Se desarrolla la relación entre ambos sacramentos en algunos aspectos de la vida cristiana


    Ante todo, quiero
agradecer a los organizadores de Diálogos de Teología la invitación que me han dirigido a participar en esta décima edición de los mismos, para hablar de un tema tan grato y tan hermoso como es "Sacerdocio y Eucaristía". Dicho esto, debo aclarar que no pretendo ofrecer en mi ponencia una visión completa de los vínculos existentes entre el sacerdocio y la Eucaristía, lo cual sería arduo, por no decir imposible, dada la amplitud del tema y la brevedad del tiempo con que cuento, sino únicamente limitarme a presentar algunos puntos que nos sirvan espiritualmente como presbíteros para vivir mejor la relación estrecha y profundísima que hay entre nuestro sacerdocio y la Eucaristía, tomando como guía algunas reflexiones del papa Benedicto XVI en su exhortación apostólica Sacramentum Caritatis [1].

Como saben, el Papa trata expresamente de la Eucaristía y el sacramento del Orden en el apartado cuarto de la primera parte de su exhortación, titulado "Eucaristía y sacramentos", en concreto le dedica los números 23 al 26; pero son numerosas las referencias al tema que se encuentran a lo largo de toda la exhortación, así, por ejemplo, en el número 80 ("Eucaristía y espiritualidad sacerdotal"), en el 53 ("Participación [en la Eucaristía] y ministerio sacerdotal"), en el 21, donde se ofrecen algunas observaciones pastorales para fomentar la estrecha relación que hay entre el sacramento de la Eucaristía y el de la Reconciliación; así como pequeñas alusiones al tema que aparecen en otros puntos de la exhortación y que tendremos en cuenta.

Todo lo que esté en relación con la Eucaristía nos afecta de modo especial, primero como cristianos y después (todavía más) como sacerdotes, porque ella es el centro del sacerdocio, de la Iglesia. Ni el sacerdocio ni la Iglesia podrían subsistir sin la Eucaristía. Vamos, pues, a reflexionar sobre el más excelso de los sacramentos ("tantum ergo sacramentum") en la relación que guarda con nuestro sacerdocio y éste con él.

Parto para ello de un texto del profeta Jeremías (2,13) que, a mi juicio, constituye una punzante crítica a nuestra situación actual como sacerdotes, pues dice: "Me abandonaron a mí, fuente de agua viva, y se cavaron aljibes, aljibes agrietados que no retienen el agua". En efecto, los sacerdotes tenemos al alcance de nuestra mano, es decir en la Misa que celebramos cada día, la fuente del agua viva, a Jesús en la Eucaristía, y no le prestamos la atención debida; a menudo nos dirigimos a otros lugares, a otras realidades, a otras cosas, a otras "fuentes": excavamos con fatiga "cisternas" para alimentar nuestra espiritualidad, para fomentar nuestra oración, para animar nuestro sacerdocio, para inspirar nuestra actividad pastoral, etc. Y actuando así merecemos el reproche que la Palabra de Dios nos dirige por boca del profeta Jeremías.

Hemos de redescubrir el gran don de la Eucaristía y ponerla en el centro de nuestra existencia sacerdotal, pues ésta sólo puede vivirse correctamente en compañía de Jesús, la "fuente de agua viva" que salta hasta la vida eterna [2] capaz de vigorizar y renovar nuestro sacerdocio. Es vital hacerlo porque entre sacerdocio y Eucaristía hay una relación peculiar, estrechísima. Benedicto XVI dice en el número 23 de Sac. Car. que es una "relación intrínseca", que "se desprende de las mismas palabras de Jesús en el Cenáculo: «haced esto en conmemoración mía»". Ciertamente el sacerdocio no se agota en la Eucaristía, tiene más dimensiones (uno no se ordena cura sólo para decir Misas: tiene que administrar otros sacramentos, ejercer el ministerio de la palabra, desarrollar múltiples actividades pastorales, regir una comunidad, etc.); pero es innegable que el sacerdocio está especialmente ordenado a la Eucaristía, como nos recordó el concilio Vaticano II en el decreto Presbiterorum Ordinis, 5, haciéndose eco de una doctrina que ya expuso santo Tomás de Aquino: "Los otros sacramentos, así como todos los ministerios eclesiásticos y obras de apostolado, están íntimamente trabados con la sagrada Eucaristía y a ella se ordenan. En la Santísima Eucaristía se contiene todo el bien espiritual de la Iglesia, a saber, Cristo mismo" [3].

