Comentario a Sacramentum caritatis, nn. 43-51, en la línea de la reforma litúrgica del Concilio Vaticano II.

Comentario a "Sacramentum caritatis", nn. 43-51

Dentro de la segunda parte de la Exhortación Apostólica Sacramentum Caritatis: "La Eucaristía, misterio que se ha de celebrar", el Papa dedica un capítulo a la "Estructura de la celebración eucarística", en el que, como él mismo declara: "… quisiera llamar la atención de modo más concreto sobre algunas partes de la estructura de la celebración eucarística que requieren un cuidado especial en nuestro tiempo, para ser fieles a la intención profunda de la renovación litúrgica deseada por el Concilio Vaticano II, en continuidad con toda la gran tradición eclesial" (n. 43).

Queda pues claro que no intenta describir detalladamente todas las partes y fórmulas de la Santa Misa, cosa cumplida perfectamente por la Ordenación General del Misal Romano [1], sino destacar unos momentos celebrativos sobre los que incidieron más los Padres sinodales y son objeto de la atención del Santo Padre en estos momentos históricos. Son ritos renovados después del Concilio, pero que actualmente pueden ser intepretados de forma diferente a "la intención profunda de la renovación litúrgica" y en discontinuidad "con toda la gloriosa y gran tradición eclesial" [2].

1. Unidad intrínseca de la acción litúrgica

44. Ante todo, hay que considerar la unidad intrínseca del rito de la santa Misa. Se ha de evitar que, tanto en la catequesis como en el modo de la celebración, se dé lugar a una visión yuxtapuesta de las dos partes del rito. La liturgia de la Palabra y la liturgia eucarística —además de los ritos de introducción y conclusión— « están estrechamente unidas entre sí y forman un único acto de culto » [132] (Ordenación General del Misal Romano, 28; cf. Conc. Ecum. Vat. II, Const. Sacrosanctum Concilium, sobre la sagrada liturgia, 56; Sagrada Congregación de Ritos, Instr. Eucharisticum Mysterium (25 mayo 1967), 3: AAS 57 (1967), 540-543). En efecto, la Palabra de Dios y la Eucaristía están intrínsecamente unidas. Escuchando la Palabra de Dios nace o se fortalece la fe (cf. Rm 10,17); en la Eucaristía, el Verbo hecho carne se nos da como alimento espiritual. Así pues, «la Iglesia recibe y ofrece a los fieles el Pan de vida en las dos mesas de la Palabra de Dios y del Cuerpo de Cristo». Por tanto, se ha de tener constantemente presente que la Palabra de Dios, que la Iglesia lee y proclama en la liturgia, lleva a la Eucaristía como a su fin connatural.

Llama la atención esta preocupación por la unidad interior de la celebración, cuando llevamos tantos años hablando de las dos grandes partes que ante se llamaban "Misa de los catecúmenos" y "Misa de los fieles" y ahora "Liturgia de la Palabra" y "Liturgia eucarística", de los dos lugares preferentes en cada momento: ambón y altar y de la formación de la estructura de la Misa a partir de la liturgia sinagogal y de las cenas sabática y pascual. La clave podríamos encontrarla en la palabra "yuxtaposición"; en efecto, se ha dicho que para cumplir el precepto dominical era suficiente con participar desde el ofertorio y otras veces se ha marcado tanto la separación entre las dos partes que la liturgia de la Palabra aparece como "menos sagrada" y más propicia para introducir en ella catequesis, ritos y cantos nuevos o no previstos en el Misal [3], ante ello nos advierte el Papa de que ne discreta detur visio.

Toda la Santa Misa [4], desde la recepción del celebrante hasta la despedida final, es presidida por Cristo ante el Padre y con el poder del Espírtu, celebrándola como Cristo total, con su amadísima esposa la Iglesia, a la que asocia en su acción indisolublemente [5]. Leyendo este pasaje se recuerda el capítulo 6 del Evangelio de san Juan, donde Jesús anuncia la entrega de si mismo a los fieles, primero como Palabra de vida y luego como don de su Cuerpo y Sangre; aquí encontramos ese dinamismo integral que tanto propugnan el Sínodo y el Papa, al tiempo que se destacan en todo su valor simbólico las "dos mesas" desde las que recibimos el Pan de la Vida que es Cristo.

El Santo Padre no se detiene en los ritos iniciales, que están muy bien explicados en la Ordenación General del Misal Romano, precisamente con la finalidad de formar la asambles de modo que reciba a Cristo, el Señor, Maestro y Sacerdote que la ha convocado, y, ante él, muestre los sentimientos de alabanza y arrepentimiento, pues no somos dignos de acercarnos a su fiesta, pero él, con su misericordia, nos perdona y pone lo más cerca posible.

