Sir 3,17-18.20.28-29 "La misericordia de Dios revela sus secretos a los humildes"
Heb 12,18-19.22-24a "Vosotros os habéis acercado a... Dios, juez de todos"
Lc 14,1.7-14 "El que se humilla será ensalzado"
Homilía I: con textos de homilías pronunciadas por S.S. Juan Pablo II
En el Angelus (31-VIII-1980)
--- Cada hombre es un invitado
--- Cada hombre es un invitado
La liturgia de hoy -y sobre todo el Evangelio- nos dice a cada uno, a cada hombre, que es “invitado”. A lo largo de la historia se ha tratado de distintos modos -y se trata actualmente- de expresar la verdad sobre el hombre, y de una respuesta a esta pregunta: ¿Quién es el hombre?
Cristo llama al hombre “el invitado” y lo manifiesta directamente en algunas parábolas e indirectamente en todo el Evangelio. El hombre es un “invitado” por Dios. No sólo ha sido llamado a la existencia como todas las demás criaturas del mundo visible, sino que desde el primer momento de su existencia y para todo el tiempo de su vida terrena, ha sido invitado; invitado a un “banquete”, o sea, a la intimidad y comunión con el mismo Dios, más allá del ámbito de esta existencia terrena.
Esta invitación es decisiva por lo que respecta a la dimensión cabal de la vida humana.
Al aceptar el hecho de ser “invitado”, el hombre vuelve a encontrar la verdad plena sobre sí. Y descubre asimismo su puesto justo entre los demás hombres. En esto consiste el significado fundamental de la humildad de que habla Cristo en el Evangelio de hoy, cuando recomienda a los invitados a la “boda” que no ocupen el primer puesto, sino el último, en espera del puesto definitivo que les señalará el amo.
"En esta parábola está oculto un principio fundamental, o sea, que para descubrir que ser hombre significa ser invitado, es necesario dejarse guiar por la humildad. El juicio desatinado sobre sí mismo ofusca en el hombre lo que está inscrito profundamente en su humildad, es decir el misterio de la invitación que viene de Dios.
En la oración que rezaremos dentro de poco se repetirán las palabras de María de Nazaret: “Ecce ancilla Domini, fiat mihi secundum verbum tuum”. Que estas palabras nos ayuden siempre a volver a descubrir continuamente esta verdad que cada uno de nosotros está “invitado” en Jesucristo. Y nos ayuden a responder a esta invitación que nos hace Dios, en la que se sintetiza la justa dignidad del hombre.
DP-228 1980
Homilía II: a cargo de D. Justo Luis Rodríguez Sánchez de Alva
La humildad es la llave que nos abre el corazón de los demás y de Dios. Es la base del éxito temporal y eterno. Pensar que levantando la voz, enseñando los dientes o avasallando a los demás, pongamos por caso, es como se triunfa hoy, es un error. La vida enseña cómo nos autoexcluimos del mundo familiar, laboral y social, cuando se procede así.
Si la humildad es la verdad, como repiten los santos, quien es excesivamente vulnerable a las críticas y presiones del ambiente, inhibiéndose ante el deber de exponer la verdad por temor a no ser oído o a perder la estimación ajena, no es humilde. Quien se desfonda ante las propias limitaciones y pecados y no se levanta una y otra vez, y siempre, acudiendo al Sacramento de la Confesión, no es humilde. El soberbio, el engreído, el vanidoso, el mandón, el petulante, el irritable, el envidioso, el suspicaz, el resentido..., no son humildes.
La invitación del Señor a no creerse con derecho al puesto principal, es un estilo de vida que tiene muchas manifestaciones. Una de ellas es la facilidad para rectificar cuando la realidad nos persuade de una equivocación o un error de buena o mala fe. Endurecerse, en cambio, y atrincherarse en esa postura juzgando que lo contrario es rebajarse, arrimarse al sol que más calienta o cambiar de chaqueta, es no amar la verdad sino mi verdad, lo cual lleva a colocarse fuera de la realidad, causando dolor a familiares, colegas, amigos..., como causa malestar que un hueso se salga de su sitio, se disloca y duele.