Si la Eucaristía contiene todo el bien espiritual de la Iglesia, es evidente que contiene también todo el bien espiritual de la vida y la misión del sacerdote. De la Eucaristía depende la fecundidad de las restantes tareas que éste ejerce y todas ellas deben ordenarse a la Eucaristía. Por eso, para un sacerdote la santa Misa debería ser el centro de su jornada, el estímulo de sus actividades, el punto de partida y la meta de su oración, el descanso de sus fatigas, el consuelo de sus penas, la fuente de inspiración de su actividad pastoral y el fin de la misma. Y es posible que así sea, ante todo por la gracia del Señor, pero también (y esto interesa resaltarlo) por el esmero, el interés y el esfuerzo que personalmente ponemos a fin de asegurar a la celebración eucarística la dignidad y la importancia que tiene en nuestra vida y en la vida de las comunidades que nos han sido confiadas como pastores. No olvidemos, pues, que la Eucaristía es la principal fuente de custodia y de fecundidad de nuestra vocación sacerdotal, como se desprende de las palabras de Jesús en el evangelio de san Juan: "sin mí no podéis hacer nada" (15,5).

Respecto al vínculo entre sacerdocio y Eucaristía, es necesario destacar que ambos sacramentos nacen en la Última Cena, es decir brotan de la Pascua de Jesús allí anticipada. Lo cual tiene una repercusión en la vida sacerdotal, pues implica que ésta, como los sacramentos que la originan y sustentan, es una vida pascual, inmolada, sacrificada, ofrecida. La Eucaristía, es decir la entrega de Cristo por nuestra salvación, la donación de su vida en obediencia a la voluntad del Padre y por amor nuestro, la caridad es la "forma" de la vida cristiana, vida que es por esencia eucarística. Y esto vale de modo especial para los presbíteros, como recalca el papa en la tercera parte de Sac. Car., dedicada a la Eucaristía como "misterio que se ha de vivir", diciendo en el número 80 que "la forma eucarística de la existencia cristiana se manifiesta de modo particular en el estado de vida sacerdotal", un estado que debe imitar de forma especial la entrega eucarística del Señor. Lo cual no puede llevarse a cabo sin un apoyo espiritual, sin un contacto con Cristo mismo, por lo que insiste el papa en que "la espiritualidad sacerdotal es intrínsecamente eucarística", y afirma que el presbítero "ha de dedicar tiempo a la vida espiritual", pues "una vida espiritual intensa le permitirá entrar más profundamente en comunión con el Señor y le ayudará a dejarse ganar por el amor de Dios, siendo su testigo en todas las circunstancias, aunque sean difíciles y sombrías".

La profunda "comunión con el Señor", a la que debemos aspirar los sacerdotes, se sustenta de modo muy especial en la comunión eucarística, que es el más valioso seguro o garantía de la vida sacerdotal, el aval de su eficacia espiritual, el antídoto para evitar que se disgregue en múltiples actividades inconexas y llegue a verificarse fatalmente lo que Jesús advierte en el Evangelio: "el que no recoge conmigo, desparrama" (Mt 12,30; Lc 11,23). En efecto, el gran peligro que acecha hoy en día a la existencia sacerdotal es el de la dispersión. Dispersión ante todo porque la escasez de sacerdotes tiene como consecuencia que sus actividades se multiplican, debiendo atender muchos campos diversos de acción; dispersión porque las condiciones sociales y culturales del mundo actual, tan adversas, someten al sacerdote tanto a una constante tensión por justificar su misión, como a un esfuerzo continuo por seguir los ritmos de intensa aceleración con que vive la sociedad actual; dispersión por muchos otros motivos que no vamos a enumerar, y que suele tener como efecto nocivo que el sacerdote se sienta vacío y cada vez con menos tiempo para rezar y para la celebración serena y devota de la Eucaristía, de donde proviene la fuerza de su ministerio. Y así, no es extraño que sean cada vez más (y más jóvenes, esto es lo grave) los sacerdotes que se sienten cansados, apáticos, desanimados, no sólo porque el trabajo pastoral que se presenta ante ellos les supera, no sólo por la amarga constatación de que su labor apenas produce fruto, sino además y sobre todo porque se sienten vacíos, al no percibir el sentido de lo que hacen. Así, no es raro que en bastantes sacerdotes se experimente una larvada sensación de frustración, provocada por la impresión de que se fatigan de manera estéril y se pierden en proyectos marginales, sin atender a los valores fundamentales de su ministerio. Hasta el punto que su vocación acaba convirtiéndose en un peso insoportable y buscan como salida el abandono (como los apóstoles en Getsemaní) o el acomodo a un resignado y cansino "ir tirando", donde se vive el sacerdocio sin entusiasmo, sin fuerza, sin convicción, sin ilusión ni ganas.

En efecto, debido al estrés por el trabajo y a la tensión con que se vive hoy el sacerdocio ante un mundo que no lo comprende, con la consiguiente relajación espiritual que esto produce, el sacerdote se vuelve cada vez más incapaz de ver con claridad el principio de unidad de su persona y de su actividad, y acaba siendo esclavo de lo cotidiano, es decir vive arrastrado por actividades constantes, que se siguen una a otra frenéticamente y le llevan a la dispersión en fragmentos, sin ver la totalidad de su proyecto vital, el significado profundo de su consagración sacerdotal.