2. Liturgia de la Palabra

45. Junto con el Sínodo, pido que la liturgia de la Palabra se prepare y se viva siempre de manera adecuada. Por tanto, recomiendo vivamente que en la liturgia se ponga gran atención a la proclamación de la Palabra de Dios por parte de lectores bien instruidos. Nunca olvidemos que « cuando se leen en la Iglesia las Sagradas Escrituras, Dios mismo habla a su Pueblo, y Cristo, presente en su palabra, anuncia el Evangelio ».[135] (Ordenación General del Misal Romano, 29).Si las circunstancias lo aconsejan, se puede pensar en unas breves moniciones que ayuden a los fieles a una mejor disposición. Para comprenderla bien, la Palabra de Dios ha de ser escuchada y acogida con espíritu eclesial y siendo conscientes de su unidad con el Sacramento eucarístico. En efecto, la Palabra que anunciamos y escuchamos es el Verbo hecho carne (cf. Jn 1,14), y hace referencia intrínseca a la persona de Cristo y a su permanencia de manera sacramental. Cristo no habla en el pasado, sino en nuestro presente, ya que Él mismo está presente en la acción litúrgica. En esta perspectiva sacramental de la revelación cristiana, [136] (Cf. Juan Pablo II, Carta. enc. Fides et ratio (14 septiembre 1998), 13: AAS 91 (1999), 15-16) el conocimiento y el estudio de la Palabra de Dios nos permite apreciar, celebrar y vivir mejor la Eucaristía. A este respecto, se aprecia también en toda su verdad la afirmación, según la cual « desconocer la Escritura es desconocer a Cristo ».[137] (S. Jerónimo, Comm. in Is., Prol.: PL 24, 17; cf. Conc. Ecum. Vat. II, Const. dogm. Dei Verbum, sobre la divina revelación, 25). Para lograr todo esto es necesario ayudar a los fieles a apreciar los tesoros de la Sagrada Escritura en el leccionario, mediante iniciativas pastorales, celebraciones de la Palabra y la lectura meditada (lectio divina). Tampoco se ha de olvidar promover las formas de oración conservadas en la tradición, la Liturgia de las Horas, sobre todo Laudes, Vísperas, Completas y también las celebraciones de vigilias. El rezo de los Salmos, las lecturas bíblicas y las de la gran tradición del Oficio divino pueden llevar a una experiencia profunda del acontecimiento de Cristo y de la economía de la salvación, que a su vez puede enriquecer la comprensión y la participación en la celebración eucarística.

¿Cómo hacer que la liturgia de la Palabra se prepare y se viva siempre de manera adecuada? En primer lugar instruyendo bien a los lectores con una formación que no habrá de ser meramente técnica, enseñándoles a leer pronunciando bien, marcando las pausas y administrando bien la respiración etc. Tampoco será lo prioritario, si bien necesario, que conozcan los géneros literarios de la Biblia, para que den sentido propio a lo que proclaman; lo principal es que los lectores tengan conciencia de que son el órgano por el que Dios habla a su pueblo convocado y reunido para escucharle, de modo análogo a la disposición espiritual de quienes reparten y reciben a Cristo en la Comunión. Por ello el que la lectura se haga bien, de forma provechosa y con todas las formas y ritos que acentúan su sacralizad, debería ser prioritario al valor de una mal entendida "participación" del mayor número de fieles.

Las moniciones antes de las lecturas a veces son puestas por el Misal en boca del celebrante, como en la Vigilia Pascual, y no desdicen de su misión como maestro de la comunidad; también pueden ser hechas por fieles, pero desde un lugar diferente al ambón y han de ser breves y no tener forma de exhortaciones o interpretaciones personales del texto que se va a proclamar [6].

También la comunidad ha de prepararse fuera de la celebración de la Misa mediante iniciativas pastorales (cursos bíblicos), celebraciones de la Palabra y la lectura meditada (lectio divina) para apreciar el valor de la escucha de la Palabra de Dios en la liturgia, que no es simplemente abrir la Biblia y buscar lo que interesa, sino escuchar con toda la Iglesia lo que Dios dice [7].

Muy importante es la referencia a la Liturgia de las Horas como propedéutica para la participación en la Eucaristía, tanto si se celebra sóla o integrada en la Misa, como está previsto en la "Ordenación general de la L.H." En muchas parroquias se va introduciendo la celebración de Laudes o Vísperas con la Misa diaria y en una celebración de los domingos, y la experiencia es muy positiva. Promover las formas de oración conservadas en la tradición, la Liturgia de las Horas, enseña a vivir la oración eclesial como si uno entrara en el gran río de plegarias que circunvala incesantemente el mundo.

3. Homilía

46. La necesidad de mejorar la calidad de la homilía está en relación con la importancia de la Palabra de Dios. En efecto, ésta « es parte de la acción litúrgica »; [139] (Cf. Ordenación General del Misal Romano, 29; Conc. Ecum. Vat. II, Const. Sacrosanctum Concilium, sobre la sagrada liturgia, 7.33.52.) tiene como finalidad favorecer una mejor comprensión y eficacia de la Palabra de Dios en la vida de los fieles. Por eso los ministros ordenados han de «preparar la homilía con esmero, basándose en un conocimiento adecuado de la Sagrada Escritura». Han de evitarse homilías genéricas o abstractas. En particular, pido a los ministros un esfuerzo para que la homilía ponga la Palabra de Dios proclamada en estrecha relación con la celebración sacramental[141] (Cf. Conc. Ecum. Vat. II, Const. Sacrosanctum Concilium, sobre la sagrada liturgia, 52) y con la vida de la comunidad, de modo que la Palabra de Dios sea realmente sustento y vigor de la Iglesia.[142] (Cf. Conc. Ecum. Vat. II, Const. dogm. Dei Verbum, sobre la divina revelación, 21) Se ha de tener presente, por tanto, la finalidad catequética y exhortativa de la homilía. Es conveniente que, partiendo del leccionario trienal, se prediquen a los fieles homilías temáticas que, a lo largo del año litúrgico, traten los grandes temas de la fe cristiana, según lo que el Magisterio propone en los cuatro « pilares » del Catecismo de la Iglesia Católica y en su reciente Compendio: la profesión de la fe, la celebración del misterio cristiano, la vida en Cristo y la oración cristiana.[143] (Para este fin, el Sínodo ha exhortado a elaborar elementos pastorales basados en el leccionario trienal, que ayuden a unir intrínsecamente la proclamación de las lecturas previstas con la doctrina de la fe: cf. Propositio 19).

