese y concretamente ese camino matrimonial, con esa persona y en esas circunstancias.

Quien ha comenzado su singladura matrimonial confiado en los brazos de Dios sabe con una certeza inquebrantable que su matrimonio es vocación, es decir, llamada de Dios y, entonces, cuando se avecinan los nubarrones y tormentas, uno no tiene más que volverse a Dios e interpelarle, diciéndole:

"Tú me has metido en esto, y entre Tú y yo lo vamos a sacar adelante, porque éste es el camino que has elegido para mí y pienso recorrerlo hasta el final, es decir, hasta Ti".

Muchas gracias.

María Pilar Salvador