Pues bien, ante este peligro real, no quimérico, el Concilio Vaticano II indicó en la caridad pastoral el vínculo que da unidad y sentido a la vida y a las actividades del presbítero, como se afirma en Presbiterorum Ordinis, 14:

"Siendo en el mundo moderno tantas las tareas que deben desempeñar los hombres y tanta la diversidad de los problemas, que los angustian y que muchas veces tienen que resolver precipitadamente, no es raro que se vean en peligro de desparramarse en mil preocupaciones. Y los presbíteros, implicados y distraídos en las muchas obligaciones de su ministerio, no pueden pensar sin angustia cómo armonizar en la unidad su vida interior con la magnitud de la acción exterior. En efecto, esta unidad de vida no la pueden conseguir ni sólo con la ordenación [es decir: organización o planificación] meramente externa de las actividades pastorales, ni con la sola práctica de los ejercicios de piedad, por mucho que ayuden. La pueden conseguir, en cambio, los presbíteros, imitando en el cumplimiento de su ministerio el ejemplo de Cristo Señor, cuyo alimento era cumplir la voluntad de Aquel que le envió a completar su obra".

Una caridad pastoral que, añade el Concilio, "brota, sobre todo, del sacrificio eucarístico que es el centro y raíz de toda la vida del presbítero". O sea, la caridad pastoral, el "dar la vida por las ovejas" (Jn 10,11) como Cristo Buen Pastor, el estar "en medio de vosotros como el que sirve" (Lc 22,27) al igual que el Señor, el que nuestro alimento (es decir nuestra fuerza vital) sea cumplir la voluntad del que nos ha enviado, como hizo Cristo (cfr. Jn 4,34), no es una conquista nuestra, no es fruto de nuestro esfuerzo ascético, sino un don; no depende primariamente de nuestro querer, sino de la gratuidad generosa del Señor, que nos concede por el sacramento del Orden el inestimable don de participar en su caridad pastoral, la que el Padre le ha confiado como misión propia. Y esta caridad se alimenta y fortalece en la Eucaristía.

Nuestros deseos de servir a Dios, de desempeñar lo mejor posible el ministerio sacerdotal pueden ser grandes y ardientes, pero ¿lo son también nuestras fuerzas? Por desgracia, no. El Señor ya lo advirtió a sus apóstoles en la Última Cena, después de instituir la Eucaristía, cuando les dijo: "Esta noche todos vais a fallar por mi causa" (Mt 26,31). En esas palabras de Cristo están comprendidas nuestras caídas, nuestras traiciones, nuestras insistentes cobardías e infidelidades como presbíteros. Pero están comprendidas en la Eucaristía, en la actualización del sacrificio redentor de Cristo, que es su remedio, su antídoto, su cura. La Eucaristía es el sacramento que el Señor nos ha dejado para que experimentemos la fuerza de su resurrección y vivamos en comunión con él, para que el miedo se cambie en valentía, la traición sea sustituida por la fidelidad y la huida por la permanencia en el amor. Por eso, qué seguridad, qué consuelo y qué paz saber que el Señor ha dispuesto en la Eucaristía un sacramento que renueva, que refuerza, que da vigor a nuestra entrega; que nos ayuda a que nuestro cuerpo, nuestra persona pueda entregarse, y nuestra sangre, es decir nuestra vida, derramarse por completo en el fiel desempeño del ministerio recibido. ¡Un sacramento que sustenta nuestra vocación!

Si la Eucaristía ofrece la comunión con Cristo a toda la Iglesia, la ofrece de un modo especial al sacerdote que preside la Eucaristía, pues su presidencia del sacramento no es meramente foránea, externa, como la de un funcionario que ejercita su cometido sin que lo que hace forme parte de su vida. En absoluto, el sacerdote en la celebración de la Eucaristía es presidente, dispensador de la gracia divina, pero al mismo tiempo es receptor de esa gracia, es agraciado él mismo con ella de un modo especial. En la Eucaristía el Señor nos comunica y renueva su caridad pastoral, para que tengamos y transmitamos el mismo amor que él tiene del Padre y que da vida al mundo.

A partir de aquí se entiende lo importante que es tanto para la vida espiritual del sacerdote, como para el bien de la Iglesia y del mundo, que celebre cotidianamente la Eucaristía, la cual, aunque no puedan estar presentes los fieles, es siempre una acción de Cristo y de la Iglesia. Es un consejo del Vaticano II [4] que Benedicto XVI retoma en el número 80 de Sac. Car., para que nos percatemos del "valor objetivamente infinito de cada celebración eucarística" y de "su singular eficacia espiritual, porque si la santa Misa se vive con atención y con fe, es formativa en el sentido más profundo de la palabra, pues promueve la configuración con Cristo y consolida al sacerdote en su vocación".