Me atrevería a decir que estamos ante la segunda gran asignatura pendiente en la celebración de la Misa; primero – como hemos visto antes - se trata de proclamar mejor las lecturas, de forma que se sienta que Dios habla por ellas a su pueblo, ahora la cuestión es que la exposición y aplicación de la Palabra de Dios sea la adecuada a ese género tan particular y aparentemente tan difícil como es la homilía celebrativa ¿Qué nos dice el Papa sobre esto?

Comencemos por la expresión negativa: "Han de evitarse homilías genéricas y abstractas"; "genéricas" querría decir que servirían para cualquier comunidad, sin relación a lo "específico" de una parroquia concreta, una comunidad religiosa, un grupo particular o una celebración excepcional…Tenemos, pues, que el predicador ha de mirar a los ojos de los oyentes y ha de sentir la comunicación con ellos; no hay cuestionario previo, ni preguntas de los fieles, por eso el pastor ha de conocer a sus ovejas, sus preocupaciones y problemas en ese momento concreto. No se puede repetir lo escrito en una revista u hoja litúrgica o en un libro de comentarios bíblicos o de homilías de un autor que probablemente las predicó antes en otro contexto [8].

Homilías "abstractas" serían, en primer lugar, las que exponen los temas de la Biblia o doctrinales como en una clase de exégesis o en una conferencia teológica, pero sobre todo, la abstracción es la costumbre de hablar en general, sin concretar y sin aplicar al momento de los fieles y al de la celebración [9]. Por eso, la sensación de que la homilía no va para uno y que lo que se dice ya está requeteoído, hace que los fieles desconecten a las primeras palabras del orador. Según el Papa, la homilía ha de "poner la Palabra de Dios proclamada en estrecha relación con la celebración sacramental y con la vida de la comunidad, de modo que la Palabra de Dios sea realmente sustento y vigor de la Iglesia".

Lo primero es lo más propio del género homilético; no es una meditación, ni una clase, ni una conferencia, porque la homilía lleva del anuncio de la salvación a su cumplimiento en el sacramento: "Hoy se cumple esta escritura que acabáis de escuchar" (Lc 4, 21) [10].

La homilía celebrativa tiene una "finalidad catequética y exhortativa", y creo que deberíamos entender esta catequesis como "mistagogía", es decir, explicación y guía para comprender los misterios de la fe que celebramos en la liturgia, sin olvidar la "parénesis" o invitación a imitar en la vida el ejemplo de Cristo y seguir sus normas de vida [11].

El Papa recoge en su Exhortación algunas sugerencias de los padres sinodales que demandaban unas "Homilías temáticas" "que, partiendo del leccionario trienal, se prediquen a los fieles homilías temáticas que, a lo largo del año litúrgico, traten los grandes temas de la fe cristiana, según lo que el Magisterio propone en los cuatro « pilares » del Catecismo de la Iglesia Católica y en su reciente Compendio: la profesión de la fe, la celebración del misterio cristiano, la vida en Cristo y la oración cristiana." En el fondo debe estar la experiencia de que las homilías no forman suficientemente a los fieles porque son temas independientes, sin continuidad ni programación. Es cierto que el leccionario no es un repertorio de textos bíblicos para la catequesis, pero hay que descubrir su estructura interna, mucho más trabajada de lo que aparece a primera vista. El leccionario actual es uno de los logros más importantes de la renovación litúrgica pedida por el Vaticano II [12] y la introducción general a estos libros muestra de forma sencilla y sucinta su estructura, tanto en el caso de las grandes solemnidades [13] como en los llamados "tiempos fuertes" [14] y en la creación enteramente nueva de los tres ciclos dominicales del Tiempo Ordinario, donde se pueden descubrir las secuencias temáticas estructuradas en torno a los "pilares" del Catecismo de la Iglesia Católica [15].

La Exhortación Apostólica no alude a la conclusión de la Liturgia de la Palabra que forman la profesión de fe y la oración universal, pasando directamente a explicar el verdadero sentido de otro momento donde una mal entendida "creatividad" ha podido desviarlo de su funcionalidad propia.

4. Presentación de las ofrendas

47. Los Padres sinodales han puesto también su atención en la presentación de las ofrendas. Ésta no es sólo como un « intervalo » entre la liturgia de la Palabra y la eucarística. Entre otras razones, porque eso haría perder el sentido de un único rito con dos partes interrelacionadas. En realidad, este gesto humilde y sencillo tiene un sentido muy grande: en el pan y el vino que llevamos al altar toda la creación es asumida por Cristo Redentor para ser transformada y presentada al Padre. En este sentido, llevamos también al altar todo el sufrimiento y el dolor del mundo, conscientes de que todo es precioso a los ojos de Dios. Este gesto, para ser vivido en su auténtico significado, no necesita enfatizarse con añadiduras superfluas. Permite valorar la colaboración originaria que Dios pide al hombre para realizar en él la obra divina y dar así pleno sentido al trabajo humano, que mediante la celebración eucarística se une al sacrificio redentor de Cristo.

