Me encuentro en El Crucero y me pongo a escribir. Voy a escribir, pero por mucho que escriba no puedo expresar todos los acontecimientos vividos en estos días. Ayer sin ir más lejos viví uno de los días más grandes que, sin duda, marcará mi futuro: el día de mi Confirmación. Habían pasado bastantes años desde que yo decidí confirmarme, pero siempre, por una razón u otra, no lo había hecho, pero fue aquí, en Nicaragua, a diez mil kms. de mi Valencia natal, donde el 21 de julio de 2002 di un paso adelante, recibiendo el auténtico sello del Espíritu Santo. 

Al principio de la ceremonia le preguntaba a Dios porque yo, Alberto, era elegido para recibir la Confirmación rodeado de tantas personas -más de treinta se confirmaban conmigo- con una fe ardiente de unas comunidades perdidas de la sierra nicaragüense. Eran las tres aproximadamente cuando comenzó la ceremonia al aire libre, a la vez que rompía a llover con un fuerza notable (llovía recio de verdad, como dicen aquí), mientras los confirmandos y los que recibirían el Bautismo y la Primera Comunión ni se inmutaban, escuchando las lecturas bíblicas y entonando cánticos de júbilo a Dios, con sus vestidos empapados y sus zapatos llenos de barro? 

Tras el Evangelio pasamos a la Capilla de S. José, con una sola lámpara, todos de pie, para seguir la homilía del Obispo auxiliar de Managua. Estaba emocionado escuchando lo que se estaba produciendo allí, en el alma de los confirmandos y de todos los presentes. Llegó el momento de la renovación de las promesas del Bautismo que realicé con una intensidad muy particular. Luego la imposición de manos con la oración del Obispo. A continuación se formó la fila para que el Celebrante fuera crismando a cada uno: era el Señor que venía a confirmarme en la fe y en el amor. Al final las Primeras Comuniones (muchos de los que se confirmaban comulgaban por vez primera) y muchos más que tomamos el Cuerpo de Cristo, con un agradecimiento profundo por su gran bondad: ¡qué momento más íntimos con mi Jesús, como dicen los nicas!

Los Vivas a Jesús, a María, a la Iglesia y al Papa señalaban el final de la ceremonia más increíble de mi vida. Hasta el clima se sumó a la fiesta, pues había dejado de llover y pudimos salir a felicitarnos y a celebrarlo brevemente, pero con una especial intensidad: aplausos, abrazos, risas, caramelos, hasta un par de muñecos (piñatas) llenos de golosinas que los niños y los mayores agradecieron mucho. Mientras en la Capilla seguía la fiesta espiritual con la celebración de un buen número de bautizos de bebés y de niños no tan chicos (eran más de veinte). El viaje de vuelta fue largísimo, porque no pudimos regresar por el mismo camino, pero no nos importó: lo que acabábamos de vivir era demasiado grande para quejarnos. Para mí, sin duda, fue una jornada de gracia totalmente inmerecida que no ceso de agradecer a Dios Nuestro Señor. (Alberto F., 22-VII-02)