Esta afirmación me parece importantísima: la Misa es formativa del sacerdote. Lo cual no debemos entender restrictivamente sólo de la Eucaristía celebrada, sino también de la Eucaristía adorada, pues hay una necesaria relación entre ambas, como nos recuerda Sac. Car., 66. Sólo alimentándose cotidianamente de la Eucaristía en la celebración de la Misa y en la adoración del Sacramento, el sacerdote podrá mantener su sacerdocio, podrá sobreponerse cada día a la tensión dispersiva que le acecha, encontrando en el Sacrificio Eucarístico la energía espiritual necesaria para afrontar tanto los diversos quehaceres pastorales como los constantes retos (en el doble sentido de la palabra, como desafíos y amenazas) que la sociedad le plantea. Cada jornada será así verdaderamente eucarística, pues — como dice el papa en Sac. Car., 1 — en este "admirable sacramento se manifiesta el amor ‘más grande’, aquel que impulsa a dar la vida por los propios amigos (Jn 15,13) [...]. En el sacramento eucarístico Jesús sigue amándonos ‘hasta el extremo’, hasta el don de su cuerpo y de su sangre". Sólo con la fuerza de la Eucaristía, que pone en nosotros el amor extremado de Jesús, podremos imitar su donación para la vida del mundo.

Es necesario tener esto en cuenta, porque el peligro de la dispersión no está tanto fuera cuanto dentro de nosotros, y en la Eucaristía se encuentra el agente de unificación de nuestra vida sacerdotal. En efecto, no es raro que muchos sacerdotes se vuelquen, loablemente, en un sinfín de actividades pastorales que se enmarcan en el campo de lo que podríamos llamar la predicación o el anuncio de la palabra: clases de religión, catequesis, reuniones de grupos juveniles o de adultos, campamentos, convivencias, grupos de formación cristiana, cursillos de todo tipo, conferencias, charlas, etc., etc. Y, volcados en estas actividades, releguen a un segundo plano la actividad cultual, más reducida, centrada sobre todo en la celebración de la Misa, incluso minusvalorándola a veces (así, por ejemplo, se prepara minuciosamente una charla, una catequesis o una reunión, pero no se prepara del mismo modo la Misa). No es extraño en muchos curas vivir ambos campos de actividad sacerdotal como distintos, separados, cuando están íntimamente unidos.

Así es, san Pablo afirma en 1Cor 11,26: "Cada vez que coméis de este pan y bebéis de este cáliz, anunciáis la muerte del Señor hasta que vuelva". El Apóstol enuncia un nexo íntimo entre el anuncio del Evangelio y la celebración de la Eucaristía; más aun, deja claro que la Eucaristía es el anuncio por excelencia del Evangelio, de la buena noticia de la muerte salvadora de Cristo. De la Eucaristía no sólo depende la fuerza de la evangelización, sino que ella es la mejor evangelización, la cumbre de la misma; es lo mejor (no lo único, pero sí lo mejor) que puede hacer el apóstol. Porque la evangelización no consiste en llevar a las gentes un mensaje, unas palabras de salvación, de amor, sino en llevarles a la salvación, al Amor que es Cristo. El fin de la evangelización no es hablar de Cristo a las gentes, sino conducirlas a la comunión con Cristo, y ésta se da de modo eminente en la Eucaristía.

Como sacerdotes somos instrumentos de esa comunión con Cristo, de la comunicación de la vida divina. Ciertamente, esto acontece a través de los sacramentos que administramos y que tienen una eficacia sobrenatural independientemente de nuestra actitud o disposición humana. Pero a nadie le pasa por alto que si nuestras actitudes y disposiciones humanas están en sintonía con la función que ejercemos, la potencian, la favorecen; en cambio, si no lo están pueden convertirse en un obstáculo que disminuya o dificulte la acción de la gracia. Así, si yo, evangelizador, no estoy lleno del Evangelio, de Cristo, difícilmente podré comunicarlo a los demás; sólo les daré de lo mío que nada vale: mis ideas, mis palabras, mis sentimientos, mi cariño, mi afecto, etc., eso sirve de poco, porque no salva. Lo importante es que yo, a través de mis ideas les comunique la "mente de Cristo" (1Cor 2,16), que a través de mis palabras les lleve la palabra salvadora de Cristo, que mis sentimientos sean los mismos de Cristo (como dice san Pablo a los filipenses 2,5), que mi cariño y afecto sean un reflejo de los de Cristo, de modo que a través de ellos sientan el amor de Dios. ¡Eso es lo importante! ¿Y cómo vamos a poder hacerlo si el amor de Dios no está en nosotros, si la palabra de Cristo no habita en nuestros corazones, si no tenemos sus sentimientos ni su mente?

Por eso, sólo una existencia formada por la Eucaristía, conformada con ella, garantiza la unión plena, la coincidencia perfecta entre ser y actuar que debe darse en el sacerdote, como se da en Cristo, verdadero y único Sacerdote. En Cristo la misión que realiza coincide sin fisuras con su vida humana, como se evidencia en numerosas páginas evangélicas, donde vemos cómo el Señor es consciente de ser sólo y exclusivamente el enviado del Padre: "mi alimento es cumplir la voluntad del que me ha enviado" (Jn 4,34), "vamos a las aldeas de enfrente a predicar, que para eso me han enviado" (Mc 1,38; Lc 4,43), pues siempre y en todo "el Hijo no hace nada por sí mismo, sino lo que ve hacer al Padre [...] porque no pretendo hacer mi voluntad, sino la voluntad del que me envió" (Jn 5,19.30).