El Santo Padre recoge la preocupación de los pastores por causa de unos desarrollos del rito de la presentación de las ofrendas, y nos dice en primer lugar que se trata de un gesto "humilde y sencillo", breve consecuentemente [16], y tan querido por el Señor como cuando aceptó los pocos panes y peces de un muchacho para ofrecer el gran banquete mesiánico en Galilea; por ello, además de explicarnos el verdadero sentido del rito, el Papa nos previene contra las "añadiduras superfluas" que intentan enfatizarlo, pero que lo diluyen en otros sentidos. El Misal precisa que los fieles llevan al sacerdote el pan, el vino y el agua, y nada más. Los signos más vistosos [17] oscurecen la sencillez de los elementos sacramentales y en esto todos deberíamos ser más austeros y llevar a los fieles a la visión de la presencia de Dios en lo que él ha elegido como sacramentos de su Cuerpo y su Sangre: pan y vino con agua que llevan consigo una inmensa riqueza de significados bíblicos y litúrgicos [18].

5. La plegaria eucarística

48. La Plegaria eucarística es « el centro y la cumbre de toda la celebración ». (Ordenación General del Misal Romano, 78) Su importancia merece ser subrayada adecuadamente. Las diversas Plegarias eucarísticas que hay en el Misal nos han sido transmitidas por la tradición viva de la Iglesia y se caracterizan por una riqueza teológica y espiritual inagotable. Se ha de procurar que los fieles las aprecien. La Ordenación General del Misal Romano nos ayuda en esto, recordándonos los elementos fundamentales de toda Plegaria eucarística: acción de gracias, aclamación, epíclesis, relato de la institución y consagración, anámnesis, oblación, intercesión y doxología conclusiva.[146] (Cf. ibíd. 78-79). En particular, la espiritualidad eucarística y la reflexión teológica se iluminan al contemplar la profunda unidad de la anáfora, entre la invocación del Espíritu Santo y el relato de la institución, en la que « se realiza el sacrificio que el mismo Cristo instituyó en la última Cena ».[148] (Ordenación General del Misal Romano, 79d). En efecto, « la Iglesia, por medio de determinadas invocaciones, implora la fuerza del Espíritu Santo para que los dones que han presentado los hombres queden consagrados, es decir, se conviertan en el Cuerpo y Sangre de Cristo, y para que la víctima inmaculada que se va a recibir en la Comunión sea para la salvación de quienes la reciben » [149] (Ibíd. 79c).

Al llegar a este momento central de la celebración, el Papa nos pide, en primer lugar, que destaquemos su importancia "subrayándola adecuadamente". Es evidente que eso no ocurre si tenemos un largísimo y complejo ofertorio y una plegaria recitada expeditivamente. El subrayado vendría con la pausa en su recitación, el canto de las partes que lo permiten y la participación de la asamblea con sus aclamaciones cantadas, adoración de rodillas y tensión mantenida hasta el Amén final.

Nos dice el Papa también que "las diversas plegarias eucarísticas que hay en el Misal nos han sido transmitidas por la tradición viva de la Iglesia", y así es porque han sido compuestas siguiendo modelos y conservando expresiones de la tradición viva de Oriente y Occidente, manteniendo en todas ellas los mismos elementos formales fundamentales, que el Santo Padre enumera detalladamente. El Misal indica las circunstancias que hacen aconsejable el uso de una u otra plegaria. Especialmente destaca el Papa "la profunda unidad de la anáfora, entre la invocación del Espíritu Santo y el relato de la institución [19], en la que se realiza el sacrificio que el mismo Cristo instituyó en la última Cena", deseando así olvidar las interpretaciones parciales que destacaban una u otra fórmula como causa de la transubstanciación eucarística y animando a que se enseñe a los fieles a considerar toda la plegaria eucarística como el "sacrificium laudis", espiritual y racional del Cristo total [20]. Los fieles de rito latino deberían estar más instruidos acerca de la importancia de la epíclesis del Espírtu Santo, que se invoca en todos los sacramentos y que en la Eucaristía tiene los dos momentos de petición transformante y de comunión eclesial con el sacrificio de Cristo [21].

6. Rito de la paz

49. La Eucaristía es por su naturaleza sacramento de paz. Esta dimensión del Misterio eucarístico se expresa en la celebración litúrgica de manera específica con el rito de la paz. Se trata indudablemente de un signo de gran valor (cf. Jn 14,27). En nuestro tiempo, tan lleno de conflictos, este gesto adquiere, también desde el punto de vista de la sensibilidad común, un relieve especial, ya que la Iglesia siente cada vez más como tarea propia pedir a Dios el don de la paz y la unidad para sí misma y para toda la familia humana. La paz es ciertamente un anhelo indeleble en el corazón de cada uno. La Iglesia se hace portavoz de la petición de paz y reconciliación que surge del alma de toda persona de buena voluntad, dirigiéndola a Aquel que « es nuestra paz » (Ef 2,14), y que puede pacificar a los pueblos y personas aun cuando fracasen las iniciativas humanas. Por ello se comprende la intensidad con que se vive frecuentemente el rito de la paz en la celebración litúrgica. A este propósito, sin embargo, durante el Sínodo de los Obispos se ha visto la conveniencia de moderar este gesto, que puede adquirir expresiones exageradas, provocando cierta confusión en la asamblea precisamente antes de la Comunión. Sería bueno recordar que el alto valor del gesto no queda mermado por la sobriedad necesaria para mantener un clima adecuado a la celebración, limitando por ejemplo el intercambio de la paz a los más cercanos. [150] (Teniendo en cuenta costumbres antiguas y venerables, así como los deseos manifestados por los Padres sinodales, he pedido a los Dicasterios competentes que estudien la posibilidad de colocar el rito de la paz en otro momento, por ejemplo, antes de la presentación de las ofrendas en el altar. Por lo demás, dicha opción recordaría de manera significativa la amonestación del Señor sobre la necesidad de reconciliarse antes de presentar cualquier ofrenda a Dios (cf. Mt 5,23 s.).