Todos tenemos que introducir rectificaciones en nuestra vida y eso implica un sentido de perfección, de mejora. Se rectifica un vino, para ennoblecerlo. Se rectifica un proyecto, un carácter, una conducta, una cultura, una visión de la vida... Y se abandona un camino equivocado que, honradamente, uno juzga que no va. ¡Cómo cuesta rectificar en el mundo de la política, de las comunicaciones, de la publicidad...! ¡Y, sin embargo, cuánta confianza genera esta práctica entre la buena gente!
La humildad verdadera se verifica en la práctica diaria, no justificando los errores y abusos diciendo eso tan manido de que somos humanos. Alguien se divorcia, y se dice: es humano. Uno comete pequeños fraudes en donde trabaja, y se dice: es humano. Otro ha caído en el mundo de la droga y se dice: es humano... No hay vicio que no se disculpe con esta frase. No existe un modelo más acabado de lo que es verdaderamente humano que la Humanidad de Jesucristo, el nuevo Adán que vino a corregir al primero. Él nos dice hoy: "todo el que se enaltece será humillado, y el que se humilla será enaltecido".
Homilía III: basada en el Catecismo de la Iglesia Católica
Orar y vivir con humildad y audacia
I. LA PALABRA DE DIOS
Si 3, 19-21.30-31: Hazte pequeño y alcanzarás el favor de Dios
Sal 67, 4-5ac.6-7ab.10-11: Has preparado, Señor, tu casa a los desvalidos
Hb 12, 18-19. 22-24: Os habéis acercado al monte Sión, ciudad del Dios vivo
Lc 14,1.7-14: Todo el que se enaltece será humillado; y el que se humilla será enaltecido
II. LA FE DE LA IGLESIA«La antigua sabiduría nos hace reconocer que «nadie conoce al Padre, sino el Hijo y a aquel a quien el Hijo se lo quiera revelar», es decir, «a los pequeños» (2779)... «Un corazón humilde y confiado que nos hace volver a ser como niños; porque es a los `pequeños' a los que el Padre se revela» (2785).
«Si recitamos en verdad el `Padre nuestro', salimos del individualismo, porque de él nos libera el Amor que recibimos» (2792).
«Parresía: Simplicidad sin desviación, conciencia filial, seguridad alegre, audacia humilde, certeza de ser amado» (2778).
III. TESTIMONIO CRISTIANO
«Tu hombre, no te atrevías a levantar tu cara hacia el cielo, tu bajabas los ojos hacia la tierra, y de repente has recibido la gracia de Cristo: todos tus pecados te han sido perdonados... Pero no reclames ningún privilegio. No es Padre, de manera especial, más que de Cristo, mientras que a nosotros nos ha creado» (S. Ambrosio) (2783).
IV. SUGERENCIAS PARA EL ESTUDIO DE LA HOMILÍA
A. Apunte bíblico-litúrgico
La antigua sabiduría del pueblo de Israel recomendaba con frecuencia la práctica de la humildad.
En el Evangelio, Jesús invita a sus discípulos a la actitud de la humildad y a hacer el bien desinteresadamente.
El autor de la carta a los Hebreos muestra que en la asamblea litúrgica cristiana no se dan los prodigios del Sinaí, pero se está en comunicación real con Dios en la presencia real de Jesucristo y de la Iglesia celeste. Esta es la última enseñanza de esta carta que se lee en el TIEMPO ORDINARIO.
B. Contenidos del Catecismo de la Iglesia Católica
La fe:
– Acercarse al Padre Dios con toda confianza y humildad: 2777-2785.
La respuesta:
Padre «nuestro»: 2786-2793.
C. Otras sugerencias
La exhortación a la humildad es a una actitud de vida frente a Dios y con los hermanos, que se alimenta y se expresa en la oración, especialmente en el Padrenuestro.
La audacia o «parresía» con la que nos atrevemos a orar como Jesús nos enseña requiere un corazón, lleno del Espíritu de Dios, que es pequeño y humilde.
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