Como en Cristo, también en nosotros debería darse una coincidencia perfecta entre nuestra vida y nuestra misión sacerdotal, pues no somos hombres que hacen de sacerdotes, como podrían hacer de profesores, de administradores de un negocio o de vendedores de un producto; somos sacerdotes, la ordenación sacerdotal nos comunica un nuevo ser. Esto es importantísimo y, por desgracia, tendemos a olvidarlo y a confundir el sacerdocio con la actividad pastoral. Al sacerdote no le define lo que hace, sino lo que es: alter Christus, y la Eucaristía "promueve la configuración con Cristo" (Sac. Car., 80). La Eucaristía posibilita que se dé la coincidencia entre ser y vida sacerdotal, porque cuando no se realiza esta coincidencia, cuando la vida va por un lado y el ministerio por otro, se cae inevitablemente en la dispersión, en el extravío, en la confusión y se desvirtúa el sacerdocio.

Y esto es así porque, como ya hemos dicho, el vínculo entre sacerdocio y Eucaristía no es meramente externo, no es sólo funcional, sino que es interno e inescindible, porque en Cristo sacerdocio y Eucaristía están unidos: él es Sacerdote, Víctima y Altar [5]. Por eso, sólo el ministro ordenado puede presidir válidamente la Eucaristía, gracias a la configuración especial con Cristo Cabeza que le comunica el sacramento del Orden, como afirma el Vaticano II en Presbyterorum ordinis, 2: por el sacramento del Orden, los presbíteros "son sellados con un carácter especial, y se configuran con Cristo Sacerdote de tal modo que pueden actuar en la persona de Cristo Cabeza" (in persona Christi Capitis). Lo cual tiene una consecuencia que tendemos a olvidar, y es que el sacerdote no es dueño de su sacerdocio, sino administrador del mismo, el dueño es Cristo. No somos propietarios del ministerio que desempeñamos, ni de la Eucaristía que celebramos, sino sus administradores, por lo que tenemos que administrarlos de acuerdo con la voluntad del verdadero dueño, que es Cristo, y de la Iglesia, por cuyo trámite nos han sido confiados, pues como sacerdotes actuamos in persona Christi a la vez que in nomine Ecclesiae, no lo olvidemos.

Esta fidelidad a Cristo y a la Iglesia supone un cuidadoso respeto de las rúbricas, de los signos y de los ornamentos litúrgicos en las celebraciones sacramentales, especialmente de la Misa (cfr. Sac. Car., 40), pero va más allá, exige una fidelidad mayor, integral: la identificación total con Cristo Sacerdote. Ser alter Christus, actuar in persona Christi tiene como consecuencia para el sacerdote que nunca es autónomo ni independiente, ni en su vida personal ni mucho menos en el ejercicio del ministerio confiado, que no puede desempeñar de acuerdo con sus gustos, sus ideas, sus caprichos, sino con la intención de servir fielmente a Cristo y a la Iglesia.

Se entiende perfectamente, a partir de aquí, que el Santo Padre nos exhorte en Sac. Car., 23 a huir de los protagonismos vanos en la celebración de la Eucaristía: "Es necesario que los sacerdotes sean conscientes de que nunca deben ponerse ellos mismos o sus opiniones en el primer plano de su ministerio, sino a Jesucristo. Todo intento de ponerse a sí mismos como protagonistas de la acción litúrgica contradice la identidad sacerdotal. Antes que nada, el sacerdote es servidor y tiene que esforzarse continuamente en ser signo que, como dócil instrumento en sus manos, se refiere a Cristo". La dirección de la acción litúrgica exige "humildad", por eso, como administradores de los misterios divinos, hemos de desterrar de nosotros (en las celebraciones y en la vida), toda forma de "orgullo", es decir de autonomía, todo prurito de "originalidad" que pueda conducir al engaño de que somos dueños de los mismos. El sacerdote no se distingue por sus genialidades en el ejercicio de la misión, ni por sus fervorosas fantasías, ni por su improvisada creatividad. Estas cualidades pueden ser útiles para el presbítero, no lo dudo, pero sólo si se injertan armónicamente en su vida sacerdotal al servicio de aquello que constituye la esencia de su misión: la administración de la Palabra y del Cuerpo de Cristo al pueblo de Dios, que es nuestro principal cometido, para el que nos hemos ordenado.

En otro orden de cosas, la Sac. Car. insiste al hablar de Eucaristía y sacramento del Orden en que la plena configuración con Cristo Pastor que nos comunica aquel, encuentra un medio adecuado de expresión y de vivencia en el celibato sacerdotal. En el número 24 el Santo Padre nos habla del celibato desde esta óptica de "la plena configuración con Cristo" propia del ministro ordenado. Una plena configuración que, como acabamos de ver, no puede mantenerse sin la Eucaristía. Lo cual implica que ésta tiene mucho que ver también con nuestro celibato. "Respetando la praxis y las tradiciones orientales diferentes", el papa nos recuerda que "esta opción [celibataria] del sacerdote es una expresión peculiar de la entrega que lo conforma con Cristo y de la entrega exclusiva de sí mismo por el Reino de Dios. El hecho de que Cristo mismo, sacerdote para siempre, viviera su misión hasta el sacrificio de la cruz en estado de virginidad es el punto de referencia seguro para entender el sentido de la tradición de la Iglesia latina a este respecto". Así pues, como nos advierte el papa, "no basta con comprender el celibato sacerdotal en términos meramente funcionales", hay que ir más allá, captar su sentido y razón de ser profundos, en cuanto "representa una especial conformación con el estilo de vida del propio Cristo".