Estamos ante una situación semejante a la del ofertorio y que pide una rectificación. No puede ser que el recogimiento alcanzado en la anáfora y la preparación a la comunión que comienza con el Padre nuestro se rompa de modo que a veces resulta imposible reconducir dignamente la celebración. El signo conclusivo de la oración dominical y preparatorio a la comunión, que es uno de los identificadores exclusivos del rito romano y cuya extensión ha sido muy bien recibida por los fieles, se convierte a veces, con la mejor intención, en una especie de expresión de grupo, de forma que el rito pierde su significado genuino que tenía en la antigüedad, mientras que en otros lugares se hace siempre correctamente. El Misal nos dice que sólo hay que dar la paz a los más cercanos y que el sacerdote nunca puede abandonar el altar o dar la espalda al Santísimo. De nuevo se nos pide austeridad y comprensión del valor sacramental del rito, porque el hermano o hermana de al lado, quizás desconocido, es signo de la entera fraternidad cristiana [22].

7. Distribución y recepción de la Eucaristía

50. ... Pido a todos, en particular a los ministros ordenados y a los que, debidamente preparados, están autorizados para el ministerio de distribuir la Eucaristía en caso de necesidad real, que hagan lo posible para que el gesto, en su sencillez, corresponda a su valor de encuentro personal con el Señor Jesús en el Sacramento. Respecto a las prescripciones para una praxis correcta, me remito a los documentos emanados recientemente.[151] (Cf. Congregación para el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos, Instr. Redemptionis Sacramentum (25 marzo 2004), 80-96: AAS 96 (2004), 574-577). Todas las comunidades cristianas han de atenerse fielmente a las normas vigentes, viendo en ellas la expresión de la fe y el amor que todos han de tener respecto a este sublime Sacramento. Tampoco se descuide el tiempo precioso de acción de gracias después de la Comunión: además de un canto oportuno, puede ser también muy útil permanecer recogidos en silencio.

…. un problema pastoral con el que nos encontramos frecuentemente en nuestro tiempo … en las santas Misas celebradas con ocasión de bodas, funerales o acontecimientos análogos, además de fieles practicantes, asisten también a la celebración otros que tal vez no se acercan al altar desde hace años, o quizás están en una situación de vida que no les permite recibir los sacramentos. Otras veces sucede que están presentes personas de otras confesiones cristianas o incluso de otras religiones. Situaciones similares se producen también en iglesias que son meta de visitantes, … en las que abunda el arte. En estos casos, se ve la necesidad de usar expresiones breves y eficaces para hacer presente a todos el sentido de la Comunión sacramental y las condiciones para recibirla. Donde se den situaciones en las que no sea posible garantizar la debida claridad sobre el sentido de la Eucaristía, se ha de considerar la conveniencia de sustituir la Eucaristía con una celebración de la Palabra de Dios.

El Papa se fija especialmente en dos cuestiones que, si bien están claras en las normas litúrgicas, deberán ser examinadas y mejoradas por los pastores en sus comunidades concretas. La primera de ellas es que los ministros extraordinarios de la comunión deben actuar sólo en el caso de necesidad real [23], lo que se podría concretar en que haya un número grande de comulgantes o, por ejemplo, que un grupo esté apartado en el coro o en tribunas… De todos modos, la multiplicación de quienes ayudan a dar la comunión no sería para acabar antes, sino para hacerlo mejor "para que el gesto, en su sencillez, corresponda a su valor de encuentro personal con el Señor Jesús en el Sacramento", y eso pide que los comulgantes se acerquen en filas, ordenadamente, se detengan ante quien da la comunión y aguarden a que el ministro les muestre la sagrada Forma y se tenga el diálogo y encuentro de fe: El Cuerpo de Cristo. Amén; y sólo entonces deposite la Forma en la boca o en la mano del comulgante, la suma éste y vuelva a su sitio [24]. Es un momento en que le tiempo se detiene para cada comulgante y éste alcanza el nivel más alto de participación en la Eucaristía. Encuentro personal, no distribución despersonalizada [25].

La segunda cuestión se refiere a los grandes encuentros religiosos y a los templos donde acude mucha gente por motivos culturales mientras se celebra. Las advertencias a que se refiere el Papa las hemos podido escuchar desde el Encuentros Mundiales de Jóvenes en Colonia y en algunas catedrales y santuarios. A veces ese pluralismo de asistentes se da en actos donde lo religioso y lo social se implican, en unas sociedades que no son uniformemente católicas, y por ello los rituales del Matrimonio y de las Exequias sugieren en algunos casos -como cuando los contrayentes no comulgan- la conveniencia de sustituir la celebración de la Misa por una celebración de la Palabra de Dios. El Santo Padre parece que nos invita a extender este principio a otras celebraciones, lo que debería ser considerado con prudencia y sentido pastoral [26].

8. Despedida: «Ite Missa est»

51. …. Después de la bendición, el diácono o el sacerdote despide al pueblo con las palabras: Ite, missa est. En este saludo podemos apreciar la relación entre la Misa celebrada y la misión cristiana en el mundo. "missa"…en el uso cristiano ha adquirido un sentido cada vez más profundo. La expresión "missa" se transforma, en realidad, en "misión". Este saludo expresa sintéticamente la naturaleza misionera de la Iglesia. Por tanto, conviene ayudar al Pueblo de Dios a que, apoyándose en la liturgia, profundice en esta dimensión constitutiva de la vida eclesial. En este sentido, sería útil disponer de textos debidamente aprobados para la oración sobre el pueblo y la bendición final que expresen dicha relación.

Las palabras del Papa nos hacen pensar si la traducción castellana del Ite, missa est, "Podéis ir en paz", es la acertada, porque parece más un amable permiso para disolver la asamblea que un mandato misionero [27]. La misión evangelizadora y caritativa es una dimensión constitutiva de la vida eclesial; todo cristiano es misionero a su manera, desde su propio estado, incluso los enfermos, los niños o los consagrados en el claustro como santa Teresita del Niño Jesús, Patrona de las Misiones.

En la mayoría de misales vernáculos aprobados existen ya estas fórmulas que desea el Papa, lo que ocurre es que se conocen y utilizan poco. Tenemos en primer lugar las "oraciones sobre el pueblo", que se dicen después de "El Señor esté con vosotros" y la monición "Inclinaos para recibir la bendición", siguiendo luego el signo de la Cruz y la despedida. En ellas se pide que Dios proteja a su pueblo para que pueda ser consecuente con lo que ha celebrado [28]. Los antiguos sacramentarios romanos como el Veronense (s. VI), llevaban en cada misa una oración sobre el pueblo propia; el Misal tridentino conservó estas fórmulas en Cuaresma y Semana Santa, mientras que el Misal actual ofrece veinticuatro oraciones sin distinguir tiempos litúrgicos y dos para las fiestas de los santos. Es una lástima que no se usen más estas oraciones que son uno de los distintivos propios del rito romano.

Las bendiciones triples de despedida han tenido mejor acogida y son una actualización de las antiguas "bendiciones pontificales" que se desaparecieron en la reforma tridentina [29], si bien estas dependen de las bendiciones de las Misas galicana e hispano-mozárabe que se imparten todavía en este rito como preparación a la comunión. Estas fórmulas están dispuestas según el año litúrgico y las conmemoraciones de los santos y los difuntos y también han entrado en algunos rituales de los sacramentos y en la Liturgia de las Horas. Con frecuencia estas bendiciones tiene forma trinitaria y siempre concluyen con una invocación de ayuda para realizar en la vida lo que se ha celebrado en la liturgia.

La versión del Misal Romano castellano actualmente en vigor contiene varias moniciones diaconales de despedida [30]: Si hubieran aparecido en la primera edición se habría evitado la rutina del "Podéis ir en paz". El "Libro de la sede" [31]es un subsidio aprobado que intenta mostrar en cada celebración la naturaleza misionera de la fórmula de despedida de la asamblea; desde su primera edición en 1983 ha tenido muy buena acogida, pero sus variadas moniciones de despedida con forma de misión eclesial no son tan utilizadas como las del acto penitencial o las oraciones de los fieles. Este libro ofrece las oraciones sobre el pueblo en las misas de Cuaresma, mientras que prefiere las bendiciones triples para el resto de ocasiones.

Notas

[1] 2ª Edición (2002), Capítulo II, Estructura de la Misa: Sus elementos y partes. Capítulo IV, Diversas formas de celebrar la Misa. Una enumeración y corrección de las inconveniencias que se dan actualmente en la celebración de la Misa esta recogida en la Instrucción Redemptionis sacramentum de la Congregación para el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos de 25 de marzo de 2004.

[2] En los documentos conciliares y de aplicación de la Constitución Sacrosanctum Concilium no aparece el término reformatio sino instauratio o renovatio liturgica, porque se desea evitar la idea de una ruptura con la tradición eclesial entendida como una evolución integral, coherente y fiel a sus raíces originales: "toda la gran tradición eclesial", como dice el Papa.

[3] Escenificaciones, pantomimas, danzas homilías "dialogadas" han reducido la liturgia de la Palabra a una función meramente didáctica, mientras que la adoración y el respeto al ritual se han relegado, cada vez con menos entidad, a la liturgia eucarística.

[4] La misma palabra "Misa" ha sido excluida por muchos del vocabulario como referente al rito preconciliar, cuando es el término que utiliza siempre en primer lugar el Magisterio y lo mismo en la Ordenación general del Misal Romano.

[5] Cf. Sacrosantum Concilium n. 7.

[6] A veces parece que las lecturas se hacen como en una clase o catequesis, mientras que en la antigüedad se proclamaban sin título, como permaneció en el antiguo rito de la Vigilia Pascual, excepto en el Evangelio. Sin duda, la información del libro del que está tomada la lectura es importante, pero la froma primitiva destacaba la lectura como Palabra directa de Dios al pueblo; así permanece en las lecturas breves de la Liturgia de las Horas.