Por tanto, no basta explicar y justificar el celibato desde una perspectiva funcional, sólo como un estado útil y conveniente para desempeñar más libremente la misión de un sacerdote, sin las limitaciones que le impondrían la vida conyugal y los deberes familiares. Sería una visión empobrecedora. Hay que ver el celibato como un medio adecuado, una ayuda excelente para realizar y vivir la esencia de nuestro sacerdocio: la plena conformación con Cristo. No somos célibes por una simple razón de conveniencia extrínseca, sino por coherencia interna con nuestro ministerio, para imitar más honda y vitalmente al Señor, que fue célibe.

Esta perspectiva tan interesante, tan sugerente, tan estimulante para vivir y amar nuestro celibato, que nos descubre la Sac. Car., debe llevarnos a caer en la cuenta de que el ministerio sacerdotal no es un empleo, no es un trabajo que desempeñamos como un funcionario durante determinadas horas al día, para después cerrar la ventanilla de atención al cliente y dedicarnos a nuestras cosas. Nuestro sacerdocio es nuestra vida, toda la vida entregada al Señor, también la sexualidad. ¿Por qué es célibe Cristo? Porque su alimento es cumplir la voluntad del Padre que le ha enviado: él vive para eso, su vida es eso. El celibato de Cristo es la expresión de que su corazón (es decir, toda su persona) es del Padre. Así entendido, el celibato es un recurso, un medio para que seamos de Dios y para Dios. Lo cual no significa que estemos cerrados a los demás, sino todo lo contrario, estamos más abiertos con un amor generoso, desinteresado, servicial. El celibato supone amar a Dios sobre todo y amar todo lo demás desde Dios y por Dios, más intensamente aun, más radicalmente aun de lo que lo amaríamos desde nosotros mismos.

Desde este punto de vista comprendemos que el celibato no es en primer lugar ni principalmente una negación, una renuncia, sino una elección positiva del amor más grande, más hermoso, más auténtico, el único verdadero: el de Dios. Así entendido, como entrega al que es el Amor por excelencia, como configuración de nuestro corazón con el de Cristo, el celibato se convierte en el impulso apasionado que anima y sostiene nuestra entrega, como animó y sostuvo la de la Virgen, la de los apóstoles. Es muy importante ver el celibato desde esta perspectiva positiva, y no desde una visión meramente negativa, como una prohibición.Y considerado en esta perspectiva, es evidente que el celibato encuentra su inspiración y alimento en la Eucaristía, el sacramento de la Entrega, y se enmarca perfectamente en la dinámica eucarística de la ofrenda: con el celibato pierdes para ganar, das para recibir, te niegas para afirmarte en Dios. Véase al respecto, aplicado al celibato, cuanto afirma Sac. Car., 81 de la virginidad consagrada.

Por ello es útil recordar que nuestro celibato tiene un valor apostólico, debe ser un signo escatológico y provocador, como lo es la Eucaristía, un revulsivo que invite a reflexionar: en medio de la sociedad tan materialista, tan sexualizada en la que vivimos, el celibato es un testimonio de fe, es confesión pública de que no somos sólo carne, sino carne animada por el espíritu y llamada a resucitar, a participar de la vida divina en la gloria, una gloria de la que la Eucaristía es pignus, prenda. El celibato tiene que vivirse como un signo de sobrenaturalidad, que muestre a todos que la sexualidad es un valor, ciertamente, pues es un don de Dios, pero un valor relativo y pasajero, subordinado al único valor absoluto que es Dios. Y, al mismo tiempo, el celibato tiene que ser una fuerza potenciadora de nuestro apostolado, como posibilidad de libertad, que nos ayuda a estar disponibles por entero para las cosas de Dios, facilita que nuestro corazón sea sólo de Dios y en él tengan cabida todos los hermanos. En suma, somos célibes para que Cristo reine en nuestra vida y lo transparentemos en nuestra existencia amando a todos con su mismo amor, sirviéndolos con su misma entrega. Lo triste sería que los sacerdotes renunciáramos a cosas tan nobles como el matrimonio y la familia para después no amar a nadie, o amar poco, sin intensidad; que nos convirtiéramos en solterones aburguesados, pues eso denunciaría que hemos desperdiciado nuestra vocación y nuestra vida, que no hemos permitido a la Eucaristía dar su fruto oblativo en nosotros.