[7] Es notable la frivolidad con que se prescinde de las lecturas del leccionario en las solemnidades, fiestas y domingos de los tiempos fuertes con motivo de bodas, confirmaciones etc. cuando se trataría de vivir el acontecimiento personal en el arco del misterio íntegro de Cristo.

[8] Esto no impide la utilidad de estos subsidios, pero pasa como con las homilías de los Santos Padres; su lectura es imprescindible para los sacerdotes y en ellas encontramos frases y temas geniales que podemos citar, pero estos textos no se pueden declamar ahora íntegros, precisamente porque no son "genéricos". A veces los Padres citan ejemplos concretos, como cuando san Ambrosio de Milán cuenta en su tercera catequesis mistagógica: "Yo se de uno que, cuando le decíamos: "A tu edad tú tienes una obligación más grande de hacerte bautizar", respondía: "¿Porqué hacerme bautizar? Yo no tengo pecado ¿Acaso he cometido un pecado?" De sacramentis, III, 13. Sources Chretiénnes XXV, Ed. Du Cerf, Paris 1961, p. 101.

[9] Expresiones como "seguir a Jesucristo" (pero ¿cómo aquí y ahora?), servir a la justicia, el amor, la verdad, trabajar por la paz… ¿Quién se opone a estas grandes palabras? Lo difícil y comprometido es pasar de los abstracto a lo concreto.

[10] Y esto vale para todas la homilías además de las de la Misa ¡Cuánto moralismo y temas ajenos a la celebración en bautizos, matrimonios…! Sin embargo la homilía está prescrita en todos los sacramentos, incluso en la reconciliación con un solo penitente.

[11] En la Patrística encontramos las catequesis ad illuminandos o catecumenales, destinadas a los que todavía no habían recibido la iniciación cristiana, su base era el Antiguo Testamento y tenía un fuerte componente de enseñanza moral, centrada en el cambio de vida; Después de la iniciación, en el tiempo de Pascua, el Obispo o un presbítero impartía las "catequesis mistagógicas", que partían de la experiencia de la participación en los misterios y de los textos del Nuevo testamento como cumplimiento del Antiguo.

[12] Sin embargo, al riqueza del nuevo leccionario, con sus tres ciclos, encierra el peligro de que los fieles no recuerden los textos de las celebraciones, que parecen nuevos cada año; precisamente debe ser tarea del predicador preparar las homilías teniendo en cuenta los conjuntos y secuencias de lecturas, situando a los fieles en el "programa" propio de cada año, avisando de cuando termina un tema y comienza otro, o identificando bien el mensaje de una solemnidad en cada circunstancia concreta, y todo ello evitando el "racionalismo" o "didacticismo" en la predicación.

[13] Con su estructura de "profecía" (1ª lectura y salmo), "cumplimiento" (Aleluya y Evangelio) y "teología-actualización-aplicación a la vida" (2ª lectura).

[14] Donde las secuencias temáticas son claras, especialmente en la Cuaresma.

[15] La introducción puede parecer demasiado escueta, pero se quiso evitar que la Palabra de Dios que se proclama viva en las asambleas quedase como encorsetada por una guía preestablecida.

[16] A veces la presentación de las ofrendas rompe la celebración y, en lugar de ser un momento sereno, de recuerdo de la Palabra en la espera de su actualización, se convierte en un espectáculo didáctico con ofrendas simbólicas, moniciones e incluso cantos y danzas (ya van entrando en España) interminables.

[17] Grandes ramos de flores, cestos de frutos, juguetes, Biblias, libros, panes que no se consagran… deslumbran la presentación, que ha veces se omite, de una patena y unas vinajeras. Notemos que los corporales no se llevan en las ofrendas y el cáliz sólo cuando es uno nuevo o en la ceremonia de la ordenación de presbíteros. La colecta forma parte de este rito y debe hacerse con brevedad y discreción, llevándose el dinero a la sacristía o dejándolo apartado del altar.

[18] No quisiera dejar de recordar la importancia de la incensación de las ofrendas, del altar, celebrante y fieles, así como el valor penitencial del "lavabo", que no es un gesto utilitario opcional, sino un rito obligatorio en todo caso.

[19] No hay que olvidar que las palabras de la última Cena son consecratorias porque son del mismo Cristo y están cargadas de la fuerza del Espíritu y por eso han de ser dichas con la entonación adecuada y con una ligera inclinación. La consagración con el pan y el vino más levantados y mirando a los fieles tiene el sentido primario de una proclamación del sacrificio de la cruz, acercándonos más a la teología luterana; precisamente es lo que intentan evitar las rúbricas del Misal en este momento y que fueron queridas directamente por Pablo VI.

[20] Toda la plegaria eucarística, a la que san Agustín llama Prex mystica, en cuanto súplica y relato, obra el admirable sacramento: Non sanctificatur, ut sit tam mágnum sacramentum, nisi operante invisibiliter Spiritus Dei, cum haec omnia, quae per corporales motus in illo opere fiunt, Deus operetur. De Trinitate 3, 4, 10, PL 82, 874.

[21] Las liturgias orientales destacan el momento de la epíclesis con inclinaciones y otros gestos, y los de rito romano deberíamos enfatizar más los dos momentos epicléticos, antes y después de la anamnesis eucarística, señalándola con una pausa, diciendo las palabras despacio, haciendo bien el gesto de la imposición de manos y el signo de la cruz sobre el pan y el vino.

[22] El rito de la paz antes de la comunión es una particularidad muy antigua y exclusiva de la liturgia romana, relacionado con el Pater noster y la frase final de su embolismo (concédele la paz y la unidad) y como signaculum de esta plegaria y preparación a la comunión. Coherentemente con lo anterior, la Ordenación General del Misal Romano n. 82, describe el rito de la paz de este modo: Sequitur ritus pacis, quo Ecclesia pacem et unitatem pro se ipsa et universa hominum familia implorat et fideles ecclesialem communionem mutuamque caritatem sibi exprimunt priusquam Sacramento communicent. En las otras liturgias orientales y occidentales, el rito antes del ofertorio tiene un sentido diferente, como sello de la Oración de los fieles y signo de reconciliación mutua, como dice el diácono mozárabe: Quomodo adstatis, pacem facite (Sin moveros, haced las paces). Los Obispos de España podrían utilizar la facultad que les da el mismo n. 82 de la OGMR para precisar el modo como se ha de dar la paz correctamente, como dice el Papa en Sacr. Caritatis aludiendo a la nueva OGMR que añade a la anterior: Convenit tamen ut unusquisque solummodo sibi propinquoribus sobrie pacem significet. En algunos casos está prescrito que algunos fieles van al altar para el rito de la paz, por ejemplo en la toma de posesión de un nuevo Obispo o párroco. Cuando algunos grupos como los catecumenales, juveniles etc. organizan ritos de la paz generalizados y "movidos" está creando un rito nuevo en la liturgia romana que puede autorizarse como conclusión de la celebración o como un signo más antes del ofertorio en el caso concedido a los catecumenales, pero se mantendría el rito romano propio: Padre nuestro, embolismo, oración de la paz y frase del sacerdote: La paz del Señor esté con todos vosotros. La invitación a darse la paz se omitiría cuando haya otro rito de paz en otro momento de la Misa, ya que esta invitación no es obligatoria.

[23] El celebrante principal, salvo impedimento grave, no puede dejar de dar la comunión, pues es una parte integrante de su ministerio sacramental en la persona de Cristo.

[24] Ha sido un acierto de la renovación litúrgica recuperar la forma de la comunión atestiguada ya en el s. II por el Papa Cornelio (Epist. 3; Mansi I, 823) y en Oriente y Occidente en los siglos IV y V por las Catequesis de Jerusalén atribuidas a san Cirilo y por san Ambrosio de Milán en sus catequesis mistagógicas conservadas bajo el título de De sacramentis (Sources Chretiénnes, Ed. Du Cerf, Paris 1961, p. 117), cuando explicaba a los neófitos: "No es sin motivo que tú dices "Amén", reconociendo en tu espíritu aue tu recibes el Cuerpo de Cristo. Cuando tú te presentas, el sacerdote te dice en efecto: "El Cuerpo de Cristo." Y tú respondes: "Amén", es decir: "Es verdad." Lo que la lengua confiesa, que la convicción lo conserve." La fórmula que se usaba según el rito tridentino: Corpus Domini nostri Iesu Christi custodiet te in vitam aeternam estaba tomada del rito de la comunión de enfermos; en este Misal la comunión de los fieles se daba con el rito de la comunión fuera de la Misa, como incrustado en el Ordinario, en el que no constaba.

[25] En el rito bizantino, cuando se acerca a comulgar, cada fiel dice su nombre al celebrante y éste inicia, nombrándole personalmente, la fórmula de la comunión: "El siervo de Dios N., recibe el Cuerpo y la Sangre de Cristo…"

[26] En la liturgia preconciliar la Misa era un acto sagrado en gran parte autónomo de la asamblea, pero ahora se celebra de forma participativa, dialogada, de modo que los asistentes son invitados a profesor la fe, alabar a Dios, responder, adorar, de forma más explícita y comprometedora. Eso da lugar a situaciones embarazosas que se podrían evitar – pero sólo en parte - con liturgias de la Palabra, alabanza, oraciones… No es un tema sencillo ni exento de contradicciones.

[27] Cuando se hizo la primera traducción oficial, parece que a algunos les molestaban los imperativos como "id", "marchad", interpretándolo como si se echase a los fieles del templo. Así ha quedado, pero, como más adelante se dice, otras fórmulas del Misal tienen el sentido teológico correcto y apropiado a este momento.

[28] Por ejemplo, la breve fórmula que inicia la serie: "Muéstrate propicio con tu pueblo, Señor, y no prives de los consuelos temporales a los que han de luchar por alcanzar los eternos. Por Jesucristo nuestro Señor".

[29] Recogidas en el Corpus benedictionum pontificalium; Corpus Christianorum Series Latina, CLXII. Turnholti: Brepols, 1971.

[30] "La alegría del Señor sea nuestra fuerza. Podéis ir en paz". "Glorificad al Señor con vuestras vidas. Podéis ir en paz". "En el nombre del Señor. Podéis ir en paz". Anunciad a todos la alegría del Señor resucitado. Podéis ir en paz".

[31] No es un libro oficial ni de uso obligado, pero cuenta con la aprobación de la Comisión Episcopal de Liturgia y está editado por Coeditares Litúrgicos.