En definitiva, lo que cuenta es que nos enamoremos de Dios y sólo de él. Pero para esto aun nos queda mucho, y, mientras tanto, hemos de luchar y esforzarnos por mantener la castidad en la vida de celibato que la Iglesia nos pide por el Reino de los cielos. Para lograrlo todos conocemos los recursos prácticos que pueden ayudarnos a vivir en profundidad nuestro celibato, sabiendo que no es algo que se adquiera de una vez para siempre, sino el resultado de una lucha constante y un esfuerzo diario. Para ser célibes como la Iglesia quiere necesitamos una formación ascética, y no lograremos serlo si no la tenemos, y si no somos conscientes de que la castidad no es una virtud que se desarrolle en solitario, sino que participa del esfuerzo por adquirir otras virtudes, como la prudencia y la fortaleza. Así, habrá que tener en cuenta la guarda de la vista, el evitar ocasiones de pecado, el revisar nuestras amistades personales, la vigilancia sobre ciertas lecturas o programas de televisión, etc., pues los deslices habituales en estos temas minan grandemente la sensibilidad de la propia pureza de corazón, provocando una ceguera cada vez mayor hacia lo sobrenatural, y tarde o temprano se hará inevitable una crisis de vocación, se tambaleará nuestro compromiso.

Ahora bien, no todo depende de nuestro esfuerzo: hemos de contar con Dios. El sacerdote tiene que confiar en el amor de Jesús, que le ha llamado, y no le asegura la falta de tentaciones y de momentos difíciles, pero sí su ayuda constante para que sea fiel. Y esa ayuda la encontramos de modo especial en los sacramentos de la Eucaristía - que "cristifica" nuestro corazón, y nos ayuda a poner nuestro gozo y plenitud en la vivencia de la vocación que hemos recibido y no en sucedáneos engañosos- y de la Penitencia. La conciencia de la debilidad de nuestra condición, el saber que tenemos los pies de barro, tiene que hacernos también sentir la necesidad de acudir con regularidad al sacramento de la Penitencia, a fin de conseguir, junto con el perdón, fortaleza contra la tentación. De hecho, Benedicto XVI afirma en Sac. Car., 20 que "el amor a la Eucaristía lleva también a apreciar cada vez más el sacramento de la Reconciliación". Y añade que, "debido a la relación entre estos sacramentos, una auténtica catequesis sobre el sentido de la Eucaristía no puede separarse de la propuesta de un camino penitencial". Pues bien, los primeros en tener esto presente debemos ser los presbíteros. Hay que evocar el deber y la necesidad que tenemos como sacerdotes no sólo de administrar disponible y gozosamente el sacramento de la Penitencia, sino también de recibirlo personalmente como pecadores que somos. No vaya a ocurrir aquello del refrán: "en casa del herrero cuchillo de palo", o "consejos doy que para mí no tengo". Somos ministros del sacramento de la Reconciliación, pero somos y debemos ser también sus beneficiarios, convirtiéndonos con nuestra propia praxis en testigos de la misericordia de Dios para con los pecadores.

La experiencia enseña que la calidad y el fervor de nuestra vida espiritual y pastoral dependen de la asidua y cuidadosa práctica personal del sacramento de la Penitencia, como nos recordó Juan Pablo II en la Exhortación Apostólica Reconciliatio et Penitentia, 31: "La celebración de la Eucaristía y el ministerio de los otros sacramentos, el celo pastoral, la relación con los fieles, la comunión con los hermanos, la colaboración con el obispo, la vida de oración; en una palabra, toda la existencia sacerdotal sufre un inevitable decaimiento, si le falta, por negligencia o cualquier otro motivo, el recurso periódico e inspirado en una auténtica fe y devoción al sacramento de la penitencia. En un sacerdote que no se confesase o se confesase mal, su ser como sacerdote y su ministerio como sacerdote se resentirían muy pronto, y se daría cuenta de ello también la comunidad de la que es pastor".

Así pues, debemos ser los primeros en practicar la Penitencia que predicamos y administramos, pues por ese camino llegará a nosotros la gracia que renovará nuestra fidelidad sacerdotal y que restaurará cuanto el Sacramento del Orden nos comunicó y nosotros desvirtuamos o no vivimos correctamente por nuestra debilidad.

Por otra parte, y ya para concluir, debemos considerar que, dada la íntima relación entre sacerdocio y Eucaristía, por la que sólo el ministro ordenado puede celebrar ésta válidamente, es muy preocupante la actual escasez de vocaciones. El papa señala en el número 25 paliativos a esta carencia, como serían una distribución del clero más ecuánime, la implicación de los Institutos de Vida Consagrada y de las nuevas realidades eclesiales (los movimientos) en la atención de las necesidades pastorales, el desarrollo de una acertada pastoral vocacional entre los jóvenes, etc. Pero advierte que la solución del problema no se puede confiar a "simples medidas pragmáticas", sobre todo pone en guardia a los obispos frente al peligro de que la escasez de clero lleve a descuidar el "adecuado discernimiento vocacional", de manera que se admitan como seminaristas "candidatos sin los requisitos necesarios para el servicio sacerdotal", tanto en el plano intelectual como en el moral o el espiritual, pues esos sacerdotes no podrían dar el testimonio adecuado para "suscitar en otros el deseo de corresponder con generosidad a la llamada de Cristo". Con lo cual nos está diciendo indirectamente el papa que los mismos sacerdotes, con nuestro estilo de vida plenamente sacerdotal, totalmente en sintonía con Cristo buen Pastor, somos los principales agentes de la pastoral vocacional, el reclamo más convincente que puede atraer a otros a desear ese estado de vida, cuando se ve que hace feliz, que da una alegría y un entusiasmo envidiables. Sólo un sacerdocio vivido ardientemente, con fuerza, con ilusión es convincente, atrae, contagia. Es muy importante que los curas tengamos esto en cuenta. Ciertamente hay muchos otros factores que influyen en la crisis vocacional, pero tendremos que preguntarnos con sinceridad si, en gran medida, no somos nosotros mismos responsables de ella por la tibieza y la mediocridad con que vivimos nuestro sacerdocio. ¡Y reaccionar!

Por otra parte, la Sac. Car., señala otra vía para que no falten al pueblo de Dios los necesarios sacerdotes que le celebren la Eucaristía, y es la de una pastoral vocacional que implique "a toda la comunidad cristiana en todos sus ámbitos", sobre todo sensibilizando "a las familias, a menudo indiferentes, si no contrarias incluso a la hipótesis de la vocación sacerdotal". Dicho con otras palabras, el papa nos invita a seguir y tener en cuenta en la pastoral vocacional un camino hasta ahora bastante descuidado: el de las familias; porque de ordinario la pastoral vocacional se dirige sólo a los jóvenes, y no a las familias donde nacen, crecen y se forman esos jóvenes. Familias que, a menudo, transmiten valores, opciones, perspectivas vitales muy diversas de las que intentamos dar a los niños y jóvenes en la catequesis. De acuerdo con esta sugerencia de Sac. Car. habrá que sensibilizar a las familias cristianas de la responsabilidad que tienen en el tema vocacional, de educar a sus hijos en aquellas actitudes, en especial la generosidad, la entrega a los demás, la capacidad de renuncia y de sacrificio y la visión de la vida como un servicio, que son la base de todo camino vocacional. Sobre todo habrá que concienciar a los padres cristianos de que tienen que dejar libres a sus hijos en las grandes decisiones vitales, no pueden suplantarlos; recordándoles que los hijos no son suyos, sino de Dios. El verdadero seminario del futuro son las familias cristianas, capaces de vivir en su seno y transmitir a sus hijos la fe y la disponibilidad a poner su vida en manos de Dios.

Nada más, concluyo con las palabras que Sac. Car., 26 pone como colofón a este tema: "Gratitud y esperanza". Que esos sean nuestros sentimientos. "¿Cómo pagaré al Señor todo el bien que me ha hecho?". Nuestra respuesta no puede ser otra que la que el mismo Salmo 115 pone en nuestros labios: "Alzaré la copa de la salvación invocando tu nombre".

Notas

[1] En adelante la citaremos abreviadamente: Sac. Car

[2] Cfr. Jn 4,10-14; 7, 37-38.

[3] Santo Tomás afirma en la Summa Theologica, 3, q. 73, a. 3c: "La Eucaristía es como la consumación de la vida espiritual y el fin de todos los sacramentos". Y en 3, q. 65, a. 3, escribe: "La Eucaristía es el más importante de todos los sacramentos. Y esto resulta de tres consideraciones. Primera, porque contiene realmente a Cristo en persona, mientras que los otros contienen una virtud instrumental participada de Cristo, […]. Segunda, por la relación de los sacramentos entre sí. Todos los demás sacramentos están ordenados a la Eucaristía como a su fin. Es claro, por ejemplo, que el sacramento del orden está destinado a la consagración de la Eucaristía, el bautismo tiende a recibirla, la confirmación dispone a no abstenerse de ella por vergüenza, la penitencia y la extremaunción preparan al hombre para recibir dignamente el cuerpo de Cristo y, finalmente, el matrimonio se aproxima a la Eucaristía al menos por su significado, en cuanto que significa la unión de Cristo con la Iglesia, cuya unidad está representada en el sacramento de la Eucaristía […]. Tercera, por el mismo ritual de los sacramentos, porque la recepción de casi todos ellos se completa recibiendo también la eucaristía […]". Y añade: "la Eucaristía contiene sustancialmente el bien común espiritual de toda la Iglesia".

[4] En el n.º 13 del decreto Presbyterorum Ordinis, afirma el Concilio: "En el misterio del sacrificio eucarístico, en que los sacerdotes cumplen su principal ministerio, se realiza continuamente la obra de nuestra redención, y por ende encarecidamente se les recomienda su celebración cotidiana, la cual, aunque no pueda haber en ella presencia de fieles, es ciertamente acto de Cristo y de su Iglesia".

[5] Como afirma el Prefacio Pascual V, inspirándose en una afirmación de san Agustín en La Ciudad de Dios, X, 20: "Per hoc et sacerdos est, ipse offerens, ipse et oblatio".